La pesadilla de los niños migrantes atrapados en la última frontera de Europa

Melilla es el enclave más alejado de España en África, separado de Marruecos por una valla de 18 pies que divide al resto de África de la Unión Europea. Esta es la silenciosa crisis migratoria de una ciudad que se ha convertido en una trampa para los menores extranjeros no acompañados que, a través de ella, intentan llegar a Europa.
Por: Martín Echenique (Texto)yAdriana Loureiro Fernández (Fotos)*,
29 Ago 2018 – 3:00 PM EDT
Sólo entre enero y abril de este año llegaron más menores extranjeros no acompañados a España que en todo 2017. Crédito: Adriana Loureiro Fernandez


Casi impenetrable, la cerca emerge del suelo como una serpiente de metal zigzagueante a través de áridas colinas africanas y barrios inacabados dispersos, escondidos detrás de las alambradas y las torres de vigilancia. A un lado de la valla, está Marruecos. África. Y en el otro, España. La puerta a la Unión Europea. El destino deseado para miles de inmigrantes que sueñan con cruzarlo.

Melilla, junto con Ceuta, es una de las dos ciudades españolas en África que comparten fronteras con Marruecos, y que a la vez son las únicas fronteras terrestres entre la Unión Europea y África. Ceuta se encuentra a casi 43 kilómetros de la costa sur de España, pero Melilla, que alberga a casi 85,000 personas, está mucho más lejos de su territorio continental. Está construida en el corazón de la región oriental de Marruecos, a solo una hora de la frontera con Argelia y más de 120 millas al sur de Motril, en Andalucía, la ciudad portuaria más cercana de la España continental.

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Melilla, administrada como una comunidad autónoma desde 1995 –equivalente a lo que sería un estado de EEUU– tiene su propio presidente y órgano legislativo, el que es bastante autónomo de Madrid. La ciudad ha sido parte de España desde 1497, y por lo tanto, políticamente disputada por Marruecos, pero nunca ha sido reclamada por la nación africana de manera formal. La región donde se encuentra Melilla, también conocida como el Rif, fue conquistada por España a fines del siglo XVI y luego administrada por los europeos como un protectorado hasta que Marruecos obtuvo su independencia en 1956. Desde entonces, España retuvo a Ceuta y Melilla como parte de su territorio, convirtiéndose esta última en un oasis de Europa en el medio de la costa de Marruecos, en un crisol de culturas árabes y católicas, y recientemente, en la frontera más problemática del norte de África.

Según varios académicos y organizaciones internacionales, la frontera entre Melilla y Marruecos es la más desigual de este tipo en el mundo. Melilla –una ciudad que apenas mide 4.6 millas cuadradas– es 13 veces más rica que Marruecos, la quinta nación más rica de África. La ciudad también actúa como un puerto libre y como una zona franca para varios productos procedentes de Europa, como alimentos, tabaco, alcohol y otros, que terminan comercializándose con Marruecos a través de uno de los cuatro puntos fronterizos que comparten. Melilla también ha sido históricamente un bastión militar y se mantuvo como un importante elemento geopolítico después de la independencia de Marruecos. Fue en Melilla donde comenzó la Guerra Civil Española, allá por 1936, liderada por las fuerzas antirrepublicanas de la ciudad. Esto más tarde desencadenaría una dictadura de 36 años, liderada por Francisco Franco, quien hasta el día de hoy tiene una estatua erigida en su homenaje –vandalizada, con trazos de pintura blanca– cerca del puerto de Melilla.

El área de la ciudad es de solo 4.5 millas cuadradas, la mitad del tamaño del cuadrante suroeste de Washington D.C., el más pequeño de la capital estadounidense. Su frontera con Marruecos tiene un perímetro de siete kilómetros y está protegida por una triple valla de 18 pies de alto, cubierta con alambres de púas, y monitoreada por cámaras de seguridad y sensores de movimiento. La valla fue construida en 1998 para luego ser reformada por los siguientes gobiernos en 2005 y 2014, cuando se erigió una pared anti-escalada, junto con dispositivos de detección de movimiento, torres de vigilancia y alambre de púas, más conocidos como concertinas. Marruecos también construyó su propia valla de dos metros de altura, que es más baja en altura, pero que comprende una profunda fosa.

