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Inmigración

El hombre que lleva meses protestando para que cierren los centros de detención de niños migrantes

Desde hace 5 meses, Joshua Rubin, un neoyorquino de 67 años, tiene un objetivo: decirles a los niños detenidos tras cruzar ilegalmente a EEUU que no están solos. Primero acampó frente al centro de detención de menores de Tornillo, en Texas, hasta que lo cerraron. Ahora busca que clausuren un albergue similar en Homestead, Florida, donde hay unos 1,600 migrantes de entre 13 y 17 años.
11 Mar 2019 – 03:15 PM EDT
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Rubin llega todos los días a las 8 de la mañana a Homestead y no se va hasta las 4 ó 6 de la tarde. Crédito: Lorena Arroyo

HOMESTEAD, Florida. - La frontera entre Estados Unidos y México queda a 2,000 millas de Brooklyn, el barrio de Nueva York donde Joshua Rubin vivía cómodamente con su esposa y su hijo. Pero cuando la primavera pasada este desarrollador de programas informáticos jubilado escuchó las noticias de que el gobierno de Donald Trump estaba separando a niños migrantes de sus padres por la política de 'tolerancia cero', no dudó en viajar a Texas para protestar contra la medida.

En McAllen fue arrestado por primera vez en su vida por tratar de bloquear la entrada a un centro de detención junto con otros activistas. También visitó Tornillo, el albergue temporal de carpas en medio del desierto donde llegaron a estar recluidos 2,500 niños y adolescentes migrantes. Y, aunque asegura que en aquel momento no fue capaz de entender bien lo que tenía delante de sus ojos, Rubin dice que no fue capaz de olvidarlo: "Una vez que lo ves es muy difícil separarse de ello porque se te queda en la mente. Con una vez que vayas se te queda", asegura.

Por eso, cuando poco después, en un evento sobre inmigración en El Paso, una mujer se levantó para quejarse de los activistas que llegaban a la frontera protestar un día y después se iban, él decidió que era el momento de ir a Nueva York y buscar su autocaravana para regresar a Tornillo, donde se quedaría hasta que algo cambiara: "Pensé: iré allí y me quedaré. Haré un cartel que diga: 'Libérenlos'", recuerda.

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Activistas proinmigrantes exigen el cierre de los centros de detención para menores no acompañados


Así fue como Joshua Rubin se convirtió en testigo de lo que considera una política con la que el gobierno de Trump castiga a quienes huyen de la violencia y la pobreza en Centroamérica. Cada día durante casi tres meses vio y contó a través de sus redes sociales cómo crecía ese centro de detención y después cómo se iba desmontando hasta que finalmente cerró a mediados de enero. Pero su lucha no ha acabado, sino que ahora se ha trasladado a Florida. Allí tiene un nuevo objetivo: que clausuren un albergue similar en Homestead, el mayor de Estados Unidos con capacidad para más de 2,300 menores y donde actualmente hay unos 1,600 niños y adolescentes de entre 13 y 17 años detenidos.

"Los castigamos. En lugar de abrir nuestros brazos, abrimos nuestras prisiones. La mayoría de estos niños tienen familia esperándolos fuera. Algunos vinieron con familiares pero no eran sus padres y los separaron. Vienen con tíos, abuelos, hermanos… y los ponen aquí y luego toma mucho tiempo para reunificarlos. Algunos de estos niños han estado más de 9 meses aquí", afirma Rubin en el centro de detención de Homestead, la que se ha convertido en su nueva base de operaciones.

Homestead, "un campo de concentración que crece"

Al contrario de lo que vio los últimos días en Tornillo, cuando desmontaron las tiendas de campaña, los baños y las oficinas, el neoyorquino asegura que en Homestead ve " un campo de concentración siendo montado". "Esas tiendas las montaron en las últimas semanas”, dice señalando hacia la parte del centro de detención situado en una base aérea de Homestead donde viven los niños de 13 a 16 años.

"Hoy he visto muchos baños portátiles entrando. Y están poniendo más vallas allí, donde viven los jóvenes de 17 años. Allí hay dos barreras de verjas", señala al explicar cómo el tiempo juega en contra de los detenidos de mayor edad. "Cuando alguien aquí cumple 18 años, viene ICE y los ponen grilletes y los llevan a un centro de detención de adultos. Así que si tienes 17 años y estás aquí pensando que quizás no alcanzas a que te reúnan con tu esponsor a tiempo, puedes mirar fuera y decir: 'Quizás lo intento, escalo la verja y huyo'. Por eso tienen dos verjas. Porque tienen mucho que perder al estar. Los chicos lo saben. Han visto como les pasaba a otros. Por eso los tienen separados".


Según le explicó en un email a Univision Noticias la Administración para Niños y Familias (ACF), que está a cargo de los menores migrantes, en el primer trimestre de este año, los niños (en su mayoría centroamericanos) han pasado una media de 59 días antes de ser liberados, principalmente a "patrocinadores que son familiares en EEUU", mientras esperan una respuesta a sus casos de migración.

