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Qué tiene (y qué no) Elizabeth Warren para ganar a Trump en 2020

La senadora de Massachusetts se puede presentar como la defensora de la clase trabajadora, pero tiene poca relación con los votantes afroamericanos o latinos. Es una de las pocas estrellas en activo de los demócratas.
10 Feb 2017 – 4:40 AM EST

La senadora Elizabeth Warren logró un púlpito inesperado esta semana cuando sus colegas republicanos aprobaron una regla para impedir que leyera una carta de Coretta Scott King contra Jeff Sessions, recién nombrado fiscal general de Estados Unidos y hasta ahora senador.

Con un hilo de voz, Warren trató de seguir leyendo la misiva que criticaba a Sessions en 1986, cuando Ronald Reagan intentó nombrarlo juez federal en Alabama y el Senado lo rechazó alegando comportamientos racistas. Warren acabó leyendo la carta a la puerta del Senado para Facebook Live.

Antes de este incidente, Warren ya era una de las pocas estrellas en activo que tiene ahora el partido demócrata. En 2016, algunos la proponían como candidata a vicepresidenta para Hillary Clinton y recibió hasta algún voto en el colegio electoral de los electores rebeldes del estado de Washington.

En la campaña presidencial, Warren fue una de las políticas más agresivas contra Donald Trump fuera en mítines o en Twitter. Está terminando su primer mandato como senadora de Massachusetts y si es reelegida en 2018 aún tiene margen para pensar si quiere lanzarse a la carrera presidencial.

Mitch McConnell le dio hasta el lema de campaña cuando explicó por qué había apelado a la regla para hacerla callar: “Fue avisada. Se le dio una explicación. Aun así, ella insistió”. La etiqueta #shepersisted (ella se obstinó o insistió) ya ha servido de reivindicación femenina. Hillary Clinton hizo un tuit con las palabras de McConnell como una llamada a la batalla.

Su agenda y su personalidad podrían debilitar algunos de los mensajes centrales de la campaña de Trump, aunque también podría sufrir alguno de los puntos vulnerables de Clinton.

1. Amiga del trabajador

Trump triunfó haciéndose pasar por un amigo de los trabajadores aunque él fuera un millonario de Nueva York que empezó su imperio gracias a la fortuna de su padre.

Para Clinton, otra millonaria residente en el estado de Nueva York que había cobrado por discursos para firmas de Wall Street, era difícil ofrecer un contraste personal por mucho que pudiera defender políticas fiscales más beneficiosas para los que menos ganan.

En cambio, Warren tiene un perfil de familia trabajadora que puede conectar mejor con parte de los votantes de Trump.

Su padre vendía alfombras y hacía arreglos; su madre cosía y ella cuidaba niños desde pequeña en Norman, una base militar de Oklahoma. Suele contar que de adolescente se avergonzaba del automóvil de sus padres y pedía que la dejaran a unas manzanas de la escuela de Oklahoma City, donde se mudaron cuando la familia consiguió ahorrar.

Cuando fue elegida senadora en 2012 ya era una adinerada profesora de Harvard, pero puede presentar sus orígenes y sus causas desde los años 70.

Su obsesión con la clase media contrastaba desde la Universidad con compañeros y colegas que seguían la moda de romper las convenciones. Su especialidad académica era la deuda personal que acumulaban las familias trabajadoras. Y su enfoque no fue político durante mucho tiempo. Hasta 1996 estuvo registrada como republicana y estuvo alejada de algunas de las luchas de su época contra la guerra o en defensa del feminismo.

Warren pidió más vigilancia y más regulación financiera en tiempos de Bill Clinton, una década antes de que estallara la crisis provocada por las hipotecas basura que ella quería combatir.

Los lemas de Trump contra Wall Street o el establishment ya no los podría utilizar contra Warren, que se ha batido contra demócratas y republicanos por igual por el control de las instituciones financieras.

Uno de sus momentos más célebres de sus primeros tiempos cerca del gobierno fue su interrogatorio a finales de 2009al secretario del Tesoro de Obama, Timothy Geithner, sobre las ayudas a aseguradoras y bancos cuando ella estaba en una comisión de control del Congreso como experta.

2. Berniana pero no tanto

Cuando Hillary Clinton quería atraer a jóvenes a sus mítines, sobre todo en lugares de la Costa Este y Oeste, se llevaba a Bernie Sanders o a Elizabeth Warren.

La senadora que se convirtió en estrella explicando la crisis financiera en el programa de Jon Stewart tenía un halo izquierdista y combativo en la campaña que gustaba a los bernianos, aunque, en realidad, Warren apoyó a Clinton en las primarias demócratas.

Comparte algunas de las ideas de Sanders, pero tiene un tono más moderado y viene de una tradición más pragmática.

Obama la utilizó en su primera campaña porque explicaba bien los excesos de Wall Street, aunque después la puso en segundo plano al ver que estaba alentando al ala más a la izquierda del partido. El enfrentamiento con Geithner hizo que se quedara sin el liderazgo del oficina de protección financiera al consumidor que había montado ella. Los republicanos en el Senado, que estaban en minoría, también anticiparon que la rechazarían y boicotearían la agencia si ella era la elegida.

