Salud Infantil

Por qué no hay que pegarle a los niños nunca

Una escuela de Georgia permitirá que los maestros golpeen a algunos niños con una regla de madera. ¿Sirve de algo el castigo físico para los pequeños?
22 Sep 2018 – 5:24 PM EDT

La respuesta a la pregunta de más arriba es un rotundo no. Azotar tiene el efecto opuesto a lo que los padres o educadores normalmente buscan, y todavía peor: cuanto más se castiga a los niños, más agresivos y antisociales se vuelven. Cinco décadas de investigaciones con 160.000 niños dan la razón a quienes creen que no hay un buen azote a tiempo, y se la quitan a la escuela pública de Georgia que mandó formularios a casa preguntando a los padres si estaban de acuerdo con que sus hijos recibieran este castigo.

El análisis más completo sobre el asunto, elaborado por la Universidad de Texas en Austin y la Universidad de Michigan, concluye que pegar a los niños cuando se portan mal tiene efectos similares al abuso físico. Cuantos más azotes reciben, más probabilidades hay de que los niños desafíen a sus padres y experimenten comportamiento anti social, agresión, problemas de salud mental y dificultades cognitivas.

“Nuestro análisis se centra en lo que la mayoría de los americanos reconocería como un azote y no un comportamiento potencialmente abusivo”, señala Elizabeth Gershoff, profesora de la Universidad de Texas y coautora del estudio. “Encontramos que el azote está asociado a resultados perjudiciales no intencionados y no con obediencia, que es lo que pretenden los padres que disciplinan a sus hijos”.



Un tercio de los padres que recibieron los formularios de la escuela en la pequeña localidad de Hephzibah, a dos horas de Atlanta, aprobaron la propuesta que recibieron de los directores del centro, algo que no sorprende si se tiene en cuenta que la práctica es bastante más común de lo que debería en EEUU: una encuesta de 2013 encontró que el 81% de estadounidenses creen que “dar un azote a los niños a veces es apropiado”. Estados Unidos, además, no cuenta con leyes que prohíban los castigos corporales: 31 estados tienen leyes que lo prohíben en los colegios, pero continúa siendo legal en 19 estados, entre ellos Florida, Texas, Arizona, Nuevo México y Mississippi, donde en el curso 2006-2007 se castigó con tablas de madera a más de 38,000 niños, o 7,5% de los estudiantes del estado.

Los resultados de este estudio (que, además, indica que los castigos recaen con mayor frecuencia en niños con discapacidad y de raza negra), coinciden con los de un informe difundido por los Centros de Control y Prevención de las Enfermedades (CDC) para pedir campañas educativas y más legislación para reducir los castigos corporales. “Esperamos que nuestro estudio anime a los padres para que prueben otras formas de disciplina no punitivas”, señalan los autores de la macro investigación.

La Academia Americana de Pediatría es una de muchas organizaciones que se opone al castigo corporal. Esta institución advierte de que pegarle a los niños perpetúa un ciclo de violencia y solo hace que los niños actúen violentamente por su cuenta con otros compañeros o hacia sí mismos.

“Un azote nunca es la manera de corregir a nadie, a un niño tampoco”, dice la pediatra española Lucía Galán. “ Después de pegar a nuestro hijo acabamos con cualquier otro recurso de educación, negociación y aprendizaje. ¿Qué hay después de eso? Nada. Y además, de nada sirve. Lo único que conseguiremos es que o bien genere miedo (nefasto para un niño) o que él, por imitación, nos pegue o abuse de la fuerza con otros niños y en otras circunstancias (Como mi mamá me pega, yo pego”, escribe la pediatra en su blog.

Alternativas a los azotes

La psicóloga y maestra Virginia González cree que el castigo físico ni es terapéutico para el que lo imparte, ni pedagógico para el que lo recibe. “Se trata de un descontrol emocional personal del adulto, un desahogo momentáneo que normalmente genera a continuación malestar y sentimiento de culpa. Nadie concibe que en su trabajo, aunque sea por su bien, reciba un tortazo de su jefe al cometer algún fallo”.

Además de humillar al niño y dañar su autoestima proporciona un modelo a imitar y del que aprender. No le enseña por qué suceden las cosas ni cómo hacerlas correctamente. El niño acaba obedeciendo por miedo al castigo, pero sin comprender el motivo de la sanción en la mayoría de los casos. Y por supuesto, termina por impedir la comunicación entre padres e hijos.

González propone alternativas como alejarse, una forma de serenar el ánimo y pensar en lo que debemos decir cuando estemos otra vez con el niño. Y, tras la tormenta, hacer las paces: los padres pueden volver a mostrarse cariñosos y hacer saber a sus hijos que su enfado, por muy fuerte que parezca, es pasajero.

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