null: nullpx
CityLab Vivienda

Cómo los residentes de Detroit hoy sobreviven gracias a sus propios cultivos

En 2000 había unas 80 granjas dentro de los límites urbanos y ahora hay 1,400, las que buscan hacer frente a las grandes necesidades de la ciudad.
Logo CityLab small
20 Sep 2016 – 3:20 PM EDT

DETROIT, Michigan— Detrás de lentes de aviador anaranjados y debajo de un sombrero flexible color caqui, Greg Willerer nunca para de moverse. Es temprano en una mañana de junio y el proveedor de Brother Nature Produce está ocupado con la cosecha. Willerer se agacha para cargar con agua recolectada en barriles colocados fuera de su invernadero en el barrio North Corktown, en Detroit. Con una mano jala una carretilla llena de vegetales: acederas francesas y otras verduras de hojas con un sabor picante a limón. Luego empacará éstas en un tacho de plástico. Con la otra mano, va empujando a su hija de dos años en su coche sobre terreno accidentado. Una gallina y un pollito andan entre las hileras de verduras marcadas por pasto mientras que el terrier de Willerer persigue un estornino.

Hay seis casas en la calle de Willerer y otra más en la próxima cuadra. Compró su casa en efectivo en 2004. A lo largo de los años les ha pedido permiso a sus vecinos para poder expandir su huerta y ahora ésta se extiende sobre diez lotes.

Willerer procede de un extenso linaje de obreros de la industria automotriz: su papá y su abuelo trabajaron durante décadas en la planta River Rouge de Ford. Se jubilaron con pensiones completas, aquellas reliquias de una economía industrial que Willerer sabe ya no existen. “Tu jefe simplemente no te va a dar un aumento. Tienes que avanzar arreglándotelas como puedas y ahorrar”, dice. Después de quince años trabajando en una escuela chárter, decidió vivir de la tierra. Hacer esto quizás sea más posible en Detroit que en cualquier otra ciudad grande de EEUU: a partir de julio 2016, dentro de los límites urbanos habían más de 67,000 parcelas de propiedad vacante a la venta.

Para fortificarse contra la turbulencia económica, Greg Willerer está una construyendo una casa que no depende de la red eléctrica que está repleta de paneles solares, barriles de agua y una caldera de leña (Jessica Leigh Hester/CityLab).

Al vender sus productos agrícolas en mercados y a restaurantes locales, Willerer puede usar la tierra para mantener a su familia. Cada fin de semana vende aproximadamente 200 libras de verduras de hoja en Eastern Market, uno de los mercados agrícolas más antiguos del país. Una bolsa de ocho onzas de sus verduras se vende en 5 dólares. Su casa y finca son pólizas de seguro contra otra crisis económica.

Tepfirah Rushdan ha vivido toda su vida en Detroit. Dice que fue introducida a la agricultura mediante un apagón que ocurrió en agosto 2003. El apagón se extendió a ocho estados ubicados desde la costa este hasta Ohio y afectó a aproximadamente 50 millones de personas. Rushdan se acuerda de cómo los supermercados estuvieron luchando por evitar que alimentos perecederos se echaran a perder con el calor del verano. Hoy día tiene 36 años, pero en aquel entonces era una mamá joven y le inquietó la manera en que un evento no previsto pudiera desordenar las operaciones diarias de su ciudad.

“Yo entendí que fallan los sistemas”, dice. “Ya sea algo catastrófico o bien algo tan sencillo como el fallo de una red eléctrica, se puede impactar [la infraestructura] de la que dependemos”, agrega. “El apagón realmente me demostró lo vulnerables que somos”.

Luego, Rushdan empezó a ir en bicicleta a lotes vacantes para recolectar plantas comestibles silvestres junto con hierbas medicinales. Entonces fue aprendiendo por su cuenta cómo cultivar. Ahora es directora de agricultura urbana en la organización The Greening of Detroit, la que opera granjas y programas de adiestramiento por toda la ciudad.

