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El Instituto Nacional de Migración de México calcula que solo en enero de 2017 recibió a 12,447 mexicanos deportados.

Expulsados de EEUU: así es la vida después de la deportación

Expulsados de EEUU: así es la vida después de la deportación

Un hombre que se prepara para volver a cruzar la frontera; una mujer separada de una de sus hijas, pero que vive feliz en México; otros que solo quisieran abrazar a sus familias. Estas son las historias de cinco mexicanos repatriados que intentan rehacer sus vidas.

El Instituto Nacional de Migración de México calcula que solo en enero d...
El Instituto Nacional de Migración de México calcula que solo en enero de 2017 recibió a 12,447 mexicanos deportados.


TIJUANA, México.- Casi en cualquier calle de Tijuana se siente el fantasma de la deportación. Hay comedores atiborrados por las mañanas; gente a la que se le ve llegar por la garita fronteriza El Chaparral, algunos intentando ubicar una señal que desempolve sus recuerdos; se ven hombres y mujeres que se plantan a la entrada de los refugios añorando tener un espacio para dormir cada noche. En el centro de esta ciudad es común escuchar historias de personas expulsadas de Estados Unidos por delitos que van desde fraude a robo, posesión de drogas e incluso homicidios.

El Instituto Nacional de Migración, que los recibe en los 10 puntos dispuestos a lo largo de las 1,989 millas de frontera entre México y Estados Unidos, calcula que solo en enero de 2017 fueron repatriados 12,447 mexicanos deportados, una cifra levemente menor a los 13,093 que se registraron en el mismo mes del año anterior. Eran constructores, carpinteros, plomeros, electricistas del otro lado de la frontera. Más de la mitad de ellos habla y entiende inglés, una cualidad muy valorada de este lado, el latinoamericano.

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Estas son algunas de las historias de quienes tratan de rehacer sus vidas en Tijuana, la ciudad más norteña de Baja California. También están los testimonios de quienes miran a lo lejos las montañas de Tecate o el Nido del Águila, esperando que la bruma de la neblina les prepare el camino para su regreso.

"Me deprimo mucho, quisiera estar con mis hermanitos"


Salvador Herrera, 32 años. Llegó a California a los 3 años con su madre,...
Salvador Herrera, 32 años. Llegó a California a los 3 años con su madre, sin documentos. Fue deportado hace cuatro años a pesar de que asegura que le suplicó al juez que no lo enviara a un lugar desconocido para él. "La deportación me ha llevado a las drogas", asegura.

En los últimos días, Salvador Herrera sobrevive en Tijuana con una única ilusión: montar una carretilla de comida colombiana, mexicana y de mariscos. Su meta a futuro es que se convierta en un gran restaurante... y le sobra tiempo para intentarlo. Fue deportado hace cuatro años a esta ciudad y aquí podría pasar mucho más tiempo, pues su expulsión de Estados Unidos es de por vida.

Salvador llegó a California con su madre en una 'troca' cuando apenas tenía tres años. Allí creció y estudió su primaria, bachillerato y un semestre de diseño de modas. Y allí también cumplió casi tres años de prisión, primero por el robo de un carro que dice que "solo quería probar" y luego, porque en el auto en el que viajaba, uno de sus compañeros llevaba una pistola, los detuvo la policía y cayeron todos. Tras ese episodio, vino la deportación.

"Le supliqué al juez, le lloré, le dije que cómo me iban a mandar a un lugar que no conozco", recuerda. "Me deprimo mucho, quisiera estar con mis hermanitos", agrega al hablar de Noel, Cristian, Dereck y Anthony, que dejó de hablarle hace dos años. Pero llora desconsolado mientras intenta nombrar a su hermana Érika, que ese jueves le mandó algo de dinero. "Aunque no lo creas, yo crié a mis hermanos y los crié bien".

Mientras habla, Salvador frota una imagen de San Toribio Romo, el santo de los inmigrantes, que le cuelga en el cuello. "La deportación te hace sentir como en una caja de la que no puedes salir", dice el joven de 32 años. "I'm lost in another country" (me siento perdido en otro país), señala en un inglés sin acento. "Es muy difícil de entender. Te cambia todo: la vida, la gente, toda tu educación no sirve acá".

A su llegada a Tijuana, a los 28 años, Herrera vivió en el desayunador Padre Chava, un espacio dirigido por salesianos que da de comer a entre 1,200 y 1,500 deportados a diario y que también sirve de refugio para muchos de ellos. Ahora sirve las comidas en él: "Miro a la gente que va al desayunador y sé lo que están pensando".

Duerme en la Casa del Veterano Deportado, un edificio de dos plantas que acoge a siete exmilitares que defendieron a Estados Unidos en distintas guerras –a pesar de solo ser residentes– y fueron expulsados por sus delitos.

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No está en sus planes inmediatos, pero Salvador cree que eventualmente intentará volver al otro lado. "Ellos (en Estados Unidos) creen que cruzar es un juego, pero en realidad lo que quiero es estar con mi familia. No soy una mala persona".