En fotos: Melilla, la problemática frontera terrestre entre la Unión Europea y África

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Melilla es uno de los principales puntos calientes entre la Unión Europea y Marruecos, protagonista de diversos acuerdos bilaterales entre ambos. Varias de estas negociaciones han concluido en lo que se conoce como “externalización de fronteras”. En este caso, España le cede competencias y entrega recursos a las autoridades marroquíes para que eviten oleadas migratorias hacia los enclaves españoles. Esta práctica también se da entre Estados Unidos y México, de manera que el gobierno azteca blinde su frontera sur con Guatemala e impida el flujo migratorio de centroamericanos hacia el norte. México ha recibido más de 100 millones de dólares de Washington, recursos exclusivamente destinados a aumentar la vigilancia en la frontera de México con Guatemala, y así actuar como primera barrera para disminuir el flujo de migrantes hacia Estados Unidos.

En el caso español, la frontera es usada también como elemento de negociación. “Siempre que hay una negociación en marcha, Marruecos deja de vigilar la frontera y articula saltos como mecanismo de presión en cualquier negociación que tenga con la Unión Europea y con España”, dice Jaime Pons, coordinador técnico del Servicio Jesuita a Migrantes de España, una de las organizaciones no gubernamentales (ONG) que más trabaja con inmigrantes en la Península Ibérica.

Sólo entre 2010 y 2016, el año más reciente del cual se pueden obtener datos, España le ha entregado alrededor de 250 millones de dólares a Marruecos por conceptos de asistencia económica, según cifras de la Agencia Española de Cooperación. El país africano es el segundo destino que más dinero español recibe en el mundo, sólo superado por Perú.

Sin embargo, los saltos por la valla de Melilla no son la única preocupación de España. El acelerado incremento de inmigrantes que llegan a sus costas por vía marítima, a bordo de balsas improvisadas, se ha duplicado en relación a 2017. Hoy, España es el país de Europa que más inmigrantes irregulares recibe por esta vía, de acuerdo a las últimas cifras entregadas por la Organización Internacional de Migraciones. Sólo entre enero y julio de este año, 18,653 inmigrantes han arribado por mar a algún punto del territorio español, mientras que Italia y Grecia han recibido a 17,838 y 14,940 respectivamente.

De igual forma, la dinámica económica de Melilla tampoco escapa del tema fronterizo. Al ser un puerto franco, exento de aranceles y de algunos impuestos, el comercio con Marruecos es lo que mueve el dinero en la ciudad. El fenómeno que más llama la atención es el de los porteadores: de lunes a jueves, casi 3,000 marroquíes cruzan hacia Melilla para mover toneladas de carga desde territorio español hacia Marruecos. Los comerciantes les pagan de cuatro a once dólares –o 20 durante el invierno– por cada bulto, el que pesa en promedio unos 80 kilos. Son arrinconados por la Guardia Civil española quienes golpean sus bultos con porras, mientras pasan horas expuestos al sol en altas temperaturas durante el verano. Tan solo en enero de este año, tres porteadores murieron en Ceuta y Melilla aplastados por estampidas en diversos puestos fronterizos de ambas ciudades autónomas.

En fotos: El comercio con Marruecos, lo que mueve la economía de la pequeña Melilla

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“Lo vamos a llamar comercio atípico, pero Melilla se rentabiliza de eso. Hacemos de esa desgracia humana algo rentable. Cerramos los ojos y permitimos que haya mujeres de 60 años cargando 80 kilos a sus espaldas, muriendo en avalanchas”, dice Rosa García, activista y miembro de la ONG Harraga.

