Cuba

Conoce a los "Mikis" y las otras tribus urbanas de La Habana

Un dia en la vida de la nueva generacionde jovenes Cubanos, aficionados del selfie y Juego de Tronos. Los milenials cubanos son mas expuestas a la cultura popular americana que nunca. Pero no todos lo quieren.
2 Jun 2016 – 1:05 PM EDT

Por Nicole Fleischner @theNY_nicks

Recostados a la pared, los muchachos esperan para entrar al Club. Forman una sucesión de brazos cruzados, gorras de viseras planas, cigarrillos, y estridentes pantallas de móviles. Es una calurosa noche de sábado en el barrio habanero de El Vedado. Las calles están relativamente vacías, salvo por el grupo de jóvenes ansiosos por entrar a la discoteca Fabio.

Leonardo Marín está parado en el medio del grupo. Es un chico delgado de 16 años, cuya amplia sonrisa permite ver un diente delantero torcido. Leo es tan dado a los chistes simplones como a publicar selfies en Facebook bajo el rótulo “Supermega Fashion”. Sueña con ser el entrenador del equipo femenino cubano de voleibol, con bailar, junto a chicas en bikini, en el Festival Ultra de Miami, así como con hacerse de un par de tenis converse negros (mientras más exclusivos mejor).

En su habitación, más bien pequeña, un aparador de madera destartalado está lleno de camisetas estampadas con imitaciones de Lacoste y Nike, y con nombres de ciudades como New York y Los Ángeles, cuyos clubes nocturnos, estadios y tiendas de ropa, son para Leo, a pesar de que nunca ha salido de Cuba, motivo de fantasía. Leo tiene algo de nerd, cosa que no le gusta admitir, y de miki, cosa que grita a los cuatro vientos. De hecho, cuando le pido que me cuente de él, responde:

“Bueno, soy miki.”

Los mikis, apenas uno de los muchos grupos sociales, o “tribus urbanas”, como se conocen en Cuba, son populares sobre todo entre los habaneros nacidos después del 2000. Todo indica que el nombre de su “tribu” proviene de Mickey Mouse, y sus integrantes se definen por el deslumbramiento ante el consumismo y la cultura pop –en particular, de Estados Unidos y Latinoamérica-. Ser miki es ser, de algún modo, el típico quinceañero globalizado, que busca a menudo divertirse, pasarla bien, y tirarse un par de fotos en el camino.

Leo, por su parte, es optimista acerca de un cambio en la Isla, no solo porque este ya se traduce en la visita de celebridades como Major Lazer y Rihanna, sino porque para él cambio equivale a oportunidad, a abrirse poco a poco a la cultura capitalista dominante, que tanto le gusta.

Si bien los gustos de Leo y demás mikis se asocian cada vez más a los aún superficiales cambios económicos y culturales en Cuba, muchos de sus contemporáneos solo ven en eso una profunda ingenuidad. El espectro de la juventud cubana es amplio. Su diversidad de opiniones y estilos viene a decirnos cuán complejo y lleno de matices puede ser el futuro del país. A pesar del entusiasmo romántico de los mikis (romántico, naturalmente, por llevar Ray Bans no originales), otros jóvenes cubanos señalan los problemas inherentes al hecho de que la opinión pública internacional hable en términos de “cambio”.

***


Con una leve resaca, Leo se despierta el sábado temprano. Siente el resplandor propio y el intenso calor de las mañanas habaneras. Él ha estado saliendo y bebiendo desde que tiene 14 años, algo nada fuera de lo común entre jóvenes de la Isla; aunque, dado que es menor que sus amigos, las consecuencias para él pudieran ser peores si sigue bebiendo y saliendo tanto.

La calle G es sinónimo de viernes en la noche. Es una caudalosa avenida que ya se ha hecho célebre por albergar las “tribus” del más diverso tipo. Leo y los suyos se sientan en círculo alrededor de una botella de ron, siendo apenas una de las decenas de adolescentes dispersos en torno a las estatuas de expresidentes latinoamericanos que dan el nombre oficial a la avenida (Avenida Los Presidentes). Como pasa también con otras hermandades, cada “tribu” tiene sus propios gustos y formas de expresión: Los frikis, que escuchan punk rock, tienen piercings en el rostro y llevan camisetas de color negro, son bastante conocidos por su nivel intelectual. Los emos, en cambio, esconden sus ojos tras un delineador negro azabache y un cerquillo enyesado, cual sus homólogos de Estados Unidos. De forma análoga ocurre con los rastas, los metaleros (cabecillas del heavy-metal), y los hípsters. Los repas, que llevan aretes con broches de diamante y camisetas apretadas al cuerpo, son una suerte de yin hip-hop enfrentado al yang pop que representan los mikis.

Sobre la calle G todas las “tribus” coexisten. Debajo del ceño fruncido de Bolívar, los repas ponen su reggaetón a todo volumen. Los mikis, a escasos pies de la mano levantada de Salvador Allende, posan para la foto. La avenida es un microcosmos de la escena social habanera, y, en cierta forma, la respuesta de la juventud cubana al hecho de que sus casas estén ocupadas por adultos y, sobre todo, a lo prohibitivo de los precios de entrada a las mejores discos de la ciudad –algo que ha despertado el interés de la prensa y la academia.

