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Muertes

En primera persona: Todos los hombres mueren

Todos los hombres mueren Por Lidia Hernández Media Cuba duerme cuando Fidel Castro acaba de morir, a la edad de 90 años. Su hermano Raúl dio la noticia en la televisión nacional con la voz más quebrada que le he escuchado en mi vida. Los líderes también lloran. Todos los hombres mueren. De tan anunciada que ha sido su muerte, me cuesta creerlo todavía tres horas después, como cuando un amigo me dio la primicia desde La Habana. Los cubanos nos acostumbramos a Fidel, como a la certeza de que al final de cualquier camino estaba el mar. De tanto que lo mataron en los noticieros de los últimos 60 años, esta parecía otra fábula. Hay gente en Cuba que siente su pérdida como la de un padre, o un abuelo. Hay también quien dijo ¡al fin, ya era hora! Y en Florida la gente empieza a celebrar en las calles, en una fiesta que imagino puede durar días. Desde más de dos mil kilómetros de distancia en New York, llamé a mi madre en Cuba. Sabía que contestaría el teléfono con voz de sueño. La desperté y le dije que Fidel había muerto. Me tembló la voz a mí también. Mis 25 años de vida se condensan en esa llamada. La educación que recibí en Cuba. El adoctrinamiento primero, aprender a pensar por mí misma después. También el hecho de que ya no tengo a quien más llamar en Cuba, porque mis amigos y buena parte de los conocidos han emigrado. La Revolución también es el éxodo. Es un país que se divide con cada cubano que no encuentra su lugar en su propio país. Y que se decidió en la frase con que Fidel definió los límites de la isla en 1961: “dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada”. Aunque Raúl fuera el presidente desde el 2006, la fuerza del hermano mayor ha sido, más que un título, un manifiesto. Se cierra la era de Fidel. Ojalá empiece entonces otro momento en que los jóvenes cubanos sintamos que nuestra voz tiene un impacto profundo en la toma de decisiones. Que disminuya la edad promedio de quienes gobiernan los niveles más altos. El padre de un amigo mío me dijo una vez que en su casa le decía de niño que Fidel era su segundo papá. Otro amigo me contó hace dos días cómo su familia dejó casa, tierras, sentido de pertenencia a un espacio geográfico, cuando Fidel entró a La Habana en 1959. No hay un solo Fidel. Está el que nos dio educación y salud. El que entregó tierras a los campesinos que la trabajaban, y se la quitó después, para que no se enriquecieran demasiado. El que fundó cada gran escuela, y convenció a millones de personas a resistir hambre y apagones antes que creerse vencidos. El que sacrificó libertad de expresión por la unidad de un partido político. El orador capaz de convencer multitudes de seguir la idea más descabellada. Paralizar un país por un año para producir una zafra de diez millones de toneladas de azúcar. Empezar a construir una central electronuclear de la que queda apenas un pueblo desencantado. Convertir una isla en laboratorio, y convencer a 11 millones de personas de entregarse al experimento. El cadáver de Fidel será cremado, como fue su voluntad, dijeron. Me pregunto qué ideas le habrán hecho rechazar ser embalsamado. ¿Resistirse a los extremos de un culto a la personalidad? ¿Temor a ver su cuerpo profanado? Como para no escapar a los simbolismos, Fidel murió exactamente el mismo día que hace 60 años zarpara desde México en el yate Granma hacia Cuba, para empezar la Revolución. No cerró los ojos cuando otros quisieron, pero tampoco llegó a los 120 años como él había planeado. Fidel muere a cuatro meses de que mi llegada a New York para estudiar una maestría en periodismo. Quisiera estar en Centro Habana en este momento, abrazar a mi hijo y tener mi cámara en la mano. Todos nos preguntamos qué sigue.
26 Nov 2016 – 4:57 AM EST

Media Cuba duerme cuando Fidel Castro acaba de morir, a la edad de 90 años. Su hermano Raúl dio la noticia en la televisión nacional con la voz más quebrada que le he escuchado en mi vida. Los líderes también lloran. Todos los hombres mueren.

