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Inmigrantes indocumentados

Un día con la milicia pro Trump que patrulla la frontera cuyo jefe detuvo el FBI

Este sábado el FBI informó que arrestó al líder de un grupo de unos veinte veteranos que montó un campamento en la frontera en Nuevo México para bloquear el paso de inmigrantes a EEUU. Se hacen llamar los 'United Constitutional Patriots' y, desde que se instalaron, patrullan la zona con sus AR-15.
20 Abr 2019 – 7:18 PM EDT

El FBI detuvo este sábado al líder del grupo de milicianos, Larry Mitchell Hopkins, por "posesión ilegal de armas de fuego", unos días después de que se publicara un video en el que integrantes de su organización detenían a migrantes centroamericanos para entregarlos a la Patrulla Fronteriza, algo que reserva la ley a las autoridades federales. Días atrás Univision Noticias pasó una jornada con estos autodefinidos "patriotas" que se describen como simpatizantes del presidente Donald Trump. No está claro aún si el arresto tiene relación con el video referido. Esta es la historia del grupo:

SUNLAND PARK, Nuevo México.– Llegó la hora del patrullaje y son tres los “patriotas” que salen a vigilar que ningún inmigrante indocumentado cruce la frontera en ese punto. Todos visten ropa militar y van con sus caras tapadas. Pero uno de ellos se monta una capa más: la de un traje táctico de camuflaje que lo hace ver como a una especie de Chewbacca al cuidado de la retaguardia de sus compañeros desde una colina.

Se comunican por radio. El hombre con su rifle con mira telescópica se acuesta boca abajo en la tierra, más atrás. “Limpio”, le dice a sus compañeros y los otros dos siguen caminando sigilosos con sus AR-15 firmes entre las manos.

El grupo se hace llamar los 'United Constitutional Patriots'. Están apostados en un punto de la frontera entre Nuevo México y México, justo donde el muro metálico se acaba y da paso a una pared fronteriza natural, una gran montaña desértica. Hace más de un mes montaron campamento, con carpas en las que duermen y un motor home en el que se hospeda más cómodamente el comandante nacional de la organización, Johnny Horton Jr., un hombre panzón de 69 años cuyo nombre real es Larry Mitchell Hopkins, desaseado, corpulento y que dice tener tres cuartos de sangre Cherokee.

“Queremos proteger a los estadounidenses de esta invasión, porque esto es una invasión. Y todo el que crea que no, que venga y vea lo que nosotros vemos y el infierno que atraviesa la Patrulla Fronteriza”, explicó minutos antes del patrullaje Horton, apretujado entre la silla y la pequeña mesa de la casa rodante atestada de cosas, desde una ziploc con espagueti en salsa de tomate, hasta dos cajetillas de cigarros, un pote de ajo en polvo, un reloj sin pila, una lámpara de gas. Más allá en una cama hay unos cuantos rifles y a un lado, una hornilla de la pequeña cocina está encendida sin ninguna razón.


“Nuestra misión es frenar lo que está pasando (en la frontera), es totalmente nuestra misión: detener a esta gente que está cruzando, muchos están viniendo ilegales (...) Esto no es un juego, amigos, tenemos una invasión en camino”, agregó al alegar que lo hacen gratis y porque apoyan al presidente Donald Trump —y dicen que son apoyados por él—, a la Constitución y a sus compatriotas estadounidenses. Aseguran que habían detenido a más de 2,000 personas en apenas una semana, incluidas familias completas con niños.

Horton explica desde su casa rodante que los que vienen en las caravanas son personas que violan y roban niños, que no son carteles de la droga sino “una fuerza armada que está en camino”, de unas 670 personas “que nosotros sepamos”. Cree que si lograran entrar “esto podría terminar en una guerra”. Por eso frenan a todo el que cruce la frontera sin documentos, llaman por radio a la Patrulla Fronteriza y se los entregan en custodia.

Fuera de ese motor home comienza la acción para los milicianos. Un par de personas cruzan desde México caminando, pero se paran en seco cuando ven a los hombres con sus AR-15. Sin pensarlo mucho, corren de regreso al lado mexicano.