Leo y sus amigos van habitualmente a la calle G desde hace dos años, cuando comenzaron la Secundaria, época en la que también decidieron que serían mikis.

“Tenemos amigos en otras tribus”, dice Leo. “Pero no nos comportamos como ellos.”

Los mikis irrumpen en la escena justo después del 2000. Su evolución ha sido compleja, pero esencialmente se reduce a la lenta recuperación de la economía cubana a raíz de la desaparición de la Unión Soviética. Esto supuso la aplicación de un número considerable de reformas económicas –la dualidad monetaria, los claros intentos por atraer a turistas extranjeros, el aumento de la privatización en algunos sectores-, las que trajeron consigo mayores dosis de materialismo en el país. Encima, una nueva ola migratoria que, a diferencia de la que tuvo lugar en los años sesenta, se ha caracterizado por el envío de remesas y productos a la familia que se quedó en la Isla. En la Cuba de hoy, no es raro ver chicas vendiendo sostenes Victoria´s Secret y cintos Tommy Hilfiger (regalos de una tía de Miami) minutos antes de que el profesor entre al aula. La visita de un tío durante la Navidad bien puede dar vida a un negocio clandestino por semanas. Todos estos elementos facilitaron e hicieron económicamente más viable el consumo local de música y películas extranjeras. Copias baratas de pulóveres de la marca American Eagle, con arabescos chillones y ajustados al cuerpo, empezaron a ser parte de la nueva moda. Lady Gaga y Justin Bieber percutían en las grabadoras Pioneer acopladas a los chevys de los años cincuenta. Los videos musicales de J.Lo se proyectaban incansablemente sobre las paredes de las discos de turno. Entonces nacieron los mikis, como una consecuencia directa de todas estas cosas.

En palabras del famoso escritor cubano de Ciencia Ficción José Miguel Sánchez, más conocido como Yoss: “Los mikis siguen compulsivamente las marcas de moda, y los más novedosos juguetes electrónicos. Disfrutan de tener cierto privilegio económico.”

En un principio, la etiqueta “miki” pudo haber connotado rebeldía –idolatrar abiertamente el mundo material yanqui es, naturalmente, la antítesis de la Revolución cubana-, pero hoy queda claro que la “tribu” ha ganado adeptos y aceptación entre la mayoría, especialmente mientras Cuba ha continuado “abriéndose” al mundo. En mucho, los gustos de Leo –desde su recién adquirida apreciación de la música electrónica a lo David Guetta, hasta su idealización de la ropa de Chris Brown y las empalagosas bachatas dominicanas- tienen que ver con pertenecer a una cultura que existe más allá de Cuba, con sentirse moderno y conectado. En tiempos en que Carnival Cruise atraca en el puerto de La Habana, en cuyas calles se rueda Fast and the Furious 8, y en que las Kardashians no se resisten a visitar la Isla, no parece demasiado difícil devenir miki. Si bien varios cubanos usan este término con un matiz despectivo –para describir algo o alguien vacío, superfluo-, para Leo y sus amigos la identidad de su “tribu” es motivo de orgullo.

“Ser miki es ser popular”, advierte Leo. “Es ser feliz y gozar.”

***


Leo vive en un edificio de cuatro pisos, blanco. Su fachada, objeto del abandono, está decorada con recortes circulares, los que le confieren el singular y sucio aspecto de un queso suizo de hormigón. El edificio colinda con la Facultad de Biología de la Universidad de La Habana, una impresionante pero venida a menos construcción neoclásica. El campus de la Universidad, hervidero de estudiantes a los que Leo podría sumarse al término de su servicio militar, queda justo en la cima de la colina. Es una zona envidiable, en el centro mismo del agitado y relativamente próspero barrio El Vedado.


Ubicado en la última planta, el apartamento de la familia de Leo está dividido en pocas y diminutas habitaciones, con un penetrante olor a pelo quemado, pues la madre de Leo tiene allí instalada su peluquería. Su padre trabaja para el Estado como electricista, una habilidad muy útil en un edificio con apagones esporádicos y marcado por otras contingencias del tipo “bueno, así es Cuba”.

Pero Leo no pasa casi nada de su sábado en el apartamento. Tan pronto como su cuerpo sudoroso se levanta de la cama, busca encontrarse con el grupo –el núcleo de amigos al que él rara vez abandona, y se dirige al mar.

Leo lleva conociendo a sus tres mejores amigos, todos autodenominados mikis, todo el tiempo que estos últimos son capaces de recordar. Primero está Jhan Carlos, que es el seguro de sí mismo y cuya sonrisa se asemeja a la de un exitoso mariscal de campo. Luego tenemos a Samuel, aquejado de una adorable pero severa tartamudez. Y, por último, a Ismael, el más viejo e inquieto de todos. El trío no demora en señalar a Leo como el puntualito y charlatán del grupo, una combinación que a menudo lo mete en problemas en la escuela, pero es el mismo grupo, en el acto, el que corre en su defensa.

