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Inmigrantes indocumentados

Este inmigrante pasó de ser político en su país a chofer de Uber en EEUU. Ahora lucha contra la deportación

El guatemalteco Julio César Hernández huyó de su país por una supuesta amenaza de muerte de sus rivales políticos. Solo tenía una visa de turista con la que llegó a Estados Unidos y pidió asilo, pero su solicitud fue rechazada y aunque ha apelado en varias ocasiones, lleva años temiendo que ICE vuelva a tocar a su puerta y lo deporte.
23 Abr 2019 – 7:16 PM EDT

LOS ÁNGELES, California.– Julio César Hernández Rivas abre la guantera de su auto y saca una foto antigua que le recuerda una de sus mejores épocas en Guatemala. Aparece al lado de Vinicio Cerezo, quien fue presidente de ese país entre 1986 y 1991. En ese entonces, Hernández estaba en el mundo de la política y fue candidato a diputado. Una credencial amarillenta que le otorgó su partido es otro papel que guarda como tesoro.

De esos años le sobran anécdotas, incluyendo la más amarga de todas, cuando en 1991 lo amenazaron de muerte por apoyar a un aspirante ajeno a su partido, el extinto Democracia Cristiana Guatemalteca. Por miedo a tal advertencia, empacó sus maletas y usó su visa de turista para huir a Estados Unidos.

Atrás dejó un empleo bien remunerado en una empresa ligada al gobierno y sus aspiraciones políticas. Aquí, como millones de migrantes, comenzó de cero y no valieron de mucho sus estudios universitarios en administración de empresas.

"Me amenazaron diciendo que si seguía en ese camino iba a sufrir las consecuencias. A mí me dio miedo, temí que lo fueran a cumplir. Entonces mis hijos estaban pequeños. Imagínese...", cuenta a Univision Noticias Hernández, quien dejó su país cuando tenía 37 años y tres hijos menores.

El relato de Hernández se escucha en el interior de su auto compacto, su herramienta de trabajo. Desde hace dos años él se gana la vida transportando clientes de la empresa de viajes compartidos Uber. Es un ingreso adicional porque no puede pagar todas sus facturas con una escasa pensión del Seguro Social.

A sus 65 años no ha podido disfrutar el retiro que se ganó después de laborar mucho tiempo en una tienda. Para ayudarse, además de manejar Uber también vende perfumes a sus amigos en concesionarias automotrices.

"Esto (Uber) es un complemento, me ayuda económicamente, máxime ahora que todo está caso", dice.

Pero la falta de dinero no es la principal preocupación de este centroamericano que vive en Los Ángeles, sino una orde n de deportación que un juez de inmigración emitió en su contra en noviembre de 1998. Desde esa fecha, todas las apelaciones presentadas por su abogado han sido infructuosas y parece inminente un retorno forzado a su país natal. ICE lo sigue teniendo en su radar.

Aunque su caso está basado en una solicitud de asilo que se inició en 1991 (el mismo año que llegó) y entró legalmente al país con su visa de turista, su proceso fue afectado por un viaje de emergencia que realizó a Guatemala para visitar a su madre enferma en 1995. Así se iniciaron sus problemas, pues como solicitante de asilo no podía salir sin un permiso y así lo hizo.

Sus numerosos intentos por legalizarse

El Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE) indicó que un juez negó la petición de asilo de Hernández y le pidió en octubre de 1998 que saliera voluntariamente de EEUU. Él no acató tal orden y en noviembre de ese mismo año se emitió una orden de expulsión definitiva que aún no se ha aplicado.

El guatemalteco no se quedó de brazos cruzados y ha llevado su caso a varias instancias. En noviembre de 1998 lo presentó ante la Junta de Apelaciones de Inmigración, que le negó la apelación en diciembre de 2002. Un mes más tarde, lo interpuso en el Tribunal de Apelaciones del Noveno Circuito, pero se emitió un fallo en su contra en febrero de 2004.

Después de estos dos reveces, agentes de ICE fueron a su casa en noviembre de 2006 y quedó bajo custodia federal durante cinco meses. Salió libre en marzo de 2007 con una orden de supervisión.

"El señor Hernández Rivas continuó apelando sin éxito su caso ante los tribunales hasta abril de 2016 (…) Actualmente se encuentra en una orden de supervisión, pendiente de ser deportado", detalló Lori K. Haley, vocera de ICE en Los Ángeles.

Según el centroamericano, en los últimos dos años el Servicio de Inmigración y Ciudadanía (USCIS) le ha otorgado un permiso de trabajo cada vez más limitado, pasando de tener uno con plazo de un año a otro de apenas seis meses. "Esta vez no me lo quisieron extender más. El caso está pendiente; estamos esperando un fallo favorable", señala.

Su próxima cita ante funcionarios de USCIS se ha programado para el 4 de junio. Hernández tiene la esperanza de que una vez más le permitirán quedarse en este país, pero también se ha preparado para lo peor.

"Si no me aprueban el caso yo me voy, no voy a quedarme en el aire, con el miedo y todo eso. No podría más trabajar en Uber", lamenta.

Si bien en su país vive uno de sus hijos, quien trabaja para una importante empresa de baterías, advierte que regresaría a un lugar con muchas carencias.

"Me cortarían el aspecto de conseguir un trabajo, perdería una de mis pensiones", advierte. "Yo le pediría al gobierno que me deje por razones humanitarias, porque tengo problemas de salud, padezco de la presión arterial. Allá la atención de la salud es cara y en los hospitales públicos se muere uno".

Otro aspecto que le preocupa es quedar separado de su esposa, dos hijos y tres nietos. "No le pido nada al gobierno: trabajo en Uber, vendo mis perfumes y contribuyo con mis impuestos", dice.

Hernández no ha regresado a Guatemala desde que visitó a su madre enferma en 1995. Ella murió por un ataque cardiaco hace dos años. Tenía 85 años. No pudo acudir a su entierro.

También en 1995 ocurrió otra tragedia: asesinaron a tiros a su hijo de 16 años, que –según cuenta– andaba en malos pasos. Vivía en el barrio de Rampart, donde nació la pandilla Mara Salvatrucha. Lo balearon frente a una escuela. Por las características del crimen y el lugar donde ocurrió, este hombre cree que detrás estuvo la MS-13.

"Le dieron un balazo en la cabeza cuando empezaba a vivir la vida. Ni siquiera fui al juicio para no verle la cara a los asesinos de mi hijo", contó con pesar.

'Julito', como le decían de cariño, fue sepultado en el cementerio del Este de Los Ángeles. Recordar esa perdida le sigue doliendo 24 años después. "Su muerte fue fatal para mí. Mi hijo era inteligente y quería ser beisbolista. Siempre me iba a visitar con su guante y su pelota. Tenía sueños", expresó


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