Deportaciones

Una madre que deja a 5 hijos y un veterano con 70 años en EEUU: siguen llegando deportados a Tijuana

Luz María fue deportada después de 25 años en Estados Unidos. Ahora está en Tijuana, la bulliciosa ciudad fronteriza que se ha convertido en la tierra de los deportados.

Esta historia, publicada originalmente en The Guardian en inglés, forma parte de un proyecto del diario anglosajón en que invitó a cuatro dreamers como editores durante tres días.

16 Dic 2017 – 12:03 PM EST

TIJUANA, México.- Luz María Hernández mira inexpresivamente a través del patio sombreado, con un teléfono celular en una mano y un pañuelo empapado en la otra. Hace menos de 48 horas, Hernández, de 45 años, fue deportada a Tijuana después de 25 años como migrante indocumentada en el sur de California. Sus cinco hijos, de entre 3 y 23 años de edad, nacieron en California y ahora tienen que vivir sin su madre.

Minutos antes de ser escoltada a la frontera, los agentes de inmigración le informaron que se le prohibía ingresar a Estados Unidos durante 10 años.

Sentada tensa en una silla de patio dentro de un refugio para inmigrantes a solo un par de millas de la frontera, Hernández está aturdida, llorosa y le atormenta qué hacer a continuación.

"Tengo que ir con mis hijos, pero tengo miedo de volver a cruzar. ¿Qué pasa si me atrapan y me encierran por mucho tiempo? ¿Qué pasa si me atacan los delincuentes? Tal vez debería quedarme aquí y conseguir un trabajo para poder mandarles dinero a mis hijos, o ir con mi familia o traer a la más pequeña y dejar que los demás se queden en la escuela", se pregunta Hernández frenéticamente, mientras revisa su teléfono por enésima vez.

"No sé qué pensar o qué hacer. ¿Qué debería hacer?"

Hernández espera una llamada de su hija mayor, de 23 años, que visitó Madre Asunta, el refugio de monjas Scalabrini para mujeres y niños en Tijuana, y le trajo una bolsa deportiva llena de ropa, artículos de tocador y lo más importante, el teléfono.

De un solo golpe, Hernández perdió a sus hijos y a su compañero.

Su hija de 3 años tiene un padre y un apellido diferente al de sus hermanos, lo que hace más difícil su cruce por la frontera con ellos. El padre de la niña, el compañero de Hernández durante los últimos cinco años, también está indocumentado y no puede viajar a México.

"Mi niña no deja de llorar". Quiere saber cuándo regresaré y no sé qué decirle".

¿A dónde podía huir con cinco hijos?

Para Hernández, la pesadilla comenzó tres meses antes cuando agentes de ICE rodearon su automóvil cuando ella estaba a punto de partir para el trabajo. No fue del todo inesperado. Dos semanas antes, había sido allanado el restaurante mexicano donde trabajaba bajo su nombre real y un número de seguridad social obtenido en el mercado negro.

"Sabía que vendrían a buscarme, pero ¿a dónde podía huir con cinco hijos? Seguí yendo al trabajo, pero se me había acabado el tiempo".

Hernández fue encarcelada por falsificar documentos de trabajo. Aun así, la deportación fue un shock. Ella estaba planeando solicitar asilo, asustada por la escalada sangrienta en el sureño estado de Guerrero, donde nació y donde aún viven sus padres. Toda persona que solicite asilo tiene derecho a una 'entrevista de temor razonable', para medir el nivel y el tipo de amenazas que podría enfrentar si es deportada.

Pero de la nada, Hernández dice que la entregaron a los agentes de ICE y le dijeron que firmara documentos de deportación escritos en inglés que ella no entendía. "Pregunté por el asilo, pero el agente se enojó. 'Los Ángeles es violento, hay violencia en todas partes', me dijo, y eso fue todo".

Aproximadamente una hora después de que los guardias de la prisión la entregaran al ICE, ya estaba en México –y había terminado la vida que había construido en Estados Unidos durante más de 25 años.

Tijuana, donde llegó, es una bulliciosa ciudad costera que limita con San Diego, y es una de las ciudades de más rápido crecimiento en México, con 1.7 millones de habitantes. Es un polo económico y cultural, que durante mucho tiempo ha sido un imán para los inmigrantes económicos atraídos por empleos en las más de 500 maquiladoras que aprovechan la mano de obra barata y las exportaciones gratuitas gracias al tratado de libre comercio NAFTA.