Pero Warren no se quejó y Obama acabó empujándola a presentarse al Senado por Massachusetts, donde ganó en 2012 al popular republicano Scott Brown.

Si se presentara en 2020, tendría ganados a los jóvenes y al ala más izquierdista del partido. Podría atraer más votos centristas que Sanders, sobre todo después de un mandato de Trump.

3. Otro intento de mujer presidenta

Warren nunca fue una líder feminista, pero se ha ido sintiendo más cómoda en política con esa causa. Fue la primera mujer en ser elegida por el Senado en Massachusetts y es un ejemplo de superación en un entorno donde se esperaba poco de ella.

Se casó con 19 años y con 22 ya tenía una niña. Su primer marido esperaba que se quedara en casa cuidando de sus hijos, pero ella quería más y consiguió graduarse en Derecho durante su segundo embarazo.

Abrió un bufete y se puso a dar clase. Después de años siguiendo los traslados de su marido, se divorció y crió a sus dos niños pequeños sola mientras seguía avanzando en la carrera académica.

La fichó la Universidad de Harvard y aceptó mientras su segundo marido, el profesor Bruce Mann, la seguía a ella. Una década después, él también conseguiría plaza en Harvard como historiador del Derecho.

Las ganas frustradas para muchas votantes de tener la primera mujer presidenta pueden beneficiar a Warren, especialmente frente a un adversario que ha presumido de acosar a las mujeres, las ha puntuado por su aspecto físico y ha dicho que sería novio de su hija si no estuvieran emparentados.

Además, Trump se defendía de su repetido adulterio citando los casos de Bill Clinton. Una baza que ya no tiene contra Warren.

El hecho de que Mitch McConell la acallara utilizando una regla raramente empleada y a la que no se ha recurrido en casos de críticas de otros senadores hombres ha despertado una ola de simpatía de mujeres acostumbradas a ser silenciadas en salas de poder llenas de hombres. En el Senado, hay sólo 21 mujeres, 16 de ellas demócratas.

4. Poco gancho entre afroamericanos y latinos

Una senadora de 67 años blanca que representa a Massachusetts puede tener una capacidad de movilización limitada entre comunidades sureñas, como le ocurría a Bernie Sanders, o entre hispanos y afroamericanos.

Massachusetts es un estado más blanco que el resto del país, con sólo un 8% de población negra. Los hispanos tienen una representación mayor, del 11%, pero también son menos que la media del país.

Esto puede compensarlo con una mayor movilización de jóvenes. En su caso, además, podría tener la ventaja de un mayor interés en las elecciones partiendo desde la oposición.

Pero si su estado sirve de lección, Warren no lo tendría tan fácil para conquistar al electorado general. Según una encuesta de la radio pública de Boston en enero, sólo el 44% de los votantes creen que Warren merece ser reelegida senadora. El gobernador republicano es más popular que ella en un estado que se está haciendo más conservador.

5. Muy seria

Warren tiene entusiasmo y energía en sus discursos, pero también puede asumir un tono profesoral, parecido al del presidente Obama.

En campaña, no se detiene a hablar mucho con los votantes ni suele hacer bromas. Prefiere acudir a medios que considera cercanos a su causa como MNSBC y se entretiene poco con otros reporteros.

Suele repetir los mismos lemas con una obsesión con la regulación financiera que puede alejarla de otras preocupaciones de los votantes. No tiene experiencia en política exterior o en gestión de asuntos de seguridad nacional, aunque ese defecto no preocupó en 2016 a millones de votantes que optaron por Trump.

6. Odiada en Wall Street

El presidente Obama no se atrevió a ponerla al frente de la agencia del protección financiera al consumidor por la animadversión que suscitaba entre los bancos y otras empresas de Wall Street. Lo que puede ser una ventaja ante los votantes también puede ser una desventaja a la hora de financiar una campaña electoral.

Warren puede recurrir a la financiación en pequeñas cantidades a través de Internet como Sanders, pero también necesitaría a los grandes donantes, que la pueden ver como una amenaza que empuje a los demócratas demasiado a la izquierda como reacción a la derrota de la centrista Clinton.

7. Poca simpatía entre los republicanos

Warren se ha mostrado hasta ahora igual de combativa con Trump que con otros republicanos. Su oposición a casi todas las propuestas republicanas hace que sea poco popular entre los moderados de ese partido.

Lo ideal para un ganador de unas elecciones es atraer a parte del electorado del partido contrario, pero esto es algo cada vez más difícil según comprobó Clinton, que consiguió los votos de republicanos (incluso de líderes que lo dijeron en público), pero no como para vencer las elecciones.

Warren atraería a menos republicanos centristas y tal vez a menos de los que se definen como “independientes”.

Su estrategia, de otro lado, es más parecida a la de los republicanos que han ascendido en la última década haciendo oposición sin concesiones al presidente del partido contrario. No es bueno para el país, pero al final sí puede serlo para el candidato.

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