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Inmigrantes indocumentados

A su esposo lo asesinaron en México, tiene una orden de deportación y está a punto de quedarse en la calle

De tragedia en tragedia, así han pasado los últimos meses una inmigrante de Guerrero y sus dos hijas pequeñas. De escapar de su comunidad por la muerte de su esposo, ella ahora está en la lista negra de ICE, no puede trabajar por una enfermedad y ya no tiene quién le ayude.
25 Mar 2020 – 05:30 PM EDT

“Mi vida ha sido un sufrimiento desde que mi esposo no está”. Regina González, una viuda de 28 años y madre de dos niñas, no ha podido rehacer su vida en ninguna parte, ni en México ni en Estados Unidos. Le ha ido mal desde el asesinato de su marido el 10 de marzo de 2019 en un pueblo de Guerrero.

Lo secuestraron, torturaron y mataron en Cuajinicuilapa, una comunidad pobre de México. Se dedicaba a la venta de pescado y salió mal con unos hombres que -según ella- estaban ligadas al narcotráfico. Ellos mismos la amenazaron de muerte y tuvo que abandonar su casa con sus hijas, de ocho y cuatro años.

Su peregrinar buscando un lugar seguro las llevó hasta la ciudad fronteriza de Tijuana, donde ella trabajó unos meses en una fábrica de cajas mientras su familia estaba en la casa de una de sus hermanas.

En junio se entregó a las autoridades estadounidenses pidiendo asilo. Una de las evidencias que entregó en la entrevista de miedo creíble con un agente migratorio es una copia de la investigación policial en Guerrero, la cual indica que el cadáver de su esposo tenía huellas de tortura, le faltaban dientes por recibir golpes y que en el crimen se usó una cuerda.


Aceptado el comienzo de su proceso migratorio, González y sus hijas llegaron al hogar de una cuñada en San Bernardino, California. Pero en esa ciudad la mala alimentación le pasó factura y terminó en un hospital por una anemia aguda que hasta la fecha sigue minando su salud y le impide trabajar.

A finales del año pasado, esta pequeña familia se mudó a Carolina del Norte, donde otra hermana la recibió. Sin embargo, le dio la espalda tan pronto la consideró una carga económica. "No doy para la renta, ni para comer. Por eso se enfadan", dice en una entrevista con Univision Noticias.


Una mujer que conoció en una iglesia cristiana le abrió las puertas de una casa móvil en Raleigh. Vivió tranquila un mes, hasta que las desalojaron. “Nos pidieron la traila, nos cortaron la luz, el agua, no teníamos ni para comer”. Antes de quedar en la calle, una tía la invitó a su casa en Richmond, Virginia, aunque después de dos meses la hospitalidad se acabó.

Ahora no sabe a dónde ir y teme quedar a la deriva cuando el brote de coronavirus afecta a muchas comunidades estatounidenses. Este miércoles, las autoridades de Virginia reportaban que ya había nueve fallecidos por el covid-19 y 304 contagios.

A la par de estos problemas, González perdió su caso de asilo porque dejó de acudir a sus citas con Migración por la mudanza a Carolina del Norte. En octubre se enteró que está en la lista negra del Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE) tras llamar para saber el estatus de su proceso.

“Tengo una orden de deportación”, dice con pesar esta viuda. “Estoy triste, no sé qué hacer”.

Este martes, González habló con un funcionario consular en esa región para analizar su caso. Al tiempo que el activista Francisco Moreno, vocero del Consejo de Federaciones Mexicanas (COFEM), sigue ayudándole a través de una cuenta en GoFundMe que abrió en noviembre para recibir donaciones.

“Me duele la cabeza y el pecho de tanto llorar”, lamenta esta viuda, quien dice ha pasado los últimos días comiendo arroz y frijoles porque no tiene dinero. “Solo quiero que me ayuden para poder vivir en una casa con mis hijas”, suplica.

Desde que vive en la Costa Este de EEUU, sus hijas Angélica Roxana, de ocho años, y Brinny, de cuatro, no han ido a la escuela porque -según explica esta madre- no tiene cómo llevarlas.

Teme que si regresa a Guerrero la atacarían los hombres que salvajemente asesinaron a su esposo, Jesús Alberto Álvez, quien tenía 45 años. “Todos dicen que me van a matar”. Su pueblo, afirma, se volvió muy peligroso por culpa del crimen organizado. “Ya no es el Cuaji de antes. Todo me parte el alma”.

En esta época de incertidumbre, solo sus hijas pequeñas le dan ánimos. “La más grande me abraza y me dice que no llore”, dice.

En fotos: el paso a paso de una detención de ICE en el estado con más indocumentados de EEUU

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