América Latina

Sergio Ramírez: "La gente de Nicaragua no va a olvidar a sus muertos"

El escritor y exvicepresidente nicaragüense considera que la normalidad no volverá a su país hasta que ocurra un cambio de gobierno. De Ortega dice: "Solo tiene de su lado la represión, no tiene apoyo ciudadano".
9 Sep 2018 – 12:10 PM EDT
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MANAGUA, Nicaragua.- Sergio Ramírez Mercado ha recibo incontables invitaciones internacionales después de ganar el premio Miguel de Cervantes, el más importante de la lengua española. El escritor nicaragüense recibió el galardón en la Universidad de Alcalá el 23 de abril, cuando la represión del gobierno de Daniel Ortega cobraba las primeras víctimas fatales de las 322 contabilizadas hasta ahora por organismos de derechos humanos.

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Ramírez, el narrador más prominente de Nicaragua y el primer centroamericano en ganar el considerado “Nobel español”, subió al púlpito del paraninfo de la universidad con un lazo negro en la solapa, y dedicó el premio “a la memoria de los nicaragüenses que en los últimos días han sido asesinados en las calles por reclamar justicia y democracia, y a los miles de jóvenes que siguen luchando sin más armas que sus ideales porque Nicaragua vuelva a ser república”.

Desde ese día, este intelectual y exvicepresidente de Nicaragua durante los años ochenta, ha denunciado las atrocidades cometidas por el gobierno de su antiguo compañero, Daniel Ortega. En esta entrevista con Univision Noticias analiza a profundidad la crisis sociopolítica que atraviesa su país. Desde la violencia como método de coacción, la persecución política, la “normalidad” que vende la administración sandinista, las salidas que vislumbra y el papel ambiguo del Ejército de Nicaragua.

El escritor y periodista Sergio Ramírez posa en su casa de Managua, frente a su biblioteca, tras recibir la noticia de que ganó el Premio Cervantes. Crédito: Jorge Torres / EFE


Ramírez es de los que afirma que el “régimen de Daniel Ortega está débil”. El escritor plantea tesis incómodas para el poder que podrían acarrearle represalias. Pero dice que no se callará. Y, sobre todo, ha declinado de las incontables invitaciones internacionales tras ganar el Cervantes, porque asegura que su “deber es estar aquí”, en Nicaragua, el país que su colega Julio Cortázar llamó “tan violentamente dulce”.

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—¿Cómo ve la crisis que atraviesa Nicaragua después de cuatro meses de protestas y represión?
—La crisis ha tomado otro aspecto después del levantamiento de los tranques, del cese de las barricadas por la fuerza desproporcionada y brutal que se usó frente a gente desarmada. Ahora la represión continúa pero de manera selectiva, es decir, cazando a los dirigentes, sacándolos de sus casas, inventando juicios sin ninguna prueba.

¿Le sorprende la gravedad?
—La brutalidad me sorprende mucho, muchísimo, creo que nunca hemos vivido una situación como esta en el país, donde no hay ninguna dimensión legal, no hay ningún límite; es decir, la arbitrariedad, el hecho de que las fuerzas del orden público estén en manos de personas sin rostro, que pueden asaltar a una persona en la carretera, llevarla presa, no se sabe si a un centro de detención. No hay ningún tipo de garantías; los juicios a puerta cerrada, sin testigos.

¿Pensó que Daniel Ortega y Rosario Murillo eran capaces de hacer esto?
—Creo que la desesperación, cuando alguien se aferra al poder, abre las puertas de situaciones parecidas a esta. Es decir yo siento que no es porque el régimen está fuerte, lo hace porque está débil. Si este régimen estuviera fuerte, pues jugaría a respetar la ley, tendría ese espacio, pero no lo tiene, porque de su lado solo tiene la represión. No hay respaldo ciudadano. Ellos saben que el país no es viable ni social ni política ni económicamente.

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¿Entonces ve esto, la represión, como una prueba de que el gobierno no está fuerte?
—Al contrario, lo veo como una muestra muy clara de debilidad, porque esto provoca el aislamiento frente a la misma sociedad, el repudio de la sociedad, la indignación de la gente. Basta ver los videos que circulan en las redes sociales de las reacciones de la gente contra policías cuando están cometiendo estos actos arbitrarios; son muy encolerizados. El exilio: ya hay más de veintitrés mil personas solo en Costa Rica; la pérdida de fuerza de trabajo. Entonces, me parece que esta idea de normalidad, que se quiere vender, está lejos de la realidad, no hay ninguna normalidad. Las tomas de tierras contra los empresarios privados como actos de venganza, también es una muestra de debilidad.