Los cuatro van al mismo preuniversitario. Jhan Carlos, Samuel e Ismael estudian ingeniería mecánica y esperan, una vez terminen la escuela, conseguir un buen trabajo en un taller. A Leo, como le fascina el voleibol, estudia Cultura Física.

“Básicamente, escogimos las únicas dos carreras donde no hay chicas,” bromea Leo.

Los sábados el grupo frecuenta un sitio llamado La Puntilla, por la desembocadura del río Almendares, y que dista unas 2 millas y media de casa de Leo. Siempre van caminando. Llevan chancletas que no les sirven y chores de baño. De sus brazos escuálidos cuelgan las toallas. Se han encasquetado gorras de béisbol de viseras planas, y Jhan Carlos porta un pulóver en que se lee “ Clear Eyes, Full Hearts, Can’t Lose”, eslogan de la serie de televisión Friday Night Lights.

“¿Sabes de dónde viene eso?” le pregunto. “¿O lo que significa?”

“Ni idea”, responde.

“Es en inglés”, tercia Leo. “Con eso es suficiente.”

Mientras caminan hacia La Puntilla, los muchachos hablan sobre todo de ropa, música, deportes, y videojuegos. Para todo miki que se respete, permanecer actualizado respecto de las tendencias resulta de primera importancia en el grupo. El conocimiento enciclopédico de este acerca de cómo comprar en La Habana (“La tiendita en Paseo tiene lo último por $60,” o “La ventana en el Habana Libre tiene los rojos con la raya”, etc.) casi no se pone en práctica.

“Recibimos ropa nueva solo en los cumpleaños”, explica Leo.

En cambio, otras formas de la cultura extranjera les llegan más rápido que la ropa, gracias a algo que llaman “El Paquete”, una compilación digital que los mikis adoran y que cada semana esperan con religiosa intensidad.

El Paquete Semanal viene en un disco duro de un terabyte cargado de materiales audiovisuales foráneos, y se distribuye por toda Cuba a través de memorias flash. Documentado por primera vez en la prensa extranjera hace dos años, este volumen de información y cultura está en todas partes, explica el grupo. ¿Cómo es posible que yo escuchara a dos cubanos debatiendo en el ómnibus sobre el último capítulo de Games of Thrones? El Paquete. ¿Por qué Leo y el grupo ya pueden opinar del disco Lemonade, de Beyoncé? El Paquete. Los muchachos se alternan la descarga del deseado Paquete, pagando los correspondientes $5 por semana, y luego, casi instantáneamente, comparten entre sí los contenidos.

“No sé lo que haríamos sin el paquete”, refiere Leo.

“Hablamos mucho de eso”, añade Ismael. Como toda comunidad de intereses genuina, el grupo a menudo habla en términos de “nosotros”, y no de “yo”.

Otros productos de consumo son enviados por familiares desde fuera de Cuba, algo que los miembros del grupo también tienen en común. Tener familiares en el extranjero es una ventaja recurrente entre los mikis, una pieza clave en el “poder seguir la moda”, como dicen los cubanos, y así granjearse una especie de reputación como exclusivos y privilegiados. El hermano de Leo acaba de instalarse en Miami.

“Lleva allá menos de un año y ya está gordo”, dispara Leo.

“Bueno, al fin encontró qué comer”, deja caer Jhan Carlos.

A pesar del beneficio de tener familia fuera del país, no hay garantías absolutas de escapar a la pobreza en Cuba. Muchas de las decisiones del grupo sobre, por ejemplo, cómo vestir o qué comer, han resultado más bien fruto de la necesidad que de sus preferencias en sí. Ellos han sabido hallar formas más sutiles y gratuitas, a veces, para distinguirse del resto en tanto mikis.

Cuando pasamos las canchas de baloncesto de El Vedado, recién renovadas gracias a la contribución de la NBA Cares Foundation previa a la histórica visita de Steve Nash y Dikembe Mutombo, Jhan Carlos nos detiene, presumiendo de poder mostrárnoslas. Los nuevos tableros y la fresca pintura de la cancha contrastaban no solo con la decadencia de los apartamentos que perimetraban el terreno, sino también con la amplísima gama de atuendos de los jugadores (jeans de piel, uniformes de la compañía teléfonica y mocasines de cuero).

“Lo único que quiero son unos Air Jordan”, espetó Jhan Carlos. Su avidez por el baloncesto comenzó cuando la Televisión Cubana decidió transmitir partidos de la NBA. Pero los demás integrantes del grupo se burlan de la obsesión de Jhan. El baloncesto, explican, no es un deporte de mikis. Es de repas.

Si los mikis vienen siendo los adinerados de las afueras que frecuentan los clubes de Manhattan, los repas son los que garantizan la fiesta house en el Bronx. El nombre de esta última “tribu” deriva de la voz popular “reparteros”, y se refiere a alguien que vive en los suburbios de la ciudad, comúnmente en los barrios más pobres y donde la piel suele tener el tono más oscuro. Dado que los cubanos ven en el baloncesto un deporte urbano y afroamericano, se le considera como propio de repas. Los deportes preferidos de Leo, por su parte, que son el fútbol y el voleibol, se avienen más a los gustos mikis.

