Un “cazador de tormentas” (sin saberlo) ha hecho que México deje de recibir millones para remediar desastres

Los bonos de catástrofe estaban destinados a proporcionar efectivo rápido. Varios desastres naturales más tarde, eso no ha sucedido. Informe especial de la Escuela de Periodismo de Columbia y Los Ángeles Times.

El huracán Odile avanzó hacia la costa occidental de México el 14 de septiembre de 2014, una tormenta de Categoría 4 con vientos lo suficientemente poderosos como para derribar casas, doblar farolas y perforar ventanas en rascacielos de lujo.

Funcionarios del sur de Baja California se prepararon para el impacto, ordenando la clausura de escuelas, la suspensión de vuelos y la apertura de refugios de emergencia. En la ciudad turística de Cabo San Lucas, donde la tormenta tocaría tierra tarde esa noche, los agentes de policía corrían por las calles empapadas y tempestuosas con megáfonos, advirtiéndoles a todos que evacuaran la zona.

A más de 1,000 millas de distancia en Ciudad de México, los funcionarios del gobierno federal observaban nerviosos, esperando que sus recientes inversiones en un esquema financiero inusual contribuyeran a cubrir los daños causados por el huracán.

Con la ayuda de Wall Street y el Banco Mundial, México emitió una serie de complejos instrumentos financieros que prometen pagos rápidos cuando ocurren fuertes tormentas o terremotos.

Conocidos como “bonos de catástrofe”, fueron diseñados para eventos como Odile, una tormenta que los funcionarios estadounidenses describieron como el “huracán más fuerte que haya tocado tierra en la era de los satélites en el estado de Baja California Sur”.

De hecho, de acuerdo con todos los informes que el gobierno había visto, incluido el del Centro Nacional de Huracanes de Estados Unidos, los funcionarios mexicanos estaban seguros de que iban a recaudar 50 millones de dólares.

Y pudo haber sucedido así, de no haber sido por un cazador de tormentas de Los Ángeles, cuyas lecturas de presión atmosférica desde un hotel frente a la playa trastocarían todo el sistema, negándole el pago al gobierno mexicano, y conservando seguros los fondos de los inversionistas mediante una compañía de fachada incorporada en las Islas Caimán.

Un año después, los mismos datos de este amante de las emociones ayudarían a reducir otro pago esperado, cuando el huracán Patricia, la tormenta más poderosa jamás registrada en el hemisferio occidental, azotó el occidental estado de Jalisco.

Combinados, estos incidentes impidieron que México cobrara decenas de millones de dólares en fondos de recuperación y expuso las fisuras de este desconocido pero floreciente mercado financiero, valorado hoy en 90,000 millones de dólares.

El mercado está dominado por compañías de seguros privadas, pero instituciones como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional lo han promovido como un salvavidas potencial para los países más necesitados del mundo, muchos de los cuales son también los más vulnerables a los desastres naturales.

La investigación

Un análisis de la experiencia de México realizado por la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia y Los Angeles Times muestra que el programa de bonos no ha cumplido siempre con sus objetivos. Los inversionistas han recibido rendimientos prometedores de las primas financiadas por los contribuyentes, pero México ha sufrido una andanada de tormentas y terremotos que no cumplen con los parámetros técnicos requeridos para un pago, lo cual ha hecho que el gobierno tenga que pagar todos los gastos.

La investigación, que cubrió desde Nueva York hasta Hollywood, el Caribe y las zonas rurales de México, se basa en miles de páginas de documentos financieros, entrevistas con antiguos funcionarios del gobierno y expertos de la industria y decenas de documentos internos de la filtración de Paradise Papers. Esos registros los obtuvo el diario alemán Süddeutsche Zeitung y fueron compartiddos por el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación, ICIJ.

Estos fueron los hallazgos más importantes:

• Los datos utilizados para determinar si México recibe pagos de los bonos provienen a veces de fuentes no gubernamentales, lo cual hace que el sistema sea opaco y vulnerable a las manipulaciones.

• Aunque los pagos de bonos están diseñados para brindarle a México un alivio financiero inmediato, pueden pasar meses para determinar si el país es elegible, y más tiempo aún para recibir el dinero. Pasaron más de tres meses antes de que se tomara una decisión de pago después de los huracanes Patricia y Odile.

