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Inmigrantes indocumentados

"Ella dice que era feo Honduras, pero para mí era bonito": una niña migrante le suplica a su madre que vuelvan a casa

Los niños migrantes que ruegan volver a su país lo hacen porque extrañan sus espacios, la familia que dejaron y los amigos. En muchos casos los padres les toman la palabra; en otros, están decididos a llegar a Estados Unidos.
22 Ago 2019 – 4:52 PM EDT

Los abuelos, los amigos, la escuela: las razones por las que los niños migrantes suplican retornar a su país

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TIJUANA, México.- Valeria Figueroa extraña los abrazos de su abuela, con quien pasaba la mayor parte del día mientras su madre trabajaba. A cambio, abraza un corazón de peluche que hay en un mueble en el albergue para mujeres y niños en el que están, el Madre Asunta. Desde que se marcharon de Honduras, en febrero, la primera pregunta que le hace en el día a Celia, su mamá, es "¿cuándo nos vamos a regresar?". La respuesta es "nunca".

Valeria también echa de menos a su tío, con quien vivía y a quien asesinaron en un tiroteo, pero eso ella no lo sabe. Ese homicidio fue la razón por la que huyeron: los responsables rondaban constantemente la casa en la que vivían.

Y como la madre insiste en que no volverán a Honduras, Valeria, resignada, le pregunta en cada conversación telefónica a su abuela que cuándo vendrá a visitarla: "¡Véngase!", la invita. Es probable que eso tampoco pase.

La abuela no es lo único que echa de menos Valeria: "Extraño la escuela, no me gusta la comida aquí porque le echan solo sal", enumera la niña de 6 años. Su mamá explica, preocupada, que su hija ha perdido mucho peso: "Ella estaba más gordita cuando nos vinimos. No está acostumbrada a esta comida. Allá era feliz con su arroz y sus frijoles". Valeria le replica entre brincos: "Y el pollo, pollo para mí, mami", y le reclama que el de Tijuana no sabe igual.

Celia y su niña intentaron entrar caminando por California. Pero fueron arrestadas por la Patrulla Fronteriza y devueltas a Tijuana bajo los Protocolos de Protección de Migrantes (MPP), una de las políticas implementadas por el presidente Donald Trump para desalentar la migración centroamericana en masa que se ha registrado en los últimos años. Bajo esta medida se encuentran más de 20,000 inmigrantes, que fueron llevados a ciudades como Tijuana, Ciudad Juárez o Matamoros.

En su caso, ambas ya tuvieron su primera fecha de corte el 6 de agosto; la próxima les toca a finales de septiembre, pero no saben si las dejarán quedarse del lado estadounidense, pues no tienen abogado, testigos ni pruebas para demostrar el acoso al que las sometieron quienes mataron al tío de Valeria.

En el último mes y medio, familias centroamericanas completas han comenzado a retornar a sus países, entre otras razones, por el hartazgo ante los tiempos de espera en albergues en México solo para poder entrar a Estados Unidos a ser entrevistados por funcionarios de migración o para ir a sus cortes con un juez de inmigración. La mayoría de veces son devueltos a esperar la solución de sus casos de asilo en México y la desesperación se contagia no solo entre adultos, sino también entre niños.

"Quiero volver a estudiar"

En el albergue Madre Asunta, son más los niños que suplican a sus madres por volver a dormir en su casa o por regresar a su rutina. Ya el tema se ha tornado usual.

Henry y Sofía, dos hermanos ecuatorianos de 9 y 11 años, también quieren regresar a casa y a la escuela. Su madre, Blanca, está clara en que no hay retorno posible: una mujer secuestró a otro de sus hijos y aunque el niño fue rescatado por la policía, la plagiaria amenazó con que se lo quitaría de nuevo. Ella, que es madre soltera, decidió huir con sus cuatro hijos. A pesar de aquel incidente, los niños insisten en que no quieren ni volver a las hieleras ni sentir más miedo.

"Quiero es estudiar", dice Sofía, que también extraña la comida de su país y a sus amigas. Aunque ha hecho nuevos amigos en el albergue, Henry asegura que quiere estar con los que tenía en Ecuador.

También quiere volver a casa Nahomi, una guatemalteca de 10 años. Ella y su madre huyeron tras ser víctimas de acoso por parte de delincuentes que las extorsionaban, pero ella insiste en que no teme regresar. Dice que extraña a sus hermanos de 2 y 8 años, con quienes jugaba a asustar a sus padres cuando llegaban de trabajar, y a su papá, que se quedó cuidándolos en Guatemala. Sueña con volver a su escuela y estar con sus amigas, así como con atender las clases de su maestra, que le permitía entregar las tareas cuando ella pudiera. Ahora, en el albergue, sufre por la soledad, pues aunque hay más niñas de su edad su madre pasa la mayor parte del día trabajando y ella se queda sola, aunque esté enferma.

Para que la espera no sea tan ociosa, en este albergue habilitaron un salón en el que la maestra, Rosario Castro, les pone juegos, leen, dibujan, y practican las sumas y restas. También toman dictados, como uno que titularon "¿te imaginas si tuvieras que empezar en otro país?" y en el que se lee: "Todos los días en alguna parte del mundo hay niños y niñas que se convierten en refugiados y huyen de sus países porque su vida está en peligro. A veces huyen de la violencia y la guerra". Con ellos, los niños entienden en parte en lo que se convirtieron sus vidas cuando sus padres decidieron sacarlos de golpe de sus países.

Castro cuenta que en el albergue han debido brindar apoyo psicológico a los niños para apoyarles con los traumas que vivieron en sus países y en el camino que los llevó hasta Tijuana. La encargada de este albergue que da cobijo a 100 mujeres con sus hijos, la madre Salomé Lima, explica que algunos niños han mostrado incluso signos de agresividad.

"Buscan sacar todo lo que viven y muchos lo hacen a través del enojo, de berrinches o al tomar roles de adulto que no les corresponden", asegura Lima. Y las madres no están mejor: "Hay mucha depresión, desesperación. Hay mujeres a las que les ves mucha tristeza en el rostro y no saben ni siquiera cómo expresarla. La tristeza se les sale por los poros".

A Celia le devuelve la sonrisa el rostro su hija Valeria. La niña la hala de los cachetes, se le escabulle de los brazos cuando ella le pide que se quede quieta mientras se toman una foto.

La madre dice que no hay vuelta atrás, que espera llegar con sus hermanas en Estados Unidos para poder traerse a los dos hijos que dejó en Honduras, uno de 10 y una de 13. La muerte de su hermano le quitó de un golpe el encanto a Honduras para Celia; la pequeña le reclama: "Ella dice que era feo Honduras, pero para mí era bonito".


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