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Crisis en Venezuela

No gastar en el bus y comer solo lo que se puede pagar: así sortean los venezolanos la hiperinflación

Venezuela sufre la peor hiperinflación en la historia contemporánea de América Latina. En diez semanas, el salario mínimo que el gobierno aumentó 3,500% en septiembre perdió 85% de su capacidad de compra. Las historias cotidianas de los venezolanos muestran lo que es sufrir el desplome del precio de su moneda en el día a día.
17 Nov 2018 – 4:34 PM EST

CARACAS, Venezuela. - Continuamente la moneda venezolana se evapora y desintegra. Cada día el bolívar amanece más pequeño, compra menos por el incesante incremento de los precios que han hundido al país en el peor episodio de hiperinflación en la historia contemporánea de América Latina y que, lejos de apaciguarse, amenaza con mayor furia para el próximo año.

La definición más empleada por los economistas considera que un país sufre hiperinflación cuando la inflación registra un salto de al menos 50% en un mes, nivel que Venezuela experimentó por primera vez en noviembre de 2017. Desde entonces, la enfermedad no ha dejado de agravarse hasta alcanzar 148% en octubre de este año, según la medición que realiza la Asamblea Nacional (AN) —de mayoría opositora— en vistas de que el Banco Central oculta sus cifras.

El parte de guerra de la AN indica que, en los últimos doce meses, los precios acumulan un incremento de 833,997%, una magnitud que, de acuerdo con un estudio de la consultora Ecoanalítica, ya superó en intensidad a los brotes de hiperinflación padecidos por Argentina, Bolivia, Brasil, Nicaragua y Perú durante el periodo 1986-1990. Hasta ahora, el récord pertenecía a Bolivia con una inflación acumulada de 23,454% entre abril de 1984 y septiembre de 1985.

En un intento por detener el deterioro en la calidad de vida el pasado 17 de agosto, el presidente de la República, Nicolás Maduro, puso en marcha el Programa de Crecimiento y Prosperidad Económica que asumió como prioridad rescatar el sueldo mínimo, que ya no alcanzaba ni para pagar un kilo de queso.

“Recuperar el salario y la capacidad de compra del pueblo de Venezuela es el eje central de todo el programa de recuperación económica”, dijo Maduro y decretó un aumento de 3,500% en el salario mínimo que los trabajadores comenzaron a cobrar en septiembre, pero que la hiperinflación está pulverizando a una velocidad relampagueante.

Vivir con poco

“Prácticamente estamos en lo mismo, el sueldo alcanzó un poquito más por unos días, pero ya no sirve. Cobro 900 bolívares quincenales y un cartón de huevos cuesta 800 y el kilo de queso 700. Ni siquiera me puedo tomar una cerveza”, dice Jonathan Martínez, quien trabaja en una estación de gasolina. Con una barba de varios días y ropa arrugada, el hombre cuenta que incrementa el dinero para comprar alimentos “durmiendo varios días de la semana en el cuartico" de la estación para gastar menos en transporte.


Al igual que el resto de los trabajadores que se ubican en la base de la pirámide salarial, Jonathan Martínez, quien vive con su madre y tiene tres hijos, dispone de más alimentos de los que puede comprar en los supermercados gracias a las cajas de comida que el gobierno vende todos los meses a precios subsidiados. La última caja trajo tres kilos de arroz, dos kilos de harina de maíz, un kilo de harina de trigo, un litro de aceite, medio kilo de espaguetis, mayonesa, salsa de tomate y dos kilos de lentejas.

“Carne, pollo, pescado, jamón... Esas son cosas que no como, no las puedo comprar y tampoco vienen en la caja. Lo que compro es sardinas de vez en cuando porque son más baratas. Ni hablar de ropa o zapatos. Ahora hay que esperar a ver si vuelven a aumentar el sueldo, pero si lo hacen seguro suben los precios otra vez”, dice Jonathan Martínez.

Las mediciones de Ecoanalítica precisan que, en las diez semanas transcurridas desde el último aumento, el salario mínimo perdió 85% de su capacidad de compra.

La tempestad

La ola inflacionaria nace en las desequilibradas finanzas del gobierno. El petróleo provee 96 de cada cien dólares que ingresan al país y entre 2004 y 2015, en los años en que el oro negro se cotizó a niveles récord, Venezuela no ahorró ni invirtió para evitar que disminuyera la cantidad de barriles que coloca a diario en el mercado, se endeudó a un ritmo vertiginoso y gastó buena parte de los recursos en proyectos industriales que producen muy poco y no generan divisas.


