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Educación

Algunas escuelas de Missouri azotarán a los alumnos. Explicamos por qué es una barbaridad

Un distrito escolar de Missouri permitirá que los estudiantes sean golpeados en las nalgas con una regla de madera. ¿Sirve de algo el castigo físico para los niños? La respuesta es un rotundo no.
Publicado 25 Ago 2022 – 01:15 PM EDT | Actualizado 25 Ago 2022 – 01:15 PM EDT
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Utilizar los azotes como medida disciplinaria es tan buena idea como dispararse a los pies, como explicamos más abajo. Pero esto no ha detenido al consejo escolar de Cassville, en el sur de Missouri, que este curso escolar recuperará los castigos físicos, una medida disciplinaria que no se usaba desde 2001, según el diario local Springfield News Leader.

Son los propios padres los que demandaron esta medida disciplinaria, según dijo Merlyn Johnson, superintendente de la escuela de Cassville. "Las quejas que hemos escuchado de algunos de los padres es que no quieren que los estudiantes sean suspendidos. Quieren otra opción", dijo Johnson en declaraciones a The Hill. "Y así, esta era otra opción que podíamos utilizar antes de llegar a ese punto".

El castigo corporal se utilizará como "último recurso" si otras medidas disciplinarias no funcionan, dijo Johnson, y el castigo sólo se utilizará de "forma razonable y por recomendación del director". El castigo corporal, que deberá contar con el beneplácito de los padres, será administrado por un director y en presencia de un testigo. Nunca se infligirá en presencia de otros estudiantes, dijo Johnson, y se infligirán "uno o dos" golpes a los alumnos más jóvenes y hasta tres golpes a los mayores.

"Cuando sea necesario utilizar el castigo corporal, se administrará de forma que no haya posibilidad de que se produzcan lesiones corporales o daños. No se permite golpear a un estudiante en la cabeza o en la cara", informa el Springfield News-Leader. El único castigo permitido es "golpear las nalgas con una paleta".

¿Es todo esto una barbaridad? Sí, y además es inútil.

Cuanto más se castiga a los niños, más antisociales se vuelven

Esta escuela, y muchas otras en EEUU, hacen caso omiso de la ciencia: azotar tiene el efecto opuesto a lo que los padres o educadores normalmente buscan, y todavía peor: cuanto más se castiga a los niños, más agresivos y antisociales se vuelven. Cinco décadas de investigaciones con 160.000 niños dan la razón a quienes creen que no hay un buen azote a tiempo.

El análisis más completo sobre el asunto, elaborado por la Universidad de Texas en Austin y la Universidad de Michigan, concluye que pegar a los niños cuando se portan mal tiene efectos similares al abuso físico. Cuantos más azotes reciben, más probabilidades hay de que los niños desafíen a sus padres y experimenten comportamiento antisocial, agresión, problemas de salud mental y dificultades cognitivas.

“Nuestro análisis se centra en lo que la mayoría de los americanos reconocería como un azote y no un comportamiento potencialmente abusivo”, señala Elizabeth Gershoff, profesora de la Universidad de Texas y coautora del estudio. “Encontramos que el azote está asociado a resultados perjudiciales no intencionados y no con obediencia, que es lo que pretenden los padres que disciplinan a sus hijos”.

La justicia mira hacia otro lado

A pesar ello, la práctica es bastante común. De acuerdo con los datos del Centro Nacional de Información Biotecnológica, alrededor de 160,000 estudiantes son víctimas de castigos físicos en escuelas públicas de esos 19 estados cada año. Una encuesta de 2013, por otra parte, encontró que el 81% de estadounidenses creen que “dar un azote a los niños a veces es apropiado”.

Estados Unidos, además, no cuenta con leyes que prohíban los castigos corporales: 31 estados tienen leyes que lo prohíben en los colegios, pero continúa siendo legal en 19 estados, entre ellos Florida, Texas, Arizona, Nuevo México y Mississippi. La jurisprudencia que permite este asalto a los menores es tremendamente obsoleta: data de 44 años atrás.

Niños negros y discapacitados reciben más abusos

Que los castigos recaigan con mayor frecuencia en niños negros y discapacitados, como prueban los estudios, debería ser un motivo suficiente para cuestionarlo.

Este es uno de los argumentos que esgrime un informe difundido por los Centros de Control y Prevención de las Enfermedades (CDC) para pedir campañas educativas y más legislación para reducir los castigos corporales. “Esperamos que nuestro estudio anime a los padres para que prueben otras formas de disciplina no punitivas”, señalan los autores de la macro investigación.

La Academia Americana de Pediatría es una de muchas organizaciones que se opone al castigo corporal. Esta institución advierte de que pegarle a los niños perpetúa un ciclo de violencia y solo hace que los niños actúen violentamente por su cuenta con otros compañeros o hacia sí mismos.

“Un azote nunca es la manera de corregir a nadie, a un niño tampoco”, dijo la pediatra Lucía Galán a Univision Noticias. “ Después de pegar a nuestro hijo acabamos con cualquier otro recurso de educación, negociación y aprendizaje. ¿Qué hay después de eso? Nada. Y además, de nada sirve. Lo único que conseguiremos es que o bien genere miedo (nefasto para un niño) o que él, por imitación, nos pegue o abuse de la fuerza con otros niños y en otras circunstancias (Como mi mamá me pega, yo pego”, señala.

Alternativas a los azotes

La psicóloga y maestra Virginia González cree por su parte que el castigo físico ni es terapéutico para el que lo imparte, ni pedagógico para el que lo recibe. “Se trata de un descontrol emocional personal del adulto, un desahogo momentáneo que normalmente genera a continuación malestar y sentimiento de culpa. Nadie concibe que en su trabajo, aunque sea por su bien, reciba un tortazo de su jefe al cometer algún fallo”.

Además de humillar al niño y dañar su autoestima proporciona un modelo a imitar y del que aprender. No le enseña por qué suceden las cosas ni cómo hacerlas correctamente. El niño acaba obedeciendo por miedo al castigo, pero sin comprender el motivo de la sanción en la mayoría de los casos. Y por supuesto, termina por impedir la comunicación entre padres e hijos.

González propone alternativas como alejarse, una forma de serenar el ánimo y pensar en lo que debemos decir cuando estemos otra vez con el niño. Y, tras la tormenta, hacer las paces: los padres pueden volver a mostrarse cariñosos y hacer saber a sus hijos que su enfado, por muy fuerte que parezca, es pasajero. Cualquier cosa, en fin, menos recurrir a la violencia.

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