“Detroit ha sido golpeado gradualmente: pa, pa, pa, puñetazo a puñetazo”, me dice Rushdan mientras nos sentamos en el Detroit Market Garden, un vergel de tres acres. El estadio de la NFL Ford Field, el edificio Fisher y el Renaissance Center todos son visibles en la distancia. Al igual que Willerer, Rushdan se siente desengañada por una oleada de problemas tanto endémicos como agudos: escuelas con dificultades, crimen y el avance lento de la ciudad desde la bancarrota. En medio de todo esto, “hay un grupo de personas que está tratando de determinar cómo lo hacen cuando un sistema les falla”, dice. “Y eso conduce a algunas personas a la agricultura urbana”.


Si bien la agricultura ha sido una parte del tejido de esta ciudad, su popularidad se ha disparado durante la última década y media. En 2000 había unas 80 granjas dentro de los límites urbanos y ahora hay 1,400.

Estos espacios son diversos en casi todos los sentidos imaginables: están regados por la ciudad en cada dirección; incluyen operaciones con y sin fines de lucro; los mismos granjeros abarcan diferentes razas, géneros y estatus socioeconómicos. Los granjeros de Detroit también labran la tierra por diversos motivos, entre ellos dar un toque colorido a sus cuadras, alimentar a sus familias más sanamente o para ganarse un ingreso. Pero para muchos de los granjeros que visité durante una semana ocupada de verano en Detroit, lo que afianza sus compromisos es una creencia común y arraigada: turbias e inescrutables agencias de la ciudad los han decepcionado una y otra vez y la autosuficiencia radical es la única forma de sobrevivir.

***


Ocupando 139 millas cuadradas, Detroit es una ciudad muy extendida. Antes tenía unos dos millones de residentes, pero los empleos que se esfumaron, la gente que escapó a los suburbios y décadas de ejecuciones hipotecarias han disminuido la población significativamente y arruinaron al paisaje. Según el último censo, hoy día la población está más o menos en 688,000.

La ciudad no volvió a configurar sus fronteras a medida que la población disminuyó. El resultado fue una base imponible reducida que no puedo controlar un déficit presupuestario que se había disparado. Tratar de atender a las comunidades extendidas estiró los recursos ya limitados de la ciudad. En 2010, el alcalde Dave Bing encabezó un plan para concentrar el financiamiento local y federal —así como servicios municipales como la recogida de basura, patrullas policíacas e iluminación de las calles— en zonas específicas con las mayores probabilidades de recuperarse, según el criterio de la ciudad. Las autoridades recopilaron datos sobre la densidad de la población, los ingresos, el empleo y otros factores que la ciudad creyó que contribuyeran a estabilizar un vecindario en cambio constante.


Una casa que queda frente a Georgia Street Community Collective, una granja sin fines de lucro (Jessica Leigh Hester/CityLab).

Según dijo Bing, los residentes no serían removidos de los otros vecindarios, pero sí “necesitarían entender que no van a recibir los tipos de servicios que requieren”. El plan fue organizado en torno a la retórica sobre reorganizar los recursos para llegar al tamaño adecuado. “Tienes que identificar aquellos vecindarios donde quieres concentrar tu población”, le dijo Chris Brown, director ejecutivo de la ciudad en aquel entonces, a Bloomberg News en 2012. “No vamos a iluminar áreas empobrecidas de la manera en que iluminamos otras áreas”.

Los impactos se sintieron más severamente en vecindarios en que la mayoría de los residentes viven bajo el umbral de pobreza. En toda la ciudad, casi un 40% de los residentes viven bajo dicho umbral; el ingreso medio familiar es de 25,769 dólares.

Durante años muchas calles quedaron oscuras cuando caía la noche, sólo iluminadas por los letreros de neón de tiendas o bien los farios de automóviles que iban pasando. Según múltiples recuentos, casi la mitad de las luces callejeras se dejaron rotas o bien fueron desmanteladas a propósito. Miles de residentes con facturas atrasadas de servicios han sido sacados de la red de agua. El periódico Detroit News reportó que en todo el otoño de 2015, la ciudad tuvo un promedio de 2,000 cortes de agua residenciales por semana, todos por falta de pago.