El declive de los precios del petróleo se combinó con la drástica reducción en la cantidad de barriles que Pdvsa, la compañía petrolera del Estado, extrae diariamente de las voluminosas reservas de crudo que posee Venezuela. Así, surgió un abultado déficit de dólares que la administración de Nicolás Maduro resolvió recortando drásticamente las importaciones, dejando a las empresas con pocos insumos y materia prima para producir.

La caída de la producción hundió la recaudación de impuestos y originó un enorme agujero en las cuentas públicas que firmas como Ecoanalítica calculan en la astronómica cifra de 19% del PIB. Entonces, el gobierno optó por pedirle al Banco Central que cree dinero a un ritmo frenético, bolívares que ingresan a las cuentas públicas como billetes de monopolio y causan un desbalance entre la oferta y la demanda: más dinero detrás de pocos productos, una combinación que catapulta los precios.

“Nosotros tuvimos que ir a la emisión de dinero para poder respaldar las misiones socialistas, la construcción de viviendas, para poder respaldar el sistema de bonos, para respaldar los aumentos bimensuales de salarios”, admitió Maduro el pasado 17 de agosto. Acto seguido anunció que el Programa de Recuperación aplicaría una “disciplina fiscal prusiana” a fin de “eliminar definitivamente la emisión de dinero no orgánico”. Pero las cuentas no cuadran. Para aumentar los ingresos, el gobierno elevó los impuestos a las empresas y el comercio, pero también incrementó sus gastos con el alza del salario, las pensiones y los bonos que reparte a la población más pobre.

El resultado es que el Banco Central no detuvo la creación de dinero. Las estadísticas oficiales registran que desde el momento del anuncio del Programa de Recuperación y el 2 de noviembre de 2018, la cantidad de bolívares en la economía experimentó un salto de 451%, manteniendo el ritmo de expansión de los últimos doce meses.

Pedro Palma, expresidente de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, explica que “lo que causa la inflación sigue presente: un sector público que gasta mucho más de lo que le ingresa gracias a dinero creado por el Banco Central. Cuando la población intenta utilizar ese dinero para comprar encuentra una oferta muy débil porque las empresas que aún están en pie no producen a plenitud y no hay dólares para importar tras el descalabro de la producción petrolera”.

El dólar también refleja el desmoronamiento de la moneda venezolana. Como el Banco Central fija un tipo de cambio artificialmente bajo y no tiene suficientes divisas para satisfacer la demanda, se ha originado un mercado paralelo donde el billete verdinegro se cotiza a una tasa que aumenta continuamente e influye en los precios de una larga lista de productos y servicios como ropa, calzado, medicinas, electrodomésticos, repuestos de automóviles y consultas médicas.

Al mismo tiempo, el dólar comienza a emplearse con mayor frecuencia en las transacciones más comunes. Talleres mecánicos, empresas que reparan ascensores, tiendas de licores y clínicas privadas entregan presupuestos en dólares a la clientela. Asdrúbal Oliveros, director de Ecoanalítica, explica que “la hiperinflación es un proceso agresivo de destrucción de la moneda de un país, entonces la respuesta natural es utilizar otra que conserve su valor. Esa tendencia a la dolarización informal se va a profundizar”.

Familia rota

Ernesto González, muy delgado, canoso, viste unos pantalones que le regalaron y le quedan grandes. Dice que su esposa “se fue hace tres meses para Colombia. Está en Cali y mi hija de 18 años se fue hace quince días. Las dos viven en una casa que alquilaron con otras tres venezolanas. Mi esposa acaba de conseguir trabajo limpiando apartamentos”.


Estoy solo con mi hijo varón de 15 años. Quiero que se vaya, aquí no hay vida. No sé si llegada la hora me iré, tengo 54 años. ¿Qué haría allá? Puede que me quede solo, pero más tranquilo. He perdido como 15 kilos, no duermo, no me acuesto con la mente en blanco. Estoy hablando con una persona y estoy pensando en conseguir comida”, agrega Ernesto González para quien la economía tiene forma de arenas movedizas.

“Trabajaba de mensajero, pero mi moto se dañó y los repuestos son muy caros, cada semana aumenta el precio y me ha sido imposible comprarlos. Si por un milagro llegara a reparar la moto, el sueldo es de 1,800 bolívares y el aceite del motor, que hay que cambiarlo cada quince días, cuesta mil bolívares”, explica Ernesto, quien vive en un barrio de familias de pocos recursos en Charallave, una ciudad de clase media a 56 kilómetros de Caracas.

Un ferrocarril conecta a Charallave con Caracas, pero la caída de las importaciones ha dejado sin cauchos y baterías a buena parte de las busetas que prestan el servicio de transporte desde la estación del ferrocarril hasta los barrios.