Algunos sociólogos aseguran que la distinción entre mikis y repas –tan compartida socialmente que ha llegado a inspirar canciones- revela importantes divisiones socio-económicas y raciales en La Habana. Si los repas son marginados y estereotipados como agresivos, incluso como sujetos capaces de contravenir la ley, los mikis son percibidos como pertenecientes a un grupo más exclusivo y, si se quiere, más educado.

“Samuel era repa antes”, sostiene Leo como si fuera obvio. Es Samuel, eso sí, quien tiene la piel más oscura del grupo; y es, de hecho, el único a quien no se podría calificar de mulato, sino de negro.

“A-a-a-ntes”, interrumpe Samuel. Su tartamudeo es una prueba de la urgencia de su afirmación. “Ya no s-s-s-oy repa.”

“Ser repa es ser malo”, vuelve a la carga Leo. “Escuchan música vulgar y crean problemas.”

Mientras caminamos, los muchachos no logran esconder su emoción al señalar los negocios que recién abrieron en el barrio. Tan al dedillo se los conocen, que llegan a recitar de memoria las fechas en que abrieron, la comida que venden y la gente que los frecuenta, aun si ellos mismos no han ido. La casa del té árabe, la paladar con decorado minimalista, el Corner Café que vende café helado, realmente helado... Están, asimismo, los lugares en que la nueva elite habanera –aquella que se ha visto más favorecida tras la apertura económica en la Isla- se da besos de mejilla con extranjeros y se saca unos selfies que luego subirá a Instagram. Este es un medio que Leo y sus amigos admiran fervorosamente, un ambiente que, aun estando cerca en el plano físico, ninguno de ellos puede alcanzar (o costearse) –como niños con los rostros pegados al mostrador de un tienda de dulces.

La verdadera Habana del grupo de Leo se parece más a la Habana que yo conocí la primera vez hace seis años. La Habana en la que yo viajaba millas en medio del calor hasta dar con el único supermercado que regularmente vendía mantequilla de maní -el pomo de Skippy-, ese hallazgo algo menos que imposible en aquellos pasillos atestados de latas de pasta idénticas, que parecían salidas de un surrealista sueño soviético de Andy Warhol. Más allá de lo que los artículos de Vogue y los desfiles de Chanel nos hagan creer ahora, hay mucho aún en La Habana de La Habana de entonces –anticuados exhibidores con maniquíes vestidos arriba, pero sin pantalones; interminables colas en el café del 10-cent donde nunca hay cambio y sirven en vasos plásticos, baños escolares sin papel higiénico, y donde el agua llega muy de vez en vez. Son estos, ni qué decir, los lugares menos glamorosos en la rutina semanal del grupo.


No es que los muchachos sean infelices. El suyo es todavía el dichoso mundo propio de los mikis adolescentes, de irrefrenable optimismo, primeras novias, y encendidas discusiones acerca de qué pasillo de Bruno Mars es mejor. Muy jóvenes para el mercado laboral y recibiendo dinero del bolsillo de sus padres, el grupo está de momento satisfecho con el cambio que se opera en su país, aun si no es suficiente. Si cambio quiere decir una eventual puesta de Giselle, o un festival de música gratis, para ellos está bien.

Aunque subyace en cada una de las conversaciones, los muchachos no hablan de política a menos que yo traiga el tema a colación.

“¿Y qué piensan de Obama y la normalización de relaciones?” pregunto al fin.

Instintivamente, los otros tres se giran hacia Leo.

“Es como algo que cayó del cielo”, dice, con un chasquido de dedos. “Me da ganas de salir adelante.”

Los demás asienten, y ahí queda todo.

***


Unas 20 cuadras de donde Leo caminaba junto a su grupo, otro cubano de la Generación Y está incómodamente sentado sobre una silla rota en forma de mariposa. Jorgito Ramírez, un estudiante de diseño de 25 años, nunca se pondría una camisa de marca, sea auténtica o no, y parece felizmente ajeno al Paquete Semanal. Todo indica que Jorgito experimenta cierta indiferencia hacia el Corner Café en que venden café helado, y que tiene mucho que decir cuando se trata de política. Tiene la piel cobriza, algo más clara que sus ojos, de un carmelita más bien oscuro. Su complexión física parece hecha a la medida de su perspectiva de la vida: “No tengo nada, nada me falta.” Cualquiera que se lo cruce por la calle podría ver en él un hípster, alguien que va contra la corriente porque defiende la causa en la que cree.

El sábado en la noche, tras mi paseo con los mikis, conocí a Jorgito en su apartamento, un segundo piso que comparte con Kevin, su compañero de estudios.

“Disculpe el desorden total”, me dice Jorgito cuando entro. El fregadero, que había estado goteando durante las últimas tres semanas, acabó desbordándose la noche anterior. Tres colchones, casi una docena de cámaras vintage, un estuche de guitarra, varios lienzos enrollados y un gato dormido se hallan dispersos sobre el piso de baldosas; un ventilador destartalado está apuntando hacia todas partes, en un intento estéril por secarlo todo.

