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Deportaciones

"Somos migrantes atendiendo a migrantes", dice una madre deportada que ahora ayuda a los expulsados por EEUU a Ciudad Juárez

Rosa Mani hizo todo para poder reunificarse con sus hijos en EEUU. No lo logró. Fue deportada por EEUU en varias ocasiones y no podrá volver en 20 años. Mientras se cumple el tiempo de su castigo, ayuda a los migrantes que han sido expulsados a México.
12 May 2021 – 06:00 AM EDT
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CIUDAD JUÁREZ, México.- Cuando a Rosa Mani la deportaron de Estados Unidos en septiembre de 2018, le reclamó a Dios una y otra vez, llorando: "¿Por qué me hiciste madre y me quitaste a mis hijos?". Poco después dice que Dios le respondió: "Yo tengo cuidado de tus hijos, pero necesito que vayas y cuides de los míos". Entre un pálpito y otro, llegó a Ciudad Juárez.

Primero apoyó en un evento para que decenas de familias separadas por deportaciones —como la suya— pudieran abrazarse en la frontera durante unos minutos: "Para mí era una cosa súper difícil porque sabía lo que ellos estaban pasando. Yo quería abrazar a mi hija mayor (que vive indocumentada en Estados Unidos) por lo menos tres minutos".

Después, combinó su trabajo de tres días en una maquila con el de asistente de un pastor reconocido que lideró la constitución de una red de albergues para migrantes en Juárez. Luego, desde el 9 de mayo de 2020, Mani ha sido la coordinadora de uno de los tres hoteles filtro que hay en la ciudad, el que habilitó la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y en el que aislan a todos aquellos que quisieron llegar a Estados Unidos, fueron devueltos a México y llegaron con síntomas de covid-19.

Mani dice que hasta hace apenas días "no soltaba el hotel para nada". De hecho, aún tiene allí una habitación en la que duerme algunas noches, aunque trata de escaparse a su casa, que acaba de rentar, decorar y considera su "espacio seguro" después de un año de trabajo sin descanso.

Ella logró organizar las 47 habitaciones del hotel: 10 están destinadas para los sospechosos o enfermos de covid-19; entre el resto, la mayoría da cobijo a familias cuando no hay cupo en los albergues de la zona y una fue habilitada para que los migrantes reciban atención psicológica. También estableció las normas y cuando llegan, firman un acuerdo de aceptación: el que entra, sale cuando se confirme que está libre de covid-19 o cuando se abra un puesto en un albergue; no porque alguien —como un coyote que se hace pasar por familia— venga a llevárselos. "Buscamos mantenerlos a salvo".


Su equipo está conformado por migrantes. En un momento tuvo siete médicos cubanos que estuvieron más de un año a la espera de entrar a Estados Unidos para presentar sus casos de asilo; ahora solo queda una. También hay tres salvadoreños y un hondureño que la ayudan con las tareas cotidianas; ellos también quieren cruzar pero aguardan hasta que la pandemia esté controlada y se reabra la frontera. "Somos migrantes atendiendo a migrantes. Cuando la comunidad llega al espacio se siente cálida, se siente entendida".

Han pasado casi tres años desde que ella fue deportada la última vez. Con ayuda profesional y con tanto trabajo ha sanado la separación de su familia. Cuenta que le tomó "muchos días, muchas noches" para entender su destino: "Soy feliz así como estoy".

La separación

Mani vivió en Estados Unidos siete años. Llegó a los 18 con su hija América, que para ese momento tenía dos años, y su esposo. Luego, nacieron Iván y Emily. "Fuimos bendecidos", recuerda. En 2010 la familia decidió volver a México. Querían montar un negocio, "emprender". Un par de años después, todos los planes se desplomaron.

Emily, la niña más pequeña, comenzó a sufrir una enfermedad degenerativa: artritis idiopática juvenil, en su caso, crónica. Intentaron atenderla en México, pero seguían repitiéndose las convulsiones y, a pesar del tratamiento que le aplicaban, presentó fallas en diferentes órganos. "Como padres nos impactó. La niña no crecía, al contrario. En la pared donde uno como mamá va rayando dónde va tu hijo, ella iba para abajo. De repente eran ocho centímetros, de repente 15 centímetros. Era una desesperación".

Luego, los médicos les dijeron que en México no estaba disponible el medicamento que requería para mejorar. "Decidimos que ella regresara, que ellos regresaran a Estados Unidos para que su enfermedad fuera tratada", recuerda. Se fueron todos menos Rosa, que decidió pedir una visa humanitaria.

"Pero desafortunadamente en algún momento Emily llega al hospital por convulsiones y estuvo un mes, más o menos, en el hospital. Mi desesperación de mamá me hace brincar el muro y lanzarme porque para mí era tan importante estar en esos momentos con mi hija", recuerda. No lo logró. La detuvieron y la encerraron dos meses en el condado El Paso, en Texas. Asegura que había "un ejército" de abogados intentando frenar su deportación y de pastores rezando, pero fue imposible.

"Mamá, perdóname"

Rosa Mani ya había intentado cruzar otras veces sin éxito. El 2 de septiembre de 2016 la volvieron a deportar. Esa vez la castigaron con 20 años sin poder entrar a Estados Unidos, sin poder abrazar nuevamente a sus hijos de ese lado de la frontera. Era medianoche y uno de los pastores la recibió en el puente, en Ciudad Juárez.

"No podría ni siquiera explicar lo que sentí. El día de hoy sigo sin palabras para poder expresar cómo el mundo se va derrumbando a tus pies (...) Vas a la nada", cuenta.

Para ese momento, Emily mejoraba físicamente, pero emocionalmente "se echaba la culpa de todo lo que estaba pasando", recuerda Mani. "Decía: 'Por mi culpa mi familia está separada'. Incluso en algún momento me dijo: 'Mamá, perdóname, porque por mi culpa estás en la cárcel'. Fueron momentos muy, muy difíciles".

Con los meses, la niña comenzó a presentar otras complicaciones. Rosa Mani intentó entrar de nuevo, esa vez por el puerto fronterizo de San Diego, en California. Llevaba los papeles en los que el hospital justificaba la importancia de su presencia al lado de su hija. No le permitieron la entrada y decidió quedarse en Tijuana buscando opciones de trabajo.

"Las puertas se me cerraron completamente. Y entonces llego de Mexicali a Ciudad Juárez (...) La vida me trajo a esta ciudad a la que amo, respeto y admiro", dice. Desde entonces no se ha marchado.

La distancia con sus hijos menores la ha resuelto ahorrando para comprarles pasajes y que así puedan visitarla. Cuando viajan, ella los lleva al hotel filtro y la ayudan con su trabajo.

Para poder abrazar de nuevo a América, la mayor, le quedan 15 años. Mientras, asegura que se quedará en Juárez, ayudando a más migrantes. Hasta ahora, ha recibido a 1,660. "Ahora entiendo de qué me hablaba Dios. Y sin duda, él ha tenido cuidado de mis hijos".

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