Los patrulleros se resguardan detrás de rocas. “Me aseguraré de que sea seguro y luego seguiremos caminando”, dice Viper, como se identificó uno de ellos, un veterano de 53 años a quien el recorrido le recuerda a sus días de soldado en Afganistán. Tiene menos de una semana apoyando a este grupo, 38 horas sin dormir y dice que lo hace porque quiere cuidar a sus cinco hijas de "inmigrantes armados que vienen en camino". Viper entonces carga su AR, camina y le pide a su compañero que vigile: ”Los veo corriendo, avisa”, le dice y pregunta a una de las reporteras:

—Tú hablas español, ¿verdad?

—Sí— respondí, cuestionándome como para qué me necesitarían en ese escenario.

—Ok, bien— aseguró el miliciano y siguió caminando.

—Veo a alguien por allí— susurré para mí.

—Sí, es una mujer lavando ropa— respondió el miliciano, que veía todo a través del muro metálico.

Había pasado media hora de patrullaje y por ahora, solo por ahora, no hubo nada más que reportar.

¿Que si he visto a quién?

El campamento de los United Constitutional Patriots está en medio del árido y empedrado desierto de Sunland Park. Cada tanto durante el día, por detrás pasa un tren de carga que ensordece y llegan carros de personas que los apoyan y les traen una caja de rosquillas Dunkin Donuts para el desayuno, o comida para el almuerzo y la cena. Una de ellas lleva una gorra con el eslogan: "Trump makes America great" (Trump hace grandioso a Estados Unidos).

Pero fuera de ese perímetro, en las comunidades más cercanas a unos tres minutos en carro, nadie los conoce, no los han visto ni saben siquiera que ellos están ahí desplegados para protegerlos de una presunta invasión. De hecho, la policía de Sunland Park los encontró por casualidad en uno de sus patrullajes, pero no les han pedido que se retiren porque, al menos hasta el momento de esta entrevista en marzo, los vecinos no habían hecho ninguna denuncia.

Los United Constitutional Patriots no entraron en el mapa de grupos de odio detectados en 2018 por el Southern Poverty Law Center (SPLC), una organización que monitorea la acción de estas agrupaciones de odio y extremistas en Estados Unidos. Sin embargo, por su discurso y la manera como actúan se asemejan a lo que el SPLC cataloga como movimientos antigubernamentales, que años atrás no tuvieron a un aliado en la presidencia de Estados Unidos, pero que ahora tienen en Trump a alguien “en quien creer”, que defiende derechos que consideran básicos, como el de poseer armas de fuego, y por eso los discursos —de los milicianos y del presidente— suenan tan parecidos.

El SPLC asegura que esos grupos antigobierno pasaron buena parte del año pasado preparándose para una supuesta invasión por la frontera sur. La justificaron en las distintas caravanas de migrantes que llegaron desde Guatemala y Honduras hasta Estados Unidos.

"Las fantasías de las milicias se aferran a catalogar las caravanas como un ejército invasor y no como un grupo de unas cuantas miles de personas desesperadas que huyen de la pobreza y la violencia", analiza el SPLC en un artículo publicado en su web en febrero.

Para 2018, el SPLC identificó 1,020 grupos de odio en el país: 612 pertenecían a esta corriente antigobierno y 216 eran milicias, según su recién publicado informe Intelligence Report. La organización asegura que desde la elección de 2016, el discurso del presidente entusiasmó al movimiento y alimentó sus temores y paranoias en dos adversarios principales: los musulmanes y los inmigrantes.

Johnny Horton habla sobre todo de los segundos.

De cantante a comandante miliciano

A Johnny Horton Jr. sus padres no lo bautizaron con ese nombre. Lo llamaron Larry Mitchell Hopkins y así se llamó hasta que comenzó a interpretar viejas canciones de música country, incluidos éxitos del verdadero Johnny Horton, un reconocido intérprete de ese género cuyos padres trabajaron en campos de migrantes recogiendo frutas y algodón, según muestran varias de sus biografías.

Pero Horton, el verdadero, falleció en 1960 en un accidente de tránsito. Y Horton, el miliciano, desde 2007 –aproximadamente– se apoderó de ese nombre y lo usa en la vida y en su canal de Youtube, donde canta temas de otros bajo el alias artístico de Johnny Horton Jr.


