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En el lugar que más coca produce de Colombia, los jóvenes mueren ahora por consumirla

La falta de oportunidades y la facilidad para acceder a las drogas han provocado un aumento de su consumo en Tumaco, el municipio con más cultivos de coca de Colombia. Muchos jóvenes fascinados por la cultura del trap y con ganas de ser reconocidos caen en ellas: "Como un cantante de trap empiece a hablar de heroína, estamos todos muertos".
12 May 2018 – 11:27 AM EDT

TUMACO, Colombia.- Luis tiene 20 años, los rizos apretujados bajo una gorra negra y los ojos amarillentos. Desde que salió del colegio a los 16 no hace nada. Ni estudia, ni trabaja. Fuma marihuana y ni siquiera tiene que pagarla. Se la regalan, cuenta, mientras Alberto, de 17, encadena chupadas de basuco de una pipa construida con un bolígrafo, un pedazo de tubería y cinta aislante. En ese mismo momento, su hermano Víctor sale a recoger basura para juntar unas monedas, volver a comprar el polvo —la base de la cocaína— y seguir volando.

Alberto ya no distingue si está descalzo o lleva las chanclas y, aunque es negro, asegura que su piel no es de ese color, porque es chino. Cuenta que su otro hermano, de 13 años, no quiere que hable de él porque dice que lo traicionó y que por eso se lo llevó el instituto de bienestar familiar, que atiende a los niños desatendidos, y no lo volvieron a ver. Alberto lleva unos meses así, desconectado y enganchado, viviendo en un mercado abandonado convertido en centro de drogadictos.

Antes de eso, lo normal para muchos chicos de esa zona: fumaba marihuana con sus amigos, una imagen insólita hace unos años en Tumaco, el principal puerto cocalero de Colombia, sobre el Pacífico, y el municipio con más cultivos de coca de todo el país. Pero ahora el consumo de drogas en una zona tradicionalmente productora preocupa cada vez más y quienes están en el terreno llaman desesperados por más atención pública. El Ministerio de Salud dice que sí hay programas, pero que sobre todo, esta situación demuestra el fracaso de la guerra contra las drogas, un método de lucha contra el narcotráfico basado en la estrategia militar y policial por encima de los programas sociales.

“Ellos se colocan allí, alrededor de esa tumba blanquita que es la de un amigo de ellos que se murió hace unos meses. Parece que vienen a rendirle culto”, dice mirando a la ventana la secretaria de un centro de salud que divisa el cementerio. “¡Hasta niñas con el uniforme de la escuela de las monjas!”, exclama. La psicóloga, Karen Andrea Salinas, asegura que en los últimos años el consumo ha aumentado “descaradamente”, en especial, entre los más jóvenes, de 12 años en adelante.

El sepulcro del joven pone su nombre, Jhon Harold Palma Cajiao, la fecha de su nacimiento, el 4 de julio de 1996, la de su muerte, el 17 de septiembre de 2017, el escudo del Atlético de Cali y su apodo: Wiwa Traak, una forma de transcribir “weed” (marihuana) y trap, el ritmo que marca el estilo de vida. También hay una foto de un muchacho sonriente, vestido de rojo de arriba abajo con cinturón y tenis blancos: la imagen del éxito. La imagen del Niche Panda.

“Nosotros queremos ser todos el Niche Panda: chanclas, gorra, gafas de sol, cadena de oro, ropa negra o verde oscuro... y marihuana. En Tumaco, todos crecemos con la necesidad de reconocimiento: unos aprenden a bailar, otros aprenden a cantar, unos tienen plata... y otros control territorial y la cultura de la ilegalidad. Esto es lo que representa el Niche Panda, protagonista de las canciones que escuchamos”, explica Uberley Ramírez, que a los 30 años todavía siente una atracción por la estética pero lucha por alejar a los jóvenes de las drogas en Tumaco. Él consumió cocaína de forma compulsiva durante tres años, pero tras una sobredosis que lo llevó al hospital se convenció que tenía que desintoxicarse. Ahora tiene una fundación para chicos que quieren dejar las drogas, aunque siente que su trabajo va contra corriente: “Como un trapero (cantante de trap) empiece a hablar de heroína, estamos todos muertos”, exclama.

Una tendencia en aumento

La imagen de moda es solo la síntesis de una red compleja de circunstancias que empieza por la pobreza y la falta de oportunidades, sigue con la facilidad del acceso a la droga y acaba en la influencia de las bandas criminales en los barrios. Además, la rentabilidad de la exportación de un kilo de cocaína cayó del 2,790% en los años ochenta al 260% en 2015, según un estudio del gobierno. Aunque todavía es un negocio muy lucrativo y la exportación sigue siendo el primer objetivo del narcotráfico, esta perspectiva cambia la economía de las zonas históricamente productoras, en especial en épocas en las que aumenta la presión policial. El año pasado, la extensión de las hectáreas sembradas con matas de coca superó los récords registrados desde que empezó hace casi dos décadas el Plan Colombia, una ofensiva apoyada por Estados Unidos y que exige resultados: solo el año pasado la policía antinarcóticos confiscó más de 360 toneladas de coca, incluida la que consideran la mayor incautación de la historia del país.