Hernández tenía 20 años cuando un primo la convenció para que dejara los trópicos de Guerrero en el sur de México para buscar trabajo en California, y le pagó a un coyote solo 200 dólares en 1992 para que los guiara. Después de ser deportada en 2004 y 2009, ella volvió a cruzar. En la actualidad, la tarifa corriente para los coyotes oscila entre 8,000 y 14,000 dólares.

En estos días, relativamente pocas personas intentan esta sección de la frontera: está parcialmente amurallada y vigilada en gran medida por agentes armados con equipos de vigilancia de alta tecnología. (Ocho prototipos estéticos para el muro metálico que Trump prometió se ciernen sobre la frontera, justo al este del aeropuerto de Tijuana).

En cambio, Tijuana se ha convertido en una tierra de deportados, y sus 15 o más refugios están repletos de vidas arruinadas. Es el principal destino de deportación de México, donde se coloca a uno de cada cinco deportados, independientemente de si tiene conexión con la ciudad.

Casi 24,000 personas fueron deportadas aquí entre enero y septiembre de este año; la mayoría vivía y trabajaba en California cuando fueron detenidos.

"No voy a dejar que Trump me gane"

Fuera de la moderna instalación de inmigración de Tijuana, un puñado de vendedores ambulantes pregonan chicles, perros calientes y barritas de maní azucarado mientras un oficial de policía bebe una bebida energética y de vez en cuando les sopla su silbato a los taxistas para mantener el tráfico en movimiento.

Éste es el cruce fronterizo más activo del mundo, con aproximadamente 300,000 visitantes que utilizan el puente de conexión a pie o en automóvil hacia Tijuana todos los días. Día y noche, un flujo constante de turistas, compradores, fiesteros y hombres de negocios llegan aquí, a poca distancia de los bares del centro de la ciudad donde abundan la prostitución y las drogas.

Los deportados salen aturdidos y confundidos a esta incómoda confluencia. Aquellos vestidos con las sudaderas grises que les dan en la prisión son los más fáciles de detectar, pero hay muchas otras pistas.

Después de un par de horas esperando bajo el sol ardiente, tres jóvenes se pasean vestidos con atuendos de las calles de Los Ángeles y zapatillas sin cordones, cada uno con una bolsa de papel marrón.

Nacieron en el estado central de Michoacán, hablan poco español y dicen que se conocieron en detención juvenil. Dos de ellos tienen muchos tatuajes, rebosan arrogancia y se dirigen directamente a la farmacia del lado opuesto de la calle a comprar pastillas. El tercero dice que fue encarcelado por robar un camión y parece realmente sorprendido de estar aquí.

"¿Dónde estoy, esto es T?", pregunta, usando la jerga de Los Ángeles para Tijuana. "No necesitamos ayuda, tengo dinero", dice sacando un fajo de billetes de un dólar antes de darse cuenta de que tiene la moneda equivocada. "Oh, ¿necesito pesos?"

Los defensores locales dicen que, en el punto de entrada, las autoridades mexicanas hacen un buen trabajo. Los deportados reciben comida, llamadas telefónicas gratuitas y atención médica de emergencia, y están disponibles boletos de autobús para cualquier parte del país. (A 'The Guardian' se le negó el acceso a la instalación). Los activistas estacionados dentro les ofrecen transporte a los refugios.

El vientre oscuro de droga y violencia de la ciudad también puede tragarse a los migrantes deportados.

"Los problemas comienzan en el momento en que salen de inmigración", dice Victor Clark, que dirige la oficina binacional de derechos humanos en Tijuana. "Están desorientados, en estado de shock, son fáciles de identificar y, por lo tanto, son víctimas ideales para que se los lleve la policía que está bajo presión para dar la impresión de que está combatiendo el crimen".

Las redadas policiales en el centro de la ciudad son comunes, y los migrantes recién deportados son el alimento perfecto para los agentes con cuotas de arresto, según un agente que sirvió en la policía durante mucho tiempo y pidió no ser identificado.

Elio Ramírez, nacido en Jalisco y deportado de Estados Unidos, trabaja en una instalación comercial de lavado de autos en la Zona Norte, Tijuana.