En esta foto del 27 de abril del 2011, el escritor nicaragüense Sergio Ramirez durante una entrevista en Managua. Ramírez es el ganador del Premio Cervantes 2017, anunció el gobierno español el jueves 16 de noviembre del 2017. (AP Foto/Esteban Félix, Archivo) Crédito: The Associated Press

Frente a tanta represión, ¿cree que la gente tiene miedo?
—La gente perdió el miedo cuando salió a las calles en los primeros días de la revuelta, de la insurrección cívica. Se había querido establecer un control social a través de organizaciones, estos Comités del Poder Ciudadano que pretendían controlar todo, y eso se rompió, de la noche a la mañana, el 18 abril. La gente perdió el miedo que tenía, el temor a ser reprimido, o el temor a perder el trabajo, y dio la cara. Una de las bases que el gobierno había establecido era que eran dueños de la calle, y apenas se juntaban cinco, seis personas en una rotonda llegaban los paramilitares, motorizados con cadenas, con palos, los disolvían, los golpeaban, abusaban de las muchachas, les robaban los celulares, y entonces estos pequeños grupos se dispersaban fácilmente. Lo que pasó aquí el 18 de abril en Camino de Oriente fue que la gente no se dispersó, llegaron con el mismo método: los motorizados con palos a dispersarlos y no pudieron; después llegó la Policía, antimotines, el número de gente siguió creciendo; quisieron dispersarlos con gases, no pudieron, y entonces empezaron a usar balas de verdad, ya no balas de goma. Esto me parece que fue el gran error que hundió al régimen: disparar contra la gente. Porque a lo mejor estas protestas pudieron haber sido ser más fuertes, pero no llegar al extremo que llevamos: más de cuatrocientos muertos. Esto creó algo muy irreconciliable entre la gente y el régimen, eso no creo que tenga sanación, no es posible, la gente no va a olvidar a los muertos, y la normalidad del país no se va a recuperar sino con un cambio de gobierno. No habrá aquí inversiones, nadie va a venir a poner un peso aquí bajo este régimen político; la economía se va a seguir cayendo, el aislamiento del país va a ser mayor, vendrán más sanciones...

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¿Qué cambió en Nicaragua?
—El miedo se rompe, porque es como romper una represa. Junto con el miedo se rompió la actitud pasiva de mucha gente. Me parece que los asesinatos de tantos jóvenes fue lo que provocó verdaderamente esta multiplicación de la protesta. Ahora, que esto se trataba de una reforma la ley del seguro social, de eso nadie se acuerda, porque Ortega derogó la medida de inmediato y eso no detuvo a la gente. Eso fue una pequeña chispa que encendió la pradera y la gente salió a protestar por todo lo que tenía, los agravios que había detrás.


¿Qué opina de que Ortega llame terroristas a los manifestantes? ¿El lenguaje que usa?
—Hay que usar un espejo para leernos y entender totalmente lo contrario, simplemente eso. Es una manera un poco insana de apropiarse del lenguaje, y voltearlo al revés, y apropiarse incluso de los muertos. Hoy habla de los asesinados por los terroristas, por los vándalos, eso es realmente orwelliano, totalmente orwelliano.

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Pero también hablan contra el imperialismo, el discurso de la Guerra Fría.
—El régimen de Ortega no hubiera querido enemistarse con Estados Unidos, entonces ellos han tenido que reaccionar usando el viejo lenguaje porque están débiles y necesitan defenderse, porque cuando el canciller está sentado en la OEA y han perdido o van a perder la elección, comienza a repetir que la OEA es el ministerio de colonias. Ese es un lenguaje de la Guerra Fría. Es un lenguaje fracasado, y lo que hace es abrir más las costuras, abrir más estos abismos de separación que se van creando internacionalmente. A mucha gente no le importa que les digan “ustedes son agentes del imperialismo”. Eso es retórica. O agentes de la burguesía a una gente pobre que le han matado un hijo. Aquí no son los hijos de los ricos los que han muerto, es gente muy pobre. Entonces alguien que le llegan a decir “tu hijo era un agente de la burguesía, del imperialismo”, eso es lenguaje totalmente vacío. Lo que hay dentro de esa gente es un gran dolor, dolor humano, y el dolor humano no se cura con ese tipo de lenguaje. Me parece que es surrealismo puro. Ese discurso está dirigido a un grupo de fanáticos, que es con lo único que cuentan, y que creen que eso es verdad. Pero eso es una minoría muy pequeña de la población. Incluso le cuesta mucho llevar a la gente a sus marchas.

