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En Primera Persona

Me volvería a ir corriendo si un huracán categoría 5 amenaza con pasar sobre Miami

Se acabó. Así como Irma se esfumó luego de degradarse a tormenta, terminó la odisea de días de angustia, toma de decisiones en poco tiempo y manejar día y noche para huir de lo que parecía un evento devastador.
15 Sep 2017 – 12:17 PM EDT

I.
Corrimos despavoridos. La adrenalina de saber que “ el huracán más poderoso en la historia del Atlántico” nos pisaba los talones, nos aterraba. Es lo único que explica que manejáramos casi 20 horas desde nuestra casa en Doral, Florida, hasta Fort Mill, en la frontera entre Carolina del Norte y Carolina del Sur.

¿Y si los vientos desprenden el techo? ¿Si no es suficiente la protección de las ventanas? ¿Qué pasa si se mete el lago de atrás e inunda la casa? ¿Hay salida por el techo? Los niños van a estar aterrados. Dicen que estas casas no aguantan vientos de más de 140 mph.

Cada frase era una ráfaga fría que entraba en nuestra tranquilidad y lo revolvía todo como un tornado emocional premonitorio. Ese jueves 7 de septiembre fue el día de mayor tensión. Con mi esposo reunimos a mi mamá y a los dos niños (7 y 15 años) en la mesa del comedor. Vías de escape, planes, mucha información. Pero algo nos preocupaba: en el patio hay un pequeño lago y justo da sobre la ventana que no tiene las láminas de protección especial.

“Salgan ahora que pueden”, repetía el gobernador de Florida, Rick Scott, cada vez que se acercaba a un micrófono. Las autoridades y meteorólogos explicaban con crudeza la magnitud del fenómeno que se avecinaba. Miramos mapas y simuladores de Weather Channel, veíamos fotos del paso de la poderosa Irma por las islas del Caribe y preguntábamos a los amigos y cercanos: “¿Tú te quedas o te vas?”.

Ambas decisiones traían su carga de ventajas y complicaciones. Pero había que actuar pronto. “Se desplaza a 185 mph, crece”. El tamaño de toda Florida parecía tragado por aquel gigante de colores que se aproximaba.

“Todos van a salir mañana viernes y nos agarrará el ciclón en la vía”, discutíamos en casa. Los pensamientos catastróficos iban en aumento mientras tratábamos de mantener la calma y tranquilizar a los niños.

Entre miércoles y jueves hicimos un rally para comprar las tablas que faltaban para asegurar la ventana más grande. Una visita al ‘Home Depot’ de Hialeah Gardens nos devolvió a los días de escasez y tumultos en supermercados de Caracas cuando llegan algunos productos básicos como el papel sanitario.

“Aquí esto ha sido una locura”, me comentó un vendedor cuando le pregunté si había linterna de pilas. Una breve conversación sobre desabastecimiento y nervios colectivos se llevó a cabo frente a anaqueles vacíos, empujones y familias que compartían las mismas preocupaciones. “Tampoco hay sacos de arena ya, para evitar que se meta el agua”, repetía una mujer con acento cubano por celular. Se agarraba la cabeza.

Algunas escenas retrataban el paroxismo: un hombre arrastraba con su padre una gran parrillera a gas. Una mujer llevaba baterías como para equipar los radios de todo un refugio y un muchacho, de unos 30 años, cargaba un paquete grande de botellitas de agua mineral y atrapaba las miradas recelosas de los que llegaron cuando ya no había.

Las imágenes más increíbles en Florida tras el paso del huracán Irma

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II.
Decidimos salir luego de la llamada de un amigo ingeniero, con 20 años construyendo en Miami. "Ninguna casa aguanta un huracán de categoría 5. Nosotros nos vamos a casa de mis suegros cerca de Charlotte, en Caroilina del Norte, hay espacio para ustedes".

Dejamos Doral a la una de la mañana en una muy quieta madrugada de viernes 8 de septiembre. Irma estaba a menos de 48 horas de Miami. Cerramos puertas y ventanas, subimos muebles y el TV grande lo resguardamos en el clóset de arriba. Miramos de reojo libros y algunos pocos objetos que trajimos de Venezuela, hace casi dos años. Nos preparamos para no encontrar nada, o escombros. Cargamos con lo puesto, algunos enlatados, una Nutella gigante, computadoras, teléfonos, baterías extras y documentos.

De ida acertamos: logramos evadir el tráfico pesado por la vía 27 hacia Orlando y poner gasolina tres veces antes de llegar. De regreso pagaríamos penitencia con un tráfico infernal.

La noche de ese viernes, a las 8 de la noche, estábamos a buen resguardo y los mapas y predicciones advertían que Irma se había desviado hacia los destinos que evaluamos en un principio: Jacksonville, en el norte de Florida, y Atlanta, en Georgia. El fenómeno gigante dejaba de estar en nuestras espaldas. Por un lado sentimos alivio y, por otro nos comunicábamos con muchos amigos en Miami, y otros que emprendieron viajes más arriesgados.

“Mi hotel no tiene ventanas antihuracán”, me escribía una amiga. “Llevamos 15 horas y nos faltan muchas más para llegar a Chicago”, me escribía otra. “Espero que la casa resista”, fue uno de los que más me dolió y perturbó.


III.
El sábado 9 de septiembre, en el “refugio” vivíamos tres familias, dos perros pequeños, tres niños, tres adolescentes y una abuela. No teníamos comodidades ni wifi y nos “comimos” los datos de las telefónicas en horas. El susto seguía ahí.

