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Deportaciones

"Temo mucho por mi vida en El Salvador": mujer transgénero viajó a Puerto Rico a celebrar su graduación y ahora enfrenta su deportación

Gabriela Duarte perdió su Estatus de Protección Temporal años atrás por hacerle caso a un abogado. Con eso perdió la posibilidad de llevar una vida tranquila en EEUU. Ahora vuelve a estar en riesgo de ser deportada a su país, uno de los más violentos del mundo y donde sabe que no tendrá garantías de nada, ni siquiera de poder mantenerse viva.
18 Feb 2020 – 05:29 PM EST

Gabriela Duarte trata de no pensar en su deportación a El Salvador. Cuando la idea se cuela por su mente, entra en pánico no solo porque no conoce su país: salió cuando tenía 15 años y ahora tiene 45. También se paraliza porque es una mujer transgénero y teme ser víctima de extorsiones o intentos de agresiones sexuales como los que ya vivió en deportaciones pasadas y como los que viven decenas de salvadoreñas iguales a ella.

Sus miedos no son casuales. Un reporte de la organización Human Rights Watch (HRW) identificó 138 casos de salvadoreños que han sido asesinados desde 2013 justo después de ser devueltos desde Estados Unidos a su país. Además, detectaron otros 70 casos en los que los expulsados fueron, como Gabriela, víctimas de amenazas, violencia sexual o torturas, ya sea de pandilleros o de policías. Y las cifras representan un aproximado bastante discreto, pues no existen reportes oficiales y la mayoría de los sobrevivientes o de los familiares de las víctimas optan por el silencio ante la complicidad entre los criminales y las autoridades.

"Temo mucho por mi vida en El Salvador", dice Duarte a Univision Noticias desde Puerto Rico, donde fue arrestada por autoridades migratorias en noviembre cuando llegaba a pasar unos días para celebrar su graduación como maestra. Nunca pensó que sería detenida, era un viaje local de Texas a la isla. Ahora, allí espera bajo arresto domiciliario en casa de unos conocidos de su madre a que las autoridades decidan si la deportarán. "Si no me matan en El Salvador, temo morirme en México o en el intento de volver a cruzar la frontera", asegura. La angustia, dice, le ha causado en los últimos días un aumento de la presión arterial.

Si la deportaran, no sería la primera vez para Duarte, pero sí una que la toma casi sin fuerzas porque ya no se siente con la juventud para hacer de nuevo el viaje con el fin de ingresar sin documentos al país.

Según el reporte de HRW, en Estados Unidos viven 1.2 millones de salvadoreños y solo un cuarto de ellos son residentes permanentes. El resto está sin papeles o tiene Estatus de Protección Temporal (TPS). El informe cuenta que entre 2014 y 2018, Estados Unidos y México devolvieron a cerca de 213,000 ciudadanos a El Salvador, un país que aunque pequeño es uno de los más violentos del mundo.

Volver a la fuerza 30 años después

Duarte ha vivido cuatro expulsiones de Estados Unidos desde que perdió su TPS en 2014. Esa vez dice que siguió el mal consejo de un abogado que le recomendó declararse culpable de un robo que no cometió a cambio de que le dieran su libertad condicional. La consecuencia fue peor: perdió todos sus beneficios migratorios y Estados Unidos la devolvió a su país. No duró sino 10 días: "Mi casa se estaba cayendo, habían pasado 25 años desde que salí de ella", recuerda.

Intentó regresar por San Diego, pero la deportaron a México. Se fue por otro punto, de Tamaulipas a Texas, y la arrestaron, la dejaron 39 días en custodia de autoridades migratorias y la devolvieron a El Salvador. Dos días pasaron cuando ya estaba cruzando de nuevo. Aunque ingresó ilegalmente otra vez, unos meses después la detuvo la policía en Dallas, donde vivía, y la deportaron. "Cansada, me quedé en El Salvador", recuerda.

