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A dos años del desalojo de la ocupación más alta del mundo, sus exresidentes extrañan vivir en la Torre de David

El icónico edificio venezolano permanece vacío. Sus pobladores tienen viviendas propias, pero echan de menos la comunidad que se generó en el rascacielos.
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8 Sep 2016 – 12:36 PM EDT

Su día a día transcurría en una habitación de cuatro metros por cuatro metros, a diez pisos de altura. No contaba con electricidad. El agua llegaba esporádicamente. Y cada vez que debía bajar y subir, lo tenía que hacer por las escaleras. Porque los ascensores jamás fueron instalados y el edificio nunca se terminó. Aún así, Faride Castro vivió en aquella estructura por más de seis años. Ella, junto a otras 1,200 familias, fueron los habitantes ilegales del rascacielos que alguna vez prometió ser el centro financiero más importante de Caracas.

La construcción de la famosa Torre de David, nombre que adoptó en honor a su constructor David Brillembourg, quedó paralizada en 1993, tras la muerte del arquitecto. Al año siguiente, el grupo financiero que respaldaba el Wall Street caraqueño (cuyo nombre verdadero era Centro Financiero Confinanzas) se fue a la quiebra y la edificación de 190 metros de altura quedó en completo abandono. Pero en octubre de 2007 fue invadida por un grupo de personas que carecía de vivienda. El expresidente Hugo Chávez solía alentar las invasiones con frases como “vamos a tomar los edificios de los ricos, los vamos a tomar”.

Faride Castro llegó a la Torre de David por recomendación de su hija, quien le animó a que saliera de Petare –una de las barriadas más grandes de Latinoamérica– y fuera a vivir con ella a la edificación recién invadida. Lo mismo le ocurrió a Thais Ruiz, su vecina del piso 27. Ella también vivía en Petare y llegó por medio de un cuñado que la instó a abandonar ese sector.

“Yo deseaba salir de Petare por la delincuencia. No quería que mis hijos estuvieran en riesgo”, afirma Ruiz. “Cuando llegué me dijeron que debía cumplir ciertas normas, pagar una colaboración y ayudar con la limpieza. A cambio, me dieron un espacio abierto que mi esposo y yo convertimos en cuatro cuartos, cocina, baño y sala-comedor”.

La precariedad, sin embargo, también habitaba en la Torre de David. Los primeros en ocupar la edificación tuvieron que vivir un tiempo en carpas, desocupar la estructura de todos los escombros para hacerla más o menos habitable, resolver la carencia de los servicios básicos y enfrentar a algunos inquilinos que querían hacer del conjunto su guarida.

“Al comienzo lo más difícil fue organizarnos”, recuerda Elvis Marchán, uno de los líderes de la Torre de David. “Pero al año de instalarnos, formamos una cooperativa para poner orden. Creamos la figura de delegado y coordinador por piso, que hacían cumplir las normas de convivencia. Poco a poco, depuramos el edificio de muchos de mala conducta. También, promovimos entre los vecinos jornadas de limpieza, así como actos deportivos y culturales”.

Pero, a pesar de su organización, los habitantes de la Torre de David nunca fueron bien vistos. Desde su llegada en 2007, los vecinos de La Candelaria –sector contiguo a la torre, de clase media baja– los acusaron de ser los causantes del aumento de los robos en la zona, de propiciar tiroteos e, incluso, se llegó a sospechar que allí estuvo secuestrado el embajador de Costa Rica, algo que nunca se confirmó, a pesar de que se allanó el edificio.

El proyecto del rascacielos soñado por Brillembourg pasó así a convertirse en la barriada vertical más grande de América Latina, la cual –para sorpresa de muchos– fue galardonada en 2002 con el premio León de Oro en la Bienal de Arquitectura de Venecia, por la capacidad de adaptación de sus pobladores. Su fama fue tal, que incluso la serie “Homeland” del canal Fox ambientó varios capítulos en la Torre de David. Pero su historia terminó finalmente en julio de 2014, cuando el gobierno ordenó el desalojo de las 1,200 familias (por razones humanitarias, según explicaron las autoridades) y su reubicación a los edificios de la Misión Vivienda, el plan de creación de vivienda para personas de escasos recursos del gobierno.

A un grupo lo trasladaron a Ciudad Tiuna (Caracas), ubicada dentro de la zona militar conocida como Fuerte Tiuna. Otros quedaron en Ciudad Zamora (Valles del Tuy), a unos 70 kilómetros de la capital. El resto se repartió entre el estado Vargas, Caucagua y Lomas de Guadalupe (Ocumare del Tuy), a más de una hora y media de distancia de la ciudad.

“Ya nos venían anunciado que teníamos que desalojar”, recuerda Thais. “Y aunque no estuviéramos de acuerdo con la reubicación, la tuvimos que aceptar porque sino nos quedaríamos en la calle… Ese día, sentimos mucha tristeza por dejar nuestro hogar y por separarnos de nuestros vecinos. Pero sabíamos que íbamos a algo mejor y que sería nuestro”.