Este año es el más sangriento que se haya registrado en Tijuana, con al menos 1,600 asesinatos hasta el momento. La espiral de violencia está estrechamente relacionada con el fracturado mercado de drogas que compite por decenas, tal vez cientos, de miles de adictos a la metanfetamina y la heroína. Muchos de ellos viven en cuevas improvisadas de cartón y piedra a lo largo del río Tijuana, conocido como el canal, que se extiende por la ciudad.

Es en el mundo de las drogas donde los miembros de pandillas deportados pueden encontrar oportunidades de trabajo, mientras que otros pueden ser arrastrados a la adicción por las muestras gratuitas que se les ofrecen a los recién llegados.

Los refugios intentan captar a las personas antes de que sea demasiado tarde.

Son las 7 de la mañana y ya hay una cola fuera del desayunador salesiano Padre Chava, en el centro, mientras docenas de voluntarios –migrantes deportados y feligreses– preparan el desayuno para los desamparados, desempleados o discapacitados de la ciudad. En el interior, una imponente estatua sombría de Jesús en la cruz les da la bienvenida al comedor, donde se sirven mil desayunos cada mañana.

Estallan las aclamaciones a medida que se filtran las noticias de que hay tacos de cerdo en el menú, en lugar de los frijoles y el arroz habituales. "Es un milagro, va a llover", bromea el Flaco, que fue deportado "hace años". Sus ojos hundidos, su paso vacilante y su hablar rápido sugieren el uso crónico de drogas, pero no quiere hablar de ello.

También se encuentra en la cola Andrés Pérez, de 43 años, quien alegremente comparte cómo ha intentado y fracasado en sus intentos por volver a ingresar a Estados Unidos 25 veces desde que fue deportado hace cuatro meses. "Estaba manejando borracho, es nuestro punto débil [de los mexicanos]. Pero mi vida está allá, mis tres hijos están en Estados Unidos. No voy a dejar que Trump me gane".

Alrededor del 20% de los deportados a Tijuana intentan regresar a Estados Unidos, incapaces de olvidarlo. La mitad se regresa a su ciudad de origen; el resto se queda en Tijuana para buscar trabajo y estar cerca de sus familias o porque no tienen otro lugar a donde ir o nada que perder.

"La deportación es como un duelo, es una gran pérdida y si no hay ayuda, las calles te arrastrarán", dice la coordinadora del proyecto, Claudia Portela.

Un veterano deportado después de 70 años

Encontrar ayuda a menudo es un asunto de suerte.

Miguel "Rocky" Hernández, de 71 años, tenía apenas un año cuando llegó a suelo estadounidense. Este veterano de Vietnam fue deportado en junio después de más de 70 años en Estados Unidos.

Hernández, un talentoso baterista que en su época tocaba en el circuito de la música latina con Freddy Fender y Jorge Santana, fue entregado a inmigración después de cumplir cinco años por conducir bajo los efectos del alcohol y clonar DVDs. Un agente de ICE le preguntó a Hernández si sabía español porque se iba de vuelta a su casa. "Estoy en casa, le dije, pero él solo se rio".

Hernández llegó a Tijuana a altas horas de la noche y todavía llevaba puesta la sudadera de la prisión. "No tenía dinero, no sabía dónde estaba, qué hacer o qué decir", me dice, escogiendo hablar inglés.

Confundido y desorientado, un transeúnte se apiadó y le pagó a un taxista 60 pesos, un poco más de 3 dólares, para que llevara a Hernández al refugio para hombres Scalabrini. A las pocas semanas, Hernández, un experimentado buscavidas, encontró trabajo en una barbería y alquiló un departamento, donde decoró las paredes con carteles de Marilyn Monroe.

Las cosas estaban mejorando, pero luego Hernández fue atacado por asaltantes en el camino al trabajo y sufrió una fractura de cadera. Necesitaba una cirugía de emergencia, pero los cirujanos del hospital público estaban en la Ciudad de México, atendiendo a las víctimas del terremoto de septiembre.

Solicitó un visado humanitario, solicitando permiso para regresar brevemente a San Diego para recibir tratamiento gratuito en el hospital de veteranos. Fue rechazado.

Hernández pasó un mes en el hospital con un dolor terrible, a la espera de una cirugía. No hay cifras oficiales, pero los activistas creen que miles de veteranos como él han sido deportados en los últimos años.

