Rousseff se va pero la crisis y la confusión continúan en Brasil

Tras más de 100 días como presidente interino y con la exmandataria fuera del poder, Temer afronta la tarea de sacar al gigante latinoamericano de una profunda crisis económica con baja popularidad y protestas en la calle.
1 Sep 2016 – 7:16 AM EDT

RÍO DE JANEIRO, Brasil.- El destino de Dilma Rousseff parecía sellado desde mayo, cuando el Senado la apartó de la Presidencia en una primera votación por 55 contra 22. Sin embargo, hasta que concluyera la última sesión del juicio siempre existía una posibilidad, aunque fuera mínima, de que la antigua guerrillera recuperara su despacho en la tercera planta del Palacio de Planalto. O eso pensaban sus aliados más fieles.
Al final, el resultado definitivo de este miércoles, por 61 votos contra 20, no deja lugar a dudas. La era Dilma ya es historia y hasta 2018 su sillón lo ocupará Michel Temer, su antiguo vicepresidente y aliado reconvertido ahora en gran rival.

El mayor país de América Latina cierra así uno de los capítulos más dramáticos de su historia reciente, después de nueve meses de un proceso de impeachment (o impugnación) que terminó volviéndose agónico, repetitivo y a ratos desconcertante.

Y por si la confusión de los últimos tiempos no hubiera sido suficiente para los observadores menos acostumbrados a la política local, Brasil amanece al día siguiente del impeachment sin ser presidido por Dilma Rousseff ni por Michel Temer. Con la primera destituida y el segundo rumbo a China para la cumbre del G-20, quien asumirá los mandos de la República durante los próximos días será Rodrigo Maia, recién elegido presidente de la Cámara de los Diputados.

Fin de la incertidumbre

La esperada decisión del Senado representa un alivio, sin duda, para Temer. Tras más de 100 días como presidente interino, este veterano exparlamentario se deshace de la incertidumbre y llega al mes de septiembre gobernando ya con todas las consecuencias. Sin posibilidad de vuelta atrás en el proceso, tendrá las manos libres para poner en marcha su agenda de austeridad y reformas de corte liberal.

Protestas tras la destitución de Dilma Rousseff de la presidencia brasileña terminan en violencia

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Pero el desenlace también es, de cierta forma, un alivio para Dilma. Exhausta después de una larga campaña para derrocarla que prácticamente comenzó tras su reelección en 2014, la sucesora de Luiz Inácio Lula da Silva podrá por fin descansar y volver a su casa de Porto Alegre rodeada de los más íntimos.

Aunque los senadores decidieron mantener su derecho a desempeñar cargos públicos en el futuro, la expresidenta no parece tener intención de regresar al circo de las intrigas políticas en Brasilia.

Lucha de palabras

Su discurso de despedida, en cualquier caso, servirá para dar inicio a la estrategia de oposición que desde ahora asumirán Lula y el Partido de los Trabajadores (PT) junto a otras fuerzas de izquierda.


“Piensan que nos han vencido, pero están equivocados”, aseguró Dilma ante su predecesor y un grupo de exministros, colaboradores y militantes. “Sé que todos vamos a luchar. Habrá contra ellos la más firme, incansable y enérgica oposición que un Gobierno golpista puede sufrir”, advirtió, en línea con su argumento de que Brasil acaba de sufrir “un verdadero golpe de Estado”.

Recién investido como presidente, Temer no tardó en responder. En una reunión con sus ministros en el Palacio de Planalto, les pidió que reaccionen cada vez que sean atacados. “¿Golpista? Golpista eres tú, que estás en contra de la Constitución”, dijo, refiriéndose al impeachment como un mecanismo que está previsto en las leyes. “No podemos dejar ni una palabra sin respuesta”, avisó.

Una nueva etapa

Más allá del intercambio dialéctico entre vencedores y vencidos de esta agitada batalla parlamentaria, lo cierto es que el relevo en la Presidencia dará lugar a una nueva etapa marcada por una mayor sintonía entre el Gobierno y el Congreso, pero también por una polarización política y social que parece lejos de disiparse.

En la noche del miércoles, tras la destitución de Rousseff, las calles de las principales ciudades de Brasil estallaron en protestas de seguidores de la exmandataria que en algunos casos derivaron en violencia y enfrentamientos con la polícía.


Protestas tras la destitución de Dilma Rousseff de la presidencia brasileña terminan en violencia

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Además, las próximas semanas tendrán el interés añadido de la campaña para las elecciones municipales de octubre. Será la primera cita de los brasileños con las urnas desde que el país entró en recesión y comenzó la impugnación del mandato de Dilma.

“Una vez terminado el proceso de impeachment, las municipales son el único asunto que los diputados y senadores tendrán en mente”, explica desde Brasilia el politólogo Juliano Griebeler. “Momentáneamente, las campañas afectarán a la agenda de votaciones del Congreso, que sólo volverá a la normalidad tras la segunda vuelta de las elecciones, es decir, en noviembre”, añade el especialista en relaciones gubernamentales de la consultora Barral M Jorge.

Aunque los votantes no escogerán presidentes sino alcaldes y concejales, los resultados servirán para medir el desgaste del PT tras su salida del poder. También para cuantificar el apoyo a las formaciones de centro-derecha que ahora gobiernan el país, como el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) que lidera el propio Temer.

Impopularidad con matices

De momento, los sondeos indican que la aprobación del nuevo Gobierno apenas alcanza el 14%, sólo un punto por encima de la anterior gestión encabezada por Dilma.



En cambio, la valoración mayoritaria entre el sector productivo registra un optimismo moderado: según una encuesta de la consultora Macroplan entre más de 70 empresarios, directivos y especialistas, el 67% cree que el presidente tendrá éxito en la tarea de aprobar un ajuste fiscal y una serie de reformas de emergencia para recuperar el crecimiento económico.

Esta misma semana, Temer afrontará su primera prueba para vender ante el resto del mundo la idea de que Brasil ha superado sus turbulencias e inicia una época de prosperidad. En la cumbre del G-20 se encontrará con un público menos hostil que en casa, sin riesgo de que lo llamen “usurpador” o “golpista”, y previsiblemente intentará convencer a los inversores chinos y de otros países para que apuesten por este gigante latinoamericano que busca salir del agujero.

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