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Inmigrantes indocumentados

Al borde de la muerte: los peligros de una frontera donde no se dan abasto para las emergencias médicas

Los recursos de la Patrulla Fronteriza para responder a urgencias en el desierto son cada vez más limitados porque tienen que atender al tiempo la llegada masiva de centroamericanos que piden asilo. Los migrantes que cruzan por la frontera de Arizona arriesgan sus vidas, sufren fracturas por caídas en cerros empinados, deshidrataciones severas o mordeduras de serpientes y no todos corren con la suerte de un rescate. Esto fue lo que encontró Univision Noticias en un recorrido por la zona.
12 May 2019 – 5:13 PM EDT

NOGALES, México.– El desierto que el guerrerense Octavio Pastrana conoció hace 28 años, cuando por primera vez cruzó ilegalmente hacia Estados Unidos, ya no es el mismo. Hace dos semanas, lo recibió una frontera más dura y vigilada intentando reunirse con su familia en California después de una deportación. Caminó tres días y dos noches por los áridos caminos y montañas de Arizona. Sus pies no aguantaron más, se quedó sin agua y sin comida. A los 'coyotes' no les importó y lo abandonaron allí.

"Me dejaron tirado los guías. Ya no podía caminar nada", cuenta Pastrana, quien vivió más de dos décadas en Los Ángeles, donde están su esposa y dos hijos de 13 y 26 años. "Pude caminar poco a poco hasta salir a una carretera. Me acosté, marqué al 911 y vino Migración".

Al quitarse los zapatos, este hombre vio la gravedad de sus lesiones: a sus calcetines se les pegó una capa de piel de la planta de sus pies. "Miré cerquita la muerte", asegura quien en EEUU mantenía a su familia trabajando como carpintero, hasta que una violación de tránsito lo dejó enfrentando un proceso de expulsión. Creyó que sería fácil volver con los suyos, pero se equivocó.

Bajo custodia de la Patrulla Fronteriza, tras su rescate en el desierto, no encontró alivio. Asegura que no recibió atención médica sino hasta que llegó al hospital general de Nogales, en México, donde ahora se recupera usando unas muletas y tomando antibióticos.

"Les enseñé cómo estaba y ‘La Migra’ no me hizo caso (…) Se siente uno como animal", reclama con la voz entrecortada. "En las noches me dan pesadillas, como que me estoy muriendo, como que me estoy ahogando".

Pastrana comparte su experiencia frente al comedor de la organización sin fines de lucro Kino Border Initiative, cuyo director, el sacerdote Sean Carroll, afirma que ha escuchado varias quejas similares.

"Lo que dice este migrante es consistente con lo que ha pasado en los últimos años", asegura Carroll. "Hay un patrón de desatención médica tanto de la Patrulla Fronteriza, como de ICE (Servicio de Inmigración y Aduanas), desde hace varios años", insiste el padre.


Al otro lado de la frontera, la agencia federal que ahora arresta a un número sin precedentes de indocumentados cuenta otra historia: afirma que la atención médica y los rescates en el desierto siguen siendo su prioridad. El problema, reconoce, es que sus recursos se han limitado porque con los mismos agentes están lidiando con un éxodo masivo de centroamericanos que piden asilo a EEUU.

"Estamos muy ocupados, además de los grupos grandes, hay grupos dispersos por todo el desierto. Cuando nos piden evaluar (médicamente) a estos grandes grupos, se reduce nuestro personal para rastrear, ubicar o mirar a estos otros grupos más pequeños (…) Simplemente lo hace aún más difícil para nosotros", explica John Walther, un agente fronterizo que es miembro de la unidad de rescatistas y paramédicos –conocida como BORSTAR– en el sector de Tucson.

Fracturas, deshidrataciones y serpientes

El protocolo de la Patrulla Fronteriza es evaluar la salud de cada migrante que detiene y prestar atención médica a quien lo necesite. Si bien los enormes grupos que se están entregando en Arizona no requieren ayuda de emergencia, su llegada en masa aleja constantemente a paramédicos y rescatistas de las zonas más peligrosas del desierto, como montañas y zonas áridas, donde ocurren los incidentes más graves.

