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“Yo no vine acá para hacerle nada malo a Estados Unidos, vine para hacerlo mejor”

Litzi Martínez es una de los 750,000 'dreamers' en peligro. Su manera de luchar contra Trump no es protestar, sino brillar en los estudios y contar su historia en el país donde vive desde que tenía 11 meses.
29 Ene 2017 – 10:39 AM EST

Litzi Martínez, una estudiante de 19 años de Brooklyn College, viajó por primera vez a México a principios de enero. El programa de la universidad en el que participaba se aseguró de que el regreso a Estados Unidos fuera el 16 de enero, cuatro días antes de la toma de posesión del nuevo presidente.

Aunque Litzi no tiene más recuerdos que las fotos que le enseñan sus padres, ella nació en un pueblo a las afueras de México D.F. y pasó allí sus primeros 11 meses de vida. Ella y su madre siguieron entonces a su padre a Nueva York, donde ya había conseguido un sitio para vivir y un trabajo en busca de “más oportunidades”.

El marciano

El primer recuerdo que tiene Litzi sobre su estatus migratorio es del quinto grado. En una clase de la escuela leyó un cuento donde un hombre hablaba con un “ alien”. Ella interpretó que se trataba de “un marciano”, pero su profesora le explicó que se trataba de alguien que no había nacido en el país y le empezó a preguntar dónde había nacido ella y si tenía permiso de residencia.

“Yo no sabía las respuestas”, cuenta ahora Litzi, que aquella noche le preguntó a sus padres. Le explicaron que no era “necesariamente bueno” decir que ella no había nacido en Estados Unidos y no tenía documentos de residencia. Durante años, su instinto fue esconderlo.

En 2014, su vida cambió. Pidió la protección de DACA, el decreto aprobado dos años antes por el que el presidente Barack Obama dio una identificación básica a los hijos de inmigrantes que hubieran llegado al país de niños y que estuvieran estudiando o sirviendo en el ejército.

Así Litzi pudo tener número de la seguridad social y permiso para estudiar y trabajar durante dos años renovables. Y así también descubrió que no estaba sola. “Hay millones… Y me siento protegida para poder hablar”, cuenta.

Hay más de 750,000 jóvenes que se han acogido a la protección temporal y renovable de Obama. Los consejeros de la Casa Blanca están ahora divididos sobre qué hacer con el decreto, aunque el portavoz, Sean Spicer, ha asegurado dos veces que esto no es “la prioridad” del presidente.

Algunos de los que han tratado con el equipo de Trump dicen que el presidente anulará el decreto pronto, lo que trasluce el debate interno.

“Estoy convencida de que después de los decretos sobre refugiados tendrá que tratar con otros decretos, como la concesión de permisos de trabajo ilegalmente”, me dice en referencia a DACA Jessica Vaughan, del Centro para Estudios de Inmigración, una organización que hace campaña a favor de la restricción de la inmigración desde los años 80.

Vaughan asesoró al equipo de Trump durante la transición, pero no sabe el impacto que han tenido sus consejos. Ahora dice estar "muy satisfecha" con las primeras medidas de Trump.

La salvación es estudiar

Para muchos jóvenes inmigrantes la universidad ha sido una tabla de salvación.

Litzi se dio cuenta pronto de que la manera de defender su permanencia en Estados Unidos eran los estudios. Consiguió una beca que paga los cuatro años del Brooklyn College dentro de un programa llamado TheDream.us, una organización sin ánimo de lucro que ayuda a los dreamers, los hijos de inmigrantes protegidos de la deportación, para que estudien en universidades por todo el país.

Su padre se dedica a las artes gráficas en un pequeño negocio de Brooklyn y ella siempre ha querido hacer “algo creativo”. Estudia Marketing Empresarial y se imagina trabajando en publicidad creando “un producto o una idea”.

“Me gusta poder crear cosas, poder ver que se hagan”, dice. También le interesa “utilizar la Psicología para atraer a la gente”. Su padre le enseña cómo colocar un número de teléfono de manera prominente o cómo tratar con los clientes para que se vayan felices cuando surge alguna contrariedad.


Fan de Sanders

A Litzi le gusta hablar y lo hace bien, con convicción, pero dice que le imponen las multitudes. Nunca ha ido a una protesta. Y la mayor concentración de personas en la que ha participado fue un mitin de Bernie Sanders en las primarias demócratas de Nueva York.

