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La realidad de las casas rodantes y el esquivo sueño americano

De acuerdo a una nueva investigación, quienes viven en parques de caravanas ven este tipo de vivienda como un paso a tener una casa. Sin embargo, esta transición es extremadamente difícil.
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27 Oct 2017 – 1:27 PM EDT

Cuando la administración Reagan drásticamente redujo los fondos federales para la vivienda asequible en los años 80, tomó vuelo la privatización de la vivienda para personas de bajos ingresos. Un resultado de esto fue un aumento significativo en la cantidad de parques de caravanas o trailer parks en el país. Hoy día las casas rodantes siguen siendo el segmento más grande de vivienda asequible no subvencionada en EEUU, con unas 8.5 millones de unidades que constituyen un 6% de la vivienda en general. El costo promedio de un modelo nuevo de dos dormitorios es 37,100 dólares.

Estas casas —ya sean de una unidad o de dos— proveen vivienda de bajo costo para 20 millones de estadounidenses, brindando albergue y estabilidad a los que en caso contrario tal vez estarían en la calle o mudándose de un lugar a otro. “Este es el aspecto positivo en cuanto al papel que pueden representar las casas rodantes”, dice Katherine MacTavish, profesora en la Universidad Estatal de Oregon y coautora del reciente libro Singlewide: Chasing the American Dream in a Rural Trailer Park (Casa rodante de una unidad: persiguiendo el sueño americano en un parque rural de caravanas). Dicha estabilidad hasta puede ayudar a los niños que crecen en estos parques a tener éxito en la escuela y ascender la escalera social y económica.

Sin embargo, al entrevistar residentes de 240 parques de caravanas a lo largo del país, MacTavish y su coautora —Sonya Salamon, de la Universidad de Illinois— encontraron que tales historias de éxito son poco comunes. Además, sus investigaciones revelaron que los residentes de los parques de caravanas mayormente no pueden aprovechar sus casas rodantes para cumplir el sueño americano de ser dueño de una casa convencional, aunque muchos de ellos ven la compra de una casa rodante como un camino para lograr justo eso.

Las autoras monitorearon cercanamente a 39 familias que eran dueñas de sus casas rodantes pero que arrendaban la tierra en donde estaban sus casas, lo cual es una práctica común. Estas familias vivían en tres parques: un parque predominantemente de blancos en Illinois, un parque predominantemente de afroestadounidenses en Carolina del Norte y un parque predominantemente de hispanos en Nuevo México.


Ser propietario de un parque de caravanas puede significar un modelo familiar en que el mismo dueño puede vivir en el parque y sentir una conexión personal con la tierra y sus residentes. Las autoras sugieren que esto hace que sea más probable que los dueños sean guardianes activos y justos. Pero durante los años 90, los inversionistas empezaron a comparar más parques. “La propiedad no local de parques facilitó las oportunidades para la explotación”, dice MacTavish.


Por ejemplo , los dueños corporativos tienden a subir los alquileres. El promedio mensual nacional para alquilar un espacio en un parque de caravanas es aproximadamente 250 dólares, por lo que un aumento del 10% significa unos $25 adicionales cada 30 días. “Esto quizás parezca un asunto menor para alguien de la clase media o alta, pero realmente es un asunto importante para las familias de bajos ingresos”, dice MacTavish.

Cuando tales aumentos hacen que quedarse en un parque sea insostenible, entonces resulta difícil para los residentes transportar sus casas a otro parque. A pesar de su nombre, las casas rodantes son bastante estacionarias y son difíciles de transportar. MacTavish observa que muchos estados prohíben el transporte de casas rodantes más viejas en las carreteras. “Con frecuencia nos enteramos de personas que dejaron a sus casas rodantes atrás y las perdieron por esta razón”, dice. E incluso cuando un residente sí puede transportar su casa, quizás no encuentre un espacio en otro parque, ya que la cantidad general de estos parques ha bajado.

A medida que han subido los precios de bienes raíces, los dueños de parques ubicados cerca de ciudades pequeñas o grandes con frecuencia sienten la tentación de vender la tierra a los promotores inmobiliarios. Estos pueden pagar buenas sumas por la tierra, para entonces construir condominios, edificios de oficinas y otra infraestructura, lo cual desplaza a los residentes. Esto era algo común antes de la recesión de 2008 y ahora de nuevo es una tendencia creciente.