Son casos de fracturas por caídas en cerros empinados, deshidrataciones severas o mordeduras de serpientes. Los lesionados intentan ingresar a EEUU sin ser detectadas por las autoridades. Esta región se ha vuelto más peligrosa, aunque no sucedan más llamados de auxilio.

"Nuestro mayor desafío es poder responder a todos esos incidentes que pueden ocurrir en cualquier momento de manera rápida, según las circunstancias", menciona el oficial Walther, en un recorrido en el que acompañó Univision Noticias a la Patrulla Fronteriza.

En el sector Tucson, patrullado por 3,800 agentes fronterizos, incluyendo 22 paramédicos, se reportaron más de 24,000 detenciones de migrantes del 1 de septiembre de 2018 al pasado 31 de marzo. Esta cifra significa un incremento del 273% comparado con ciclo anterior.

En tanto, ese territorio sumó 974 rescates en 2018, la segunda cifra más alta en una década. Cada uno de esos tomó varias horas o incluso más de un día, dicen las autoridades fronterizas.

A finales de abril, a los paramédicos en el sur de Arizona les llevó más tiempo del esperado rescatar a una mujer de 24 años que encontraron desmayada por deshidratación en una montaña en el oeste de Sells. Se cree que la dejó atrás un grupo de 16 indocumentados, quienes fueron arrestados ese mismo día.

Varios helicópteros intentaron sacar a la joven del lugar para llevarla a una clínica, pero no pudieron descender de inmediato porque estaba en una zona rocosa. "Ella estuvo al borde de la muerte", contó Alan Regalado, vocero de la Patrulla Fronteriza en Tucson. "Fue al hospital, la internaron y le salvaron la vida. Fue una situación crítica", agregó.

Este viernes, la agencia publicó un video en su página de Twitter que muestra cómo auxilió a un mexicano que llamó al 911 para que lo sacaran de Diablo Peek, cuyo nombre no le queda corto por el riesgo que corren quienes se internan en ese sector. "Él ya no podía caminar", señala el tuit.

Univision Noticias acompañó a la Patrulla Fronteriza en un recorrido por la comunidad de Sasabe, en Arizona, el 1 de mayo. Poco después de llegar a un sitio donde se acaba la valla metálica, a la cual le han agregado alambre de púas, salió un grupo de 15 guatemaltecos, quienes lucían exhaustos a pesar de que no habían puesto un pie en EEUU. Con ellos iban siete menores, incluyendo dos bebés.

Se entregaron a las autoridades al pie de un cerro, a unas siete millas de una garita aduanal, donde solo una pequeña barrera oxidada separa a los estados de Sonora y Arizona.

"Buenos días", los saludó el agente Regalado cuando se acercaron los migrantes. "¿Traen armas? ¿Una pistola? ¿Navajas?", les preguntó a estas personas, que debieron caminar un largo tramo cuesta arriba en el lado de Sonora para pedir asilo en este país. "Pueden colocar sus mochilas por aquí", les indicó el oficial.

Estos migrantes difícilmente habrían aguantado una larguísima caminata de hasta 50 millas bajo más de 90 grados Fahrenheit. A otros les ha costado la vida atreverse a recorrer ese infierno por varios días. De 2010 a 2018, en el sector de Tucson se han recuperado 955 restos humanos. En el ciclo fiscal anterior hallaron 60 cadáveres, la cifra más baja en ese período.

"Es una cantidad enorme de peligros que se encuentran en el desierto: serpientes, arañas; hay cañones; la falta de agua; hay temperaturas extremas; tienen que caminar tramos tan largos y el cuerpo humano no está hecho para poder caminar tanto", advierte Regalado, el portavoz de la agencia.

Para facilitar los rescates en ese territorio se han colocado 34 torres de emergencia, las cuales cuentan con luces que se ven desde varias millas de distancia y un botón rojo para pedir auxilio. A mediados de abril lo presionaron dos ciudadanos de India a unas 14 millas al oeste de la garita de Lukeville. Se cree que los guías los dejaron abandonados cuando estos ya no pudieron seguir andando.

El ocupado hospital de la frontera

Los casos más graves llegan a los hospitales locales, donde los agentes fronterizos montan guardia. En la unidad de traumatología de uno de estos trabajó entre junio de 2017 y julio de 2018 Claire Lamneck, alumna de la Facultad de Medicina de la Universidad de Arizona.

