Donald Trump

Cuando el presidente es el primer soldado y francotirador de la 'guerra ideológica' que consume a EEUU

El tradicional enfrentamiento entre conservadores y progresistas tiene unas particularidades en EEUU que algunos describen como 'guerra cultural'. Y con Trump uno de los principales guerreros desde la derecha política está en la Casa Blanca, lo que tiene consecuencias.
16 Abr 2019 – 1:56 PM EDT

Pese a esa sensación amplificada por los medios de comunicación y patente en redes sociales de que los estadounidenses son rehenes de una polarización política “nunca vista” bajo la presidencia de Donald Trump, este país siempre ha sido una sociedad escindida entre sectores antagónicos.

Desde hace décadas los tradicionalistas chocan con los progresistas, los conservadores con los liberales, los aislacionistas con los globalistas, en lo que algunos llaman una permanente ‘guerra cultural’ que incorpora frentes de acuerdo con la etapa histórica, pero que puede resumirse como el pulso entre fuerzas que miran al mundo de formas diametralmente opuestas.

Lo novedoso en la era de Trump es que el presidente se haya convertido en el principal soldado de esa guerra, no defendiendo posiciones conservadoras desde la institucionalidad, como correspondería a su cargo, sino promoviendo ideas (y propaganda) que alimentan la hoguera de la incomprensión en la que el entendimiento social se vuelve cenizas.

Una demostración son sus recientes mensajes vía Twitter contra la congresista demócrata por Minnesota, Ilhan Omar, una de las dos nuevas musulmanas en la Cámara de Representante, quien está en el centro de la ira conservadora por comentarios que hizo sobre los atentados del 11 de septiembre de 2001 que, al ser sacados de contexto, fueron interpretados como displicentes.


Un tuit de del congresista republicano por Texas Dan Crenshaw estuvo entre las primeras chispas que desataron la polémica al califica como “increíble” que Omar dijera en una reunión del Consejo de Relaciones Islámico Americanas que “alguien hizo algo” el día de los atentados que causaron la muerte de casi 3,000 personas.

El 11 de abril el diario sensacionalista The New York Post publicó en su portada la foto de las Torres Gemelas ardiendo antes de colapsar con la frase: “Representante Ilhan Omar: 11/9 fue ‘algo que alguna gente hizo’”, en referencia a lo dicho por la demócrata quien en un discurso trataba de distanciar a la comunidad musulmana de los actos criminales de los terroristas que cometieron los atentados.

Y al día siguiente el presidente Trump publicó un video con el mensaje “Jamás olvidaremos” en el que se reproduce la idea de la portada del Post, al intercalar cuatro veces las palabras de Omar (“Alguna gente hizo algo”) seguidos por imágenes de las torres impactadas por los aviones, ardiendo y finalmente en su caída.

Presidente y 'guerrero cultural'

En su autoadjudicada función de “guerrero cultural”, Trump lanzó con ese tuit un chorro de gasolina sobre el fuego, aún a riesgo de que pudiera ser visto como incitación a la violencia o al menos a la discriminación contra una representante perteneciente a una minoría religiosa desde la más alta esfera del poder estadounidense.

El efecto: Omar, una mujer de 37 años que llegó a EEUU como refugiada huyendo de la violencia en su natal Somalia y que ha sido una dura voz contra el extremismo musulmán, asegura que tras la intervención del presidente en la polémica ha recibido amenazas de muerte.

Siempre ha existido un choque entre derecha e izquierda, entre conservadores y liberales, pero la noción de que hay un pulso ideológico en marcha, o ‘guerra cultural’ -como lo califican algunos políticos y académicos-, se hizo patente en EEUU en los años sesenta. Los temas del debate son el aborto, los derechos de las mujeres, de las minorías (particularmente la comunidad LGBT), control de armas, derecho a la privacidad, el control de la judicatura, la proyección del poder militar o el papel del gobierno en el exterior, entre otros que se añaden circunstancialmente.

En su libro ‘Guerras culturales: la lucha por el control de EEUU’, publicado en 1991 y que dejó puesta la etiqueta al fenómeno, el sociólogo James Hunter aseguró que todos esos aspectos en apariencia distintos están imbricados en una lucha ideológica que trasciende la religión, clases, razas que eran los tradicionales pivotes de las divisiones sociales.

El conservador Pat Buchanan, comentarista, operador político y frustrado candidato presidencial, lo resumió en un discurso en la convención del Partido Republicano de 1992 cuando advirtió que “hay una guerra religiosa dándose en nuestro país por el alma de EEUU. Es una guerra cultural, tan crítica para el país que algún día será como lo fue la misma Guerra Fría.

“La agenda que (el entonces candidato demócrata Bill) Clinton y (Hillary) Clinton impondrían a EEUU -abortos al pedido, ‘pruebas de fuego’ para la Corte Suprema, derechos homosexuales, discriminación contra escuelas religiosas, mujeres en combate. Eso es cambio, seguro. Pero no es el tipo de cambio que EEUU quiere. Y no es el tipo de cambio que podemos tolerar en una nación que aún llamamos el país de Dios”, aseguró Buchanan.

Mucho ha pasado desde entonces en una marcha zigzagueante en la que unos contendores parecen triunfar circunstancialmente sobre otros: la llegada de los Clinton y su agenda progresista al poder en 1991 que se vio neutralizada con la llamada “Revolución Republicana” que dejó el Congreso bajo control de los conservadores.

Con el nuevo siglo llegaron a la presidencia los neoconservadores de la mano de George W. Bush para ser desplazados en 2001 por Barack Obama a quien sus detractores acusaban de “socialista” por tratar de que el estado retomara algunas de sus funciones de regulación (sobre todo las que ejerce sobre el mundo de las finanzas, cuya falta fue factor contribuyente en la Gran Depresión de 2008)

Hasta la llegada de Trump, un personaje que al principio fue difícil de encasillar en este pulso ideológico por la variedad e inestabilidad de las posiciones que ha asumido a lo largo de su vida pública (como celebridad y empresario). Un ejemplo es su posición ante el aborto: aunque como candidato se definió como “pro-vida” en el pasado había defendido el derecho de las mujeres a abortar.

Pero una vez metido en política, Trump desenvainó el sable del ‘guerrero cultural’ del bando conservador con el entusiasmo del candidato arropado en la bandera y dispuesto a explotar el sentimiento nacionalista, esa sensación de ‘país perdido’ cuyo regreso prometía ya desde su eslogan de campaña “Volver a hacer a EEUU grandioso de nuevo”.

El presidente tiene derecho a sus opiniones, como cualquier ciudadano. Claro que él no es cualquier ciudadano y por eso lo que él piense sobre un tema tiene consecuencias. Sobre todo cuando prefiere las declaraciones incendiarias a las más explicativas que son las que han tratado de usar (con mayor o menor sinceridad) sus predecesores para tratar de calmar los ánimos de una sociedad sumida en una ‘guerra cultural’.


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