null: nullpx

“Perdimos mucho, incluso el miedo": la chispa que encendió el asesinato de Marielle Franco entre las mujeres negras de Brasil

El 14 de marzo, la concejala y activista por los derechos humanos se convirtió en una estadística, la que dice que en Brasil una afrodescendiente tiene el doble de posibilidades de morir que una blanca. Su asesinato provocó manifestaciones en todo el país plagadas de mujeres que, como hizo ella en vida, salieron a las calles sin miedo.
14 Abr 2018 – 04:46 PM EDT

SAO PAULO, Brasil. - Hace un mes que Marielle Franco entró en la fría lista de las estadísticas. Sus 38 años de vida habían sido un ejercicio para esquivarlas. Fue madre adolescente, sí. Pero también universitaria. Nació en la favela, sí. Pero pudo hacerse un master en Administración Pública. Era negra, sí. Pero consiguió un puesto en la Asamblea Legislativa de Río de Janeiro: mujer, madre, negra, lesbiana, favelada y la quinta concejala más votada de la Ciudad Maravillosa. Todos los obstáculos que podría enfrentar, se los había saltado. Como un Usain Bolt en la carrera de vallas.

Pero la noche del 14 de marzo, las cuatro balas de 9 milímetros que atravesaron su cabeza la devolvieron a los trágicos números. Esos que dicen que en Brasil una mujer negra tiene el doble de posibilidades de morir que una blanca. Cuando regresaba a su casa en coche, pasadas las nueve de la noche, Marielle pasó a formar parte del 22% de mujeres negras asesinadas el último año. La cifra que indica el aumento de ejecutadas para este grupo, un porcentaje que disminuye cada año (un -7.4%) si nos referimos a las blancas. Las primeras cada vez mueren más. Las segundas, menos.

Como si de una acróbata se tratara, hacía equilibrios en una cuerda en constante movimiento. Su cuerpo, todavía vivo, representaba los peores primeros puestos de Brasil. Era homosexual en el país que más mata LGTB. Defensora de Derechos Humanos en el lugar del mundo, junto a Colombia y México, más peligroso para los activistas. Y concejala en Rio de Janeiro, el estado con más parlamentarios asesinados de todo Brasil. Vista así, su vida parecía casi un milagro. Y su sonrisa, infinita y omnipresente, “un arma política para salir adelante”, nos dice Thula Pires, profesora de Derecho de la PUC de Rio de Janeiro y activista del movimiento negro carioca.


“Su muerte ha sido uno de los golpes más duros que hemos recibido. Somos muy pocas en la política institucional y ella representaba todo y a todos”, afirma la periodista y activista negra Juliana Gonçalves. Y es que Marielle Franco hablaba de género, raza y clase en la Asamblea Legislativa de Río de Janeiro, que es como hablar de ingeniería molecular en un entrenamiento de fútbol. Tenía entre sus principales consejeras políticas a una transgénero y llegó a pedir que se celebrara el día de la la visibilidad lésbica en una Cámara dominada por los conservadores.

Fue más allá del activismo de la calle porque consiguió llevar a las minorías al plano institucional. Su cuerpo representaba a esos grupos y a su vez les daba voz en un espacio que siempre los había ignorado. Por eso la mataron”, sigue Gonçalves, que también recuerda cómo las duras críticas que hizo Franco a la violencia del Estado -Río de Janeiro tiene la policía que más mata en el mundo- y a la intervención militar -las Fuerzas Armadas están a cargo de la Seguridad Pública de la ciudad desde mediados de febrero- terminaron por cercarla de enemigos.

Entre el ruido y el silencio

Un recado. Una amenaza. Un castigo. Son algunos de los términos que escuchamos al preguntar por el significado de la muerte de Marielle: “Acabar con ella fue querer acabar con todo lo que representa y es enviar un mensaje al resto de activistas que siempre la acompañamos”, dice Alice De Marchi, investigadora de la ONG de Derechos Humanos Justicia Global.


El 15 de marzo, en Brasil no se sentía miedo, sino rabia. La muerte de Marielle despertó a la Ciudad Maravillosa de la anestesia de violencia y miseria en la que estaba sumida desde el final de los Juegos Olímpicos. Porque en Río de Janeiro los tiros también adormilan, encierran, hacen callar. Pero ese vehículo que cortó el paso del coche en el que iba la concejala, del que salieron no se sabe cuantos sicarios, y donde se dispararon 13 balas, provocó el efecto contrario: durante días miles de cariocas salieron a la calle para gritar “basta”.

Los diversos movimientos sociales se pusieron de acuerdo para protestar juntos. Y la cabellera negra sostenida por un turbante y una sonrisa infinita, pasó a ser el símbolo de esos gritos.

El ruido de las protestas para exigir “justicia para Marielle” contrastaba con el silencio de algunas de sus compañeras cuando se les preguntaba por ella. Una de las dirigentes del movimiento negro de Porto Alegre -que prefierió no dar su nombre- dijo días después del asesinato que no podría siquiera intentar hablar sobre su amiga. Juliana Borges, una de las activistas negras más conocidas de Sao Paulo se disculpó: “Todavía duele mucho, me resulta imposible decir nada”.