• Aunque los bonos están diseñados para cubrir los desastres más severos, las tormentas y terremotos más destructivos del país, no siempre han activado los pagos, incluyendo un terremoto de 7.1 grados que azotó el año pasado la Ciudad de México donde murieron 369 personas.

• Cuando se han realizado algunos pagos, los funcionarios mexicanos de desastres no han tenido la potestad para gastarlos en el daño del evento desencadenante, y el gobierno no especifica a dónde ha ido ese dinero.

Inversionistas, funcionarios gubernamentales y otros expertos sostienen que los bonos desempeñan un papel importante en la estrategia de planificación de desastres de un país, y México tiene todas las herramientas para diseñar sus bonos teniendo en cuenta el mejor interés de la nación.

Los bonos de catástrofe han ayudado a “desarrollar un mejor escudo financiero en México y otros países, en beneficio de los ciudadanos”, dijo en un comunicado un portavoz de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público del país.

“México es un país sofisticado, con una comprensión sofisticada del mercado de capitales, del mercado de riesgo”, dijo Alex Klopfer, vocera del Banco Mundial en Washington. “Al final del día, el gobierno tiene toda la información para tomar una decisión”.

El Banco Mundial ha resaltado y promovido la experiencia de México en países como Colombia, Chile y Perú, que anunciaron en enero que se unirían a México con un nuevo bono de catástrofe por 1,400 millones de dólares, el mayor acuerdo patrocinado por gobiernos hasta la fecha.

El origen de los bonos

Los bonos de catástrofe surgieron a mediados de los años 1990, después de que el huracán Andrew devastó las costas de Florida y llevó a la bancarrota a casi una docena de compañías de seguros, que no tenían el dinero para cubrir los daños provocados p0r una tormenta tan devastadora.

Temerosos de verse superadas por catástrofes similares e incluso mayores, las compañías de seguros y reaseguros recurrieron a los mercados de capitales, llenos de inversionistas ricos como los fondos de cobertura y los administradores de dinero.

Los bonos creados estaban a menudo en manos de compañías de papel en paraísos fiscales offshore, que ofrecían altos rendimientos en forma de pagos de primas del emisor. Los retornos totales de los bonos de catástrofe, durante años, han sido superiores a los ofrecidos por el índice S&P 500. Y debido a que están basados en desastres naturales, no en indicadores económicos, son menos vulnerables a los caprichos de la economía mundial.

Eso no quiere decir que estén exentos de riesgos: si durante la vida del bono un desastre natural de determinado tamaño o costo financiero activa el bono, los inversionistas pierden una parte o la totalidad de su dinero y el emisor —la compañía de seguros o el gobierno— obtiene el pago.

Analistas y ejecutivos del Banco Mundial vieron un gran potencial en el floreciente mercado para los países en desarrollo más pobres, que carecían de redes de seguros robustas para tormentas y otros desastres.

México se convirtió en el caso de prueba.

Susceptible a la presencia de tormentas tropicales, terremotos, erupciones volcánicas, inundaciones y sequías, México había luchado durante años para recuperarse financieramente de sus catástrofes más agobiantes. El gobierno creó un fondo especial para desastres a finales de la década de 1990 para ayudar a estabilizar el presupuesto, pero su financiamiento era inconsistente. En 2005, por ejemplo, el fondo recibió 47 millones de dólares, pero enfrentó 722 millones de dólares en gastos después de una temporada de huracanes especialmente cruel.

El año siguiente, con la ayuda de Swiss Re, una reaseguradora global, el gobierno lanzó su primer bono de catástrofe, por un valor de 160 millones de dólares. Un portavoz de Swiss Re dijo, en un correo electrónico, que la compañía ha promovido los bonos de catástrofe y otras formas de “transferencia de riesgos” como parte de un enfoque integral de la gestión de riesgos.

Un ejecutivo de AIR Worldwide, una firma de modelado de riesgos que trabajó en el acuerdo, lo calificó como “una transacción histórica que puede usarse como un modelo de protección contra pérdidas catastróficas para países en desarrollo en América Latina y en todo el mundo”.

Pero según los términos del bono, solo se cubrieron los terremotos en tres partes del país, y para activar un pago tenían que registrar al menos 7.5 en la escala de Richter en una sección, y 8.0 en las otras dos. Además, el bono no proporcionaba cobertura para los huracanes.