“Me salió un trabajo en un supermercado en Caracas pero tuve que dejarlo. Hay muy pocas busetas. Estaba a las cinco de la mañana en la parada y muchas veces no lograba montarme en alguna hasta las ocho. Llegaba a Caracas. Tomaba el Metro, caminaba media hora hasta el supermercado y llegaba como a las diez de la mañana, siempre tarde. Al regresar a mi casa, a las nueve de la noche, los choferes de las busetas cobraban carísimo y si no podía pagar tenía que dormir en la estación o caminar tres horas hasta mi casa”, relata Ernesto.

El hombre sobrevive ahora gracias al bono de ayuda que todavía el gobierno deposita en la cuenta de su esposa. “Con eso pago la caja de comida y me queda para transporte, el mío y el de mi hijo, que todavía estudia, pero ojalá se vaya en enero para Colombia. La caja nos dura tres semanas estirando el arroz, comiendo algo y quedando con hambre. Cuando no mandaba Nicolás Maduro, con mi sueldo de mensajero y el de mi esposa iba los domingos al supermercado y hasta podía comprar un arroz chino o una pizza”, dice con nostalgia.


Ventas en picada



En medio de la hiperinflación, la mayoría de las familias destinan el ingreso a la compra de alimentos básicos y medicinas, generando una profunda contracción en las ventas que golpea con fuerza a pequeños y medianos comerciantes.

Elsa Barreto tiene una tienda de telas que atiende junto a su madre. Colocó una cortina a mitad del negocio para achicarlo porque las ventas han caído vertiginosamente. Todavía ofrece cinco modelos de telas. “Me he visto en la obligación de reducir el tamaño de la tienda para no dar esa impresión tan fuerte de escasez, pero se nota. Antes, el negocio tenía más mercancía y se requerían más metros. La hiperinflación es como un monstruo enorme que te va tragando”, dice.


“Ya es muy difícil hacer números, pero todavía me alcanza para cubrir los gastos del negocio, los de mis padres y los míos, a veces arañando. Si seguimos aquí es porque algo se vende, vamos a ver hasta cuándo podemos seguir en esta lucha diaria”.

Las nuevas reglas en materia de impuestos obligan a pagar los tributos al cierre de cada semana, mientras que la hiperinflación catapulta el costo de reponer la mercancía al final de mes, algo que ha comenzado a erosionar rápidamente el capital de trabajo de los comerciantes.

“Me siento como un salmón, luchando contra la corriente. Los proveedores me aumentan el costo de la mercancía, muchas veces a fin de mes no tengo cómo comprarla”, explica Elsa Barreto.

Cifras de miedo



La Academia Nacional de Ciencias Económicas emitió un comunicado el 26 de octubre de 2018 advirtiendo que, para acabar con la hiperinflación, es necesario que Venezuela obtenga financiamiento de organismos multilaterales para cubrir el déficit en las cuentas públicas sin creación de dinero, que unifique el tipo de cambio y elimine los controles que limitan la producción.

“Es menester sustituir cuanto antes el financiamiento monetario del gasto público por financiamiento contratado con los organismos multilaterales, sujeto a un proceso de saneamiento de las cuentas del Estado, la unificación, estabilización y liberación efectiva del tipo de cambio y el levantamiento de los controles y leyes punitivas que asfixian la economía nacional”, dijo la Academia.

Hasta ahora, Nicolás Maduro no se ha mostrado dispuesto a asumir un ajuste de estas características, por lo tanto, el escenario a corto y mediano plazo del Fondo Monetario Internacional (FMI) y firmas como Síntesis Financiera y Ecoanalítica es el agravamiento de la hiperinflación.

El FMI proyecta un cierre para este año de 1,370,000% mientras que Ecoanalítica contempla 4,126,000%. Síntesis Financiera estima que la inflación se acelerará notoriamente en noviembre y diciembre hasta alcanzar una tasa mensual de 320%, que disparará el total de 2018 hasta 5,700,000%.

Asdrúbal Oliveros, director de Ecoanalítica, afirma que “no estamos en el fin del ciclo hiperinflacionario, estamos en un nivel intermedio. En este momento la inflación diaria es de 5% y en Hungría alcanzó 207%. Esto nos habla de la brecha que existe entre la peor hiperinflación de la historia y lo que está sucediendo en Venezuela”.

El escenario base que contempla Ecoanalítica es que Nicolás Maduro se mantenga en el poder en 2019 y continúe una política de “ensayo y error” que no detendrá el deterioro. Las estimaciones de la firma indican que el próximo año la inflación en Venezuela alcanzará los diez dígitos y será de 1,129,783,643%.

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