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No eran enemigos, eran sus "chicos": el militar británico que levantó un cementerio para argentinos caídos en Malvinas

Lo que el capitán Geoffrey Cardozo hizo en 1982 con los cuerpos de los soldados argentinos muertos en la breve guerra entre Reino Unido y Argentina fue fundamental para que muchos de ellos recuperaran su identidad décadas después.
1 Abr 2018 – 10:37 AM EDT
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El que 36 años después del fin de la guerra que enfrentó a Argentina y Reino Unido por el control de las Islas Malvinas, 90 familias argentinas hayan podido localizar los restos de seres queridos que quedaron en el archipiélago se debe en buena medida al cuidadoso trabajo del oficial británico que se encargó de buscar y enterrar a los caídos del bando enemigo.

Jeffrey Cardozo era un capitán de la armada británica de 32 años cuando llegó a las Islas Malvinas, apenas días después de la rendición. Al poco tiempo quedó a cargo de la labor de recuperar restos de soldados argentinos y enterrarlos en un cementerio cerca de Puerto Darwin, donde se realizó uno de los combates más duros del breve conflicto, la batalla de Goose Green.


Con disciplina militar, Cardozo recolectó los cuerpos de soldados (a quienes llamada “sus chicos” porque los consideraba huérfanos) los enterró con honores militares en el solitario cementerio y dejó un informe que décadas después fue fundamental para el trabajo de los forenses que trabajaron junto al Comité Internacional de la Cruz Roja en la identificación de 90 de los 123 soldados que estaba enterrado con la inscripción “Soldado argentino solo conocido por Dios”.

Cardozo estuvo en el viaje que hicieron las familias al archipiélago para ver por primera vez la inscripción de los suyos junto a las sobrias cruces blancas que el entonces capitán dejó para marcar las sepulturas en 1982.

En conversación telefónica con Univision Noticias desde Buenos Aires, Cardozo explicó cómo al igual que las familias, él también logró un cierre:


— Fue una semana muy fuerte. Fuimos con las familias, 250 de ellos, que habían esperado más de 35 años para hallar las tumbas de sus hijos. Claro fue un viaje muy duro para ellos, muy lleno de emoción. Yo hablé con las familias, había conversado con algunos de ellos antes en Buenos Aires. Había tratado de explícarles lo que yo había hecho para dar alivio a estas madres y padres. He visto a estas familias bajar del bus cuando llegamos al cementerio con el corazón muy triste, en un silencio total. Esas madres y padres no hablaban sino se abrazaban y luego, por el camino para ir a la entrada del cementerio, ellos andaban con paso pesado.

Cuando entraron fueron inmediatamente a la tumba de su hijo que nunca habían visto y se quedaron durante mucho tiempo pensando, comunicándose con sus seres queridos. Luego vino una ceremonia muy bonita con sacerdotes de aquí de Buenos Aires, con sacerdotes ingleses. También había soldados ingleses con gaitas y una guardia de honor. Fue muy bonito, lleno de respeto. Luego, en el regreso de las familias desde la entrada del cementerio había habido un cambio enorme, yo podía ver un paso mucho más ligero y corazones más alegres también. Iban todavía en silencio, pero padres con cabezas altas, con un orgullo enorme. Y quizá, quizá, con una pequeña sonrisa. Fue una experiencia fabulosa ver a estas familias tan valientes que esperaron por tanto tiempo con una paciencia enorme.

Imagino que para usted también, dentro del dolor de estas familias, habrá habido cierta satisfacción porque 36 años después se cierra el trabajo que usted empezó

— Yo en el 82, cuando yo estaba con mi primer ‘chico’, mi primer soldado caído argentino, héroe, yo no sabía qué hacer porque mi madre me había dado un beso enorme y un abrazo muy fuerte antes de que me marchara a las islas. Y cuando estaba con ese caído yo pensaba en mi madre y pensaba que así también lo besó la madre de ese soldado. Fue una motivación enorme para hacer el trabajo que debía hacerse. Yo tenía a mi lado a esa madre en cada paso que tomé con su hijo. Esa madre estaba a mi lado y ese era un apoyo enorme para hacer mi trabajo con cada uno de estos chicos, que eran huérfanos, sus padres estaban en el continente. Yo era el único que podía encargarme de ellos. Entonces los enterré en un bonito cementerio, con dignidad y con honores militares. Fue un trabajo difícil, pero con el apoyo psicológico que yo sabía que las madres tenían por sus niños, así no era tan difícil hacer el trabajo. También tenía apoyo enorme de mis amigos y camaradas soldados en las islas que querían que hiciera un trabajo que era importante.