Niños migrantes, enemigos públicos

Ahmed tiene 17 años. Hace un año que llegó a Melilla desde Fes tras cruzar por uno de los pasos fronterizos como parte de una estampida. Hoy, él es uno de los casi 1,000 menores extranjeros no acompañados que se encuentran en Melilla. Duerme todas las noches bajo las rocas de la escollera, entre la basura y junto a los ferries que prometen, algún día, llevarlo a Europa.

“Yo pensaba que iba a llegar al paraíso. Pensaba que Melilla era una buena ciudad, que ayudaban a la gente. Pero cuando llegué era todo al revés. Era el mundo al revés”, dice Ahmed. “Te tratan mal en la calle. Te tratan mal en el centro de menores. No te dan los papeles. Es como que no existes”.

El flujo de menores extranjeros no acompañados a Melilla ha estado sucediendo desde finales de los años 90. La mayoría de ellos son de origen marroquí y han migrado a Europa de forma constante, de generación en generación, usando a Melilla como punto de llegada a territorio legalmente europeo. La mayoría viene de ciudades como Fes, Marrakech o Casablanca, aunque a veces también de otros países como Argelia o Mauritania.

Al llegar a Melilla estos menores entran al sistema de protección español, dirigido por la Consejería de Bienestar Social de la ciudad, quien se encarga de tutelarlos. Sólo entre los meses de mayo y julio de 2018 han entrado más de 270 niños nuevos a La Purísima, el centro de menores más grande de Melilla, que anteriormente funcionaba como un fuerte militar. Este centro fue construido con una capacidad para acoger a sólo 130 menores. Sin embargo, hoy tiene a más de 600. La realidad de los centros de menores en Melilla convive con otra, aún más cruda, visible y marginalizada. A la fecha, hay más de cien menores extranjeros no acompañados que, como Ahmed, viven en situación de calle.

La oleada más reciente de menores extranjeros no acompañados a España se está dando ahora mismo, en 2018. Sólo entre enero y abril de este año llegaron más menores extranjeros no acompañados que en todo 2017 a territorio español. En esos cuatro meses, España ha recibido a 6,248 niños y niñas migrantes no acompañados, mientras que en todo 2017 la cifra llegó a 6,414. La mayoría de ellos provienen del país vecino, Marruecos, y también de otras naciones africanas como Argelia, Costa de Marfil, Guinea, Nigeria y Camerún. Muchos de estos menores, entre ellos Ahmed, entran corriendo a Melilla agrupados en forma de estampida por Beni Ensar, el principal puesto fronterizo entre Melilla y Marruecos. Otros lo hacen escondidos en dobles fondos dentro de automóviles, nadando, o con documentación falsa. Pocos son, efectivamente, los que trepan la valla.

“Al final la agenda europea de migración se puede resumir en que no lleguen, que si lleguen que no entren y que si entran que se vayan”, dice Jaime Pons, del Servicio Jesuita a Migrantes.

Menores no acompañados: los migrantes que llenan los refugios y las calles de Melilla (fotos)

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Así es como Melilla, por sí sola, se ha convertido en el hogar de más de 1,000 menores extranjeros no acompañados durante 2017, casi un 20% del total que llegó a España ese año. Esta pequeña ciudad sólo fue superada por Andalucía, la que recibió a 2,209 niños el año pasado y que a su vez es 7,000 veces más grande y 100 veces más rica que Melilla. También es, por lejos, la comunidad autónoma más poblada de toda España.

En este lado del Atlántico, los números tampoco dejan de sorprender: Estados Unidos ha recibido a 37,450 menores extranjeros no acompañados –la mayoría de ellos guatemaltecos– entre octubre de 2017 y junio de este año, según datos del Departamento de Seguridad Nacional.

“Carecemos de espacio, de recursos estructurales suficientes para poder atender esa presión migratoria concretamente”, dice Daniel Ventura, diputado de la Asamblea Legislativa de la Ciudad y consejero de Bienestar Social de Melilla, responsable del sistema de protección y de los menores extranjeros que llegan a la ciudad.