“Bienvenidos a nuestra esquinita de La Habana”, acota Jorgito.

El apartamento viene siendo la extensión de la personalidad y el juicio estético del joven. El antiguo inquilino era un excéntrico y disidente artista que pintaba murales en todas las paredes de la casa, transformando el espacio en una extravagante galería personal. Jorgito y Kevin también han contribuido artísticamente: un urinario convertido en cenicero en el balcón, casetes VHS y discos floppy incrustados en la pared (“lo último en tecnología cubana”, bromea Jorgito) y una vieja PC acoplada a unas bocinas con música sonando a toda hora.

Aunque Kevin y Jorgito, técnicamente, son los que pagan los 70 CUC de renta al mes, el apartamento en verdad pertenece a todo el mundo. Algunas veces, los amigos se quedan por 15 minutos, lo que es suficiente tiempo para fumarse un par de cigarrillos y ponerse al día. Otras, se quedan por semanas. En Cuba cuesta ver un apartamento en que no vivan los padres, lo cual se debe tanto a una práctica cultural como a una realidad económica, de modo que los amigos de Jorgito sacan provecho de esto. Esta noche están cocinando pollo. Sus carcajadas y sus gritos estremecen la habitación.

“¡Podemos hacerlo sin miel!”

“¡No! ¡Va a saber a mierda!”

“¡La receta dice miel!”

“No hay miel. Ni en el apartamento. Ni en el kiosko.”

“Tengo jugo de piña”, sugiere Jorgito. “¿Sirve?”

“Bien.”


Forman un grupo que es, a la vez, ecléctico y cohesivo. Una mezcla de pelados a medio hacer, playeras raídas, tatuajes y pies descalzos que, de algún modo, compaginan entre sí. Con algunos años ya en el mercado laboral, o luchando con tantas limitaciones burocráticas en la universidad, los amigos de Jorgito tienen una opinión diametralmente opuesta a los de Leo. Insatisfechos ante la superficialidad con que se ha manejado el concepto de “cambio”, los amigos de Jorgito pertenecen a un creciente y contestatario segmento de la juventud cubana, dispuesto a resolver las ineficiencias e hipocresías de su país. Aunque están orgullosos del origen y los valores que fundó la Revolución, se sienten cansados de que la política actual haya perdido el contacto con el pueblo.

En un día bueno, la actitud de Jorgito puede ser someramente resumida en el manifiesto de Somos+, un blog que Jorgito sigue, y un movimiento que quiere una Cuba moderna y libre: “Tenemos derecho a compartir nuestras ideas, tenemos derecho a decir lo que pensamos, tenemos derecho a defender con seriedad y determinación el futuro que queremos.”

En uno malo, los pensamientos de Jorgito se acercan más al escepticismo de un artículo aparecido en abril en El Estornudo, una revista digital de reciente fundación y gestionada por egresados de la Universidad de la Habana: “A los veintidós o veintitrés años un joven cubano se encontrará encadenado a su país, no un ciudadano, sino un prisionero de Cuba, de su historia, de su tragedia, y al final, de su tenaz insignificancia.”

La angustia de Jorgito por el futuro de Cuba crece en la medida de la presencia norteamericana en la Isla. Mientras más turistas ve con la cara embadurnada de protector solar –o posando en medio de la muy fotogénica arquitectura decadente, o bien yendo hacia Tropicana a una velocidad improbable en uno de esos pulidos y coquetos carros viejos de La Habana-, más se convence Jorgito de que la normalización de las relaciones diplomáticas es, en última instancia, una jugada para el beneficio de solo una de las partes.

“No queremos ser una República Dominicana, o un Puerto Rico”, sostiene Kevin.

Ya en 2006, Fidel Castro había advertido acerca de los efectos nocivos del turismo y esperaba contener el empuje de este en la Isla. Hoy en dia las paladares han terminado siendo el componente acaso más elogiado y dinámico de la economía privada en Cuba. Como un sinnúmero de artículos ya han consignado, la infraestructura cubana no soportaría la abrumadora demanda del turismo foráneo.

La semana pasada, cuando invité a Kevin a vernos en El Cocinero, un restaurante de moda ubicado encima de una azotea, el portero no lo dejó entrar aun si ya yo había reservado una mesa. Parecía que el turismo norteamericano no estaba generando oportunidades, sino problemas. La Habana ha devenido una ciudad de secciones VIP en la que abundan invitados extranjeros que aplauden la “apertura” de la Isla, mientras que los curiosos cubanos de a pie, detrás de los cordones de la policía, hacen todo lo que pueden para poder mirar. Los mikis, se preocupa Jorgito, están tan enajenados en su cultura consumista que no se percatan de nada más.

“Es puro espectáculo”, refiere Jorgito “Estamos regresando a lo que fuimos antes de la Revolución.”

***


Jorgito nació en 1990 y Leo en 1999 –una década muy turbulenta en Cuba-.

