Polémico como Trump y exmilitar populista como Chávez: así es el ultraderechista que presidirá Brasil

A pesar de las manifestaciones masivas en su contra, el candidato conocido por sus declaraciones racistas, homófobas y por ser un nostálgico de la dictadura, venció en la segunda vuelta de las elecciones con más del 55% de los votos al sustituto de Lula, Fernando Haddad. The Economist lo definió como “la última amenaza para América Latina”.
26 Oct 2018 – 5:27 PM EDT

SAO PAULO, Brasil. - Jair Bolsonaro, un fenómeno político más que un candidato,fue elegido este domingo como presidente de la República de Brasil. Este excapitán de reserva del Ejército, diputado por Río de Janeiro durante 28 años, conocido por sus declaraciones homófobas, machistas, racistas, y su nostalgia por el periodo de la dictadura militar, ganó en la segunda vuelta de los comicios con más del 55% de los votos frente al menos del 45% de los apoyos que obtuvo su contrincante, Fernando Haddad del Partido de los Trabajadores.

En la primera vuelta, Bolsonaro despistó a los analistas. En su peor semana creció seis puntos y se colocó en el primer puesto con un 34% de intención de voto, según la última encuesta del Instituto Ibope antes de las votaciones del 7 de octubre en las que arrasó. Justo después de que dos millones de brasileños salieran a la calle para manifestarse en su contra con el grito EleNao (Él no) en una treintena de ciudades del país. Justo después de que el candidato anunciara -con su tono amenazante habitual- que no iba a respetar ningún resultado que no fuera él como ganador. O después de que su elegido para la vicepresidencia, el general Antonio Hamilton Mourao, declarara que, entre sus planes de llegar al gobierno, estaba acabar con el aguinaldo de los trabajadores, llevar a cabo una Consulta Constituyente sin el apoyo del Congreso y que definiera como “desviados” a los hijos criados por madres solteras y abuelas.


Pese a todo eso, Jair Bolsonaro consiguió colocarse como favorito con apenas ocho segundos de propaganda televisiva -sus principales adversarios tienen entre 7 y 10 minutos-, con un partido pequeño y desconocido -el Partido Social Liberal (PSL), el único que lo aceptó como candidato presidencial- con un presupuesto bajo, y sin salir a la calle desde que el pasado 6 de septiembre un desequilibrado le apuñaló durante un acto de campaña.

Bolsonaro llegó a la presidencia poniendo a las redes sociales están de su lado: es el político brasileño con más seguidores en Facebook y Twitter. Allí, por ejemplo, colocó videos caseros grabados desde el hospital mientras se recuperaba tras el atentado. También esa es una plataforma para su discurso de odio por bandera con frases como “he venido para fusilar a todos los petistas -los seguidores del Partido los Trabajadores-, este exmilitar de 63 años de la noche a la mañana se ha convertido, según The Economist, en “la última amenaza para América Latina”.

En la primera vuelta, el ultraderechista obtuvo el 46.2% de los votos, pero no consiguió la mayoría absoluta y este domingo deberá enfrentarse al candidato del Partido de los Trabajadores (PT), Fernando Haddad, que en la primera vuelta obtuvo apenas el 28.9% del apoyo popular. El candidato izquierdista entró en la campaña para sustituir a Luiz Inácio 'Lula' da Silva, quien hasta entonces era el favorito para ganar las elecciones, pero tuvo que abandonar la carrera presidencial como condenado en segunda instancia por corrupción pasiva y lavado de dinero.

Ascenso meteórico con un discurso de la bala vs el voto

Jair Bolsonaro entró en la “gran política” de Brasilia en 1991 después de salir del Ejército amonestado por intentar planear un atentado para protestar por los bajos salarios de los soldados. En sus casi tres décadas como diputado pasó por ocho partidos diferentes, pero se mantuvo fiel a la bancada parlamentaria “de la bala” formada por exmilitares y policías. Se dio a conocer entre más de 500 diputados por sus elogios al periodo dictatorial, su defensa de la tortura como práctica policial, y por hacer de la apología de la violencia su propio estilo: “Esto sólo va a cambiar cuando comencemos una guerra civil y hagamos el trabajo que el régimen militar no terminó. Hay que matar a 30,000 empezando por el presidente Fernando Henrique Cardoso”, dijo en 1999 para argumentar que el voto no servía para cambiar Brasil, que había que usar la bala.


Hasta 2010 era un outsider en el Congreso y su electorado no superaba el círculo restringido al Ejército. Durante los gobiernos de Lula da Silva (del Partido de los Trabajadores) se mantuvo en un segundo plano. Fue la llegada de Dilma Rousseff (exguerrillera) al Palacio de Planalto (2010) y la creación de una Comisión de la Verdad para dar a conocer las atrocidades cometidas durante la dictadura lo que provocó la ira de Jair Bolsonaro que rápidamente acaparó los medios con su artillería verbal y su declaración de guerra al PT. En las elecciones de 2014 cuadriplicó el número de votos respecto a los anteriores comicios y se convirtió en el diputado más votado de Río de Janeiro. Fue entonces cuando el excapitán empezó a soñar con dar el salto al Ejecutivo.

Mientras Bolsonaro subía como la espuma, el PT bajaba en caída libre acosado por los escándalos de corrupción relacionados con la operación Lava Jato, y apartado del poder tras un polémico impeachment contra Dilma Rousseff. El PSDB -el partido de centro derecha, adversario clásico del PT- quedaba fuera de juego al ver a su principal dirigente, Aécio Neves, acusado de varios crímenes de cuello blanco. El MDB, el partido del presidente Michel Temer que se hizo con el poder tras la salida de Rousseff, siguió el descenso de los petistas, también hundido por la corrupción y por dejar al país en la peor crisis económica de la última década. Con este contexto, el exmilitar ajeno a estos escándalos y viendo a los grandes partidos haciendo aguas, se postuló como el político antiestablisment, limpio de corrupción, sin pelos en la lengua. Su discurso agresivo caló rápidamente en una sociedad indignada, polarizada cansada de sus políticos tradicionales, y ávida de de nuevos símbolos en los que confiar.