"Cuando me levanté y presté mi juramento de lealtad a Estados Unidos, el ejército me dijo que yo era estadounidense, y eso es lo que siempre creí. Tenía mi número de seguro social, mi licencia de conducir, una casa, autos, un salón, así que no me preocupé por la ciudadanía. Eso fue estúpido, lo sé, pero nunca me pasó por la mente que terminaría en esta situación.

"He superado el shock inicial y trato de seguir adelante, pero negarme el acceso al hospital de veteranos me dolió mucho, fue algo cruel".

Un par de días después, Hernández asiste a una cena de Acción de Gracias para veteranos y niños de un orfanato cercano, organizada por dos exchefs del cuerpo de marines que han construido una casa de vacaciones a pocas cuadras de la playa. Hay mucha comida y los niños están contentos con el torcido castillo inflable, pero es un día difícil para los veteranos, un recordatorio de lo que se les ha quitado. "Estoy tratando de no obsesionarme", dice Hernández, "pero esto es una sensación agridulce".

"¿Que sólo están deportando a los hombres malos? Es una mentira"

Es viernes por la noche, justo antes de las 8:00 pm, cuando un pequeño grupo de deportados recién llegados se presenta en el refugio para hombres Scalabrini — el primero de este tipo en México, inaugurado en 1993 para emigrantes exhaustos que se dirigen hacia el norte. Ahora, 9 de cada 10 hombres que pasan son migrantes deportados, y el 35% de ellos han sido desterrados después de al menos 11 años en Estados Unidos.

El padre Pat Murphy, el franco director del refugio de barba larga, compara la deportación con el duelo. "Primero viene la negación, y luego parece que la vida se ha acabado. Intentamos ayudar a las personas a construir nuevas vidas, pero algunos siempre la sentirán como una cadena perpetua".

Gretchen Kuhner, directora del Instituto para las Mujeres en la Migración (IMUMI) en México, dice que la iniciativa actual de deportación que comenzó el anterior presidente Barack Obama, está perjudicando a los niños estadounidenses.

"El partido republicano defiende los valores familiares, pero Trump está presionando para que se realicen más deportaciones, lo que dejará aún más niños estadounidenses sin padres. Es hipócrita y no tiene sentido utilizar el dinero de los impuestos para dividir familias y expulsar a las personas que contribuyen a la economía".

Sin embargo, las amenazas contra los inmigrantes que Donald Trump lanzó durante su campaña no han resultado en más deportaciones. De hecho, poco menos de 120,000 mexicanos fueron deportados entre enero y septiembre, una caída del 27% en comparación con el mismo período de 2016.

Sin embargo, las detenciones dentro de Estados Unidos definitivamente han aumentado, y aunque muchos inmigrantes están peleando, aquí en Tijuana los refugios se preparan para las deportaciones masivas.

"Si no tienes documentos, a las autoridades estadounidenses no les importa. Es una mentira que solo están deportando a los hombres malos. Recibimos personas con cáncer, enfermedades mentales y ancianos que nunca encontrarán trabajo en México", dice el padre Murphy. "Pronto van a vaciar las cárceles, y luego vendrán las deportaciones masivas".

Mientras tanto, Tijuana está llena de personas solitarias con remordimientos.

Isaías Morales García, de 54 años, fue deportado hace dos semanas, dejando atrás a su esposa y sus siete hijos. Morales, un hombre grande con rostro amable, fue deportado después de 14 meses en detención federal tratando de luchar contra lo que él dice fue un estúpido malentendido.

ICE lo acusó de tratar de escapar después de que su tobillera GPS sufriera daños al trabajar en una obra en construcción y perdió brevemente la señal, a pesar de que él reportó el incidente de inmediato. Estaba en libertad bajo fianza por reingresar ilegalmente al país.

"Rompí las reglas, pero yo no era una carga, estaba contribuyendo, así que esto me parece injusto. Pero ya no podía soportar la prisión, así que dejé de pelear y acepté la deportación. Al menos aquí mis hijos me pueden visitar, y un día podré pedir un perdón para poder regresar legalmente".

Sus hijos están 'legales': los dos mayores son dreamers, los otros cinco son ciudadanos nacidos en Estados Unidos. Su esposa no está legal; han estado casados 34 años.

"Tal vez nos equivocamos, pero fuimos a Estados Unidos en 1990 buscando un futuro mejor. Si no puedo regresar, tal vez mi esposa pueda venir aquí. No lo sé, todavía estoy confundido. La extraño".

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