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Paula Navas, 37 años, madre de siete hijas, padece las consecuencias de la escasez de alimentos de primera necesidad en Venezuela.

"No éramos ricos pero comíamos": Así es vivir con hambre en Venezuela

"No éramos ricos pero comíamos": Así es vivir con hambre en Venezuela

Niños que convulsionan por falta de comida y padres que se acuestan sin comer: la falta de alimentos sacude a los hogares venezolanos

Rostros del hambre LEAD


CARACAS, Venezuela.- A Paula Navas la crisis le arrebató los domingos. “Ese día era especial, servía en el desayuno cereal con leche a mis hijas y para el almuerzo siempre había dos platos: sopa y seco. Ahora ya no, imposible, todo está muy caro”, confiesa con sus ojos tristes, apagados. Paula, de 49 años, vive en el sector 5 de Julio del barrio de Petare, uno de los más violentos de Venezuela, ubicado en el este de Caracas. Allí reside con sus nueve hijas y su padre enfermo de 85 años. La casa está a medio hacer. Jura que tenía unos ahorritos para terminar la construcción, pero se le escurrieron de las manos. “Es que uno trabaja más y alcanza menos”, resume la ecuación.

“Soy humilde, no pobre, pero siento que era rica”, comenta desconsolada. En ese tiempo, la nevera estaba llena. Comían carne, pollo, lentejas, ensalada y pasticho. En la mesa siempre había jugo de frutas y una torta esperaba en la merienda. “En cambio, en este momento mis hijas no tienen qué comer, solo una arepita”, se lamenta rodeada por cuatro de sus niñas.

Paula Navas, 49 años. Madre de nueve hijas

Mientras cuenta sus penurias, la voz de Paula se va apagando, sus hombros se encogen. “Deprimente” es la palabra que brota de sus labios a cada rato. Salir en la madrugada a pararse en una fila interminable para comprar alimentos y volver con cuatro barras de mantequilla y dos kilos de yuca. “Guerrear” en el mercado contra los “bachaqueros” que revenden los productos básicos a precios imposibles. Sentirse desamparado. Ver la despensa vacía. Atender a la hija diabética que convulsiona porque no puede cumplir su dieta ni adquirir los medicamentos. Dormir con hambre. “Es deprimente”, repite.

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“Mi vida ahora es totalmente diferente”, reconoce Paula, aunque está consciente de que su historia es bastante común. “Como nosotros, todos mis vecinos han bajado de peso, aquí en el barrio todo mundo se queja”, advierte. En realidad, Petare sería el reflejo de un drama nacional. La encuesta de la firma More Consulting arrojó en agosto que 55.8% de la población come menos de tres veces al día y que 72.1% no tiene la capacidad de seguir un régimen alimenticio balanceado. Esta última cifra equivale a 21 millones de personas.

El sondeo, que fue presentado por el presidente de la Comisión de Desarrollo Social Integral de la Asamblea Nacional, Miguel Pizarro, se realizó del 8 al 12 de agosto y se basa en una muestra aleatoria de 2,000 casos a nivel nacional. Entre sus principales hallazgos resalta que 15.7% de los entrevistados reveló que hurga entre los “residuos de comida desechados por establecimiento comerciales” para alimentarse.


Más pobreza

Existen pocos registros oficiales que permitan evaluar el crecimiento de la pobreza durante el Gobierno del presidente Nicolás Maduro. El Instituto Nacional de Estadísticas (INE) informó en agosto de este año que al cierre del primer semestre de 2015, 33.1% de los hogares venezolanos (2,434,035) eran pobres y 9.3% (683,370) se hallaba en “pobreza extrema”. Tomando como referencia el mismo periodo de 2014, ambos indicadores muestran un aumento de 3.6% y 0.9% respectivamente.

El Banco Central de Venezuela (BCV) ha dejado de publicar regularmente los datos sobre el índice de precios y la escasez, pese a que es un mandato constitucional. En su reporte de enero de este año, el BCV apuntó que en 2015 la inflación cerró en un histórico 180.9% y que el desabastecimiento se ubicaba en 87%.

La nevera de Paula muestra las consecuencias de la escasez de alimentos...
La nevera de Paula muestra las consecuencias de la escasez de alimentos de primera necesidad en Venezuela.

Los expertos cuestionan la opacidad gubernamental y dudan de la veracidad de sus números. La Encuesta de Condiciones de Vida 2015 (Encovi), desarrollada por las universidades Central de Venezuela, Católica Andrés Bello y Simón Bolívar, destacó en noviembre pasado que “73% de los hogares y 76% de los venezolanos están en pobreza de ingresos”. En una continuación de ese estudio presentado en marzo, agregaron que “12% de los venezolanos, en este momento, no tiene acceso a las tres comidas al día, y los que tienen acceso a las tres comidas experimentan un deterioro en la calidad de la dieta”.