Mientras el gobierno buscaba formas de mejorar los bonos futuros, el Banco Mundial ofreció una solución potencial. El banco había ayudado a un grupo de países del Caribe a crear una innovadora reserva de seguros y estaban listos, según dijeron sus representantes a México, para abordar los bonos de catástrofe mediante un ambicioso programa que extendería el riesgo a los inversionistas al unir múltiples países en un bono colectivo, según dijo Salvador Pérez, un experto en seguros que se unió a la Secretaría de Hacienda mexicana en 2007.

El programa fue denominado MultiCat, y sus miembros inaugurales incluirían a Grecia, Singapur, Colombia y Chile.

En cuestión de meses, todos menos México se habían retirado. Algunos decidieron que era demasiado caro; otros opinaron que carecían de la capacidad técnica para negociar un trato aceptable, dijo Pérez. (Klopfer, la portavoz del Banco, se negó a comentar).

A principios de 2009, con la ayuda del Banco Mundial, se logró un nuevo acuerdo. Un bono de 290 millones de dólares, llamado MultiCat Mexico, que amplió la cobertura de terremotos e incorporó cobertura contra huracanes a lo largo de ambas costas del país.

El bono fue diseñado nuevamente por Swiss Re, pero esta vez con la ayuda adicional de Goldman Sachs, una de las muchas compañías financieras de Estados Unidos que ingresó a la industria.

Cuando ese bono expiró, en 2012, se logró un nuevo acuerdo de 315 millones de dólares, ampliando aún más la cobertura y creando pagos escalonados.

Las enseñanzas de Odile

Parecía sencillo hasta que Odile azotó el sur de Baja California en septiembre de 2014.

Fuera del hotel Holiday Inn Express en Cabo San Lucas, los brutales vientos sacudieron las paredes e hicieron saltar las puertas de sus marcos. En el interior, los paneles del techo se estrellaron contra el suelo, mientras los huéspedes aterrorizados luchaban por ponerse a resguardo.

Agachado detrás de un mostrador de recepción abandonado y filmando la destrucción, se encontraba Josh Morgerman, un autodenominado “cazador de tormentas” de West Hollywood.

Morgerman, ahora de 48 años de edad, comenzó su carrera trabajando en la industria del cine después de estudiar historia en Harvard. En 1999 cofundó una agencia de publicidad llamada Symblaze, cuyos clientes incluían Vodafone, Google y las ciudades de West Hollywood y Palm Springs. Incapaz de deshacerse de una obsesión de la infancia con los huracanes, comenzó a perseguir tormentas.

El día antes de que Odile tocara tierra, Morgerman voló a Cabo San Lucas y montó su equipo: dos cámaras de video, un iPad, un teléfono móvil, un cargador de coche, una computadora portátil y dos Kestrel 4500, barómetros en forma de teléfono celular diseñados para registrar el cambio en la presión atmosférica cuando el ojo de una tormenta pasa sobre ellos. Se colgó uno de los Kestrel alrededor del cuello y dejó el otro en el baño de su habitación en el tercer piso, el lugar más seguro en caso de huracán.

Las lecturas de presión tomadas en el ojo de un huracán son indicadores importantes de la intensidad de una tormenta: en general, cuanto menor es el número, más fuerte es la tormenta.

Mientras se acercaba el ojo de Odile, entre las 9 y las 11:08 de la noche, la presión en el exterior cayó 40 milibares, tocando fondo en los 943.1 milibares, según las lecturas de Morgerman. La lectura era 21 milibares más alta que la que un avión de reconocimiento de la Reserva de la Fuerza Aérea estadounidense había registrado horas antes, y 13 milibares mayor a una lectura de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos.

Morgerman envió sus lecturas al Centro Nacional de Huracanes de Estados Unidos, el cual recopila información sobre tormentas de una variedad de fuentes: aeronaves del gobierno, satélites, barcos, plataformas petrolíferas, estaciones meteorológicas locales e informes sobre el terreno. El centro utiliza los datos para generar informes de tormentas que son considerados como una declaración oficial sobre la gravedad y el tamaño de los huracanes en el Atlántico y en el Pacífico oriental.

Esos informes de tormentas también determinan los pagos de los bonos mexicanos.