"Cada semana atendíamos a muchos pacientes por deshidratación e infecciones; los casos de neumonía son comunes porque las celdas intencionalmente tienen temperaturas gélidas", señala.

"También veíamos personas que sufrieron mordeduras de víboras y heridos por caer de la barda fronteriza o del cerro", detalló quien cree que estos incidentes son el resultado de una política migratoria equivocada, que no garantiza la atención médica adecuada.

La estudiante de medicina compartió su experiencia en un artículo publicado en la web de Stat que tituló así: "La verdadera crisis fronteriza está ocurriendo en clínicas médicas y de emergencia".

Ella cuenta las historias de un hondureño con una fractura tan grave por caer de la valla fronteriza que tenía expuestos los huesos; de una mujer que perdió dos dedos de su mano porque se atoró en la reja divisoria; de un bebé que contrajo neumonía severa por las bajas temperaturas en un centro de detención; y de un hombre al que mordió una serpiente, pero llegó al hospital un día después de su arresto porque los oficiales migratorios no le creyeron.

También describió cómo en ocasiones los médicos sacan a los oficiales de los cuartos del hospital.

Según su testimonio, la Patrulla Fronteriza no llevaba a los detenidos a la clínica hasta que sus lesiones o enfermedades habían empeorado. "La gente está muriendo en los centros de detención y tenemos que reevaluar el sistema médico de nuestras políticas migratorias", advirtió la estudiante.

"Hemos visto personas heridas que llegan a hospitales a lo largo de la frontera porque las políticas migratorias están diseñadas para empujar a la gente a las áreas remotas del desierto", reclamó.

Sarah Roberts es activista y enfermera voluntaria en un albergue que la iglesia católica abrió en Tucson para recibir a las familias centroamericanas. Ella comparte la opinión de la estudiante de medicina y critica la falta de recursos de las autoridades: "La Patrulla Fronteriza necesita personal que pueda monitorear adecuadamente la situación médica de cada persona, para que no se enferme. La Patrulla Fronteriza no hace nada y la gente se muere".

Tanto Roberts como Lamneck hicieron hincapié en los fallecimientos de niños bajo la custodia de esa dependencia. Uno de esos casos es el del guatemalteco Felipe Gómez Alonso, de 8 años, quien perdió la vida a finales de 2018 después de que dio contrajo la influenza.

Roberts, quien ha sido voluntaria en diversas organizaciones proinmigrantes en Arizona, alega que antes de ofrecerles buena atención médica, los oficiales fronterizos están interesados en expulsar a los migrantes. "El foco de ellos es deportar a la gente; entonces solo los estabilizan y luego los echan", cuestionó.

Mientras en Estados Unidos las autoridades señalan que los centroamericanos que solicitan asilo traen males respiratorios, fiebre, varicela o gripe; en Sonora, México, afirman que han notado que los migrantes llegan sanos y están pendientes de su salud y la de sus hijos.

"No es nada alarmante", aseguró Mercedes Gameros, directora del Centro de Salud de Nogales, a este medio. "Si vinieran enfermos y al estar tantos días aquí, ya habríamos tenido un deceso".

A Rubén Flores, originario de la Ciudad de México, lo deportaron a Nogales la semana pasada casi sin poder caminar. Él relata que se dirigía a Chicago, pero terminó entregándose a la Patrulla Fronteriza cuando sus rodillas no dieron más.

Se quedó sin agua ni comida después de un trayecto a pie de 18 horas que inició en el pueblo de Altar, en Sonora. "Ya no podía con las rodillas. Sentí impotencia. Por unos segundos me pasó la imagen de: ‘¿a poco aquí voy a quedar?’. Le hablé a las personas (que iban con él) y nadie me auxilió. Le llamé al 911 y tampoco me contestaba", recordó.

La libró porque en un camino de terracería en Arizona lo encontró un agente fronterizo en una moto. Asegura que le dieron agua y analgésicos, pero no revisaron sus rodillas a pesar del dolor que dijo tener.

Según su relato, lo atendieron hasta que lo devolvieron a México y una ambulancia de la Cruz Roja lo llevó al Hospital General de Nogales. "Ahí me dijeron que otros llegan mucho peor que yo".

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