“Yo puedo ser la próxima”



El movimiento feminista negro brasileño ha sido el más tocado por este crimen. Pero también es el que más se manifiesta por una de sus representantes más queridas. Cuando se cumplieron dos semanas del asesinato, activistas de Sao Paulo cortaron diversas autopistas de la ciudad con neumáticos y colgaron sobre los puentes una misma pancarta con un claro mensaje: “Hemos perdido mucho. Incluso el miedo”.


Juliana Gonçalves pertenece a la Marcha de las Mujeres Negras de Sao Paulo y reconoce que el asesinato de la concejala ha dejado “un cierto miedo” entre las militantes: “Yo puedo ser la próxima. Eso lo sentimos todas”. Pero asegura que, a pesar de esa sensación, no van a dar ni un solo paso atrás: “No podemos permitírnoslo, el mejor homenaje a Marielle es mantener nuestra lucha y seguir con la fuerza con la que venimos trabajando”, dice mientras distrae a su hijo de tres años que se empeña en saltar en el sofá de su casa.

Ser mujer y negra en Brasil significa estar en las peores estadísticas: “Estamos tocados por la raza y el género, es decir, pertenecemos al último escalón de la sociedad”, explica Alessandra Almeida, también de la Marcha de Mujeres Negras de Sao Paulo y profesora de Ciencia Política. Son las que sufren mayor desempleo o las que acceden a los puesto de trabajos con más baja remuneración -el servicio doméstico está formado por un 80% de mujeres negras-. También son las que tienen menos acceso a la salud, dependen de la sanidad pública que en la mayoría de los casos es sinónimo de escasez de recursos. Y son las que tienen menos acceso a la ciudad, suelen vivir en las periferias y no siempre tienen dinero para el transporte.

Pero para Alessandra Almeida, lo más evidente de ser negra y mujer en Brasil es el abanico de violencias cotidianas que sufren a diario: “Ayer mismo esperaba un taxi en la Alameda Santos -calle de uno de los barrios nobles de Sao Paulo- y me paró un coche para preguntar cuánto costaba una hora conmigo”, cuenta la profesora Almeida antes de dar la explicación: “Una negra si está en un barrio rico tiene que ser porque es puta, así aparecemos en el imaginario del país”. Esta politóloga no recuerda el número de veces que le han dicho que recogiera alguna basura del suelo confundiéndola con alguien de servicio que debía mantener limpia la zona. O las veces que iba a trabajar en otras universidades y, si no la conocían previamente, la catalogaban como “la ayudante” o “la secretaria”. Y una cosa más que le irrita profundamente: “Cada vez que me llaman menina -niña-. Tengo 43 años y me siguen llamando así porque es la manera de infantilizarnos y quitarnos el lugar de mujeres”.

Ser madre negra en Brasil es “vivir con miedo constante”, dice Juliana Gonçalves. Un joven negro de entre 15 y 29 años tiene un 80% de posibilidades más que un blanco de ser abordado por la policía. El 75% de los jóvenes asesinados por fuerzas del estado son negros, recuerda el informe del Atlas de la Violencia de 2017.

Para evitar que entren en las estadísticas, las madres les abordan con una lista infinita de consejos: “Les decimos que siempre salgan bien vestidos y con identificación por si les paran. Les pedimos que no corran por la calle para que no les confundan con criminales. Les decimos que no se pongan la capucha de la sudadera para que les puedan ver bien la cara. No hay consejos suficientes para tranquilizar nuestro miedo, pero tenemos que darlos y confiar en que tengan suerte”, afirma la periodista y activista Gonçalves, que por ahora se centra en reforzar la belleza de su hijo: “Le digo constantemente que ser negro es bonito, que él es muy guapo y que su color de piel es precioso. Tengo que darle autoestima y fuerza para lo que se le viene encima”.


Autoestima y fuerza son los sustantivos que más repite Almeida para recordar a Marielle: “Siempre llevaba su pelo afro, sus turbantes. Iba guapísima, maquillada, arreglada. Y eso también era político porque mostraba a una mujer negra que se aceptaba, que se reconocía en su cuerpo femenino y reivindicativo. Todo un ejemplo para las chicas más jóvenes que hoy se enorgullecen de la imagen black”.

Tanto Alessandra Almeida como Juliana Gonçalves dicen que entraron en el movimiento negro para recuperar su autoestima, reconocerse en las otras y entenderse como mujeres. “Hay diversos grupos por todo el país y funcionamos en redes. Nos damos apoyo las unas a las otras y eso ha fortalecido al movimiento”, nos explica la primera. Ya la segunda nos habla del futuro: “La muerte de Marielle nos está haciendo repensar cómo protegernos, cómo seguir adelante con la misma fuerza pero tener otros cuidados para no ser tan vulnerables”. Y a modo de despedida, advierte: “Superaremos este golpe, por ella y por las miles de Marielles que están por venir”.

De la lucha sindical a la prisión: el auge y caída del expresidente brasileño Lula de Silva (fotos)

Loading
Cargando galería
Publicidad
Actualizaciones importantes Hemos actualizado nuestra Política de Privacidad a partir del 19 de febrero de 2020.