Metas inalcanzables

“Siempre me he sentido incómodo con eso, conociendo cuáles son las limitaciones en algunas de estas determinaciones”, dijo James Franklin, exdirector de la Unidad de Especialistas en Huracanes del centro.

Franklin, quien se jubiló en junio pasado, dijo que evitó familiarizarse con los bonos, para poder “evaluar los datos meteorológicos sin saber cuáles podrían ser las consecuencias financieras”.

En el caso de Odile, el bono estaba diseñado para otorgar un pago del 100% si la presión era de 920 milibares o menos, y un pago del 50% si era menor de 932 milibares. Después del paso del huracán, inversionistas y expertos de la industria observaron de cerca los acontecimientos, y los comentaristas de los medios predijeron un pago de 50 millones de dólares a México basado en un informe inicial de 930 milibares realizado por un centro de huracanes.

En las Islas Caimán, un abogado de Appleby, la firma que maneja la empresa de papel de México —y la firma en el centro de la filtración de los Paradise Papers— envió un correo electrónico a un colega de Kane Holdings Limited, especializada en operaciones de bonos de catástrofe.

"¿Hay algo que deberíamos hacer o considerar en este punto...?", Escribió el abogado, Julian Black.

La firma necesitaba esperar y ver si oficialmente se había activado un pago “y trabajar a partir de allí”, respondió el colega, según los correos electrónicos que sirvieron de base a los “Paradise Papers”.

Tres meses después de que la tormenta tocara tierra, el 19 de diciembre, el centro de huracanes declaró que la presión de Odile al tocar tierra era de 941 milibares, 9 milibares mayor que la necesaria para activar el pago. El centro de huracanes dijo que su cifra venía de Morgerman.

“Una observación de 941.3 milibares... obtenida por un cazador de tormentas en el Holiday Inn Express en Cabo San Lucas, Baja California Sur", escribieron los autores del informe. “Según esta observación, que fue tomada muy cerca del centro de Odile al tocar tierra, la presión estimada al tocar tierra fue de 941 milibares”.

México no recibió nada.

“Quedé totalmente sorprendido”, dijo Pérez, el exfuncionario de la Secretaría de Hacienda. Él tenía entendido que “si el acontecimiento desencadenante ocurría, ok, [obtendríamos] un pago automático".

Casi la misma situación se presentó al año siguiente cuando el huracán Patricia pasó cerca de Emiliano Zapata, un pequeño pueblo cerca de la costa suroeste de México donde, nuevamente, Morgerman estaba atrincherado en un hotel. Utilizando las lecturas de Morgerman y las de las estaciones locales, el centro de huracanes revisó nuevamente las estimaciones iniciales de presión, reduciendo el pago anticipado de 100 millones a 50 millones de dólares.

Morgerman trabaja de manera independiente y dijo que nunca había oído hablar de los bonos de catástrofe antes del huracán Odile. Dijo que desde 2014 ha recibido pagos suficientes de varios medios de comunicación, incluyendo Weather Channel y Discovery, para financiar sus viajes. Antes de eso, dijo, se autofinanciaba.

“Estoy consciente de los conflictos”, dijo. “No puede haber ni siquiera una apariencia de irregularidad en esto... No hago esto para volverme rico”.

Sin embargo, los resultados de su afición por perseguir tormentas han sacudido el sector.

Robert Muir-Wood, científico jefe de investigación de RMS, una firma de modelado de riesgos que trabaja con emisores e inversionistas para crear los datos en los que se basan los bonos, expresó su preocupación por el hecho de que los cazadores, como Morgerman, pudieran influir en los pagos de los bonos. También le preocupa que otros se animen a unirse a él. “¿En qué caso algunos de ellos van a ser empleados por organizaciones de inversionistas?”.

Aunque el Centro Nacional de Huracanes no cuenta con un proceso oficial de verificación para los proveedores de datos independientes, tanto Franklin como el exdirector y portavoz de un centro de huracanes dijeron que confiaban en que se detectarían y eliminarían los datos erróneos. También expresaron que confiaban en las lecturas de Morgerman.

Pero Franklin reconoció que con inconsistencias más pequeñas —unos pocos milibares arriba o abajo— “alguien con malas intenciones podría alterar la cifra, y probablemente no lo sabríamos”.