“Se trata de un juego raro de quiénes conoces y los números de teléfonos que tienes”, dicen Brittany Bradd, una activista para la justicia alimenticia en el vecindario Brightmoor. Hace dos años que ha estado llamando a la ciudad acerca de una luz rota al lado de su casa, pero nadie ha venido a repararla. Según dice Bradd, las granjas son una forma de engendrar lazos comunitarios que se pueden aprovechar para presionar la ciudad cuando surgen problemas.

Por ejemplo, la parte de Brightmoor conocido como el Farmway (Vía de Granjas) es densamente poblada: el barrio consiste en 15 cuadras y es una combinación desordenada de tierra de labranza activa y casas prolijas con jardines florecientes delante de las casas y autos en las entradas para los mismos. Aquí funciona el luminario público. Bradd vive a sólo seis cuadras del centro de este barrio pero su experiencia es dramáticamente diferente. Dice que solamente hay dos casas ocupadas en su cuadra. El Farmway, el cual es más denso, los vecinos colaboran para abogar para todos los residentes del barrio: cada cuadra tiene un capitán que reparte boletines; también coordinan las opciones de transporte público para las personas que viajarán para realizarles solicitudes al departamento de agua o bien a otras agencias de la ciudad. Si las luces fueran cortadas en ese pedazo de la comunidad, “tendrían a quince personas disconformes”, dice Bradd. Donde vive ella “sólo estoy yo”.

En una conferencia sobre políticas que fue organizada en la Isla Mackinac en junio, el actual alcalde Mike Duggan dijo que los residentes locales se estaban volviendo más optimistas a medida que los servicios públicos de la ciudad funcionaron de manera más eficiente. “La luz está llegando”, dijo. “Pero esas son cosas que uno no debería tener que comentar. No se debe estar celebrando el hecho de que volvió la luz”.

Tres años después de la bancarrota y décadas después de la densidad máxima de Detroit, muchos residentes aún dudan de que la ciudad esté de su parte. Como reacción a esta situación, algunos de los lugareños están tratando de vivir lo más independientemente posible al enterrar sus manos en la tierra.

***


Mark Covington descansa sus manos en su panza mientras que piensa. Está reclinado sobre una silla blanca plegable en el espacio comunitario que administra junto con su mamá. Detrás de Covington, un vecino ha colocado unas freidoras pequeñas para preparar cenas de pescado: dos dólares por una tilapia frita en pan tostado.
La finca de Covington se llama Georgia Street Community Collective (Cooperativa Comunitaria de la Calle Georgia). Es un centro comunitario primero, luego un jardín. En marzo 2008 Covington, su mamá, su sobrino y un vecino empezaron todos a limpiar lotes vacantes cerca de sus casas. Sembraron flores y un par de hileras de coles con de fin de desalentar a la gente de tirar su basura en los lotes (cabe notar que la recolección de basura no se hacía en los lotes vacantes). Pero su táctica no funcionó inmediatamente. Covington encontraba bolsas de basura llenas hasta el tope con direcciones de Royal Oak, un suburbio que queda unas quince millas hacia el norte. Pero ya para el verano de ese mismo año, la granja había empezado a expandir debido a la visión de Covington de alentar a los niños locales de la comunidad a participar con ellos. Hoy día la finca abarca unos 13 lotes.


Mark Covington construyó Georgia Street Community Collective como una forma de galvanizar al barrio después de que servicios de la ciudad fueron disminuyendo (Jessica Leigh Hester/CityLab).

La cooperativa de Covington vende huevos y miel pero regala casi todos los demás productos agrícolas que cosecha. “El propósito principal es crear programas [comunitarios]… la parte del jardín sirve para atraer a los niños”, dice Covington de su modelo sin fines de lucro. Los chivos, pollos, cerdos y patos son formas de proceder. Fascinan a los niños y a su vez esto “los pone en contacto con mentores, personas que quieren vivir bien”, dice. La granja es una empresa social. Alberga una biblioteca que sirve de sede para campañas para obtener abrigos para los necesitados, donaciones de suministros escolares, noches de ver películas y un brunch con el conejito de pascua. “Si se tratara de ganar dinero, no lo estaría haciendo”, dice Covington.