"Me voy a devolver, cueste lo que me cueste"


José Matías Sandoval, de 41 años, no ha podido adaptarse a la vida en Ti...
José Matías Sandoval, de 41 años, no ha podido adaptarse a la vida en Tijuana. Espera pronto volver a cruzar y asegura que no tiene miedo del regreso.

José Matías Sandoval estruja fuerte el paño contra la puerta blanca de la cocina del refugio del Ejército de Salvación, en Tijuana. Dejarla tan resplandeciente como pueda, barrer los pisos y ayudar en la cocina son las responsabilidades que asumió en el lugar desde hace mes y medio, cuando llegó a Tijuana deportado tras un periplo de dos aviones y un bus.

"Tenía cuatro años viviendo en California indocumentado y estaba manejando sin licencia cuando el policía me detuvo", dice. "Me preguntaron si quería pelear mi caso y les dije que no, que me salía voluntariamente". Así que lo arrestaron un domingo por la mañana y lo deportaron en 24 horas: "Un día antes del día del amor y la amistad". Ése es su referente.

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Sandoval, de 41 años, llegó por primera vez a Estados Unidos a sus 17 años. "Tres veces pasé la frontera a esa edad", recuerda. "Antes (los polleros) no cobraban tanto, ahora quieren cobrar hasta 8,000 dólares, 6,000 dólares... Es que no había tanta competencia de tantos paisanos yéndose".

En total, son cinco los brincos que ha dado de un lado al otro de la valla fronteriza sin documentos en su doble enamoramiento. "Me gusta México, lo que pasa es que no hay trabajo aquí. Allá me voy y en el día trabajo en el field (en el campo) y en la tarde en algo de construcción", explica al enumerar las ventajas que ahora ve tan lejanas. "Aquí lo más que fui a ganar son 10 dólares al día. Allá estamos hablando de que la hora es a 10 dólares. México no quiere hacer nada por uno".

Por eso ya se prepara para volver: "No me da miedo regresar. El que no se avienta no gana... a veces". En el refugio donde vive es un secreto a voces que se encontró en la calle con un coyote –porque en el refugio no se lo permiten– y que está negociando el precio de su cruce. "Ya yo ahorita le hablé a mis hermanos, les dije que entre todos se junten y me presten ese dinero y yo cuando vaya allá les pago ese billete en abonos".

En Modesto, California, dice que tiene todas sus cosas. La más importante: su 'troca', que quedó bajo resguardo de las autoridades tras su detención. Pero está determinado a recuperarlo todo: "Me voy para allá, me cueste lo que me cueste".

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"Vivo mucho más feliz y tranquila después de la deportación"


Ixzel Solano, de 36 años, reinició su vida en Tijuana. Allí es voluntari...
Ixzel Solano, de 36 años, reinició su vida en Tijuana. Allí es voluntaria en una organización de apoyo a inmigrantes y se gana la vida sacando cejas con hilo.

Ya casi termina la jornada del miércoles. Ixzel Solano arregla el escritorio de la casa Madres y Familias Deportadas en Acción, una organización conformada por mujeres y de la que es voluntaria, "Me deportaron por Reynosa, Tamaulipas. Llegué sin mis hijos, sin nada", recuerda. "No conocía nada, me sentía aterrada (...) tenía un español muy básico".

Esta madre de 36 años pisó Estados Unidos por primera vez con sus padres cuando tenía 15 años. Tuvo a sus dos hijas en Chicago y vivió allí sin documentos hasta su deportación hace dos años. Pero contrario a muchos expulsados, para Solano la deportación la liberó de los maltratos de su segundo esposo. "Yo aguanté mucho abuso físico de su parte para que no dijera lo que él hacía". Finalmente, la culparon de conspiración para ocultar un fraude de su pareja y también por su entrada ilegal, por lo que pagó tres años de prisión en Alabama antes de ser echada del país.

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Ahora vive en Tijuana con una de sus hijas; la otra se quedó en Michigan al cuidado de su hermana. "Tenemos una relación virtual, nos vemos por videochat. Incluso fue así que vi en vivo la graduación de mi hija" y admite que esa separación es lo único que le quita la estabilidad. "Me entristece no poder llegar a casa y servirle la cena o el desayuno".

Problemas de dinero no tiene. Además de ser voluntaria en Madres y Familias Deportadas, alquiló un espacio en el que atiende a mujeres que quieren depilarse las cejas con hilo. Con eso puede costear la renta de su casa, la comida y el pasaje de una de sus hijas, que diariamente cruza a San Diego para ir a la escuela.

"¿Que si regresaría?", se pregunta a sí misma. Solo si puede lograr algún documento para que su entrada sea legal. "Pero creo que no viviría allá, y menos con esta situación que tiene la gente que vive con residencia, con temor de que lo van a deportar". Asegura que en Tijuana vive "mucho más feliz y tranquila", sin temor a que nadie la persiga por un documento que compruebe su estatus.