Karen Clark, fundadora de la firma de modelado de riesgos AIR Worldwide, dijo que las complicaciones con los datos de terceros podrían convertirse en un problema mayor, si más compañías afirmaran que pueden medir los datos “mejor que el centro de huracanes”.

“Ven un gran mercado potencial para muchos de estos datos meteorológicos”, dijo sobre los nuevos participantes. “Entonces es probable que se agrave la confusión sobre lo que realmente sucede”.

Las fallas del modelo

Es difícil hacer mediciones de las tormentas a lo largo de las costas de México, que tienen una limitada infraestructura para reunir información básica sobre la velocidad del viento y la presión atmosférica.

Bajo los términos de los bonos, México solo recibe dinero cuando un gran huracán o un terremoto de un tamaño determinado azotan su territorio dentro de un límite geográfico definido con precisión. Este tipo de bonos utiliza lo que se llama un activador “paramétrico”, que difiere de los bonos más tradicionales que basan los pagos en costos financieros o daños.

Una de las ventajas del modelo paramétrico, según los expertos, es que es fácil de administrar y comprender: los bonos activan un pago o no.

El bono de catástrofe de México de 2012, por ejemplo, fue diseñado para pagar si un huracán con una presión central de 920 milibares o menos se acercaba o azotaba partes de la Península de Yucatán o la costa noreste del país, según Artemis, un sitio web que cubre bonos de catástrofe. Para la mayor parte de la costa del Pacífico mexicano, las tormentas con presiones de 920 milibares o menos generaban un pago total, mientras que las que tenían presiones entre 920 y hasta 932 milibares activaban pagos del 50% de los bonos.

Pero, en cualquier caso, el modelo depende de datos confiables y suficientes.

El Centro Nacional de Huracanes depende de una serie de fuentes de datos. Los aviones son los más precisos, porque rastrean el camino exacto de una tormenta, dijo Franklin, el exfuncionario del centro.

Sin embargo, el centro no envía aviones para monitorear cada tormenta que azota México, agregó, y a las tormentas que sí envía lo hace lejos de la costa para recopilar estimaciones de alerta temprana sobre la intensidad de una tormenta.

Eso deja poca información para cuando tocan tierra: El Servicio Meteorológico Nacional del país ha construido una red de estaciones meteorológicas a lo largo de las costas de México, pero dista mucho de ser completo.

Entre 2006 y 2016, el Centro Nacional de Huracanes citó, como promedio, alrededor de cinco lecturas de presión central por huracán que tocó tierra en México, según un análisis de los reportes de ciclones. Durante el mismo período, el Centro de Huracanes tuvo un promedio de 124 lecturas de presión central por cada tormenta que tocó tierra en Estados Unidos.

La escasez de datos de fuentes oficiales mexicanas ha causado preocupación en la industria, por el hecho de que los inversionistas puedan pagarles a los cazadores de tormentas para que envíen información con el fin de influir en los reportes de los centros de huracanes, aprovechando la laguna de información.

Un portavoz de la Secretaría de Hacienda expresó su confianza en el centro de huracanes y dijo en un comunicado que tiene “autonomía para seleccionar las mejores formas de estimar y pronosticar” las tormentas.

Incluso si se dispusiera de datos más amplios, no está claro si los bonos habrían proporcionado un pago rápido.

La rapidez es un punto de venta clave para los bonos de catástrofe basados en parámetros. A diferencia de los bonos de catástrofe más tradicionales, que se activan por el conteo financiero de un desastre, los bonos paramétricos se pagan basándose en datos observables en el lugar mismo de la tragedia, como la magnitud de un terremoto o la lectura de la presión central de un huracán al tocar tierra.

En un informe escrito por funcionarios del Banco Mundial y el gobierno de México, los autores alabaron los bonos de catástrofe mexicanos como un medio para “proporcionar cobertura contra el riesgo de no tener rápidamente suficientes fondos de emergencia después de que ocurra un desastre importante”.

Aún así, debido a que el centro de huracanes utiliza tantas formas diferentes de información para compilar sus informes, a menudo toma meses antes de que la agencia dé a conocer su veredicto final.

Entre 2001 y 2016 la publicación de los informes tomó un promedio de 103 días después de que un huracán tocara tierra. En el caso de Odile, tomó 92 días y en el de Patricia 100.