Las condiciones de vivienda mejoraron sustancialmente. Nadie lo niega. De vivir en una estructura improvisada, pasaron a habitar apartamentos nuevos con cocina, sala-comedor, 1 ó 2 baños, 2 ó 3 habitaciones, según fuera el caso. Disponen de electricidad, gas en bombonas, aseo urbano y agua, que llega al menos con cierta regularidad. Y hasta ahora, no pagan más que un aporte aproximado de cuatro dólares mensuales por mantenimiento, aunque saben que en cualquier momento les cobrarán el costo de la vivienda como está ocurriendo en otros edificios de la Misión Vivienda, programa que ha creado un total de 1,117,732 hogares en cinco años. Pero, aún así, muchos en el fondo añoran volver a la Torre de David.

“Aquí estamos mejor, porque tenemos las comodidades de un apartamento y la tranquilidad de que esto es nuestro”, comenta Faride, quien fue trasladada a Ciudad Zamora. “Pero en la Torre de David nos sentíamos más seguros. Allí los coordinadores ponían orden. No permitían borrachos ni drogadictos. No dejaban entrar a desconocidos y teníamos vigilantes. En Ciudad Zamora, no puedes dejar solo el apartamento por quince días, porque cuando regresas te han robado todo o se adueñan de la propiedad. Y los vecinos ni intervienen, porque no quieren meterse en líos con delincuentes”, agrega.


Ciudad Zamora carece, además, de fuentes de trabajo, lo que obliga a sus habitantes a trasladarse a diario a Caracas. Muchos deben salir a las cuatro de la mañana de sus casas, para tomar el primer ferrocarril a las 5:30 am. De lo contrario, no alcanzan a llegar a las 8 de la mañana a su trabajo. No cuentan con supermercados, lo que los obliga a hacer las compras en Cúa (a 20 minutos) o Charallave (a 30 minutos). Sólo hay una escuela primaria y los jóvenes deben moverse a zonas aledañas para continuar con el bachillerato.

La situación en Ciudad Tiuna (en Caracas) dista de lo que se vive en los Valles del Tuy. La Guardia Nacional hace recorridos por los edificios, lo que mantiene a raya la inseguridad. No obstante, la poca conciencia de algunos vecinos de lo que significa vivir en comunidad, ha hecho difícil la convivencia. “La gente al llegar aquí y sentir que esto es suyo, pues asumió que puede hacer lo que se da la gana”, comenta Marchán. “Nos ha tocado comenzar de cero para organizarnos, porque aquí estamos con gente que vienen de otros sectores y no conocía nuestra dinámica. Claro que añoramos la Torre de David, porque allí se vivía en comunidad. Aquí apenas somos 151 familias, pero no hemos logrado ese ambiente”.

Algunos piensan que el error estuvo en haber separado a los habitantes de la Torre de David en zonas tan distantes una de la otra y mezclarlos con vecinos de otros sectores que no estaban acostumbrados a un modelo de comunidad organizado. La urbanista Zulma Bolívar, por su parte, ha reiterado en varias entrevistas que en la Misión Vivienda todo es producto de la improvisación. “Las edificaciones se impusieron en cualquier sitio, a pesar de que el entorno no estaba preparado en términos de infraestructura y equipamiento. El nuevo habitante no está acostumbrado a la organización y replica la costumbres de las barriadas”.

Pero, además, el fin de la ocupación de Torre de David implicó el término de algo poco común en América Latina: la existencia de un asentamiento donde personas de escasos recursos vivían con fácil acceso a las comodidades del centro de la capital. Tradicionalmente, tanto los proyectos de vivienda social como las barriadas han surgido alejadas de los centros urbanos, las áreas comerciales y los servicios en general. “Los residentes de la Torre de David lograron algo que es casi imposible en la ciudad moderna: definieron la naturaleza de su propia coexistencia. Esta es una oportunidad que los ciudadanos promedio nunca tienen”, comentó el crítico de arquitectura y diseño Justin McGuirk en el libro Radical Cities, en el que recorrió distintos proyectos de vivienda latinoamericanos.

Hoy, a dos años del desalojo, la Torre David sigue a la deriva en el corazón de Caracas. Se ha hablado de demolerla, transformarla en un centro comercial, en viviendas o en un centro de asistencia para emergencias, pero nada de eso ha sucedido. Vacía y acéfala, sus ventanales están rotos, cual si se tratara de heridas abiertas, sin un proyecto que le prometa un futuro mejor. Para muchos, esta estructura a medio terminar no es más que el vivo reflejo del país: un ícono de la modernidad prometida que desde finales de los noventa no ha hecho más que venirse a menos.

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