Como Larry M. Hopkins, este sexagenario tuvo algunos problemas con la justicia en noviembre de 2006. Fue arrestado en el condado Klamath, en Oregon, por personificar a un oficial de policía y portar armas de fuego y mostrarlas a un grupo de jóvenes, según se lee en el reporte policial. Ese día, vestía un uniforme negro con estrellas de rango a cada lado en el cuello de su camisa. También llevaba dos supuestas placas, una en el pecho que decía "agente", y otra dentro de un forro de cuero –como en las películas policiales– en la que se leía "agente de recuperación de fugitivos". Esa también la mostró a los policías que respondieron al incidente, a quienes les dijo que trabajaba para el gobierno federal "directamente bajo órdenes de George Bush", que iba en camino a buscar a un grupo de compañeros para desmantelar un laboratorio de metanfetaminas y que llevaba operaciones en Afganistán.

Pero al chequear el historial criminal de Hopkins, los policías descubrieron que tenía “numerosas acusaciones criminales”. Hopkins ya les había comentado incluso que “él no tenía permitida la posesión de armas de fuego”. Fue esposado y arrestado.

Un mes después, alcanzó un acuerdo con los fiscales y se declaró culpable por uno de los cargos de posesión de arma de fuego.

"No fue nada serio", respondió cuando se le consultó por teléfono sobre su pasado. "Estás hablando de 15 años atrás", agregó este hombre blanco al restarle mérito a lo ocurrido.

“No tienen autoridad para arrestar”

Viper y Stringer ya bordean el muro fronterizo. En sus patrullajes aseguran que no han tenido que disparar una sola bala, no hasta el momento: "Nuestras armas son para nuestra seguridad y la suya", dice el primero. Y aunque el comandante se negó a detallar por razones de seguridad cuántos milicianos conforman esta agrupación, Viper aseguró que son una veintena de personas.

—¿Me copian en la base?— dice Viper—. Border Patrol está aquí, tenemos movimiento hacia el oeste.

A simple vista, nada se mueve más que ellos y una camioneta de la Patrulla Fronteriza que se aproxima y se estaciona cortándoles el paso.



—Oiga, me gustaría hablar con usted— le dice a Viper el agente.

—Sí, señor— replica el miliciano.

—¿Ha visto a alguien?

—Sí.

—¿Ahorita?

—Como hace media hora.

—Ok, ¿en este lado o en otro?

—En el otro lado.

—A ver, chicos, apreciamos sus esfuerzos, ¿entienden eso?

—Sí, señor.

—Pensábamos que ustedes eran extranjeros, ¿saben? Eso como número uno. Número dos, estas tierras son territorio federal. Cuando ustedes caminan por aquí, realmente están interfiriendo en nuestras operaciones, están en nuestro camino, ¿lo entienden? Díganle a su comandante que apreciamos los esfuerzos, pero que esta zona tiene mucha operación.

La misión fue abortada. Viper y Stringer caminaron de regreso al campamento base, sin inmigrantes y regañados.

“Siempre nos dicen eso (los agentes). Pero trabajamos con ellos”, replica Viper.

La Patrulla Fronteriza respondió en un correo electrónico que saben que estos ciudadanos y veteranos “quieren contribuir con la protección de la frontera” y que con frecuencia los llaman por radio para entregarles inmigrantes que han retenido en esa zona. Sin embargo, aclaran que ellos “no tienen la autoridad para arrestar o hacer cumplir las leyes de inmigración”.

“CBP nos ahuyentó”, dijo Viper a sus compañeros al llegar al campamento. “Estábamos en su sector. Estaban muy molestos porque eso pasó. Debimos haber encendido algunos de sus sensores”.

—Viper, 911, el comandante te necesita— le interrumpe con tono de orden una de las milicianas desde el motor home.

—Un segundo— responde él, que quería terminar de narrar su patrullaje.

¡911, el comandante te necesita!— repite ella más fuerte y él obedece.

—Sé cuidadoso con cuánta información les das (a las reporteras)— le ordena el comandante.

Esta historia se realizó con el apoyo de la International Women's Media Foundation y su Adelante Latin American Reporting Initiative.

Ve también:

En fotos: un recorrido por el segundo sector de la frontera por donde cruzan más centroamericanos

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