“Para algunos propósitos de estos bonos de catástrofe, específicamente para el alivio de una emergencia, es demasiado tiempo”, dijo Darío Luna, un exfuncionario de la Secretaría de Hacienda mexicana que apoya su uso.

El centro de huracanes dijo que emite sus informes “de la manera más oportuna posible, dado su personal disponible y otras responsabilidades”.

Otro problema es que, cuando el bono se paga, es difícil hacer un seguimiento preciso de cómo se gasta el dinero.

El gobierno federal contabiliza su gasto por desastre en términos generales, sin especificar qué pagos provienen de qué cuentas.

Un vocero de la Secretaría de Hacienda que declinó decir dónde terminó el pago del bono por 50 millones de dólares de Patricia, señaló que el fondo de desastres cumple con las regulaciones federales en cuanto a su distribución.

“Mi opinión es que deberíamos estar asegurados, pero el problema es cómo se gastan los recursos que se obtienen del seguro”, dijo Naxhelli Ruiz, una profesora en la Ciudad de México que estudia los desastres.

Más lo servido que lo comido

El 7 de septiembre de 2017, un terremoto de 8.2 grados de magnitud sacudió el sur de México y mató al menos a 98 personas y provocó grandes daños en la región.

El terremoto fue uno de los más fuertes registrados en México. Unas semanas antes el país había finalizado un acuerdo para colocar bonos por 360 millones de dólares. El pago a México: 150 millones de dólares.

Con ese evento y el pago por Patricia, México ha recibido 200 millones de dólares de los bonos, pero ha pagado alrededor de 220 millones de dólares en primas y tarifas desde el año 2006. El gobierno podría tener que gastar otros 44 millones de dólares si otras catástrofes no activan los bonos en los próximos dos años.

Aún así, un vocero de la Secretaría de Hacienda aseguró en un comunicaddo que como parte de una estrategia de gestión de riesgos que incorpora reaseguros y fondos gubernamentales para desastres, los bonos han demostrado ser efectivos.

Otras naciones son más circunspectas.

Muchos países en desarrollo han llegado a la conclusión de que los costos son demasiado altos, especialmente dado el “complejo desafío de calcular un evento que ocurre una vez en un siglo”, como escribió Eduardo Cavallo, un economista del Banco Interamericano de Desarrollo, en un blog el año pasado.

Incluso algunos dentro del propio gobierno de México cuestionan su diseño.

Funcionarios de la Auditoría Superior de la Federación dijeron en un informe que las catástrofes que los bonos han cubierto “no han sido consistentes con los desastres naturales que han ocurrido en los últimos años en el país”.

En 2013, por ejemplo, México fue azotado por dos tormentas consecutivas. El huracán Manuel golpeó el estado de Michoacán, generando peligrosos deslizamientos de tierra que enterraron casas e inundaron las carreteras. Murieron más de 100 personas. Al día siguiente, el huracán Ingrid azotó el noreste del país y mató al menos a 32 personas.

Juntas, las tormentas causaron 5,700 millones de dólares en pérdidas. Sin embargo, ni Manuel ni Ingrid activaron el bono de catástrofe porque sus presiones centrales eran demasiado altas. (Un portavoz de la Secretaría de Hacienda dijo que otras pólizas de seguro proporcionaron alguna cobertura después de ambos fenómenos).

Cuando el huracán Odile azotó el país un año después y provocó más de 1,000 millones de dólares en daños, tampoco hubo pago de bonos porque, en ese caso, la lectura de la presión central, registrada por Morgerman, era demasiado alta.

Morgerman quedó tan sorprendido como los demás por el hecho de que Odile no habiera activado el pago del bono de catástrofe: "Minimiza lo que en realidad fue un evento catastrófico", dijo.

Susanne Rust, Michael Phillis y Asaf Shalev de Columbia University, e Isabela Cota Schwarz de Quinto Elemento Lab, contribuyeron a este reportaje.

Blanchette Hooker Rockefeller, Energy Foundation, Lorana Sullivan Foundation, Open Society Foundations, Rockefeller Brothers Fund, Rockefeller Family Fund, Tellus Mater Foundation y Tortuga Foundation, así como Escuela de Periodismo de Columbia University, aportaron fondos para la elaboración de este reportaje.

Ver también:

Fotos: Estos desastres ocurrieron en México mientras estaba "protegida" por bonos de catástrofe

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