A mediados de los años 70, Coleman Young, alcalde de Detroit en aquel entonces, introdujo el Farm-a-Lot program, una iniciativa subvencionada por la ciudad cuyo fin era usar pedazos de tierra vacantes para el uso agrícola. Los residentes podían llamar a la ciudad para pedir una parcela de tierra. El programa ya no está operando pero la idea de aumentar la autosuficiencia media labrar la tierra sigue resonando con algunos residentes, particularmente porque tiendas de comestibles con precios asequibles han cerrado por toda la ciudad. Al mismo tiempo, enfermedades relacionadas con causas nutricionales han llegado a niveles de crisis. Más de un 90% de residentes de la raza negra de Detroit tenían sobrepeso o eran obesos, según indicó una encuesta realizada en 2014. Muchos luchan por manejar afecciones crónicas como asma y diabetes del tipo II.

En medio de todo esto, “simplemente cultivar es un acto de Resistencia”, dice Devita Davison, directora de mercadeo y comunicaciones de FoodLab Detroit , un programa incubadora para los empresarios alimenticios locales. Según dice Davison, cuando se trata del sistema alimenticio de la ciudad, “no llegarán refuerzos para salvarnos”. Pero argumenta que la agricultura podría ayudar.

En un sábado por la tarde, Romondo Woods II está dirigiendo un taller sobre semillas en el jardín Lafayette Greens, el cual queda a unas cuadras del Parque Comerica, estadio de béisbol local. Una figurina de una lechuza plástica sirve de “guardia” del repollo y el brócoli, cuyos cogollos apenas están brotando. Según dice Woods, la lechuza sirve para espantar a las palomas y gaviotas que acuden en masa al jardín porque detectan el olor de las papas fritas y de los perros clientes de dos restaurantes tipo Coney Island que están a unas puertas del jardín.

Romondo Woods II dirige un taller sobre la conservación de semillas en el jardín Lafayette Gardens en Detroit. (Jessica Leigh Hester/CityLab)

Woods, de 24 años, está revisando una caja de girasoles marchitados que tienen el tamaño de puños. Les saca semillas y descarta los girasoles mohosos. Como el coordinador sénior de la granja, Woods supervisa la producción de trasplantes, programación de siembra de cultivos y también está a cargo de un equipo de aprendices agrícolas que trabajan en tres sitios diferentes cuyo terreno en total suma unos cuatro acres. Woods mismo fue aprendiz y también administra una finca en un solo lote que queda al lado de la casa de su abuela en cerca de Chalmers y Wilshire, donde cuatro generaciones de su familia han vivido. Woods tiene una licenciatura en ingeniería biomédica y dice que se siente arraigado con la comunidad. “Ya me conocen”, dice. “Crecí en la cuadra”.

Para Woods, la agricultura urbana nace de una preocupación con la nutrición: quiere saber exactamente lo que contienen sus alimentos y también los alimentos que él le da a su hija de 14 meses. Se acuerda de subsistir en una dieta de sándwiches de Subway (él antes trabajó en esta cadena) y observa que muchos de los niños en su vecindario van a las estaciones de gasolina o a tiendas de conveniencia para comprar papas fritas y jugo. Según dice Woods, esa comida “no es saludable para mis intestinos ni tampoco para mi cerebro”. Cuando cosecha semillas de plantas que ha cultivado y ha atendido, confía en sus contenidos e historia.

Le pasa semillas de melón a Millicent Austin, quien las guarda en bolsitas de plásticos para llevarlas a su casa. De 40 años de edad, Austin es una jardinera aprendiz. Al igual que Woods, se siente atraída por la agricultura porque le cuesta trabajo encontrar comida sana pero asequible y porque cree que ella misma se lo tiene que proveer. También se acuerda de ir al sótano para coger las mermeladas y pepinos encurtidos que su abuela había enlatado durante el punto máximo del verano. Pero como Austin se mudó a Detroit antes de empezar el kindergarten, nunca aprendió cómo cultivar un jardín desde la nada.


