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El valor de la privacidad en los tiempos de Uber

La diseminación irresponsable de nuestros datos personales pueden tener consecuencias importantes y mucho más tangibles que la desagradable sensación de haber sido violados en nuestra privacidad.
21 Mar 2017 – 06:35 PM EDT
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¿Sabes a cuánta de tu información personal tuvo acceso el último chofer de Uber que usaste? Esa persona tuvo, como mínimo, acceso a tu nombre completo y a tu número de teléfono celular. Si pediste que te llevara o te recogiera en casa o en el trabajo, también sabe donde vives y donde trabajas. Eso para empezar.

La diseminación irresponsable de nuestros datos personales pueden tener consecuencias importantes y mucho más tangibles que la desagradable sensación de haber sido violados en nuestra privacidad. Una de ellas podría ser el temido robo de identidad, un delito que ha estado en la palestra pública por años y alrededor del cual se ha levantado una rentable industria de protección de datos personales en línea.

En el caso de Uber (y de su competidora Lyft), el pobre manejo de los datos personales de sus clientes ha dado lugar a una cantidad de situaciones, que aunque intuimos como ilícitas, no están tipificadas en leyes y reglamentos cuyos redactores nunca soñaron con la existencia un servicio como Uber. Entre las más comunes d estas situaciones está el acoso de pasajeros por parte de los choferes.

En una columna publicada en The Daily Beast en marzo de 2014, la periodista Olivia Nuzzi describe en gran detalle como un conductor de Uber la había fotografiado sin su consentimiento y hasta había logrado contactar a una conocida para que interviniera en su favor al ser despedido por Uber después de que Nuzzi se quejará de que el chofer le había mostrado una foto suya tomada sin su conocimiento horas antes de haber prestado el servicio. El chofer de Uber subsecuentemente envió correos electrónicos similares a Nuzzi y a su empleador. El acoso a Nuzzi escaló al punto de que el chofer localizó su cuenta en Facebook e incluso, a través de mensajes privado, preguntó a una de sus amigas si Nuzzi era soltera.

Uber le dijo inicialmente a Nuzzi que los choferes sólo tenían acceso a su primer nombre para luego cambiar su historia y admitir que los choferes podían tener acceso al nombre completo del usuario de hacerles falta. El escudo legal de Uber es el de que la compañía no emplea a los choferes, sino que se asocia con ellos. Son los choferes y no Uber, quienes prestan el servicio, por lo que la compañía no tiene la capacidad de despedirlos, solo de desactivarlos.

Recientemente el diario El Espectador de Colombia reseño el caso de una polémica suscitada por el supuesto acoso sufrido por una pasajera de Uber en Bogotá denunciado por un usuario de Twitter, al cual Uber Colombia respondió por la misma con un tibio comunicado en el que prometía proceder “con las sanciones al driver”.


Sin embargo, la importancia del incidente colombiano reside en haber devuelto a la palestra el estatus pseudo-legal de Uber en Colombia, donde según la opinión de muchos la legislación local no permite su operación.
Uber, cuyo fundador y CEO Travis Kalanick es un recalcitrante libertario enemigo de los marcos reguladores, ha convertido las maniobras entre lo legalmente permitido y lo no tipificado e incluso lo prohibido, en un arte. En diciembre pasado la compañía inició las pruebas de una flota de 16 vehículos de manejo autónomo en San Francisco sin el permiso de las autoridades locales, a pesar de que el Departamento de Vehículos de Motor de California (DMV) les ordenó no hacerlo. Uber alegó que según su interpretación de las leyes simplemente no necesitaban ningún permiso para probar los vehículos en las vías públicas. Las pruebas no resultaron lo bien que Uber esperaba y los vehículos fueron retirados de las después el DMV les canceló los permisos de circulación.

Pero una cosa es desafiar abiertamente a las autoridades de transito terrestre de la ciudad de San Francisco y de Colombia con el fin de intentar alcanzar una legislación moderna adaptada al nuevo ambiente de negocios de economías compartidas, mientras que otra muy distinta es usar evasivas resbaladizas para excusar la negligencia en la protección de los datos privados de sus clientes.

Una de las consecuencias más nefastas del avance de la tecnología es que la privacidad se ha convertido una ilusión cada vez más lejana. En concepto de ‘privacidad absoluta’ previo al advenimiento de las comunicaciones en línea, en el que solo nosotros teníamos control de nuestra propia información, ya no tiene cabida en un mundo en el que exponemos con frecuencia hasta lo que comimos en el desayuno. Esto sin embargo no deber excusa para que los grandes exponentes de la nueva economía no ejerzan el cuidado mínimo razonable para la protección de los datos que sus clientes deben compartir con ellos, a fin de que puedan utilizar sus servicios.

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