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Kim o Trump, ¿quién gana más con una reunión cumbre entre Corea del Norte y EEUU?

El anuncio de una futura reunión entre el líder norcoreano y el presidente estadounidense ha sido clasificado de “milagroso” e “histórico”, pero también de “delicado” porque la apuesta para Washington puede ser más riesgosa que para Pyongyang.
9 Mar 2018 – 03:05 PM EST
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Por primera vez en más de una década, la relación entre Corea del Norte y EEUU parecen alejarse de la desgastante confrontación retórica y la ocasional tensión militar que la caracteriza, curiosamente al final de una última etapa en la que el discurso belicista de ambas partes parecía haber llegado a un nivel peligroso, casi de inminente confrontación, según algunos.

Pero el anuncio de una futura reunión entre el líder de Corea del Norte Kim Jong Un (“Hombrecito Cohete”) y el presidente de EEUU, Donald Trump (“Viejo Loco”), ha hecho que de pronto la diplomacia se haya apoderado de la dinámica de una relación que también involucra a Corea del Sur, China, Japón y Rusia.

En medio de las alabanzas que empezaron con el pomposo estilo con el que los delegados de Corea del Sur hicieron el anuncio desde la Casa Blanca -con referencias al “liderazgo” del presidente Trump y a su “maravilloso equipo de seguridad nacional”- muchos reconocen que el empeño del estadounidense de cambiar la manera de hacer las cosas en Corea puede estar dando resultados, pero advierten que se trata de una apuesta riesgosa que puede resultar mal.

Quien más gana, de entrada, es Kim, al obtener lo que ni su padre ni su abuelo pudieron: lograr que Washington le reconozca como interlocutor directo y, virtualmente, como un poder nuclear. Con la sola aceptación del encuentro, Pyongyang sube a otra liga diplomática y pierde, al menos temporalmente, la condición de estado paria en la que EEUU ha tratado de mantenerlo desde el armisticio de 1953.

Cierto que Trump también se anota un punto al descolocar a quienes criticaban la manera peligrosamente “infantil”, según algunos, con la que estaba lidiando con el díscolo líder de una nación con aspiraciones nucleares. Incluso sus más acérrimos críticos le dan el beneficio de la duda, a la espera de que se concrete la reunión, para la que no hay fecha todavía.

¿Para qué una cumbre?

No es la primera vez que se plantea un encuentro entre un presidente estadounidense y un jefe norcoreano. Bill Clinton consideró la posibilidad al final de su mandato, pero desistió de hacerlo porque sus asesores consideraron que no había tiempo para enfrascarse en negociaciones que dieran resultados sustanciales y que por tanto el gesto de 'premiar' a los norcoreanos con una cumbre no se justificaba.

En una relación tan compleja como la que hay con Corea del Norte, una cumbre entre mandatarios solo se produce luego de un largo de tiempo de negociaciones entre delegados que permita que al final en la reunión los líderes muestren un resultado concreto. En el caso norcoreano sería el desmantelamiento del programa nuclear militar y las armas que tuviera en su arsenal.

Así al menos sucedió cuando Richard Nixon se reunió con Mao Zedong en 1973 para sellar la política de deshielo que había ayudado a desmontar las rivalidades entre Pekín y Washington. O con la serie de encuentros entre Ronald Reagan y el líder soviético Mijaíl Gorbachov en los ochenta con los que superaron las peligrosas tensiones entre las dos superpotencias.

Lo mismo fue cuando en marzo de 2016 Barack Obama visitó Cuba, el último enemigo de la Guerra Fría, con el que durante meses se estuvo negociando el restablecimiento de relaciones diplomáticas suspendidas más de medio siglo atrás, tras el triunfo de la Revolución Cubana de Fidel Castro.

Pero este no será este el caso, porque el gobierno de Trump tendría dificultades para armar a tiempo un equipo de negociadores considerando que no tiene expertos sobre el tema el Departamento de Estado y ni siquiera embajador en Corea del Sur. Y ya la Casa Blanca ha dicho que la reunión no será para negociar.

Ganador a la sombra

Hay un ganador menos evidente, pero que quizá tiene tanto o más mérito: el presidente de Corea del Sur Moon Jae in, quien desde que llegó al poder en mayor pasado ha promovido el acercamiento con su vecino comunista, justo cuando Trump lo amenazaba con “fuego y furia”.

Pero Seúl está en la primera línea de un eventual enfrentamiento militar en la dividida península, técnicamente en estado de guerra desde el armisticio de 1953 que puso fin a los combates que habían empezado tres años antes y que con el involucramiento de China, la Unión Soviética y las fuerzas de Naciones Unidas encabezadas por EEUU, amenazaban con llevar al planeta a una nueva guerra mundial.

Ese deshielo empezó con los Juegos Olímpicos de Invierno en febrero y con seguridad ayudó mucho al acercamiento, pese a que en la Casa Blanca no fueron pocos los que vieron con algún desdén el verdadero impacto del gesto simbólico coreanos del sur y del norte desfilando juntos.

A pesar de reconocer la importancia simbólica de un eventual encuentro Trump-Kim, muchos en Washington no tienen grandes expectativas por lo que pueda salir de la reunión.

Hay quienes temen que el presidente Trump ceda a sus impulsos (y creyendo en su propia promoción sobre sus cualidades como gran negociador), no preste oídos a sus asesores, vaya mal preparado al encuentro con Kim y termine cediendo demasiado al líder norcoreano, sobre todo si es recibido con la pompa que tanto le seduce (como ocurrió en su viaje a China, de donde se dice que regresó encantado tras recibir un tratamiento excepcional).

También están quienes advierten que la reunión puede no pasar del plano simbólico y no implicar cambio alguno en la dinámica regional, ni siquiera un compromiso por parte de los norcoreanos para empezar un verdadero desmontaje del programa nuclear, en cuyo caso Kim se quedaría con la foto del encuentro y Trump regresaría con las manos vacías.

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