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Cómo Recife se convirtió en un laboratorio para combatir el crimen

En medio del aumento de la violencia en el norte de Brasil, esta ciudad logró revertir las malas cifras de seguridad que tenía.
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18 Abr 2016 – 03:55 PM EDT
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Niños juegan en una calle de Recife, en el estado de Pernambuco. Crédito: YASUYOSHI CHIBA/ AFP/ Getty Images

Recife es una de las ciudades más fascinantes de Brasil. Fue uno de los símbolos de la fabricación del azúcar, la capital del Brasil holandés y recibió la primera sinagoga de las Américas. Desde hace algunas décadas también existe ahí Porto Digital, una escuela de desarrolladores y una fábrica de startups. Pero, durante años, especialmente en las décadas de 1990 y 2000, todo esto estaba empañado por un solo hecho: Recife era una de las ciudades más peligrosas de Brasil y del mundo.

Ni Río de Janeiro, dominada por las guerras en el tráfico de drogas, ni Sao Paulo, plagada por el crimen organizado, eran tan peligrosas como Recife. En número de homicidios por habitantes, fue la capital estatal más violenta de Brasil. En 2000, la tasa de homicidios era de 97,5 por cada 100 mil personas. Esta tasa es similar a la de las ciudades más peligrosas de América Latina hoy en día, como Caracas y San Salvador.

Pero en 2015, la tasa de homicidios se redujo a 38,1 por cada 100 mil personas. Es una de las mejoras más grandes y rápidas vividas en el país.

Este descenso se inició durante la administración de Eduardo Campos en el gobierno de Pernambuco, estado del que Recife es la capital. Campos es heredero de una familia tradicional de izquierda (su abuelo, Miguel Arraes, ya había sido gobernador del estado). Durante los años de Campos, de 2007 hasta 2014, la seguridad pública se convirtió en la responsabilidad personal del gobernador. En Brasil, la policía es la responsabilidad de los Estados, y no de las ciudades.

Esa determinación se volvió en política pública, ganó nombre y responsable. Campos creó el llamado “Pacto por la Vida”, un programa bajo la coordinación de José Luiz Ratton, sociólogo reconocido y especializado en violencia urbana. Pronto, la iniciativa se convirtió en un referente en reducción del crimen, dentro y fuera del país.

La implementación de esta política implicó una serie de medidas. El primero fue un diagnóstico de los problemas. Uno de ellos era simple: Pernambuco tenía pocos policías. El número estaba por debajo de los niveles recomendados por las Naciones Unidas. En 2006 había 199 agentes de policía por cada 100 mil habitantes. En 2009, el número subió a 255 por cada 100 mil.

Además, la política de seguridad fue transferida al Departamento de Planificación. Ésta dejó el Departamento de Seguridad Pública para ganar eficiencia. El estado y Recife fueron divididos en zonas y cada una tenía un objetivo particular de reducción de homicidios. Esto sólo pudo ocurrir debido a que la organización fue completamente modernizada, utilizando bases de datos fiables, algo poco común en Brasil. Ratton es reconocido como un sociólogo obsesionado con la evidencia empírica. Y, con esto, la policía también se ha benefició. Llegó más dinero, justificado por el hecho de que el número de homicidios cayó en su área.

Por último, la seguridad pública se ha convertido en una prioridad para todos los sectores. El gobierno de Pernambuco integró la policía y la justicia para hacer más eficientes los procesos. Un punto práctico: entre 2007 y 2011, el número de investigaciones policiales completadas creció 119%, un resultado significativo para Brasil.

Estos datos de Recife y Pernambuco son aún más espectaculares al compararlos con los del resto del noreste brasileño. En la década de 2000, la economía de la región creció por encima de la media nacional. Junto con el crecimiento, sin embargo, llegó el crimen. Pernambuco también tuvo un crecimiento económico impresionante, pero fue el único estado de la región en que los homicidios se redujeron. Entre 2008 y 2012, los homicidios aumentaron un 22% en el noreste de Brasil y cayeron un 25% en Pernambuco.

En este periodo, ciudades como Sao Luis, capital de Maranhao, entraron en el ranking de las ciudades más violentas de Brasil. Fortaleza, que ya era violenta, continuó en su destino de muertes. Los bancos fueron atacados con dinamita, como en las viejas películas “western” de Hollywood. Mientras tanto, Recife y Pernambuco conciliaron una economía fuerte con la reducción del crimen en una región donde el crecimiento trajo el dinero y el miedo. Por esta combinación inusual, Eduardo Campos se convirtió en el gobernador más popular de Brasil. Fue reelegido en 2010 con la mayor votación proporcional del país. 82,3% de Pernambuco votó por él.

El Pacto por la Vida, sin embargo, no está libre de críticas. Muchas ONG de derechos humanos dicen que el programa ha invertido más en represión que en prevención. Entre 2006 y 2010, el número de detenciones por homicidio simple creció 1,300% en el estado. De todos modos, los resultados son claros. El mayor problema, señalado por los escépticos, es si la mejora continuará. En este sentido, el legado del Pacto por la Vida es más controvertido.

Campos salió del gobierno del Estado en 2014. Él quería ser presidente de Brasil y era un candidato con un gran potencial, pero murió en un accidente aéreo durante la campaña. La conmoción por su muerte, asociada con su enorme popularidad, ayudó a elegir al sucesor que él había nombrado, el economista Paul Camara.

Y aquí es donde los viejos fantasmas vuelven a rondar en Recife y Pernambuco. A partir de 2015, los crímenes de nuevo aumentaron en Recife y al interior del estado. En 2015, los homicidios crecieron en un 13.3% en Pernambuco. En los barrios de clase media de Recife, grandes beneficiados por los años del Pacto, los robos de automóviles durante el día se han hecho más comunes. Las playas del Estado han dejado de ser lugares tranquilos. En definitiva, la capacidad del nuevo gobernador para hacer frente a la crisis y a la violencia ha sido cuestionada.

En medio de este escenario, aún incierto, sólo hay una conclusión clara. Recife, una de las ciudades más interesantes y creativas en Brasil, es el laboratorio de una política eficiente, pero al mismo tiempo frágil. No hay consenso sobre cómo el Pacto dependía de Eduardo Campos y Ratton, pero hay señales de que sus roles fueron fundamentales. A la muerte de Campos, se sumó la partida de Ratton, quien dejó el programa.

Cambios reales y profundos dependen no sólo de políticas públicas bien hechas, llevadas a cabo por personas bien entrenadas. También dependen del tiempo. Si las medidas no duran el tiempo suficiente para echar raíces en la sociedad, los buenos resultados también desaparecen. Recife y Pernambuco han ofrecido condiciones ideales para poner a prueba esta hipótesis. Si el gobierno puede seguir disminuyendo los homicidios, podrían crear un nuevo paradigma para Brasil, e incluso para otras ciudades latinoamericanas que también sufren por la violencia.

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