Por qué la disputa sobre Kavanaugh es el símbolo perfecto del país de Trump

Los sucesos en el Senado representan la degradación del espacio público que ha propiciado el ascenso de Trump, que llegó a la Casa Blanca días después de que emergieran un vídeo donde presumía de haber manoseado a mujeres sin su permiso y 19 acusaciones de abuso sexual en su contra.
30 Sep 2018 – 8:01 PM EDT

Los sucesos de esta semana han vuelto a retratar a Estados Unidos como un país crispado y bipolar. Algunos de los males que observamos durante la jornada del jueves llegaron de la mano de Donald Trump y tienen que ver con su estilo grosero y su desprecio por las instituciones. Otros son el fruto de un proceso que ha ido resquebrajando el espacio público en el último medio siglo y que el presidente no ha hecho sino exacerbar.

En el centro del torbellino que ha sacudido Washington se encuentra Brett Kavanaugh, el candidato de Trump para cubrir la vacante que dejó la renuncia del juez Anthony Kennedy en el Tribunal Supremo.

A priori el intachable historial académico de Kavanaugh parecía suficiente para protegerle de las suspicacias de senadores moderados como Jeff Flake o Susan Collins, de cuyos votos dependía su confirmación.


Pero ese guión saltó por los aires cuando el periodista Ryan Grim publicó que una mujer había enviado una carta a dos congresistas demócratas con una acusación inédita: la mujer decía que Kavanaugh había intentado violarla en el verano de 1982.

Esa mujer era Christine Blasey Ford, doctora en Psicología por la Universidad del Sur de California, profesora de la Universidad de Palo Alto e investigadora de la Universidad de Stanford. Al conocer por los medios en junio que Trump barajaba el nombre de Kavanaugh, Ford recordó aquel episodio y creyó que era su “deber cívico” desvelar aquella agresión sexual. Intentó alertar a su congresista y envió un mensaje al buzón encriptado del Washington Post. Nadie respondió.

La esperanza inicial de Ford era que su caso convencería a Trump de que era mejor designar a otro candidato. Pero la información nunca llegó a oídos del presidente y éste eligió al hombre cuyo nombramiento ella quería evitar.

Ford decidió entonces dar un paso más: unas horas después de la designación de Kavanaugh, se reunió con su congresista, la demócrata Anna Eshoo, que le sugirió que enviara una carta confidencial a la senadora Dianne Feinstein, que se comprometió a no desvelar su identidad. A principios de septiembre, Ford empezó a recibir llamadas y visitas inesperadas de reporteros que querían saber más sobre el contenido de la carta. Sólo entonces decidió desvelar su identidad.


Estos hechos que la propia Ford explicó en detalle durante su testimonio son la prueba de que no es una marioneta de los demócratas sino una mujer que durante meses se resistió a dar un paso al frente por miedo al impacto negativo sobre su familia y sobre su vida laboral.

En otras palabras, Christine Blasey Ford nunca quiso someterse a la experiencia traumática de Anita Hill, la mujer que desveló en octubre de 1991 que había sufrido durante años el acoso sexual de Clarence Thomas, otro candidato conservador a cubrir una vacante en el Supremo. Pese al testimonio de Hill, salpicado de preguntas machistas, Thomas superó (con varios votos demócratas) su audiencia de confirmación.

La audiencia del jueves fue muy distinta de la de 1991. Esta vez había cuatro mujeres (las cuatro demócratas) en el Comité Judicial del Senado y los once varones republicanos optaron por contratar a una fiscal de Arizona por miedo a meter la pata durante el interrogatorio.


Miles de mujeres arroparon a Ford dentro y fuera de la sala. Muchas más contaron por primera vez a sus amigos, a sus padres o a sus hermanos que ellas también eran supervivientes de abusos sexuales.

El aplomo de la doctora Ford, la emoción contenida en su voz quebradiza y la descripción científica de su experiencia convencieron a millones de personas de su veracidad. Pero su testimonio se estrelló también contra un fenómeno mucho menos exacerbado en la era de Anita Hill: la polarización ideológica de Estados Unidos, que en las últimas tres décadas ha creado un país partido en dos.

Polarización asimétrica

A principios de los años 90, no existían ni Breitbart ni Fox News ni las redes sociales y todavía quedaban en el Senado demócratas conservadores y republicanos progresistas. Desde entonces los partidos se han convertido en bloques homogéneos cuyos miembros no se atreven a apartarse de la ortodoxia ni a acercarse a sus adversarios para negociar.

Es importante recordar que esa polarización es asimétrica: son los republicanos los que se han ido escorando cada vez más a la derecha mientras la mayoría de los representantes demócratas permanecían más o menos en la misma posición.