El director de la firma Datanálisis, Luis Vicente León, calcula que en este momento la tasa de inflación está alrededor de 800%, al tiempo que el Centro de Documentación y Análisis Social de los Trabajadores (Cendas) afirma que el precio de la canasta básica familiar llegó en julio a 465,034 bolívares (unos 465 dólares a tasa de mercado negro).

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La investigación de More Consulting describe un panorama desolador: 88.9% de los consultados declaró temer quedarse sin comida, 53.9% señaló que se acostó con hambre por falta de alimentos en su hogar, y 57.8% contestó que “ha dejado de comer para darle comida a sus hijos”.

De carne y hueso

Alvis Pasión, de 37 años, forma parte de la estadística. Es lo que tiene ser padre de tres niñas en edad escolar en Venezuela. “Mi esposa y yo hemos dejado de comer tres veces al día para que ellas coman”, plasma su sacrificio. “Aquí la cena era como el almuerzo, pero el dinero ya no alcanza”. Ayer, por ejemplo, en esta casa de Petare se almorzó sopa de sardinas. Más nada.

Alvis Pasión, 37 años, padre de dos niñas

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, generó un revuelo en las redes sociales el mes pasado al referirse en un acto público a la llamada “dieta de Maduro”, expresión que utilizan los opositores para denunciar la crisis alimentaria que padece Venezuela. Luego de preguntarle a uno de sus colaboradores por qué estaba tan delgado, el mandatario ironizó: “la dieta de Maduro, te pone duro sin necesidad de viagra”. A Alvis, la broma del mandatario no le da risa. “Yo he perdido como 20 kilos desde diciembre, estoy pesando 74”, asegura sin disimular su indignación.

Para comprar en el supermercado, depende de dos condiciones que no siempre confluyen. Primero, que le corresponda por su número de cédula, mecanismo que utiliza el Gobierno para regular la venta de productos básicos en los establecimientos comerciales. Y, más difícil aún, tener dinero en la cartera ese mismo día.

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Como si se tratara de una excursión a la selva para cazar y pescar, relata que “todos los días uno sale a buscar comida” y se lleva a la boca “lo que consigue”. “Normalmente comíamos granos, carne, arroz, pasta, arepa y los viernes preparábamos unas hamburguesas para las niñas. No éramos ricos, pero comíamos bien. Actualmente no podemos y eso que en esta casa trabajamos papá y mamá”, afirma.

More Consulting encontró que 52.3% de los venezolanos compra alimentos a través de los “bachaqueros” o revendedores. Alvis intenta evitarlos, pero a menudo no le queda más remedio. El lunes tuvo que pagar 3,000 bolívares por un kilo de arroz, cuyo precio oficial está por debajo de los 1,000 bolívares. “Por un pollo entero y un kilo de arroz tienes que dejar medio sueldo. ¿Cómo podemos vivir así?”, se pregunta. Pese a los incrementos del salario mínimo mensual implementados por el Gobierno (en la actualidad está en 22, 576 bolívares), el repunte imparable de la inflación hace que los venezolanos tengan cada vez menos poder adquisitivo.

María Piñango tiene dos nietos recién nacidos y un nuevo dilema. ¿Gastar el dinero en los pañales de los bebés o comprar la comida para los mayores de la casa? No lo duda ni un segundo. “Los niños son la prioridad”, zanja la abuela. Un paquete de 20 pañales cuesta 356 bolívares. O, al menos, eso afirman los últimos que lo vieron en un anaquel. En la calle, los “bachaqueros” los ofrecen a 5,000 bolívares. En la casa de los Piñango, ubicada en la parte baja del barrio 5 de Julio de Petare, toca apretarse el cinturón.

María Piñango tiene 60 años y una familia numerosa

A sus 60 años, María tiene que levantarse de madrugada a las filas que se hacen frente a los supermercados para comprar alimentos. “Uno sale con el Cristo en la boca por la inseguridad tan grande que hay, y sin saber qué vas a conseguir. Puedes estar en una cola toda la mañana y al mediodía te dicen que no venderán nada”. En esos días, que se suceden más de lo normal, emprende el regreso y ve a su lado “gente que viene triste, deprimida” por tener que volver a sus hogares con las manos vacías.

De nada valen las canas y las arrugas. “Aunque seas de la tercera edad, tienes que dormir en la calle, y sufres maltratos de policías, efectivos de la Guardia Nacional y colectivos (grupos chavistas) que imponen su ley en las colas. Al final, uno come cualquier cosa, pero eso afecta la salud”.

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“Yo era gorda”, dice María. Ahora, pesa 58 kilos. La crisis empujó a su hijo de 30 años a mudarse a los andes venezolanos, con la ilusión de procurarse un destino mejor. En su casa viven siete personas, pero solo trabajan dos. “Es muy duro, cada día esto es más difícil”, reconoce. Por eso hasta “Bartolo”, el gato, tiene que conformarse con dos trozos de yuca. “Antes le compraba su gatarina, pero ahora come lo que sobra”.

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