Pero , ¿por qué se van? ¿Por qué estos niños dejan sus países, sus casas y sus familias?

En contraposición a lo que sucede con los menores centroamericanos que buscan llegar a Estados Unidos –escapando del crimen organizado y de la violencia sistémica, impulsados muchas veces por sus propios familiares a migrar– los menores marroquíes tienen otras razones. Si bien Marruecos no está, ni ha estado recientemente, involucrado en una guerra, experimentando una crisis humanitaria como Siria, o viviendo olas de violencia como los países del Triángulo Norte de Centroamérica, los motivos por los cuales estos menores migran van más allá de situaciones coyunturales. Están incentivados por una mejor vida, por una aspiración a ascender socialmente, por ganar dinero, por trabajar.

“Los beneficios económicos conseguidos a través de la emigración de familiares, conocidos o miembros de la comunidad, y el imaginario idílico y de éxito trasladado por las redes sociales y los medios de comunicación, alimentan progresivamente el ‘sueño europeo’”, dice un informe publicado en mayo de este año desde la ONG Save The Children, una de las pocas que monitorea de cerca el fenómeno de los menores extranjeros no acompañados en España.

Esta aspiración, como dice la organización, se ve altamente influenciada por las redes sociales, Internet y el fácil acceso a la información que hoy tiene esta generación de menores migrantes hiperconectada. Sus motivos están enraizados en el tejido social, en su proyecto de vida, en lo que han visto de sus hermanos, primos y conocidos que ya han dejado sus casas, y elegido comenzar una vida nueva en Europa. Huyen, en gran medida, de la falta de empleo, del encarecimiento de la vida, de la falta de oportunidades.

“Yo vine a buscarme la vida. A trabajar. A ayudar a mi familia. A buscar un futuro mejor”, dice Ahmed.

El quiebre del sueño europeo

Sin embargo, el ‘sueño europeo’ se quiebra, paradójicamente, al momento que llegan a Melilla –territorio de la Unión Europea– después de haber viajado cientos o hasta miles de kilómetros desde sus ciudades y países de origen.

La legislación española, firmante de la Convención de los Derechos del Niño, contempla que todo menor extranjero no acompañado debe contar con un permiso de residencia ya tramitado en menos de nueve meses, luego de haber sido acogido por un centro de protección en España. Esto, de acuerdo con los mismos menores, y diversas ONG, no sucede en Melilla. Al no tramitar la documentación, los menores se perpetúan en un círculo de exclusión: no pueden trabajar, no pueden migrar a Europa, y se quedan atrapados en la ciudad, acabando generalmente en situación de calle.

Al cumplir los 18 años, los menores que se encuentran acogidos en los centros son expulsados a la calle –sin proveer ningún tipo de protección o seguimiento– y la tutela que la ciudad ejercía sobre ellos se termina. Al cumplir la mayoría de edad, muchos de ellos son expulsados de los centros con su permiso de residencia ya vencido o cercano a expirar, con órdenes de deportación y en un limbo migratorio, sin representación legal alguna.

“Hay una violencia documental que también hay que denunciar. Las leyes no se están cumpliendo. Un niño a los nueve meses tiene que tener su primer permiso de residencia y no lo tiene. Esa es la mayor traba”, dice Rosa García, activista y miembro de la ONG Harraga, asociación que trabajó con los menores extranjeros no acompañados desde 2014 hasta 2017.

¿Y qué pasa si el menor tiene un familiar que lo puede acoger en Europa? ¿Podría patrocinarlo? En la práctica, la respuesta es no. De existir, Ahmed no seguiría en Melilla. Estaría en Marsella, en Francia, junto a su primo y a su tío.