Quedarse fue otra de sus malas decisiones. En dos meses vivió dos incidentes que no olvida. El primero, una persona le pidió el teléfono prestado y ella accedió. Desde entonces, su madre, que vivía en Dallas, Texas, comenzó a ser extorsionada: "Le decía que si no le mandaba dinero me iban a matar".

El segundo ocurrió una noche en la que decidió quedarse con unos amigos en una cancha de béisbol hablando hasta tarde. "Cuando iba de camino a mi casa, unos muchachos me pararon y me preguntaron que si era de aquí, les dije que no y se notaba por mi acento. Me respondieron: '¿Sabes cómo recibimos a los que llegan? Vas a tener que hacernos sexo oral a todos'", le ordenaron los hombres, que eran pandilleros. Ella quedó paralizada, pero sus amigos llegaron con cuchillos en mano y salió ilesa. "No seguí quedándome hasta tarde en la calle", recuerda.

Gabriela Duarte corrió con suerte esas dos veces; otras mujeres trasgénero, como Camila Díaz, no. A ella la deportaron y poco más de un año después fue reportada como desaparecida. Una noche envió un mensaje de voz a una amiga contándole que se sentía insegura, que alguien la había amenazado en la calle. Eso fue lo último que se supo de ella. Desapareció y según una testigo fueron policías quienes se la llevaron. Al día siguiente, un grupo de socorristas encontraron a una persona moribunda a la orilla de una carretera en una zona controlada por las pandillas. La llevaron a un hospital, pero falleció. Tres policías fueron acusados por el secuestro y asesinato de Díaz.


En muchos de los casos que halló HRW, aseguran que existía un vínculo claro entre la muerte de un salvadoreño deportado y las razones por las que había huido de su país. Encontraron también que entre los deportados había personas que vivieron muchos años en Estados Unidos y que una vez expulsados se convirtieron en objetivo fácil para la extorsión a través de sus familias.

"En salones o como prostituta"

La pandillas y la impunidad no hacen la vida sencilla para el ciudadano común en El Salvador. Y si se es lesbiana, gay, bisexual o transexual (LGBT) los abusos, la violencia y la discriminación empeoran aún más el día a día. Solo en un mes —de octubre a noviembre de 2019— al menos cuatro personas de la comunidad LGBT fueron asesinadas, según denuncias de activistas locales reseñadas en la prensa. La Organización de Naciones Unidas instó entonces a las autoridades a investigar estos crímenes y a castigar a los culpables, pero así de rápido no funcionan las cosas en ese país.

Gabriela sabe que en El Salvador no podrá llevar "una vida normal", como la que tenía en Estados Unidos, donde compró una casa y contaba con un trabajo. Teme tener que enfrentar ese cambio y que, como muchas de sus amigas en Centroamérica, le toque esconderse por las noches para evitar ser víctima, que lo llamen como hombre y no Gabriela y que le toque conformarse con el empleo que le quieran dar por ser una mujer transexual. "Solo puedes tener trabajo en salones o como prostituta", dice.

"Tengo miedo porque allá las pandillas te piden renta en tu propia casa, veo asaltos, a la gente le dan balazos, le dejan recados por debajo de la puerta. Es un pánico por muchas cosas. Cuando estoy sola en el cuarto donde me estoy quedando pienso en qué va a pasar", explica y añade que allá solo tiene unos primos y un padre al que no le habla desde hace 30 años.

Piensa también en su mamá, que está sola y enferma en Texas, donde vive, donde vivían ambas, juntas. Quiere volver con ella, pero sin sentirse perseguida permanentemente por las autoridades, como ha estado desde 2014. Confiesa que tanto pensar le da dolor de cabeza. Dice que prefiere bloquearse y poner todo en las manos de Dios. No quiere hablar más del tema.


Si quieres contactar a la autora de esta nota, puedes escribirle a pclarembaux@univision.net

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