Este paisaje, que a menudo propicia el bloqueo de políticas públicas que mejorarían la vida de los ciudadanos, es especialmente peligroso en circunstancias como una audiencia de confirmación, cuyo objetivo es examinar el historial de una persona y decidir si tiene el perfil idóneo para el cargo.

Los conservadores que llaman a respetar la presunción de inocencia de Kavanaugh olvidan que no se le está sometiendo a un proceso penal sino a una entrevista de trabajo para un puesto vitalicio en una institución cuyos nueve jueces tienen poder para revisar cada decisión del presidente y cada ley que se aprueba en el Capitolio. Como apuntó el columnista conservador Ross Douthat, la carga de la prueba le corresponde al elegido. Su carácter importa tanto como su cualificación.


Ford es la única persona que ha testificado en el Senado contra Kavanaugh pero otras dos mujeres han presentado acusaciones similares contra él. Al ignorarlas y empecinarse en acelerar el proceso, los senadores republicanos han mancillado el prestigio del Supremo y han exacerbado la percepción del tribunal como una institución controlada por los partidos y hostil contra la mitad de la población.

Ese empeño por dinamitar la independencia de las instituciones es parte de la agenda de Trump, que desde su llegada al cargo ha atacado una y otra vez los organismos que de una forma u otra permanecen fuera de su alcance: el Departamento de Justicia, los servicios de espionaje, la Reserva Federal, los diplomáticos o el FBI.

“No quiero vivir en un mundo donde las pruebas no importan”, decía este viernes la senadora demócrata Amy Klobuchar al defender que el testimonio de la doctora Ford era suficiente para frenar el nombramiento de Kavanaugh y abrir una investigación.

Esa frase resume el estupor de millones de ciudadanos al ver cómo los senadores republicanos han interiorizado el discurso misógino del presidente y su desprecio por quienes trabajan para la búsqueda de la verdad.

El vodevil de esta semana en el Senado es el símbolo perfecto de la degradación del espacio público que ha propiciado el ascenso de Trump, que llegó a la Casa Blanca unos días después de que emergiera un vídeo en el que presumía de haber manoseado a mujeres sin su permiso y después de que al menos 19 mujeres lo acusaran de abuso sexual.


Es también la prueba de la rebelión cívica que han despertado sus excesos y de la vitalidad de un movimiento feminista que no habría visto la luz sin el trabajo de reporteros como Ronan Farrow, Jodi Kantor o Emily Steel.

Ese entorno es esencial para comprender lo que ocurrió este jueves durante la audiencia de confirmación de Kavanaugh. Es difícil imaginar los gritos desabridos, las medias verdades y las respuestas altaneras en un candidato nombrado por otro presidente. Consciente de que el hombre que le había designado estaba observando, Kavanaugh optó por quitarse la careta e interpretar el papel que tantas veces ha interpretado Trump.

El aspirante se presentó como la víctima de “una venganza en nombre de los Clinton” y fue evasivo en sus respuestas. Antipático, conspiranoico y partidista, Kavanaugh sembró dudas sobre la ecuanimidad que había exhibido unos días antes y se resistió varias veces a pronunciarse a favor de una investigación del FBI.


La audiencia dejó al desnudo las vergüenzas de los senadores republicanos, dispuestos a ignorar el sufrimiento de las tres mujeres que acusan a Kavanaugh con tal de sumar al Supremo a otro juez de perfil conservador.

Este extremo explica los titubeos de senadores moderados como Jeff Flake o Susan Collins, cuyas dudas han frenado el proceso y han propiciado la apertura de una investigación del FBI. Aun así, se antoja difícil que al final bloqueen la confirmación de Kavanaugh.

“Soy un conservador y él es un juez conservador”, dijo Flake este viernes. “Mi plan es apoyarle a menos que le encuentren algo más”.


Es difícil creer que Flake hubiera frenado la confirmación de Kavanaugh si no hubiera anunciado hace unos meses que no se presentaría a la reelección. Desde entonces ha sido muy crítico con Trump pero ha votado casi siempre a favor de sus propuestas: un 83% de las veces según el recuento que publica la página FiveThirtyEight.

La investigación podría arrojar nuevos datos sobre lo que ocurrió con Ford o con las otras mujeres que acusan a Kavanaugh. La demora podría empeorar aún más si cabe la aprobación que suscita su nombramiento entre los ciudadanos. Si esa aprobación sigue bajando, los senadores que todavía dudan podrían frenar su designación.

Una derrota en las elecciones de noviembre podría alterar el cálculo político de los republicanos pero no cambiará la esquizofrenia del debate público ni su desprecio por los hechos ni sus ataques a los funcionarios que velan por la independencia de las instituciones. Esa guerra no acabará mientras Trump siga en la Casa Blanca. La confirmación de Kavanaugh es sólo una batalla más.


En bares, universidades y aviones: así se vieron los interrogatorios de Kavanaugh y Christine Blasey Ford (fotos)

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