En contraposición a lo que sucede en Estados Unidos, Europa –y España en particular– no tiene una política de reunificación familiar para menores migrantes. En el caso estadounidense, los menores no acompañados –que llegaron en la llamada crisis de 2014 desde México y Centroamérica– eran acogidos temporalmente por el Departamento de Salud y Servicios Humanos para luego, en la mayoría de los casos, ser reunificados con un familiar o una familia patrocinadora en Estados Unidos. De esta forma, los menores extranjeros no acompañados que llegan a EEUU no son acogidos en una sola ciudad como en el caso de Melilla –o en un número limitado de centros– y la competencia de su tutela no la tiene la administración local, sino la federal, a lo largo de más de 100 centros de acogida en 17 estados en todo el país. La estadía promedio en estos centros es de 56 días en 2018, según datos de DHS.

Aquello no sucede en España. Es más: los menores ni siquiera pueden salir de Melilla para ser redistribuidos en otros centros dentro del territorio español. Están atrapados: la valla por un lado y el Mediterráneo por el otro.

Según Ventura, ha existido una negativa por parte de las otras 17 comunidades autónomas españolas –el equivalente a los estados en EEUU– para trasladar a los menores extranjeros acogidos en Melilla hacia otros centros localizados en la Península, y así, liberar la presión migratoria que vive la ciudad. “Es inaceptable que no exista una solidaridad interterritorial por el bien superior de unos niños. Que la respuesta sea negativa por parte de las otras 17 comunidades autónomas. Ellas no tienen una frontera ni el mar por otro lado. No pueden dejarnos la responsabilidad a una comunidad de 12 kilómetros cuadrados”, dice.

Sin embargo, el endurecimiento de la política inmigratoria bajo el gobierno de Trump –especialmente tras el anuncio de la política de tolerancia cero– pone en tela de juicio los procedimientos que tanto las autoridades migratorias como la patrulla fronteriza realizan con los menores extranjeros que llegan solos a Estados Unidos. En mayo se dio a conocer que el gobierno no sabía del paradero de casi 1,500 menores no acompañados que habían estado bajo la tutela de las autoridades estadounidenses, mientras que 2,551 niños fueron separados de sus padres o madres luego de que el Departamento de Justicia iniciara una política de separación familiar en la frontera.

España tampoco se aleja de la dirección hostil que Trump, por ejemplo, ha tomado hacia los menores extranjeros no acompañados. En un protocolo publicado por tres ministerios españoles en 2014 –durante la administración del exprimer ministro conservador Mariano Rajoy– se clarifica que las políticas a adoptarse “deben estar orientadas al retorno del menor a su país de origen”. Y Melilla, no es la excepción: “Los menores estarían mucho mejor en su casa con su padre y con su madre. Es más, estarían mejor no solamente con su padre y con su madre, sino en el país de origen donde van a mamar la cultura, con las costumbres que les competen”, dice Ventura.

El desdén generalizado que generan los menores migrantes tiene un nombre: el ‘efecto llamada’. Es a este efecto al cual diversas ONG atribuyen no sólo la falta de voluntad política para solucionar esta crisis, sino también para justificar el incumplimiento de la legislación en territorios aislados como Melilla.

“La respuesta que siempre hemos encontrado desde las autoridades es el ‘efecto llamada’. Que si hacemos eso, que si los reunificamos con sus familias, que si construimos más centros, que si los cuidamos y respetamos sus derechos, van a venir más”, dice Catalina Perasso, responsable de políticas de infancia de Save The Children. De igual forma, Verónica Barroso de Amnistía Internacional también rebate el concepto. “No es real. Es el argumento que utilizan grupos políticos y muchas personas que están en contra de que lleguen personas migrantes, de que lleguen personas refugiadas a nuestro país. El efecto llamada como tal no existe. Los menores, los inmigrantes, van a seguir llegando de cualquier forma ante las situaciones que viven en sus países de origen. Es supervivencia”, dice Barroso. Es, en efecto, todo lo contrario: es un efecto huida.