¿Cómo quedó usted a cargo de ese trabajo de recuperación y entierro de los soldados argentino?

Cuando yo llegué a las islas dos o tres días después de la rendición con el nuevo general mi papel no era el de (enterrar) los cuerpos, mi papel era velar por la disciplina de los soldados sin jefe y los sobrevivientes, porque cuando hay un conflicto, después del conflicto, los soldados tienen una adrenalina muy fuerte y eso puede dar problemas de disciplina, de agresión, de demasiado alcohol, de violaciones de chicas, de drogas. Pero cuando nuestros ingenieros veían que en los campos minados donde estaban trabajando había cuerpos de soldados argentinos llamaban al cuartel general donde yo trabajaba y me pedía ir a ver. Yo tomaba un helicóptero y me bajaban por cuerda hacia el cuerpo para buscar en su ropa pruebas de identificación, pero era muy difícil porque los chicos eran tan jóvenes, 18, 19 años y no tenían chapas de identificación. Entonces recibí la orden de dejar de lado la disciplina y encargarme 100% del asunto de los cuerpos.

¿Por qué se ubicó allí (cerca de Darwin) el cementerio de soldados argentinos?

—Era, es, un lugar muy tranquilo, lejos de la mirada del público. Usted recordará, lógicamente, que los isleños semanas después del fin del conflicto no querían un cementerio a dos o tres metros de sus jardines y por eso buscamos un lugar adecuado y lo hemos hallado cerca de Darwin. Un hombre formidable, un isleño, me ha dicho ‘Geoffrey, yo tengo un pequeño trozo de territorio y puede usarlo para el cementerio’. Es un lugar en el campo desde donde se puede ver el mar, es un lugar bonito.

Generalmente después de un conflicto armado los ejércitos se intercambian prisioneros y los cuerpos de quienes hayan caído, ¿por qué los militares argentinos, junto con su capitulación, no organizaron la recuperación de sus soldados?

—Creo que había una virulencia política y social en Buenos Aires. Era un asunto difícil de contemplar cuando había otros problemas Entonces nosotros hemos hecho este trabajo lo mejor que pudimos.

¿Hubo algún tipo de comunicación con militares argentinos para esto?

—Yo tenía 32 años y era un capitán. Eso estaba en un rango mucho más alto que el mío. Pero claro, había diplomáticos y funcionarios de gobierno hablando directamente o indirectamente.

Cuando terminó su asignación en Malvinas y regresó a Reino Unido, ¿quedó vinculado al cementerio de alguna manera o toda esa experiencia quedó atrás?

—Después de la ceremonia final de entierro de estos soldados yo me quedo en las islas por tres o cuatro días para escribir mi informe, ese que hacemos después de una operación de cualquier tipo, y me regresé a Inglaterra para continuar mi carrera militar.

¿De qué manera vuelve a involucrarse con el cementerio en Darwin?

—En mayo del año pasado los gobiernos de Argentina y Gran Bretaña habían hablado y estaban de acuerdo en que la Cruz Roja se encargara de la exhumación de los cuerpos que no se habían identificados. Entonces la Cruz Roja me invitó para ir a las islas en junio pasado para empezar el proyecto de identificación. Era un equipo fabulosos, muy profesional y han hecho un trabajo con éxito al lograr 90 identificaciones, un milagro.

¿Le sorprendió que lo contactaran para colaborar en ese trabajo?

—No, era lógico porque yo había enterrado a cada uno de estos soldados y ellos tenía que exhumarlos.

El caso de Malvinas en la relación entre Londres y Buenos Aires sigue siendo un tema muy delicado, pero me gustaría saber su evaluación de aquel conflicto, ¿usted cree que fue necesario hacer lo que se hizo?

Yo soy un soldado, yo hice mi trabajo. Los soldados argentinos han hecho la misma cosa. Tenemos relaciones más que buenas con los militares argentinos que fueron a las islas en esa época. Yo tengo amigos que eran del otro lado. Pero somos soldados y hablamos el mismo lenguaje y el mismo idioma. Esa pregunta quizá sea mejor para un político.

Al final estás familias pudieron recuperar algo de tranquilidad y la memoria de los suyos en gran parte por lo que usted hizo hace 36 años.

—Fue un honor y un privilegio. Pero estas palabras son clásicas. Era un deber de un soldado hacia otro. Sabemos que los argentinos hubieran hecho exactamente la misma cosa con nuestros chicos. Ahora puedo ver a las familias aquí en Buenos Aires y hay una alegría tranquila, una felicidad controlada de haber hecho este viaje tan emotivo. Ahora las heridas no son tan profundas. Claro, nunca van a olvidar, pero hay esperanza.

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