Comenzó con el Período Especial, caracterizado por años de severa crisis económica a raíz del derrumbe del Campo Socialista en 1989, y luego de la Unión Soviética, en 1991. De esta última, Cuba recibía una determinante ayuda económica y un suministro permanente de productos del petróleo a precios preferenciales. Jorgito y otros muchos veinteañeros crecieron durante los peores años de la crisis. Sus amigos cuentan las historias de rigor entre aquellos que vivieron la época –de cómo se perdían los animales del zoológico porque la gente buscaba cualquier cosa para comer, de cómo ya no había perros ni gatos callejeros, o de cómo la escasez de carne llevó a la invención del bistec de toronja, o la hamburguesa de plátano-, dando así una medida de la desesperación con tintes surrealistas que sobrevino en Cuba.

“Cuando no había leche, comíamos hierba”, dice Pepe, un amigo de Jorgito.

Pero junto a las historias de hambre y desesperación suelen surgir las anécdotas de solidaridad y emprendimiento individual. Cuando el gobierno era incapaz de proveer la mayoría de los bienes y servicios, algunos dieron el paso al frente. Tras el cierre de varios cines, se crearon salas informales en que cualquiera que tuviera una película en formato VCR invitaba a los vecinos y la veían. A los niños que tenían juguetes se les educó en el desinterés de que salieran a la calle y los compartieran con los que no los tenían.

“Fue un cambio profundo”, señala Pedro E. Moras, sociólogo del Centro de Investigaciones Culturales Juan Marinello. “Con recursos propios la gente resolvía problemas que siempre habían sido responsabilidad del Estado.”

Fue una experiencia que creó un vínculo especial, una gran solidaridad que es, para Jorgito y sus amigos, marcadamente cubana.

“Nos cuidamos entre todos”, añade Jorgito, “Lo que es mío es de mis amigos y viceversa. No es como en el caso de ustedes, yanquis.” Pronuncia la última palabra como en joda, como mofándose de la retórica de los políticos de su país. Pero el sentimiento que subyace en él, después de todo, suena verdadero.


Buena parte de la galopante desilusión del pueblo ante el Estado vino con el incremento de las negocios individuales y el mercado negro. Muchos cubanos vieron con frustración cómo los antiguos satélites soviéticos adoptaron el capitalismo, mientras que su sistema se mantuvo estático e ineficiente. Entre las protestas disidentes más recordadas de Cuba se cuentan las de 1994, tras las cuales se produjo un éxodo de unas 35 mil personas en balsas y botes pequeños, algo que se conoció como Crisis de los Balseros. Se abrió una brecha real entre el Estado y el pueblo, que con el tiempo cobró visos de normalidad. Hay una frase muy socorrida que ilustra esta relación: “Nosotros nos hacemos los que trabajamos, y ellos se hacen los que nos pagan."

Para la época en que Leo y sus amigos nacieron, Cuba salía poco a poco del Período Especial, como resultado de una serie de tímidas reformas, y, eventualmente, del aún incipiente suministro de petróleo desde Venezuela. La infancia de Leo se dio en una Habana en que el turismo crecía al ritmo en que lo hacía la prostitución y el “jineterismo”, en que la vida nocturna, dormida durante décadas, subía de nuevo a escena. Puede decirse que compartir todavía es parte de la naturaleza esencial de Leo –en su grupo nadie es abandonado a su suerte-, pero lo es, del mismo modo, su amor al consumo. Él se las ha arreglado para disfrutar los crecientes niveles de materialismo y la influencia extranjera en su país. Jorgito, en cambio, para rechazarlos. Sin embargo, ninguno de los dos escapa al sistema de desigualdades instaurado.

Esta es una realidad que está empujando a los jóvenes cubanos a entrar en el sector privado tan pronto como sea posible, incluso si esto implica renunciar a la universidad gratuita. Pero sin una amistad o algún pariente que les sirva de trampolín para entrar al sector privado, no obtendrán nada. Las oportunidades de trabajo en él son esporádicas; la competencia es feroz, lo cual produce ansiedad entre los jóvenes pues sienten que este es su momento y, sin embargo, no pueden hacer nada. Una cantidad importante de ellos no estudia ni tiene lo que se dice un trabajo fijo. El gobierno los llama “jóvenes desvinculados” y, en ocasiones, “no comprometidos”. En cualquier caso estos jóvenes, a los ojos de la dirección del país, van en contra de los valores fundamentales que proclama la Revolución.

Sudé muchas tardes en la biblioteca del Centro de Investigaciones Culturales Juan Marinello, una sala polvorienta cerca de la Plaza de la Revolución donde el acceso a internet es limitado, así como el papel sanitario. Allí leí algunos estudios acerca de la ansiedad que atraviesan los “desvinculados”: “¿La juventud está perdida?”, “La marginación de adolescentes y jóvenes en Cuba”, “Reflexiones en torno a la desvinculación juvenil en Cuba”. Muchos de ellos subrayaban la existencia de programas estatales, como la creación de Joven Clubes (laboratorios de informática), algunas reformas educacionales, y cursos de entrenamiento con el fin de “rescatar” la generación “perdida” por medio de la realización de actividades productivas.

Cuando le hablo de estos programas a Jorgito, este vira los ojos.