Familia, ultraneoliberalismo y militarismo

El candidato del PSL se proclama como un “salvador de Brasil” con un programa ultraconservador en las costumbres y ultraliberal en lo económico. Defiende un retorno a los valores tradicionales para combatir “los excesos de una izquierda que sólo defiende vagos”, ha dicho en diversas ocasiones para referirse a las minorías representadas por el movimiento negro, el indígena, y colectivos feministas y LGTB.


El ultraderechista quiere militarizar la educación, incorporar el estilo de las escuelas militares a la red pública, y recuperar asignaturas heredadas de la dictadura como Educación, Moral y Cívica. En un país en el que mueren asesinadas 60,000 personas al año, defiende acabar con el estatuto de desarmamento y seguir el modelo estadounidense para que “todos los brasileños puedan tener un arma con la que defenderse”. Propone endurecer las penas para el narcotráfico, castración química para los violadores, y control de natalidad en las clases más pobres a través de ligaduras de trompas en mujeres y vasectomías en hombres.

En lo económico el candidato ultraderechista ha dado un giro de 180 grados. Si antes defendía un proteccionismo industrial y más poder para el estado, ahora plantea todo lo contrario. Paulo Guedes, quien será su ministro de Economía y Hacienda si gana las elecciones, es el responsable de este cambio, y también quien le ha conseguido el apoyo de los mercados y la financiación de su campaña. Este conocido inversor financiero propone privatizar las estatales, reducir al mínimo el papel del estado, y hacer una reforma impositiva regresiva en la que las clases más humildes que ahora no pagan impuestos tendrán que empezar a pagarlos, mientras que las clases más altas se verán beneficiadas con menos responsabilidades fiscales. Guedes y su candidato a la vicepresidencia, el general Hamilton Mourao, también proponen una reforma laboral que siga la máxima del candidato: “Los trabajadores tendrán que elegir si quieren más derechos y menos trabajo, o más trabajo con menos derechos”, aseguró Bolsonaro en un debate presidencial a finales de agosto.

El excapitán de reserva también ha prometido que las Fuerzas Armadas tendrán un papel clave en su gobierno y anunció que al menos un 30% de sus ministros podría ser militar. Su defensa a ultranza del periodo dictatorial, y sus amenazas -algunas veladas y otras explícitas- sobre una posible intervención militar si él no ganara las elecciones, le han dado la fama de “candidato antidemocrático”.

El Bolsonarismo como fenómeno político

Jair Bolsonaro se ha dado a conocer por su irreverencia, por su discurso de odio, por su apología a la violencia. Por frases como la que le espetó a la exministra de Derechos Humanos, Maria do Rosário: "No te violo porque no lo mereces". Al colectivo LGTBs: “A los homosexuales no se les quiere, se les aguanta”; otras racistas, como cuando dijo que sus hijos no saldrían con una negra porque estaban bien educados; y machistas: “Las mujeres deben ganar menos porque se quedan embarazadas”. El extremismo y la agresividad de sus ideas obliga a los analistas a preguntarse cómo ha podido alcanzar un apoyo tan amplio de la sociedad.


La socióloga y profesora de la Unifesp, Esther Solano, es una de las especialistas que se han dedicado el último año a entender al elector de Bolsonaro que “penetra en todos los sectores de la sociedad y clases sociales”, dice Solano. Sin embargo, habría un perfil que se repetiría más: hombre, blanco, de entre 30 y 40 años, con educación universitaria completa y alto nivel adquisitivo. “ Coincide con el discurso masculino del candidato que coloca a los heterosexuales blancos como víctimas de las minorías como los gays. La alta escolaridad y el nivel económico demuestran que detrás del bolsonarismo hay una cuestión de clase muy fuerte, un odio al pobre, y un odio al ascenso de las clases populares que mejoraron su nivel de vida con el PT”, explica.

El antipetismo sería otro de los pilares que sostiene al candidato convertido en fenómeno: “Sin el odio tan recalcitrante que hay hacia el PT, Bolsonaro no habría llegado tan lejos. Votarle es votar contra del PT, es una elección en donde prima el antiizquierdismo, antiminorías, antifeminismo, basada en la lucha contra un enemigo interno”, dice Solano. La profesora también señala que el radicalismo de sus frases encaja en el estilo del presidente norteamericano, Donald Trump, en el que parece que es “ cool decir barbaridades”, y respondería, según la socióloga, a una nueva “lógica de la política del meme, del payaso, que frivoliza discursos fascistas a través del barniz del humor”.

Bolsonaro no sólo suma seguidores, también acumula detractores. Vive la paradoja de ser el candidato favorito, pero también el más rechazado por el 41% de la población. El movimiento feminista se ha convertido en su principal obstáculo después de conseguir movilizar a millones de brasileños en su contra, primero en las redes con el hashtag #EleNao, y luego en las calles. Colectivos de periodistas, abogados, artistas, entre otros, se adhirieron a la campaña y además firmaron una carta “en defensa de la democracia” y “contra el candidato antidemocrático”. Pero pese a las manifestaciones en su contra, Jair Bolsonaro ha salido indemne de todas las críticas y desde el próximo 1 de enero será presidente de Brasil.

En fotos: Jair Bolsonaro, el defensor de la dictadura que presidirá Brasil

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