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¿Por qué fue asesinada Marielle Franco, la famosa activista de las favelas de Río?

Tras la muerte de la querida política, los residentes de las zonas más pobres de la ciudad están protestando por el control militar de sus barrios y los abusos por parte de las fuerzas de seguridad.
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20 Mar 2018 – 11:53 AM EDT
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Franco, concejala izquierdista y lesbiana reconocida por la defensa de las minorías, fue asesinada en una favela el 14 de marzo de 2018. Crédito: Fabio Vieira/FotoRua/NurPhoto via Getty Images

“¡Por Marielle, digo no… Digo no a la intervención!”. Decenas si no cientos de miles de personas han coreado estas palabras en Río de Janeiro desde que Marielle Franco, una concejala municipal en su primer mandato, fuera asesinada la semana pasada.

Casi todos los días desde su muerte el pasado 14 de marzo, los manifestantes han salido a las calles, cerrando carreteras y calles del centro, celebrando vigilias a la luz de las velas y cubriendo la Cámara de Concejales Municipales con lemas y huellas de manos rojas, así como con grabados de Franco, una mujer negra y queer del complejo de favelas Maré.

Franco, quien se autodescribía "defensora de los derechos humanos", era muy respetada en Río de Janeiro, y su asesinato ha provocado un creciente enojo en toda la ciudad, especialmente en las favelas. En 2018, tal vez incluso más de lo normal, las favelas y las personas que viven allí —quienes, como Franco, son principalmente de origen africano— han sido atacadas.

En febrero, pocos días después de que terminara el carnaval, el gobierno federal de Brasil anunció que el ejército se haría cargo de las tareas policiales en todo el estado de Río de Janeiro, en parte como respuesta a una supuesta ola de delincuencia. Sin embargo, las estadísticas muestran que la delincuencia en realidad disminuyó en comparación con el carnaval de 2017, a pesar de que los célebres robos masivos en los vecindarios ricos frente a la playa como Ipanema y Copacabana dominaron los titulares locales y nacionales. La tasa de homicidios en general de Río es incuestionablemente alta, aunque palidece en comparación con ciudades brasileñas más pequeñas como Natal, Belén y Maceió, todas en el norte del país. Pero se dice que la tasa de violencia y homicidios por parte de los agentes de policía en Brasil es la más alta del mundo. Los residentes de favelas representan una cifra desproporcionada de las víctimas.

Todo lo relacionado con el asesinato de Franco —la precisión específica de los disparos (Anderson Pedro Gomes, el conductor del auto, también murió, y un asistente resultó herido), el hecho de que ni el auto ni nada dentro del mismo fue robado, y el hecho de que ocurrió durante las horas pico de la tarde— dejó en claro no solo que esto fue un asesinato, sino que se suponía que debía entenderse de esa manera. A Franco la asesinaron por ser una defensora de los derechos humanos, una residente de la favela comprometida con la política y probablemente también porque haber sido una mujer exitosa y de raza negra.

En todo el estado de Río de Janeiro, la autoridad del máximo general del ejército ahora prevalece sobre la del gobernador y los alcaldes locales en toda materia de seguridad pública.


En las últimas semanas, conforme soldados del ejército ocupan el lugar de la policía local, las tropas han establecido puntos de control en favelas en todo Río, a veces sometiendo a niños de jardines infantiles a cateos y revisión de mochilas, o, de lo contrario, exigiéndole identificación con foto a cualquiera que entre o salga de un área determinada. En el vecindario de Vila Kennedy, una comunidad pobre y de clase obrera en la extensa zona oeste de la ciudad, también han arrasado pequeñas empresas que eran la única fuente de ingresos para varias familias locales.


Durante años, un creciente sector de la derecha brasileña, nostálgico por la supuesta ley y orden de la dictadura militar de 21 años que llegó a su fin en 1985, ha estado pidiendo una toma de poder militar total del gobierno. Y han conseguido lo que querían, al menos en parte: en todo el estado de Río de Janeiro, la autoridad del máximo general del ejército ahora prevalece sobre la del gobernador y los alcaldes locales en toda materia de seguridad pública.