El número de personas que declararon haber consumido marihuana se duplicaron entre 2008 y 2015 en el departamento de Nariño, donde se encuentra Tumaco, una ciudad costera rodeada de manglares desde donde salen lanchas cargadas de cocaína de forma constante. Unas 20,000 personas (3.85% de la población) admitieron haber consumido alguna droga ilícita recientemente y unas 12,000 tienen problemas de dependencia en ese territorio fronterizo con Ecuador, según un informe de 2016 de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC). No hay cifras concretas de cuál es la realidad en Tumaco, pero la sensación es que no deja de aumentar.

Los maestros dicen que la única forma que tienen de apartar a los estudiantes es echar de los colegios a los chicos de la bandas que se meten en las escuelas para regalar dosis a los muchachos y crearles la adicción. Sin embargo, aseguran que el principal motivo de abandono escolar sigue siendo la participación en grupos armados y en la cadena de producción de las drogas. Anny Castillo, personera de Tumaco, asegura que hay una relación entre pertenecer a las bandas criminales y consumir drogas, aunque insiste en que no se puede establecer cuál es la causa y cuál la consecuencia.

“Es preocupante el incremento de consumo en población joven de 14 a 28 años, que es la misma que pone los muertos del conflicto armado: son las víctimas, pero también los victimarios”, asegura. “Aquí es muy fácil generar la adicción y no hay políticas públicas de prevención”.

El teléfono de Uberley no deja de sonar. “Necesito ayuda, tengo un amigo que ya está muy mal”, le dice alguien en un mensaje. Entonces su trabajo consiste en ir a ver al consumidor. En este caso, Michael Andrés, que espera sentado en una silla de plástico en una casa rodeada de mugre. A su lado, su tía y su prima. “Tiene cara de diablo pero no es diablo”, les dice Uberley para romper el hielo y tranquilizarlas. Luego les pregunta qué medicación está tomando y, al verla, les advierte de que esas pastillas calman la ansiedad pero se tornan adictivas al cabo de 60 dosis.

Ellas empiezan a contar que Michael Andrés llegó a Tumaco desde Cali y que empezó a trabajar pero que rápido se metió en alguna banda y que rápido empezó a drogarse. Que vino a rehacer su vida porque a su padre y a su hermano los mataron, pero también su chica lo dejó cuando empezó a drogarse. Mientras tanto, él hace ruidos, se ríe y habla de los muertos como si siguieran vivos y habla de Donald Trump y dice que los guardaespaldas de su padre violaban a su hija blanca cuando era pequeña.

Ana María Peñuela, asesora del ministro de Salud y miembro de la Dirección de Promoción y Prevención, cita un programa de prevención en Tumaco que ha llegado a 1,500 jóvenes, además de otro de pedagogía para el cuidado de niños y otro para superar las brechas en la salud mental. Porque, como Michael Andrés, muchos drogadictos tienen problemas para acceder a los servicios médicos. Ante la escasez de centros especializados, los consumidores empiezan a dar vueltas de una institución a otra. “Es un reto cambiar el modelo de atención”, admite Peñuela, y explica que este enfoque corresponde al impulsado en la Asamblea General de Naciones Unidas de 2016: políticas más humanas en lugar de la represión y el estigma hacia los consumidores habitual en la mayoría de países productivos.

Pero Colombia, en lugar de retroceder, escala posiciones en la lista de los países consumidores de la región. En 2008 ocupaba el sexto lugar y para 2015 ya había subido al cuarto, de acuerdo a datos oficiales. Producir un kilo de basuco cuesta menos de cien dólares y uno de marihuana, cuatro. Un solo kilo de cocaína se convierte en el mercado interno en unas 9,000 dosis, según el Departamento Nacional de Planeación.

“En Tumaco hay una problemática que empieza por la exclusión histórica de las poblaciones afro”, explica Fernando Quintero, coordinador de un proyecto de jóvenes en la ilegalidad de la Fundación Paz y Reconciliación. “La presencia institucional tan débil ha generado unos territorios de alegalidad donde se legitiman prácticas ilegales como el cultivo y, en este caso el consumo: cuando un chico ve que el consumo de sustancias psicoactivas es legítimo para acceder a ciertos grupos pero además sus ingresos dependen de ese mundo, todo queda naturalizado”, explica.

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