La portada de un estudio de 2013 tiene a una muchacha de trenzas rodeada de una constelación de aparatos electrónicos –un enorme teléfono móvil, un fax y una computadora de escritorio- que más bien recuerda a un póster de una película de Ciencia Ficción de 1983. Leo y los mikis, en cambio, ya permutaron a las pantallas táctiles y los videos de Youtube que vienen en El Paquete.

***


Sobre las 10 pm del sábado, Leo y su camarilla se encuentran fuera de Fabio´s. Levemente cansados de holgazanear y beber en La Puntilla durante la tarde, los miembros del grupo siempre sacan fuerzas para bailar en una discoteca. Recién duchados y con gel, se juntan para compartir el dinero de manera que puedan entrar todos.

Por el día, Fabio´s es un típico restaurante estatal de dos pisos y comida italiana, llamado así por Fabio Di Celmo, un turista italiano que murió en los atentados de 1997 en La Habana, atribuidos a cubanoamericanos anticastristas. Fabio devino así un símbolo de la solidaridad cubana, el mártir que muere a manos de los imperialistas agresores. Un retrato del joven, en el que luce una playera de fútbol, cuelga de la pared mientras los clientes se comen unos no muy auténticos espaguetis al pesto.

De noche, sin embargo, Fabio´s es algo más. Gestionado por el semiprivado y ampliamente popular proyecto Por Un Mundo Mejor (PMM), célebre por armar las mejores fiestas de La Habana, el piso superior de Fabio´s se convierte en un club de luces estroboscópicas y potente sonido, sin olvidar la máquina de humo y un DJ que alterna entre el reggaetón, el pop y la bachata. Pantagruélicos agentes de seguridad controlan la entrada, y el aire acondicionado siempre está al máximo, dos ingredientes esenciales para que Fabio´s sea lo que es, un sitio preferido por Leo y demás mikis del preuniversitario. Con un precio de $3 la entrada, Fabio´s no es lo suficientemente caro para que los chicos del grupo no puedan costeárselo (los precios de otros sitios recién abiertos y de moda van desde $15 hasta $50), pero lo bastante alto para que no puedan entrar los “tipos malos”, explica Leo. Algunos lugares –demasiado calurosos, donde abundan los repas y las broncas y donde, por si no bastara, hay que hacer colas- han de ser evitados a toda costa.

El hecho de que Leo y su pandilla bailen junto a sus novias una canción de Justin Bieber en un sitio simbólico del antiimperialismo para ellos no parece tener la menor relevancia, o bien lo olvidan cuando están ahí, o bien siquiera lo entienden, o es un debate, simplemente, fuera de lugar. Pero es, no obstante, ilustrativo de una realidad nueva en La Habana, donde las demandas de la juventud, sus gustos y formas de consumo, han conseguido reapropiarse y, hasta cierto punto, dar otro sentido, a las instituciones estatales.

En la oscura neblina de la calle, los chicos hablan para matar el tiempo. Conversan acerca de los planes que tienen para el día siguiente: jugar fútbol en el parque, y, aún más importante, a quién le toca comprar El Paquete.

Tan solo un mes atrás, ellos descargaron una aplicación para mezclar música, y empezaron a grabar sus propias canciones de amor. Ismael era el DJ, Leo, quien ponía la letra, mientras que Jhan Carlos Y Samuel eran los cantantes. Ansiaban que entre los contenidos de El Paquete esta semana hubiera alguna aplicación adicional para mezclar sonido.

“Cuando Samuel canta su gaguera desaparece por completo”, dice Leo “Es asombroso.”


En la calle, bajo el resplandor de las luces de láser verde de Fabio´s, los chicos no quieren cantar para mí ninguna de sus creaciones. Su plan es grabar un CD.

“Eso es solo para las chicas y la familia”, añade Leo.

No sueñan con hacer mucho dinero, pero sí con que lo pueden lograr.

De repente, los ataviados mikis entran en acción. Como todo buen estudiante de preuniversitario, tan pronto como uno de ellos inicie algo los demás lo siguen. Blandiendo los cigarrillos a medio acabar y guardando los teléfonos en sus bolsillos, el grupo se acerca lentamente a la puerta principal de Fabio´s. Cuando llegan a la entrada, Leo y sus amigos son pura sonrisa, los cuerpos presionados unos con otros al tiempo que se escucha el último éxito de Rihanna.

***


A menos de una milla de allí y un par de horas después, Kevin decide ir a La Fábrica, uno de los más populares clubes de La Habana hoy. Es un lugar del que el grupo miki ha hablado con no poca añoranza, pero una prohibición para menores de 18 años no le ha permitido entrar. La cuadrilla hípster de Jorgito está mucho menos impresionada por La Fábrica que el grupo miki de Leo.

“Vamos a La Fábrica porque es el mejor lugar entre muchas malas opciones”, sostiene Kevin.

Afuera, la cola zigzaguea toda la cuadra. Hay cubanos con sombreros de colores brillantes y camisetas para mostrar su musculatura, mujeres en tacones que se han hecho rociar el pelo con laca toman fotos con sus IPhones. No faltan, desde luego, turistas y estudiantes extranjeros.

Dos portentos físicos custodian la abarrotada entrada de La Fábrica.