En gran medida, y según varias ONG, este “efecto llamada” funciona como argumento para que no exista voluntad política de solucionar la crisis de los menores en una ciudad que no cuenta, efectivamente, ni con los recursos ni la determinación necesaria para hacerlo. “Si aquí, ahora mismo, empezáramos a construir más centros, lógicamente se llenarían en dos minutos. Porque cruzan la frontera. Porque están incentivados. Más si saben que además hay mucho más espacio”, dice Daniel Ventura, consejero de Bienestar Social de Melilla.

Finalmente, la repulsión generalizada de los melillenses –fuertemente arraigados en sus costumbres militares como génesis de la España franquista– tiene que ver con un estereotipo que se perpetúa sobre la imagen de estos menores que migran. “Para los melillenses, estos menores son indeseables. Son los que roban. Son la delincuencia. Son los que ‘violan a nuestras hijas’. Son los que ‘no me dejan andar tranquilamente por mi ciudad, porque tengo miedo y me van a matar’”, dice Jaime Pons, del Servicio Jesuita a Migrantes. “Son la población excluida allá en Marruecos. Y así se perpetúa en Melilla, en España, al no haber mecanismos adecuados de protección. El tema del discurso más de odio y de la invasión de tal, no es específica contra el menor migrante. Es genérico contra la inmigración musulmana”.

Sin embargo, y hasta el día de hoy, ningún menor extranjero no acompañado, ya sea de la calle o acogido en un centro de protección, ha cometido ningún asesinato o violado a una persona en Melilla.

“Al final, todo esto de las fronteras, de los muros, de las rutas migratorias, de los menores, de los inmigrantes, se han concentrado en una realidad de pueblo. En un pueblo de 12 kilómetros cuadrados, con una mentalidad provinciana, muy localizada y al margen del mundo. Y sin embargo, sigue siendo una pieza clave para España y Europa”, dice Pons.

La pesadilla de La Purísima

Allá, lejos del centro de la ciudad, encaramado en un cerro remoto cerca de la valla fronteriza con Marruecos se encuentra La Purísima, el centro más grande de Melilla donde hoy se acogen a casi 600 menores extranjeros no acompañados. La frase “Todo por la Patria” se lee sobre un portón verde que se encuentra a la entrada del recinto, un exfuerte militar que tuvo que ser reacondicionado para atender la primera oleada migratoria de menores a principios de la década del 2000.

Hoy, la reputación de La Purísima es todo menos la que debería ser. El centro ha sido denunciado por hacinamiento, abusos físicos y maltratos sicológicos; por la existencia de funcionarios que apuñalan niños, por condiciones insalubres, y por violaciones de derechos internacionales, fundamentales y constitucionales.

Tras el rechazo de las autoridades a una solicitud para visitar el centro de La Purísima, el equipo periodístico de este reportaje recorrió sus inmediaciones. La verdad, es que no hizo ni falta entrar. El descampado que rodea a La Purísima es un verdadero basural. Hay excremento humano por todas partes, colchones tirados y chabolas improvisadas donde duermen los menores que han sido expulsados del centro tras cumplir la mayoría de edad. A primeras impresiones, La Purísima parece más una cárcel, una fortaleza militar, que un centro de acogida para niños y adolescentes.

“Hay un educador que te pega, que te revienta, que te rompe la cabeza, te rompe un brazo. No hay cámaras dentro del centro, solo alarmas. Hay muchos que se enferman y no los llevan al hospital, te llevan cuando ya estás muerto”, dice un menor acogido dentro de La Purísima, detrás de unos barrotes oxidados que dan hacia un pasillo de no más de un metro de ancho, por el que se pueden comunicar con el mundo exterior. El olor a excremento y orina es abrumador, mientras que las moscas pululan entre los brazos y piernas de los menores. Las habitaciones no cuentan con ventilación, y las ventanas están tapadas con barrotes y planchas de metal, agujereadas con pequeños orificios que dejan entrar escuetos rayos de luz y aire. Al mirar hacia el interior de una habitación, se pueden ver colchones en el suelo junto a cuatro literas de tres camas cada una, en un espacio que, a simple vista, no supera los seis metros cuadrados. Esos son más de catorce colchones en seis metros cuadrados.