Pero la explotación de los dueños de casas rodantes es aún más profunda. Con frecuencia comprar este tipo de casa significa sacar un préstamo que es parecido a uno que se sacaría para comprar un auto, ya que las casas rodantes generalmente se clasifican como ‘ chattel’ o bienes muebles; es decir, como propiedad personal en lugar de ser considerados como bienes raíces. MacTavish y Salamon encontraron que las personas estaban pagando exorbitantes tasas de interés —por lo menos de un 13.5%— por una propiedad que, tal como un vehículo, pierde hasta la mitad de su valor en tres años. Tal arreglo forma parte de lo que las autoras llaman “el complejo industrial de las casas rodantes” y es esto lo que previenen a los dueños de casas rodantes de utilizar su participación en la propiedad para adquirir una casa convencional.

Aunque MacTavish y Salamon encontraron que estos asuntos eran comunes en todas las tres comunidades que estudiaron, cada comunidad varió en cuanto a su versión del sueño americano. Lo que más preocupaba a las familias blancas en Illinois era mudarse del parque a una zona cercana más pudiente. También estaban más preocupados por el estigma relacionado con los parques de caravana, específicamente por el apelativo peyorativo ‘ trailer trash’ o ‘canalla de casas rodantes’. “Llegamos a la conclusión de que ‘ trailer trash’ es una variante de ‘ white trash’”, dice MacTavish (‘ White trash’ es un término peyorativo para referirse a gente blanca de clase trabajadora).


En Carolina del Norte, el sueño de la comunidad afroestadounidense que estudiaron las académicas más bien se trataba de vivir lo más cerca posible de sus familias e iglesias, y el parque de caravanas los permitía hacer esto. Los residentes hispanos en Nuevo México tenían raíces profundas en la comunidad: muchas de esas familias habían estado viviendo allá durante generaciones. “Un residente hasta dijo que si se ganaría la lotería, seguiría viviendo en su ciudad natal, aunque dijo que también se compraría una casa vacacional en Hawái”, dice MacTavish.


Por lo tanto, mudarse del parque —un sueño compartido por todas las familias— no necesariamente significa ascender la escalera socioeconómica y abandonar a la comunidad. Para las familias negras e hispanas, quedarse en su casa rodante “podría ser aceptable” —dice MacTavish— “con tal que puedan transportar a esa casa rodante a tierra de la que sean dueños”. MacTavish y Salamon argumentan que todos los residentes deben tener la oportunidad de tomar ese próximo paso con la vivienda y proponen que deban existir prácticas para mejorar esas probabilidades. Según asevera MacTavish, en lo más mínimo las políticas deben ayudar a asegurar que los dueños de casas rodantes no pierdan terreno económico debido a su compra.

Por ejemplo, las comunidades pueden rezonificar los parques de caravanas y así prevenir a los dueños de venderlos a los promotores inmobiliarios. Y las leyes estatales pueden garantizar que cuando los dueños sí vendan el parque, que tengan que avisar a los residentes con 12 meses de antelación y darles el derecho de retracto para comprar el parque. Los residentes que puedan unir sus recursos y comprar el parque en conjunto entonces lo podrían administrar como una cooperativa. Si los residentes se tienen que ir, los estados podrían requerir que los dueños tengan que proveer una indemnización por los gastos de la mudanza. Y los estados también podrían reclasificar a las casas rodantes en los parques que tengan cimientos como bienes raíces en lugar de clasificarlos como bienes muebles, lo cual les garantizarían a sus dueños las mismas opciones de préstamos como cualquier otro dueño de casa.

MacTavish dice que New Hampshire y Vermont han sido líderes en los esfuerzos de reformar el complejo industrial de las casas rodantes. Estos dos estados —junto con unos cuantos más— requieren que los dueños de parques les den a los residentes la primera opción de comprar el terreno. Las organizaciones sin fines de lucro también pueden ayudar. En Oregón la organización de caridad St. Vincent de Paul ha comprado varios parques de caravanas rurales con financiación estatal. La institución los remodeló y los administra no como vehículos para la ganancia sino como viviendas asequibles de largo plazo.

“Si no existe la voluntad política de realizar más de estos tipos de cambios, seguiremos viendo tácticas explotadoras privadas operando en lugar de lo que debería ser un esfuerzo público por asegurar las oportunidades equitativas de vivienda”, dice MacTavish.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com.

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