"Tengo familia en Michoacán, pero si voy para allá me van a matar"


José Ángel Mendoza Madrid, 59 años, añora volver a Estados Unidos, aunqu...
José Ángel Mendoza Madrid, 59 años, añora volver a Estados Unidos, aunque no lo haría de forma ilegal. En Tijuana trabaja como cocinero en un refugio mientras se cumplen sus cinco años de deportación.

José Ángel Mendoza, de 59 años, está solo. Aparte de sus amigos del refugio Ejército de Salvación, que son unos hoy y otros mañana, no conoce a nadie en Tijuana. En mayo cumple su primer año deportado: "No sé si me dejarán volver (el gobierno estadounidense). Uno propone y mi padre Dios dispone", dice.

En México vive parte de su familia, en Michoacán, pero es como si no estuvieran. Cuenta que están enemistados por una herencia y que, además, en el pueblo hay demasiados sicarios y está muy peligroso: "Si voy para allá me van a matar. Allá, de donde soy, la raza no tiene escrúpulos".

Pero Mendoza sabe claramente cuáles fueron los motivos para que le revocaran su residencia y lo deportaran: "Yo vendía drogas, no más haciendo dinero". Como consecuencia, recuerda que fue detenido por el FBI dos veces y cumplió nueve años de prisión. Lo hacía porque además de trabajar en la construcción en Salinas, California, la venta de drogas le permitía juntar un poco más de efectivo.

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Ahora en el refugio es el cocinero, lo hace voluntariamente como contribución y a cambio duerme allí cada noche. "No he sufrido mucho porque caí en buen lugar y de aquí no me he movido", asegura. Y a pesar de que no le cuesta sonreír, el gesto se le borra completamente cuando recuerda a su hija y los cuatro nietos que dejó en Salinas. "Mi nieta va a cumplir los 15 años y quería que bailara el valls con ella", asegura afligido. "Es de las cosas que lamento de la deportación: el no poder estar con ellos... mas aún porque están creciendo".

¿Y qué hay con volver sin papeles? No es una opción para Mendoza: "No quiero volver a caer en la cárcel". Aunque no le gusta Tijuana, por ahora, prefiere seguir como está: cocinando en el refugio –algo que disfruta– hablando con la gente que va y viene y revisando que no falte nada para la próxima comida.

"No me importa regresar"


Alejandro Fonseca Velez, 42 años. Trabaja en labores de logística en un...
Alejandro Fonseca Velez, 42 años. Trabaja en labores de logística en un refugio del Ejército de Salvación. La única razón por la que quisiera regresar a Estados Unidos es para estar cerca de sus hijos, pero asegura que en Tijuana ya tiene una vida.

"Yo sí merecía la deportación", reconoce Alejandro Fonseca, de 42 años. Los tatuajes en su cuello y su espalda hablan de su pasado en las pandillas, aunque no las culpa por su suerte. "Mi deportación se dio por no poder decir que no a las drogas", reconoce, "a las metanfetaminas".

Su primera deportación, la de marzo de 2005, la recuerda como "un castigo". No conocía ni México ni a nadie y apenas hablaba español. Y para mantenerse firme esa vez en Tijuana, usó entonces la dureza que le dieron sus años de pandillero en Fullerton Tokers Town, una agrupación delictiva conformada por latinoestadounidenses a la que la ciudad de Fullerton, en California, responsabiliza por homicidios, robos, agresiones y posesión de armas y drogas, entre otros delitos.

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Pero su segunda expulsión, la de enero de 2006, cree que lo salvó de una muerte segura por sobredosis: "Por eso no le echo la culpa a lo que es pandilla, ni a mis papás, ni al gobierno americano", dice en un español que se cruza con el inglés, su mejor idioma, el que más escuchó desde que llegó a Estados Unidos con apenas un año. "Hice lo suficiente para que me deportaran".

A Fonseca le dieron 10 años de deportación. Ya se cumplieron, pero no tiene planes de aventurarse a cruzar la línea de nuevo. "No me importa regresar, ir al otro lado, es que aquí hay vida", y señala su entorno. Quiere seguir trabajando en la logística del refugio Ejército de Salvación y dando la bienvenida a los pandilleros que son deportados y solo hablan en inglés. A quienes llegan, intenta inyectarles –a veces sin éxito– su mismo espíritu.

Una sola razón lo haría cambiar de opinión sobre un posible regreso a Estados Unidos: sus hijos, con quienes intenta mejorar una relación erosionada por la distancia. "Cuando no conoces a tus hijos la relación es mala... no los culpo". Y aunque lo oyen poco, él intenta aleccionarlos para que no repitan sus errores: "Ellos saben por qué me sacaron. Los chiquitos no lo entienden, pero igual les digo: '¿sabes por qué estoy aquí? Por no hacer caso, por caer en las drogas, por mis fallas'".

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