“Cuando vinieron los de la Unión Europea hace como seis meses, limpiaron todo, dijeron que habían colchones nuevos, mantas nuevas, todo nuevo, y echaron a algunos chicos a la calle para que no vieran que el centro estaba saturado”, dice el mismo menor.

En julio pasado, uno de los educadores de La Purísima fue detenido por la Guardia Civil española y acusado de apuñalar a uno de los menores en la espalda y los glúteos, según describe la resolución judicial. El suceso tardó más de un mes en salir a la luz pública y, según cuenta el diario El País, fue inicialmente encubierto por otros dos trabajadores del centro de menores. El supuesto agresor estuvo una noche en la cárcel y salió en libertad bajo una fianza de 6,000 euros, unos 7,000 dólares. De igual forma, dos menores de 17 años murieron en diciembre de 2017 y enero de este año en distintos centros de Melilla, provenientes de Guinea y Marruecos. Ambas causas de muerte siguen siendo investigadas por la Policía Nacional española. Sin embargo, la impunidad otorgada por estar a cientos de millas de Europa continental, en medio de un enclave territorial en África, es uno de los problemas más arraigados de una ciudad como Melilla. “Efectivamente no hay transparencia sobre lo que pasa en los centros”, dice Barroso, desde la oficina española de Amnistía Internacional.

Ventura, al ser preguntado si estaba al tanto de las acusaciones de abuso y violencia por parte de los funcionarios del centro, dice que “estas denuncias no se pueden basar en habladurías”. El consejero asegura haber escuchado, pero nunca visto un abuso por parte de un educador a un menor y defiende su gestión ante las innumerables documentaciones que las ONG han hecho de la situación dentro de La Purísima, tras haber entrevistado a 91 niños en un informe publicado en 2017.

“Yo no hago una orden aquí diciendo, ‘hoy toca que abusen sexualmente de los niños, hoy toca que los maltraten, que le den de tortas (golpes) a todos’. Eso no ocurre. Y si un trabajador, el que sea, comete una ilegalidad, el primero en denunciarlo voy a ser yo”, dice Ventura.

Al recordar su paso por La Purísima, Ahmed agacha la mirada. Se queda callado y se toma las manos. “Me encantaría que cambiaran muchas cosas. Que nos faciliten trabajar. Que dejen de maltratarnos. Que cuando nos vean en la calle, no nos machaquen, que no nos maltraten. Que nos respeten”.

El Mediterráneo: la última frontera

Las condiciones en los centros y la dificultad que tienen los menores para poder recibir su permiso de residencia hace que, finalmente, decidan vivir en la calle. Así es como hoy, en Melilla, hay entre 100 y 150 que eligen escapar del centro y vivir cerca del puerto. Son, también, la población migrante más marginada de Melilla. “En Melilla hay una política activa en contra de ellos y muy arraigada también socialmente. Son niños indeseados, y la población les ve como peligrosos, como los culpables de todos los males de Melilla. Se han generado algunas dinámicas muy agresivas hacia estos menores, como delitos de odio y de grupos organizados, llamando a ‘la limpieza en los niños de la calle’”, dice Jaime Pons, del Servicio Jesuita a Migrantes de España.

Para ellos, Melilla se transforma en una especie de cárcel. Por un lado está la valla. No pueden volver a Marruecos. Y por el otro, el Mediterráneo, última frontera para llegar a Europa continental. Ante la imposibilidad de llegar a España por la vía administrativa, estos niños y adolescente practican, casi de forma diaria, lo que se conoce como risky: intentar esconderse –mientras ponen en riesgo su vida– dentro de los barcos que unen a la ciudad con las costas europeas de España, para finalmente escapar de una Melilla que les impide continuar con su proyecto migratorio.