La ACF asegura además que en el albergue los menores reciben comida, ropa, educación y servicios médicos y, aunque permiten a la prensa acceder al centro en tours guiados donde muestran las instalaciones, los reporteros no están autorizados a hablar con los niños y adolescentes. Y los abogados y congresistas que han podido conversar con ellos han denunciado las condiciones de hacinamiento en las que viven, las estrictas reglas a los que los someten y los largos tiempos de espera hasta que son reunificados con sus familias, que, según los psicólogos, pueden dejarles secuelas de por vida.

"Ellos (los administradores) dicen una historia y nosotros tenemos que decir la verdad", afirma Rubin. "Ellos dicen que es un campamento de verano. Pero es un campamento de verano de donde no puedes salir y donde tus amigos desaparecen y no puedes decirles adiós", asegura.

"No están solos"

Frente al secretismo con el que Rubin considera que funcionan centros como el de Homestead, él se ha propuesto ser un testigo de todo lo que pasa en el albergue o al menos lo que alcanza a ver desde fuera. Quiere averiguar lo que los niños y adolescentes no pueden contar con su propia voz. Por eso, cada día llega a las 8 de la mañana al albergue de Homestead y se queda allí observando todo lo que pasa hasta las 4 ó 6 de la tarde. A su atuendo, una camisa, unos pantalones cargo y un sombrero para aguantar las largas jornadas de sol en el sur de Florida, nunca le falta un complemento: prismáticos para mirar lo que pasa a lo lejos.

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Y aunque dice no hablar bien español, siempre que puede se acerca a la verja más cercana a los campos deportivos para tratar de intercambiar palabras o gestos con los niños y adolescentes que están en el patio. Quiere demostrarles que, como dice la pancarta con letras de tres colores que pintó su mujer: "No están solos".

"A veces ves a los niños comunicándose alegremente, pero a veces miro con los prismáticos y miras la cara de alguno y ves a un niño sentado en silencio que quizás no le apetece jugar fútbol y solo mira. Y pienso que puedes oír sus voces cuando gritan, pero no cuando están en silencio y tenemos que escucharlos a ellos también y pensar qué sienten en sus corazones y no es difícil imaginarlo cuando miras", asegura.

Cuando tiene la ocasión, Rubin también intenta hablar con los empleados y contratistas que trabajan en el centro para entender mejor cómo funciona y las condiciones en las que están los niños. Al llegar a la habitación de motel en la que se aloja mientras está en Homestead, Rubin aprovecha para actualizar sus redes sociales. En sus cuentas de Twitter y Facebook ' Witness: Tornillo. Target: Homestead' (Testigo: Tornillo. Objetivo: Homestead) relata lo que ve y lo que aprende cada día. Gracias a los posts, cientos de personas de todo el país saben lo que sucede en Homestead y algunos van a apoyarle en la protesta.

Yesterday was a long day. A lot happened, and there were exciting moments in the protest, as Annamaria and Alvaro from...

Posted by Joshua Rubin on Friday, March 8, 2019

Esta semana, Rubin ha contado con el apoyo de activistas de Florida, Texas y New Hampshire, como Melissa Hinebauch, que cuenta emocionada cómo el miércoles de esta semana pudo intercambiar gestos con los niños que jugaban en el patio. "Después de verlos, me senté a llorar", afirma la mujer que, al ver a los menores, no pudo evitar pensar en sus propios hijos de 11, 16 y 18 años.

A Hinebauch lo que más le molesta es pensar que la empresa a la que ha contratado ACF para gestionar el lugar, llamada Caliburn, "hace $1.2 millones al día por tener a estos niños. Están sacando beneficio económico de ellos", lamenta. Esa cifra es la cuenta a la que se llega teniendo en cuenta los datos ofrecidos por la secretaria de prensa del Departamento de Salud y Servicios Humanos, Evelyn Stauffer, quien cifró el costo de cuidar a un niño en este tipo de albergues en unos $775 diarios.

Pero para los activistas que se manifestan a las puertas de Homestead no hay ninguna necesidad de tener a los niños tantos días recluidos y, en consecuencia, de gastar ese dinero.

"En Tornillo, cuando lo cerraron, había 2,800 niños y pudieron reunificar a 2,500 en tres semanas. El resto los reunificaron en las siguientes semanas. No vinieron aquí. Si no tienes camas para estos niños, si cierras centros como estos, si dices que estos lugares son inmorales, ilegales y horribles y los mandas con sus familias, nos saltamos este sistema de castigo a la gente que huye por sus vidas y así pueden esperar en sus casas por un asilo", afirma Rubin.

El hombre sabe que el próximo mes probablemente deberá regresar a Nueva York para resolver algunas cuestiones prácticas, regresará para cumplir el objetivo por el que decidió venir a Florida: conseguir que, como Tornillo, las autoridades cierren este albergue de Homestead y envíen a los niños con sus familias o, en su defecto, a albergues más pequeños.

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