Ahora Austin está aprendiendo a plantar como una forma de ajustar sus costumbres de alimentación. Hace poco se inscribió en el programa Build-A-Garden (Construye un Jardín) mediante The Greening of Detroit. A un precio de 25 dólares, la organización instala dos macizos elevados de cuatro por cuatro pies cada uno en un cerco de pino que no ha sido procesado. La organización también provee semillas o plantas de semilleros, recetas y abono. El townhouse de Austin no tiene espacio exterior, entonces ella puso sus macetas elevados —llenas de pimientos, tomates, col rizada y lechuga mantecosa— en el patio de su madre. En 2015, más de cien residentes participaron en el programa Build-A-Garden; los representantes de Greening dicen que los jardines están distribuidos por toda la ciudad.

Según dice Austin, cultivar sus propios alimentos es una forma de ser un ejemplo que ella espera que su hija de seis años imitará. Su meta es lograr un cambio a largo plazo en su familia. Dice que, antes de empezar a cultivar, ella y su familia eran “expertos en comida rápida”, ya que todo venía en una caja o se les entregaba por una ventanilla de atención al automóvil. “La sal era el principal condimento”, dice. Piensa que a muchos miembros de su familia les sería desalentador tener que preparar verduras partiendo con cosecharlas de la tierra. “No hay instrucciones cuando ves a un repollo plantado”, dice. “¿Qué haces con ella?”.


Woods reconoce que, para algunos residentes, la idea de labrar la tierra evoca legados dolorosos de la esclavitud y la aparcería. Davison dice que para su familia, quien huyó de Alabama durante la época de Jim Crow, era difícil desenredar la agricultura de la explotación de los afroestadounidenses. “Mis padres me dijeron ‘No te quiero ni remotamente cerca de un sembradío’”, dice. Woods respeta ese trauma pero también encuentra la posibilidad de libertad en la tierra. Piensa que ser autosuficiente es liberador. “Enseñar a la gente a sustentarse a sí misma (…) puedes hacer eso dondequiera”, dice. “No para otra persona”.

Según dice Woods, idealmente él nunca tendría que ir a la tienda de comestibles para nada, ni comida ni productos para la higiene personal. Dice que su meta es “literalmente no necesitar a la sociedad para más nada que una conversación”. Está seguro de sus capacidades como agricultor, pero no tanto cuando se trata de carpintería, buscar comidas silvestres y reconocer alimentos silvestres comestibles. “Ya sé cómo cultivar”, dice. “En cuanto a vivir, aún tengo que aprender unas cuantas cosas”.

***


Empieza a caer una llovizna y en el jardín de Covington, los chivos y puercos se meten bajo albergues hechos de palés de madera apilados. Detrás de nosotros hay una cerca pintada con un mural que retrata la silueta de la ciudad y la frase “A Growing City” o “Una ciudad creciente”. Más allá de la cerca está una casa con la pintura descascarada, ventallas cubiertas de tablas y tejas rotas. Un letrero advierte: “Prohibido el paso. Propiedad de GSCC. Se te está fotografiando”.

Los murales sirven de testigos de la orientación comunitaria del diseño de la granja de Mark Covington. (Jessica Leigh Hester/CityLab)

Covington le está poniendo una cantidad enorme de energía emocional, tiempo y labor física a este jardín, y también en fomentar conexiones con sus vecinos. Pero hay más trabajo que realizar en esta cuadra y más allá de ella. Más abajo en la calle, al doblar la esquina, alguien ha colocado un letrero en un lugar donde la gente deposita basura. La estructura es un armazón de una casa rodeada por malas hierbas. El lote en que está la casa destruida está lleno de colchones y pedazos de llantas. El letrero dice: “ Souvenirs gratis de Detroit. Por favor llévate unos cuantos hoy”.

La disonancia no disuade a Covington. “Un aspecto de ser un granjero es que tienes que aprender a ser paciente”, dice. “Hay un decaimiento sistemático que ha convertido a este vecindario en lo que es ahora. Todo no va a ocurrir de un día para otro”. Mientras tanto, él seguirá cultivando.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com, como una serie de tres artículos sobre agricultura urbana en Detroit, los que estaremos publicando en los días siguientes.

Publicidad