Ese día me dediqué a apoyar la idea de Nathalie Alvaray quien, trabajando para Univisión desde un hotel en Miami, decidió abrir un chat de Whatsapp para ofrecer información actualizada sobre el paso de Irma. En pocos minutos aquello se nos fue de las manos y los 256 usuarios de chat en esa red se hicieron insuficientes. Se abrió otro grupo con más de 70 usuarios y la gente empezaba a preguntar “¿saben cómo está mi casa en Kendall?” “¿Se abrió el paso en tal lugar?”.

Esa noche el grupo ya era una cadena de ayuda mutua que se negaba a morir y que aún se mantiene abierto para apoyar con el regreso, rutas, gasolina.

El domingo seguimos de cerca el paso destructivo de los vientos por los Cayos de Florida, los ríos que se desbordaron en el distrito financiero de Miami y las calles llenas de árboles muertos y enredados en cables de electricidad.

Hay que decirlo: esperábamos algo peor y no llegó. Eso fue un gran alivio. Pero, sin duda, lo que venía era tan apocalíptico como lo pintaban, solo que un soplido 50 millas al oeste nos salvó. A nuestros amigos, a nuestras cosas y a la tranquilidad que nos ha dado esta ciudad que nos acogió hace casi dos años y que sí, ya queremos mucho.

IV.
Dejamos la casa deshabitada que nos sirvió de refugio en Fort Mill a las 6 pm del lunes 11 de septiembre y enseguida nos topamos con “Irma”, esta vez convertida en tormenta. Los vientos amenazaban con levantar la camioneta y la lluvia se volvía incesante a ratos, en medio de una noche sin luna y con árboles que se remecían.


Decididos a no conducir corrido hasta Miami, buscamos angustiosamente una reservación de hotel en Augusta o en algún lugar de Georgia, pero todo estaba copado y en estado de emergencia. Conseguimos un hotel de mediano costo –y mal olor- en Aiken, South Carolina, a tres horas del inicio del viaje.

Lo más duro del trayecto a casa estaba por venir el martes 12. El GPS actualizaba frecuentemente y cuando creíamos que faltaban tres horas para llegar a Orlando, corregía por colas, choques o volumen, y sumaba dos horas más. Un tramo en la I 75 de seis horas, lo hicimos en el doble.

En total transcurrieron 15 horas desde las 10 de la mañana, hora en que salimos de Aiken, hasta la ansiada una de la madrugada cuando abrimos la puerta de la habitación en la ciudad más turística de Florida. Había promesas de experiencias increíbles en montañas rusas y el país de Mickey. Nosotros caímos exhaustos, durante largas horas.


V.
La monotonía del camino se rompió por instantes. La estampa duró apenas segundos. En el recodo derecho de la vía I 75 que bajaba de Georgia a Florida aparecieron de pronto un niño de unos 13 años y un adulto que levantaban pancartas escritas a mano: “Comida gratis”, se leía en inglés.

En el descanso de la autopista, a sus espaldas, estaban estacionados varios carros, mientras ellos se mantenían en un lado del pavimento invitando a descansar y a comer algo. Para muchos, el tema de viajar o quedarse en casa era cuestión de economía familiar. Por lo tanto, las invitaciones a “Free food”, la liberación del pago de peajes (Toll) por orden del gobernador de Florida, y las ofertas de alojamiento en casa de amigos aliviaban el inesperado gasto de hoteles y comidas por varios días.

En este regreso, el martes 12 de septiembre, algunos tomaron previsiones inusuales en el panorama estadounidense, pero habituales al menos en mi país, Venezuela. Gasolineras con filas abundantes de carros, automóviles con cargas improvisadas de combustible en potes de colores, caras de angustia y hasta conatos de peleas en medio de la tensión.

En una estación de gasolina cerca de Orlando, una mujer delgada con franela a rayas abandonó el volante de su camioneta sin pisar bien el freno y airadamente le puso la mano cerca del vidrio al conductor de atrás, que la apresuraba en su turno para poner gasolina. “¡Stop!”, le dijo antes de volver rápidamente al asiento. Torpemente aceleró, volteó y acomodó el tanque de su camioneta al único dispensador que no tenía encima la antipática bolsa plástica que significa “no hay”. No fue el único conato de pleito que presenciamos.

La primera estación de servicio en el inicio de la autopista Turnpike era un hervidero de carros y camiones de servicio, con enormes colas.

La vía era un desfile de vehículos inmensos de restauración de alumbrado eléctrico rumbo al sur de Florida, que inexplicablemente viajaban al mismo ritmo del resto de los carros, sin que nadie pudiera decretar allí su emergencia. La vía era un amasijo de carros y luces que se movían a paso de ganado volviendo a sus potreros.

El miércoles 14 terminó nuestra travesía. Dejamos Orlando sobre las 7 de la mañana y apuramos por la Turnpike libre esta vez. Solo una estación de servicio estaba llena de filas, los camiones de ayuda necesitaban reponer gasolina. Nos recibieron árboles derribados a cada lado de la vía, raíces desnudas, postes de luz, bardas y señalizaciones que perdieron la lucha contra el viento.

No pasó nada, no pasó nada, dijimos por días. Y solo entonces vimos que sí pasó: una especie de advertencia de la naturaleza y una práctica en vivo de cómo tomar decisiones trascendentales en tiempo récord. ¿Que si me vuelvo a ir si sé que viene un huracán de categoría 5 sobre Miami? Sí. Solo espero aprender a ganarle la partida al tráfico.

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