Como muchos de sus jóvenes compañeros era “una enorme fan” de Sanders y dice que no confiaba en Hillary Clinton porque había dicho “cosas distintas en el pasado” de las que defendía durante la campaña. Pese a ello, Litzi, que no puede votar, animó a sus amigos a votar por Clinton en noviembre. “No hay otra opción”, les decía.

La noche de las elecciones pensó en irse a dormir porque tenía clase pronto al día siguiente, pero un compañero la convenció para que se quedara despierta a seguir los resultados porque sólo pasa una vez cada cuatro años. Se fue a dormir cuando hizo los cálculos y vio que ya no quedaban estados para que Clinton pudiera ganar.

“Me desperté pensando ‘ojalá sea una pesadilla’. Pero miré los social media y todo el mundo decía había ganado Trump… Cómo me puede haber fallado Estados Unidos. Es un país de inmigrantes”, dice Litzi, que siente vivía hasta entonces en una “burbuja”.

Aquella mañana las amigas que saben su situación y los profesores hablaron con ella y le ofrecieron ayuda. Algunos amigos incluso le dijeron que se casarían con ella si estaba en peligro de deportación. “Gracias, pero no, gracias”, dice Litzi, que se lo tomó a broma.

Sólo recuerda un incidente desde la victoria de Trump en el que sintió la hostilidad racista, cuando dos hombres en un autobús empezaron a vociferar a su lado que juntarían a los mexicanos y los mandarían a un campo de concentración. Como tenía los auriculares puestos, simuló que no les estaba escuchando.

La voz

La estudiante cuenta estas semanas con un shock que la ha ayudado a madurar, a dejar de pensar que “todo el mundo es bueno” y “a ser adulta” y valorar sus “opciones”.

El viaje a México con más de 70 compañeros le sirvió para ese proceso. Se sorprendió de “lo bonito” que era el lugar y dice que no vio “nada negativo”.

Conoció a tíos y primos que nunca había visto más que en foto y se dio cuenta de que ahora en México también hay oportunidades de trabajo y que si tuviera que volver “no sería el fin del mundo”.


Aun así, dice que muchos estudiantes tenían miedo de lo que podía pasar en la frontera a la vuelta a Estados Unidos y quisieron encajar la fecha antes de la posesión de Donald Trump. Litzi cuenta que volvió con más energía y que ahora el grupo que viajó de visita a México se ha convertido “en una familia”.

“Lo que puedo hacer es usar mi voz… Si hace algo Trump hay millones de personas que van a pelear, millones de inmigrantes y millones de personas que no lo son que apoyan a los inmigrantes y van a pelear”, dice Litzi.

Para ella, como para muchos de su edad, la Universidad es un refugio y una manera de demostrar su pertenencia. No ha participado en ninguna protesta contra Trump en parte por el miedo de sus padres a que le pase algo, pero eso no significa que vaya a callar.

“Le voy a seguir echando ganas a la escuela. No le voy a dar a Trump una razón para echarme para fuera. Yo he estado aquí trabajando, yendo a la escuela, no soy criminal. Yo no vine acá para hacerle nada malo a Estados Unidos, vine para hacerlo mejor”.

Dice que la entristece el decreto contra los refugiados e incluso residentes con todos los papeles en Estados Unidos y piensa en las familias rotas de manera arbitraria por un decreto del presidente. “Trump no tiene corazón. No quiere ver a las personas felices”, dice. Todavía tiene esperanza de que las cosas mejoren y confía en que sea el Congreso el que intervenga.

“Es una pelea difícil contra un tipo que no nos quiere oír. Pero va a haber cambio. No se puede quedar así, nada va a salir bueno de esto”.

También le gustaría que su experiencia hiciera entender a los que nacieron en Estados Unidos “el privilegio que es ser ciudadano”, sobre todo “a los que no votan o no toman las oportunidades que les dan”.

Sus hermanos menores nacieron en Estados Unidos y ya no tendrán que pasar por la inseguridad y las batallas de Litzi. A veces envidia su posición, pero otras ve la parte buena. “Yo nací en México, es la vida que me tocó. Eso me ha hecho más fuerte, más poderosa”.


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