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Close up rostro de mujer

Misión: cejas perfectas

Misión: cejas perfectas

Tropiezos, aciertos y muchas selfies después…

Close up rostro de mujer
Close up rostro de mujer

Por Graciela Miramontes

Cuando decimos que la belleza cuesta no sólo nos referimos a las cantidades exorbitantes que solemos invertir con tal de vernos perfectas. Aunado a esto, el miedo a un mal pedicure que te obligue a descartar las sandalias por una lesión visible, o un brazilian wax, encabezan los rankings de las peores pesadillas de toda mujer.

Hoy vamos a hablar de ese tema que quizás fue el primero en preocuparte cuando cruzaste el umbral de la pubertad: las cejas. Como si llenar tu bra no fuera un complejo suficiente, tenías que lidiar con un par de pinzas o banditas de cera caliente. Ninguna de las opciones sonaba atractiva en absoluto.


El que busca, encuentra

Como digna representante de la generación, mejor conocida como millennial, me declaro culpable del delito de destinar numerosas horas a revisar Instagram. Dicen que de todo se aprende y este hábito, al cual prefiero llamar “investigación de campo”, me enseñó una valiosa lección, a la par que removió malos recuerdos de mis años no tan mozos. De acuerdo a los estándares de belleza de 2004 y 2016 nunca tendré unas cejas perfectas.


El otro día encontré un hashtag que llamó mi atención, que iba acompañado de la frase #transformationtuesday. Infinidad de fotografías de usuarios comparando su imagen antes y después de su adolescencia. He de confesar que me siento agradecida de haber vivido mi adolescencia en la época en la que los celulares no excedían los 5 mega pixeles. Definitivamente aplaudo el hecho de que mi madre protegiera mi dignidad evitando a toda costa fotografiarme durante esa etapa.

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Como cualquier chica promedio que atravesaba la fase del “patito feo”, decidí que lo correcto era dar el siguiente paso en mi recientemente adquirida “madurez”. Al igual que muchas que seguramente se sentirán identificadas, tuve la grandiosa idea de depilarme yo misma las cejas. Naturalmente el resultado fue desastroso.

En mi mente me veía súper bien, aunque estoy convencida de que tendría mi propio meme en la actualidad navegando hasta los confines de alguna cuenta humorística en Instagram creada en Serbia. Trágame tierra…


El dilema

Monday, let's do this.

Una foto publicada por @allure el


Recuperar mi honor tomó varios meses de evitar las pincitas a toda costa. Eventualmente mi mamá me llenó de dicha cuando me relagó una cita con una profesional. Para entonces la moda impuesta por Christina Aguilera de tener cejas del grosor de un hilo era cosa del pasado y de alguna forma yo ya había aprendido a apreciar mi expresión natural.

“¡No tan rápido querida! Lo de ahora son las cejas sobre diseño y tu amiga ya tiene un perfecto ejemplar sin los detestables vellitos que rodean el arco natural” .

Esa voz interior que todos tenemos exclamaba lo anterior con la misma intensidad que tiene un balón disparado sin piedad en el vientre. Qué hacer si mi genética latina me había dotado de un poblado par. Por fortuna, no se trataba de un caso severo de Frida-Kahloísmo, más bien, de algo digno de una mexicana promedio.


La primer estilista que puso una mano en mi rostro me dijo que las cejas gruesas no se veían bonitas y mi ingenuidad de diecisieteañera bajó la guardia de inmediato. Sin saberlo, cometí dos errores de tajo: hacerme las cejas el mismo día de un evento y no externar mi incomodidad cuando presenciaba cómo masacraban a mis bebés.

Hinchada, llorosa y derrotada (el drama se me da), acepté el hecho de que quizá estaba destinada a jamás encontrar a la esteticista perfecta. Cuando parecía que todas habían encontrado su aspecto ideal, para mí pasarían algunos años antes de recibir algo de jusicia.


La efímera victoria

New year...same brows

Una foto publicada por Zendaya (@zendaya) el

Llegó 2011, y consigo el esplendor de la vida universitaria. Mientras tanto, a muchos kilómetros de distancia, Cara Delevingne daba sus primeros pasos sobre la pasarela Fall/ Winter de Burberry Prorsum. El mundo enloqueció con su peculiar aspecto que parecía juguetear con el término “boyish”, pero fueron sus cejas las que darían de qué hablar.

Por fin había una figura pública ostentando lo que muchos trataban de erradicar. La respuesta a todas mis plegarias parecía haber llegado. Había llegado el día en el que podía frenar el deseo de toda esteticista de reducir mis cejas a una tercera parte de su estructura. Incluso, conocí a una que me dijo que tenía unas “bonitas cejas naturales”; únicamente se limitó a limpiarlas sin quitarles forma.

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Tristemente, en un salto de cuatro años, surgió el famosísimo término #onfleek para describir al nuevo prototipo de ceja que, a mi parecer es una versión “mejorada” del infame tatuado permanente pero que gracias a su esmerado detalle luce impecable. Una vez más me fue arrebatada la gloria, al estilo Miss Colombia.

El eyebrow shaming es algo real y ahora tenemos a la mano la poderosa herramienta de Instagram y su viralidad para convertirla en el campo de batalla ideal de todas las que buscan la perfección. Variedad de tutoriales demuestran que jamás estaremos satisfechas con nuestro cuerpo. La relevancia de tener cejas como recién podadas por un jardinero (y rellenadas con maquillaje) nos viene a atormentar aún después de los veintes.

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