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Inmigración Infantil

"Nunca pensé que iba a enterrarlos": perdió a sus hijos y ahora espera su turno para pedir asilo afuera de un cementerio

Desde un improvisado campamento de varias familias centroamericanas en Sonora, México, una madre cuenta el trágico final de sus dos hijos, quienes murieron baleados hace cuatro años en Honduras. Después, su hermana corrió con la misma suerte y otro hijo casi fallece en un dudoso accidente. Ahora, ella espera por un turno –que ve lejano– para solicitar al gobierno estadounidense una oportunidad de rehacer su vida en EEUU.
7 May 2019 – 7:26 AM EDT

NOGALES, México.– El tétrico Panteón Nacional de Nogales, en la frontera entre México y Arizona, es ahora el área de juegos de Alejandra y Sofía, dos niñas que saben muy poco sobre el proceso de asilo de sus madres. No van a la escuela y su única diversión es correr y esconderse entre las viejas tumbas, algunas a punto de caer.

Alejandra tiene 9 años y dice que no le da miedo pasar el rato en este cementerio. Explica que en su Honduras visitaba otro camposanto con frecuencia y su madre le enseñó que debe temerle más a los vivos. "Yo iba a visitar a mis hermanos", relata sin que se note su tristeza. Al preguntarle qué les pasó, la menor lo dice sin reparo: "Los mataron". "¿Las maras?", se le cuestiona. "Sí", responde sin titubear.

Acampando a la entrada de un cementerio en la frontera: así viven estos hondureños esperando pedir asilo en EEUU

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Sus hermanos Guillermo y Osman murieron en un tiroteo en Honduras la noche del 15 de abril de 2015. Primero balearon a Guillermo, el mayor. El otro escapó y alcanzó a dejarle un mensaje de voz a su madre para contarle lo que estaba pasando. Los pandilleros lo vieron con el teléfono en la mano y descargaron sus armas contra este, al parecer creyendo que los estaba denunciando con la Policía.

Esa noche Heidy Casco tenía un mal presentimiento y no pudo conciliar el sueño. A las 11:45 pm un sobrino le confirmó la mala noticia: "Tía, mataron a Osmán y a Guillermo".

Su primera reacción fue pensar que se trataba de un error o quizás de una mala broma. "No lo creía. Me levanté y salí corriendo hasta que llegué donde estaban. Los vi tirados en la calle. Me le eché encima al mayor, al primero que vi. No podía creer lo que estaba pasando", cuenta aún con mucho dolor esta mujer.

El cadáver de su otro hijo quedó tendido más adelante. "Quiso huir. Me llamó, pero contestó mi correo de voz. Dijo: ‘mami, mataron a Guillermo’. Tal vez los delincuentes pensaron que estaba llamando a la Policía y lo acribillaron a él también", aseveró.

El relato de Heidy, de 44 años, se escucha frente al cementerio en el que suele jugar su hija menor y donde pasa las noches desde hace dos meses. Viven en un campamento que instalaron unas 20 familias centroamericanas allí, mientras esperan que sus casos de asilo sean revisados por la Oficina de Aduanas y Control Fronterizo (CBP). En los mejores días toman tres casos, pero a veces nada.

Se colocaron en el Panteón Nacional porque al otro lado de una cancha de básquetbol están las oficinas del Instituto Nacional de Inmigración (INM), que les ofrece sanitarios y otros servicios. Muy cerca está un comedor de Kino Border Iniciative, una organización sin fines de lucro con sede en Arizona que les provee alimentos dos veces por día, así como atención médica.

Según estos migrantes, no se pueden ir a otro lado porque los albergues gratuitos ya están llenos y no pueden pagar las cuotas que les exigen otros refugios cada semana.

"Me advirtieron que le iba a hacer compañía a mis hijos"

Estas familias se cubren con gruesas lonas de plástico que, según cuentan, elevan las temperaturas por las mañanas y no cubren el frío durante las noches. Siguen esperando las colchonetas que les prometieron las autoridades locales. Allí se las tienen que arreglar para conseguir los 20 pesos que les cobran una vecina para lavar su ropa.

La única carpa en ese campamento le pertenece a Heidy. "Yo estoy aquí porque acribillaron a mis dos hijos. Yo pensé que ellos me iban a enterrar a mí. Nunca pensé que yo iba a enterrarlos", lamenta esta madre, quien asegura que ha pasado tragedia tras tragedia. En enero de 2017, dos años después de que mataron a sus hijos, su hermana menor fue baleada fatalmente y otro de sus hijos casi pierde la vida porque aparentemente le cortaron los frenos de su moto.

Ella cree que detrás de estos incidentes están los mismos pandilleros que le exigían un porcentaje de las ganancias de su humilde negocio de venta de ropa y lácteos. "Me advirtieron que yo sería la próxima (en ser asesinada), que le iba a hacer compañía a mis hijos", asegura la centroamericana. "También dijeron que si no me salía de mi casa le iban a prender fuego con todos nosotros adentro".

Las actas de defunción de sus hijos y de su hermana, así como los amenazantes mensajes de texto que recibió, son parte de la evidencia que ella planea mostrar a los oficiales de la CBP en Arizona. "Yo estoy pidiendo asilo para proteger a mis hijos pequeños. No quiero que les pase lo mismo que a los otros dos. Si me niegan el asilo yo me regreso otra vez (a la frontera). Lucharé hasta las últimas consecuencias", asegura.

Heidy escapó de Honduras el pasado 17 de octubre. Se trajo a sus hijos más pequeños, Alejandra, de 9 años, y Juan Carlos, de 14. En Centroamérica se quedaron los mayores, de 22 y 26. Uno de ellos ya había logrado llegar a EEUU, pero aceptó su deportación para no seguir bajo custodia federal.

Su viaje fue largo y complicado. Algunos trayectos los recorrieron en autobús, otros a pie. Se quedaron cuatro meses en Chiapas, en la frontera entre México y Guatemala, donde según su relato sufrieron de discriminación. En Nogales los ven con "indiferencia", como si fueran "un bicho raro".

En medio del desesperante proceso solicitando asilo al gobierno de EEUU, esta mujer vuelve a recordar a sus hijos que murieron jóvenes. Las fotografías de ellos han quedado en un celular que tiene la pantalla estrellada. Dormir cerca de un cementerio ha empeorado su dolor: "Lloro cada vez que me acuerdo de ellos, es como si se hubieran llevado una parte de mí".

* En la elaboración de este reportaje contribuyó la videógrafa Ana María Rodríguez.

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