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“Quien delató al Chapo debería darse un tiro”

En Los Mochis dicen que no hay violencia y atribuyen eso al poder de Joaquín Guzmán
10 Ene 2016 – 05:21 PM EST
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LOS MOCHIS, Sinaloa. En la esquina donde se cruzan el boulevard Jiquilpán y el boulevard Rosales de Los Mochis, Karina Sotomayor mira la alcantarilla abierta por donde este viernes intentó huir Joaquín "El Chapo" Guzmán.

“Si la mayoría de la gente en Los Mochis hubiera sabido que aquí estaba, no lo agarran (los federales)”, dice Karina, vendedora de una empresa farmacéutica, con un hijo y 40 años de edad. “Quien tuviera la oportunidad de tenerlo, lo resguarda. Esta es su tierra y mucha gente le tiene ley, aparte de que él aquí no hace daño”.

De acuerdo a su descripción, "El Chapo" no es hombre de andar decapitando gente -“Él jamás ha hecho eso”, dice ,y por el contrario, hace buenas obras: ayuda a los humildes y al llegar a un restaurante, paga la cuenta por todos. Por obras así, en Sinaloa lo llaman Señor y tienen fe en que, como Jesucristo, siempre proveerá.

“Lo queremos porque ayuda más que el gobierno”, dice Berenice, de 35 años, que trabaja como secretaria de una empresa de construcción ubicada a media cuadra de la casa donde se ocultaba "El Chapo", en la colonia Las Palmas de Los Mochis.


"Es como Pablo Escobar"


“Es como Pablo Escobar, pero sin bombas”, agrega Jahir, de 30 años, compañero de trabajo de Berenice.

Rafael -dueño de una tintorería, 28 años- se cuenta entre quienes creen que el dominio que ejerce la organización de Guzmán -el cártel de Sinaloa- sobre todo el estado tiene un peso importante en la paz de Los Mochis, como una suerte de muro de contención que no permite el ingreso de otras organizaciones criminales.

“Hace unos cuatro o cinco años, en 2008, cuando empezó la famosa guerra de los cárteles, había uno que constantemente tenía enfrentamientos con el gobierno”, explica Rafael, refiriéndose al cártel de los hermanos Beltrán Leyva, enemigo del de Sinaloa.

“Desde 2011 ya regresó a la tranquilidad Los Mochis. Porque sí hubo un tiempo en que las balaceras eran a diario, en cualquier parte y cualquier hora”, agrega el joven.

Por eso ésta es una ciudad privilegiada, dice Cecilia, empleada del motel Doux, ubicado sobre el kilómetro tres de la carretera que conecta Los Mochis con Ciudad Obregón, adonde los policías federales llevaron a Guzmán y a su lugarteniente luego de interceptarlos justo en ese punto de la vía.

“Aquí no hay muertes así como en Culiacán, en Angostura o en Navolato (todas, ciudades vecinas). Es muy tranquilo, pero la gente tiene miedo y no sale de sus casas”, dice Cecilia.

Salvo los curiosos que aún pululan alrededor de la casa que sirvió de guarida a Guzmán o de la alcantarilla por donde salió, luego de recorrer casi una milla desde la casa y a través de los acueductos, las calles Los Mochis permanecen vacías este fin de semana.

El motel Doux, donde los federales retuvieron al Chapo mientras llegaban los refuerzos de la Marina, luce aún más desierto. Los clientes –amantes por horas- han salido espantados por la manada de reporteros que han venido a hacer fotos de la habitación 51, donde Guzmán estuvo custodiado durante dos horas el narco más buscado y recapturado de México.

“Quien hizo la llamada (que delató a Joaquín El Chapo Guzmán), ya debería darse un tiro él solito en la cabeza”, dice Cecilia, sin que le tiemble una pestaña.

No solo lo dice porque el delator firmó con esa llamada su sentencia de muerte, sino por el futuro que teme: “No saben la bola de nieve que se nos puede venir ahora encima”.


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