Carlos Herrera
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Leslie Mayorga, alias ‘Managua’, huyó hacia Costa Rica junto a toda su familia por las amenazas de muerte que enfrentaba en su natal Jinotega, una ciudad al norte de Nicaragua. ‘Managua’ era uno de los líderes de la protesta contra el gobierno de Daniel Ortega en el barrio Sandino. Después que el gobierno ejecutara “la operación limpieza”, comenzó una persecución en contra los rebeldes. Los paramilitares le juraron muerte a ‘Managua’ y su familia por lo que decidieron huir por veredas hacia Costa Rica.
Carlos Herrera
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El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) calcula que 23,000 nicaragüenses han huido hacia Costa Rica desde que empezó la crisis el pasado 18 de abril. La mayoría de los refugiados se hospedan en casas de familiares, amigos y conocidos en un país, donde viven alrededor de 300,000 nicaragüenses. Aunque hay perseguidos que no tienen casas donde instalar su exilio y acuden a los refugios para migrantes que ha instalado el gobierno tico.
Carlos Herrera
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Los Centros de Atención Temporal para Migrantes (Catem) fueron instalados en 2016 en Costa Rica para atender la crisis humanitaria generada por la oleada migratoria de cubanos y haitianos que migran hacia Estados Unidos. Actualmente, alrededor de 60 nicaragüenses están refugiados en esos centros, sin incluir los albergues habilitados en San José, la capital.
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Carlos Herrera
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Los refugiados encuentran techo, alimentación y enseres básicos en los refugios. Los nicaragüenses son los nuevos miembros en los albergues que son ocupados mayormente por migrantes africanos y haitianos, a los que las autoridades costarricenses llaman “extrarregionales”. Cada refugiado cumple un rol dentro del albergue.
Carlos Herrera
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Las autoridades de migración costarricenses han redoblado el personal a cargo de los refugios desde el inicio de la crisis nicaragüense. Además, han ampliado el horario de atención a las 24 horas del día. La mayoría de los refugiados nicas ocupan el centro cercano a la frontera de Peñas Blancas como estancia temporal para recobrar energías y seguir su viaje hacia San José.
Carlos Herrera
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En el Catem norte de Costa Rica, la mayoría de los nicaragüenses refugiados son campesinos del centro y norte de Nicaragua, quienes huyeron ante la persecución paramilitar. Estos campesinos fueron curtidos durante la guerra de la Contra en la década de los 80 y hoy creen que la única manera para “sacar a Daniel Ortega del poder” es a través de las armas. "Hicimos marchas, barricadas y Daniel Ortega nos respondió con fusiles de guerra", dijo uno.
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Carlos Herrera
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Freddy Mondragón y José Murillo González son dos campesinos que se oponen a Ortega desde que el presidente sandinista vendió la idea de construir un canal interoceánico financiado por China sobre sus tierras. Durante la rebelión cívica, no dudaron en sumarse a los tranques. Mondragón es buscado “por golpista y terrorista” por la Policía Nacional de su natal departamento de Río San Juan. Antes de llegar al centro de refugiados, Mondragón y su grupo estuvieron perdidos en las veredas tres días comiendo únicamente naranjas.
Carlos Herrera
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‘Managua’ asegura que no puede volver a Nicaragua “porque está marcado por Daniel Ortega”. Asegura que busca la seguridad de su familia en Costa Rica, pero confiesa que le gustaría tener armas para así poder “sacar del poder a ese dictador asesino”. ‘Managua' tiene 48 años y su faceta rebelde es disipada cuando juega con su nieto en el albergue de refugiados y se vuelve un abuelo cariñoso.
Carlos Herrera
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La cocina comunal en uno de los centros de refugiados de Costa Rica. Generalmente, son las mujeres las que preparan los alimentos para sus familia y los hombres se encargan de las labores de limpieza. Los nicaragüenses cocinan su tradicional gallo pinto, mientras que los haitianos y africanos convierten los víveres brindados por las autoridades ticas en platillos típicos de sus tierras.
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Carlos Herrera
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Este peluche también viajó varios días por veredas para llegar a Costa Rica. Era una de las pocas diversiones que tenía el nieto y las hijas de ‘Managua’ en las montañas mientras aguantaban hambre. Los menores de edad también han sufrido la crisis nicaragüense. De los 317 muertos confirmados por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), 10% de las víctimas son niños y adolescentes.


El gobierno dice que “va ganando la guerra por la paz”.
—Sí, pero eso es una idea muy perjudicial para ellos, decir “estamos ganando esta guerra”. Primero, ¿la guerra contra quién? Si aquí no hay una guerra civil, no hay gente armada del otro lado, esta es una agresión contra gente desarmada. Claro, es fácil ganar una guerra así: tenés francotiradores, armas pesadas para desbaratar una barricada donde hay muchachos con huleras y piedras y morteros caseros.