Finalmente, para estos menores salir de Melilla se convirtió en una hazaña igual, o aún más difícil, que entrar en ella.

Rosa García, de la asociación Harraga, ha visto a muchísimos niños hacer risky durante su tiempo en Melilla. También ha visto a cuatro morir en el intento. “Es colarse en el barco sin que los perros te huelan, la policía te pille, o el detector de latidos te detecte”, dice. Los menores que viven en la calle ven al risky como la última y única oportunidad para llegar a Europa, luego de que la mayoría no logra obtener la documentación en el centro de menores.

Se agrupan en la madrugada, entre la medianoche y las cuatro de la mañana, para trepar la cerca que divide el paseo marítimo y la escollera. La cerca, que últimamente fue reforzada con alambres de púas y casetas de vigilancia, es la última valla que estos migrantes deben atravesar para llegar a Europa. Ya en la zona de carga, los menores intentan esconderse entre los neumáticos de los camiones, bajo el chasis, o definitivamente se lanzan al agua para encontrar algún espacio en el ferry donde esconderse. En una especie de operativo, los menores saben perfectamente los días, los horarios de partida y cuál de todos los ferries es el que llega más rápido a la Península.

Ahmed ya no recuerda la cantidad de veces que ha hecho risky. Sin embargo, las heridas abiertas en su brazo y hombro son testimonios de las púas rajando su piel, y de la violencia física que sufren, tanto él como los otros menores, al ser atrapados por la Guardia Civil o la Policía Nacional. Al ser detectados, la policía los envía al centro de menores ya que no pueden ser deportados dada su condición de menores de edad. Ya en el centro, vuelven a fugarse para intentarlo otra vez. Un verdadero círculo vicioso. Uno más bien peligroso que vicioso.


***


La casa desde donde salió Ahmed está el cuarto piso de un precario edificio, clavado en la mitad de un barrio de Fes, la segunda ciudad más grande de Marruecos. Las estrechas calles de tierra que llevan a ella serpentean los cerros que miran hacia las siete mezquitas que se alzan, a lo lejos, en la Medina. Igual como la valla que serpentea la frontera entre él en Melilla y su familia en Fes, a 330 kilómetros al suroeste de la ciudad española.

Hoy, en Melilla, la casa de Ahmed está bajo las rocas de la escollera, entre la basura y la intemperie, donde golpean las olas junto al puerto y a los barcos que se dirigen todos los días hacia Europa. Allí viven cuatro menores, entre ellos Ahmed, sin más que un par de mantas, una olla de metal, un sartén, y un bidón de agua que vuelven a llenar una vez al día.

“Nosotros venimos aquí para cruzar. Nada más. Estamos de paso en ruta a una vida mejor”, dice Ahmed. Esa misma noche, él y otros seis menores intentarían hacer risky una vez más.

Los siete miraban fijamente a los cuatro barcos que se encontraban encallados desde el malecón de la Ciudad Vieja, junto a la puerta que separa al paseo del puerto. Uno de ellos ya había zarpado hace unos minutos en ruta hacia Málaga. Todos vestían ropas oscuras. Uno de ellos ni tenía zapatos, solo unas chanclas.

Poco a poco, los chicos van desapareciendo en el horizonte oscuro de la escollera tras escalar la puerta y sortear los alambres de púas. Ahmed sigue mirando fijamente a uno de los tres barcos que quedan, ese con destino a Motril, una ciudad a sólo una hora al sur de Granada.

“Inshallah”, dijo en árabe. “Que sea lo que Alá quiera”. Así, Ahmed puso sus manos sobre el malecón, respiró hondo y se despidió, esperanzado, por una última vez.

* Esta investigación fue posible gracias al apoyo de la Fundación Heinrich Böll de Norteamérica, a través de su prestigioso programa de becas para periodistas conocido como Transatlantic Media Fellowship.

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