Kevin conduce al grupo hasta el patio. Alrededor de nosotros, la gente fuma un cigarrillo tras otro mientras sus bebidas permanecen sobre las mesas, las cuales están hechas de neumáticos reciclados. De fondo se escucha hip-hop americano de los noventas y rap cubano. Yo estoy sentada sobre un banco de madera entre Kevin y Pepe, sus cabezas giran contemplando la escena.

“Bueno, como siempre, La Fábrica es una mierda”, gruñe Pepe.

Creada en principio para atraer a un público con inquietudes artísticas, La Fábrica parece haber perdido su sino. En lugar de gente joven y creativa, ha sido tomada por gente que va a gastar dinero y a emperifollarse, a ver y a que la vean.

“Extranjeros y farándula”, sigue Pepe.

Definida como la profesión y el ambiente de las personas dedicadas al teatro y, en general, como el mundo de las celebridades y el espectáculo, la palabra “farándula” en La Habana cobra ligeramente otro matiz, refiriéndose a un grupo en constante expansión y cuyo crecimiento guarda una estrecha relación con los cambios económicos en Cuba. Algunos de los faranduleros cubanos no son más que veinteañeros cuyos padres ocupan altos puestos en el gobierno; otros son artistas reconocidos y, por qué no, también los hay ex-mikis de secundaria con dinero ahora para dilapidar. Ellos son la crema y nata del mundo del oropel que tanto fascina a Leo, pero que tanta aversión provoca en Jorgito.


Mientras regreso con mi segundo trago, Kevin y Pepe estiran como pueden la lata de cerveza que han estado compartiendo. Hablan de los avances de Kevin en un trabajo a tiempo parcial que encontró y de los recientes planes de Pepe de ser barman en un hotel. Pepe no ha tenido un trabajo estable desde que terminó su servicio militar en 2011, algo que atribuye a la falta de oportunidades en su país y a, dicho en sus propias palabras: “porque es un país racista”. Comparado con Kevin y Jorgito, cuyos tonos de piel son más bien aceitunados, Pepe es mulato –o “café con leche”, como le gusta decir-.

Desde que el Presidente Obama visitó la Isla, la tradición racista en Cuba ha concitado mayor atención. Ella continúa generando angustia en chicos como Pepe, quien se siente en franca desventaja cuando se trata de obtener un trabajo en el sector privado. Como explicaba un artículo de opinión aparecido en The New York Times en 2013: “La realidad es que en Cuba, la experiencia que puedas tener de estos cambios varía en función del color de tu piel.”

“¿Estás orgullosa de tu país?”, inquiere Kevin.

Me sorprende la pregunta, pero la respondo con honestidad: “Hay cosas que hacemos que me molestan; pero sí, lo estoy.” Luego le pago con la misma moneda: “¿Lo estás tú del tuyo?”

“No voy a contestar, no debo”, responde Kevin. “Han pasado tantas cosas de las que no me siento orgulloso…”

Por un momento permanecimos callados, viendo cómo la gente iba y venía. En eso, una vieja canción de Justin Timberlake rompe el silencio, provocando que algunas faranduleras hagan gala de sus pasillos bien aprendidos, mientras uno puede oír el tintineo de sus pulsos por encima del ritmo propio de la canción. Los esporádicos flashes de los móviles perturban el brillo de las luces del techo. Puedo imaginar a Leo, Jhan Carlos, Samuel e Ismael bailando entre ellos, en un plazo de dos años, con sus glamorosos cortes de pelo, sus zapatillas y sus celulares.

“La gente tiene el gobierno que se merece”, sentencia Kevin.

***


Un azul dorado y profundo se cierne sobre la mañana de domingo. A esa hora, Leo y los mikis, Jorgito y los hípsters, regresan a sus casas. Los domingos parecen hechos para dormir, acabar las tareas de la escuela y hacer mandados. Leo ve novelas brasileñas con su mamá. Jorgito aprovecha para visitar su familia y de paso comer como Dios manda.

Con el lunes el ciclo comenzará de nuevo, el ajetreo de una Habana hecha de contrastes, donde se construyen vistosas canchas de baloncesto pero se caen los techos de las casas, donde los alimentos básicos de la semana cuestan un ojo de la cara, pero los Rolling Stones dan un concierto gratis, donde las celebridades y la farándula se codean en ocasión de un desfile de Chanel, mientras en la Universidad de La Habana cortan la luz. Donde el mayor contraste se da, acaso, entre el potencial, la energía y la pasión de las nuevas generaciones –ya se trate de mikis, hípsters, repas, o de cualquier otra- y la obcecada perseverancia de una claque de octogenarios líderes políticos. Los Estados Unidos pueden no saciar su apetito por Cuba, o dejar de especular acerca del futuro de la Isla, pero ese futuro no pertenece ni a nosotros ni a los Castros. Pertenece a Leo y Jorgito, y a todos los que escuchan a Pitbull, odian la música pop, aman a los Estados Unidos, temen al capitalismo, bailan en la disco, a los escépticos seguidores de blogs, y pertenece, también, a todos los optimistas que hay en medio.


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