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Pero el gobierno insiste que el país ha regresado a la normalidad…
—No sé a qué normalidad se refieren. Hace tres días aquí en la primera entrada de Las Colinas había operativo con treinta enmascarados. Yo no hago vida nocturna, pero si la hiciera, no vuelvo a salir. Si hay treinta paramilitares enmascarados ahí revisando carros, buscando a alguien, yo me devuelvo para mi casa. No hay normalidad. Es decir no puede haberla mientras exista esta represión arbitraria, que no se sabe quién va a ser la víctima de esta represión.


¿Qué resolución le ve a esta crisis que lleva cuatro meses?
—No podría decir que cual es la salida, pero que la salida se va a dar, la fuerza de las circunstancias va a hacer que esa salida se dé. Una cosa es lo que Ortega cree, que él está ganando la guerra y que entonces él está más fuerte, y otra es lo que la realidad dice. Creo que él va a tener que terminar negociando, no tiene otro remedio.

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Pero, ¿lo va a hacer? No ha demostrado voluntad.
—¿Pero qué otro remedio tiene? ¿Qué otra salida? ¿Quedarse así? El país se sigue deteriorando, esto no es Venezuela. Aquí no se produce una gota de petróleo, el dinero se está fugando de los bancos, hay doscientos mil personas que han perdido sus puestos de trabajo. Se calcula que para fin de año va a ser un millón de personas sin empleos, se han cerrado muchísimos negocios de todo tamaño. La normalidad depende del consenso entre la sociedad y el Gobierno, esa es la normalidad. Es decir, yo puedo estar en contra del Gobierno pero soy parte del consenso, porque sé que el sistema político democrático me permite cambiar este gobierno con mi voto en un periodo determinado. Eso no existe en Nicaragua. Entonces mientras no se abra esa ventana de que podemos votar y cambiar un gobierno, no puede haber normalidad. ¿Que esto puede durar? Si, puede durar, no sé cuánto, puede durar pero no es normal, no es una situación normal. Es decir, el país va a sufrir muchísimo, más deterioro, más gente se va a ir. Es asombroso que por razones políticas en apenas cien, veinte días se hayan ido del país veintiséis mil personas, solo a Costa Rica. Por primera vez, deportados de México, la gente que capturan queriendo pasar la frontera, hubo ya centenares de nicaragüenses, antes no había, casi, nicaragüenses. Entonces eso no es normalidad tampoco.

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¿Es posible un cambio, una salida pacífica?
—Tenemos por primera vez la oportunidad de lograr un cambio pacífico. A mí me parece que eso va a ser muy beneficioso para Nicaragua, porque si lo logramos, no es que, no son los triunfadores de una guerra en los que llegan al poder, de una guerra civil, lo cual ya trae los riesgos de que tenemos un nuevo caudillo, porque siempre que alguien gana una guerra…, pues, tenemos ese riesgo, la tentación de que el caudillo se quede en el poder, eso ha sido la historia de Nicaragua siempre; pero si logramos un cambio pacífico, a pesar de tanta muerte, y logramos que haya unas elecciones adelantadas y que un gobierno legítimo tome el poder, entonces me parece que eso sería fundamental para el país.

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¿Qué opina de la posición del Ejército? Dice estar al margen.
No se sabe cuál es la posición del Ejército. El Ejército ha dicho que no interviene porque no es asunto del Ejército, este es un asunto de orden público, que el Ejército sigue respaldando un diálogo nacional, lo repiten los voceros del Ejército. Mucha gente piensa que el Ejército debería haber desarmado a estas fuerzas paramilitares. Es su deber. El monopolio de las armas de guerra solo la tiene el Ejército aquí. Es difícil para mí dar una opinión en ese sentido porqué, digo yo: Bueno, el Ejército sale y desarma a estos paramilitares y entonces… ¿y qué más va a pasar? Es decir, el Ejército se estaría empoderando políticamente; y yo tampoco, ni quiero una guerra civil, ni quiero un golpe de Estado. Son dos cosas a las que yo les tiemblo ahorita. Nunca sale nada bueno de un golpe de Estado. Ni la intervención, menos. Son males de los que creo que nos debemos de apartar: guerras civiles, golpes de Estado, intervenciones extranjeras, y buscar la vía cívica porque ¿Por qué no se va a poder?

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¿Ha recibido amenazas por denunciar la represión?
—No, no he tenido amenazas, pero he decidido quedarme en el país. Más bien he renunciado a todo mi programa de viajes, tenía muchísimos viajes. Tenía que ir a Japón, Alemania, España, Argentina, y yo dije “mi deber es estar aquí”. No soy dirigente de nada pero siento que moralmente tengo que estar aquí, al lado de la gente, y haciendo lo único que puedo hacer, que es hablar, prestarle mi voz a la gente.

¿Y no tiene miedo?
—Sí. ¿Quién no tiene miedo? A mí me gusta decir que el valor no es más que el miedo bien administrado. Uno tiene que administrar su miedo.

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