Casi tan pronto como comenzó la intervención militar, una coalición de organizaciones de la sociedad civil formó una Comisión de la Verdad en un intento de mantener al ejército bajo control. El 28 de febrero, Marielle Franco fue nombrada su relatora. El general Braga Netto condenó rápidamente la creación de la comisión, exigiendo explícitamente "garantías" de que sus soldados pudieran actuar sin supervisión ni presiones civiles.

La intervención militar ha sido una dificultad recurrente en Maré, el complejo de favelas donde Franco nació y creció. En marzo de 2014, en la víspera del 50º aniversario del golpe de estado que dio pie a la dictadura en Brasil, la entonces presidenta Dilma Rousseff firmó una orden ejecutiva que autorizó el envío de miles de tropas federales a Maré. Los soldados permanecieron allí durante más de un año, conduciendo tanques por los estrechos callejones, realizando simulacros diarios con rifles de asalto y blindaje personal de cuerpo completo, y disparando contra cualquier auto y peatón considerados ‘sospechosos’. Decenas de personas fueron asesinadas o heridas como resultado de esta táctica.

Además de ser letal, la ocupación mediante la intervención militar no es una estrategia especialmente innovadora. Durante la última década, el llamado programa de ‘pacificación’ ha pretendido crear una presencia policial permanente en algunas de las favelas más importantes de la ciudad, supuestamente como un medio para llevar agentes altamente capacitados a las comunidades, ganarse la confianza de los residentes locales y eventualmente erradicar el narcotráfico. En cambio, la intervención ha provocado un fuerte repunte en los casos de brutalidad policial, incluyendo la conocida desaparición, tortura y el asesinato de Amarildo Dias de Souza, un obrero de la construcción, en Rocinha, la favela más grande de Río.


Marielle Franco, quien tenía una maestría en sociología, estudió la ‘pacificación’ policial y escribió en su tesis de 2014 que "no hay 'guerra' [contra las drogas] en este proceso. Lo que realmente existe ... es una política de exclusión y castigo de los pobres". Por supuesto, este castigo también se extiende más allá de los sitios de ‘pacificación’: días antes de ser asesinada, Franco llamó la atención sobre los recientes abusos policiales en la favela no ‘pacificada’ de Acari, incluyendo el asesinato de dos jóvenes cuyos cuerpos fueron arrojados a una alcantarilla abierta.

Castigar a los pobres parece ser la intención de la mayoría de los mecanismos de control político en Río de Janeiro, ya sea mediante la intervención militar o la ‘pacificación’ policial. El 16 de marzo, apenas dos días después del asesinato de Franco, la policía de ‘pacificación’ en el complejo de favelas Alemão mató a tres personas, entre ellas una abuela de 58 años y un niño pequeño en una carriola. Irónicamente, los medios de comunicación en Río y en todo Brasil han tratado de usar el asesinato de Franco para reforzar los argumentos en favor de la militarización. Pero, como ella misma dejó en claro en una declaración escrita pocas horas antes de morir, la violencia de Río no es simplemente el resultado de un desorden generalizado:

El general Braga Netto declaró que 'Río de Janeiro es un laboratorio para Brasil'. Y lo que vemos es que en este 'laboratorio', los conejillos de indias son hombres y mujeres de raza negra, personas de la periferia, residentes de las favelas, trabajadores. Las vidas de estas personas no pueden ser un experimento para [diferentes] modelos de seguridad.


Marielle Franco fue asesinada por criticar este "experimento".

Al tomar las calles para protestar por la intervención militar que ha mantenido a Río de Janeiro bajo la ley marcial por derecho durante casi un mes, los manifestantes no solo defienden el legado de Franco como defensora de los derechos humanos, sino que también señalan las circunstancias que, muy probablemente, condujeron directamente a su asesinato. Independientemente de si quienes la asesinaron eran policías, soldados, miembros de un grupo paramilitar o simplemente asesinos a sueldo, su muerte tenía el propósito de silenciarla y enviar una advertencia clara a cualquiera que intentara emular su ejemplo.

El ascenso de Franco a la prominencia pública parecía ser el tipo de cuento de hadas meritocrático que el establishment político y mediático de Brasil utiliza para demostrar que la perseverancia personal puede ser suficiente para echar a un lado todo el racismo sistémico, la pobreza y la violencia.

Sin embargo, en última instancia, la perseverancia y valentía de Marielle Franco la convirtieron en el blanco de la misma violencia racista que destruye miles de vidas en Río de Janeiro cada año.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com.

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