De tan anunciada que ha sido su muerte, me cuesta creerlo todavía horas después, como cuando un amigo me dio la primicia desde La Habana. Los cubanos nos acostumbramos a Fidel, como a la certeza de que al final de cualquier camino estaba el mar. De tanto que lo mataron en los noticieros de los últimos 60 años, esta parecía otra fábula.

Hay gente en Cuba que siente su pérdida como la de un padre o un abuelo. Hay también quien dijo ¡al fin, ya era hora! Y en Florida la gente empieza a celebrar en las calles, en una fiesta que imagino puede durar días.

Desde más de dos mil kilómetros de distancia en New York, llamé a mi madre en Cuba. Sabía que contestaría el teléfono con voz de sueño. La desperté y le dije que Fidel había muerto. Me tembló la voz a mí también. Mis 25 años de vida se condensan en esa llamada. La educación que recibí en Cuba. El adoctrinamiento primero, aprender a pensar por mí misma después.

También el hecho de que ya no tengo a quien más llamar en Cuba, porque mis amigos y buena parte de los conocidos han emigrado.

La Revolución también es el éxodo. Es un país que se divide con cada cubano que no encuentra su lugar en su propio país. Y que se decidió en la frase con que Fidel definió los límites de la isla en 1961: “dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada”.

Aunque Raúl fuera el presidente desde el 2006, la fuerza del hermano mayor ha sido, más que un título, un manifiesto. Se cierra la era de Fidel. Ojalá empiece entonces otro momento en que los jóvenes cubanos sintamos que nuestra voz tiene un impacto profundo en la toma de decisiones. Que disminuya la edad promedio de quienes gobiernan los niveles más altos.

El padre de un amigo mío me dijo una vez que en su casa le decían de niño que Fidel era su segundo papá. Otro amigo me contó hace dos días cómo su familia dejó casa, tierras y todo el sentido de pertenencia a un espacio geográfico cuando Fidel entró a La Habana en 1959.

No hay un solo Fidel. Está el que nos dio educación y salud. El que entregó tierras a los campesinos que la trabajaban y el que se las quitó después, para que no se enriquecieran demasiado. Está el Fidel que fundó cada gran escuela y convenció a millones de personas a resistir hambre y apagones antes que creerse vencidos. El que sacrificó libertad de expresión por la unidad de un partido político.

Está el orador capaz de convencer multitudes de seguir la idea más descabellada. Paralizar un país por un año para producir una zafra de diez millones de toneladas de azúcar. Empezar a construir una central electronuclear de la que queda apenas un pueblo desencantado. Convertir una isla en laboratorio, y convencer a 11 millones de personas de entregarse al experimento.


El cadáver de Fidel será cremado, como fue su voluntad, dijeron. Me pregunto qué ideas le habrán hecho rechazar ser embalsamado. ¿Resistirse a los extremos de un culto a la personalidad? ¿Temor a ver su cuerpo profanado?

Como para no escapar a los simbolismos, Fidel murió exactamente el mismo día que hace 60 años zarpara desde México en el yate Granma hacia Cuba, para empezar la Revolución. No cerró los ojos cuando otros quisieron, pero tampoco llegó a los 120 años como él había planeado.

Fidel muere a cuatro meses de mi llegada a New York para estudiar una maestría en periodismo. Quisiera estar en Centro Habana en este momento, abrazar a mi hijo y tener mi cámara en la mano. Todos nos preguntamos qué sigue.

* Lidia Hernandez Tapia (Cuba, 1991) -Estudió Periodismo en la Universidad de La Habana (2013) y trabajó en varios medios de prensa en Cuba, como la revista OnCuba magazine. Actualmente cursa Maestría en Periodismo en CUNY Graduate School of Journalism, New York.

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