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Así ha transformado el movimiento conservador el triunfo de Trump

La derecha republicana no se fía del presidente, pero percibe en él una herramienta para aplicar su agenda más radical.
25 Feb 2017 – 2:42 PM EST

Ni siquiera en Washington es fácil encontrar un hotel tan grande como el Gaylord National Resort: un complejo con 2,000 habitaciones, una piscina olímpica y un vestíbulo acristalado con seis restaurantes y vistas al río Potomac. Allí se celebra cada año la CPAC, un congreso conservador en el que hablan los líderes más respetados por la derecha republicana y al que asisten unos 10,000 activistas de todo el país.

La CPAC vuelve cada año desde 1973. Al principio era una reunión de un puñado de dirigentes interesados en oscuros debates ideológicos. Pero poco a poco se ha convertido en una cita anual imprescindible para cualquier republicano que aspire a competir por la Casa Blanca. Quienes llegan desde Nebraska, Kentucky o Wyoming escuchan a los oradores y votan después por su favorito en una encuesta informal que suele generar algún titular. Entre 2007 y 2015 el triunfo se lo repartieron Mitt Romney, Ron y Rand Paul. Antes vencieron políticos tan dispares como Ronald Reagan, Jack Kemp o George W. Bush.

Este año los delegados no votarán por el aspirante al que les gustaría ver en la Casa Blanca por respeto a Donald Trump, que acaba de llegar. La última vez que ocurrió algo similar fue en 2004, cuando los republicanos ya tenían candidato: el presidente George W. Bush, que se presentaba a la reelección.

A Trump nunca le fue demasiado bien en esas votaciones informales. En 2016 quedó tercero con un 15% en una votación que ganó con un 40% el senador Ted Cruz. Un año antes, fue octavo con un 3,5% de los votos. Dos años, fue decimonoveno y apenas logró un 1% en la votación.


Un extraño en la CPAC

Trump nunca fue uno de los favoritos de la derecha republicana. No pertenece a ninguna de sus familias. A la derecha religiosa nunca le gustaron sus tres matrimonios ni su retórica profana y fanfarrona. A los liberales económicos les angustian su proteccionismo y sus ataques a la inmigración y los halcones militares siempre lo han percibido con recelo por la forma en que esquivó la Guerra de Vietnam.

Y sin embargo Trump se impuso a candidatos más próximos a cada una de esas familias y llegó a la Casa Blanca en 2016. El discurso que pronunció este viernes dejó claro que los conservadores se habían entregado (al menos por ahora) a los encantos del presidente, que presumió por cierto en falso de haber ganado las votaciones de la CPAC. “Me disparé hasta el tejado en esas votaciones y ni siquiera hice campaña”, dijo Trump, que quedó muy rezagado en las seis votaciones que se celebraron de 2011 a 2016.

La CPAC la organiza una fundación vinculada a la American Conservative Union, que fundó el escritor William Buckley unos días después de la derrota del republicano Barry Goldwater en las presidenciales de 1964.

La asociación publica una revista digital y elabora una lista en la que otorga una puntuación a cada uno de los legisladores federales según su historial de votación: los más progresistas bordean el cero y los más conservadores rozan el 100 por su acuerdo con los ideales del grupo conservador.

Al no haber estado nunca en el Capitolio, en esa lista nunca ha estado el nombre de Trump. Pero algunos de sus pronunciamientos públicos lo habrían alejado de las cifras de legisladores conservadores como Marco Rubio o Ted Cruz. Durante mucho tiempo, Trump estuvo a favor de una Sanidad pública universal y gratuita y también del derecho de las mujeres a abortar. Su gusto por el gasto público y su obsesión con renegociar los acuerdos comerciales tampoco casaban con el ideario económico conservador.

No fue la ideología lo que empujó a Trump a la Casa Blanca sino el magnetismo de su personalidad. Sus chistes de mal gusto, sus insultos y su retórica agresiva conectaron con unos votantes hartos de eslóganes precocinados y de políticos sin autenticidad.

Algunos de los mensajes de Trump casan con las obsesiones de los conservadores más radicales. Otros como la inversión en infraestructuras están en las antípodas de su ideología y se parecen más a las propuestas económicas de Barack Obama.


¿El rey David?

Hace tiempo que la derecha evangélica se entregó a Trump aun sabiendo que no era una persona religiosa. Algunos pastores lo han comparado con reyes pecadores de la Biblia como el rey David.

Esta vez esos evangélicos fueron pragmáticos: obviaron las obscenidades del candidato y pensaron más en la vacante del Tribunal Supremo, para la que Trump ha designado a Neil Gorsuch, un juez muy conservador. Algo similar ocurre con otras familias republicanas, que perciben a Trump como una herramienta imperfecta que les permitirá sacar adelante su agenda con la ayuda del Capitolio pese a su mala reputación.

Y sin embargo en el discurso de Trump hay elementos que no concuerdan con las ideas conservadoras y que se antojan extraños en un foro como la CPAC. Líderes como Ronald Reagan o George W. Bush no aprobarían sus palabras autoritarias contra la prensa ni sus tuits contra el poder judicial. Tampoco el tono sombrío de sus discursos, tan alejado del optimismo que siempre ha hecho de Estados Unidos un lugar donde lo mejor está por venir.

“Somos una nación con una cultura y con una razón de ser”, dijo este jueves Steve Bannon sobre el escenario de la CPAC. Sus palabras eran un alegato velado nacionalista y un grito contra los inmigrantes musulmanes y contra la sociedad multicultural.

La derecha republicana no siempre adoptó ese discurso. Reagan decía a menudo que EEUU era un país de inmigrantes y Bush visitó una mezquita en 2011 unos días después de los atentados contra Washington y Nueva York. Es cierto que la rebelión del Tea Party escoró el discurso de los republicanos sobre inmigración. Pero ni siquiera los legisladores más radicales dieron el paso de sugerir que hubiera que prohibir la entrada a los musulmanes o a personas que tenían una Green Card.

El otro punto en el que el presidente se aleja del ideario conservador es su rechazo del llamado excepcionalismo americano. Para Trump Estados Unidos no es una nación excepcional llamada a dar ejemplo de libertades. Es otro país más.

EEUU ya no es la ciudad que brilla sobre la colina de la que hablaba Reagan en sus discursos sino un lugar que sólo tiene ojos para los problemas domésticos y que sólo un liderazgo autoritario puede mejorar.

Los instintos aislacionistas ya habían asomado antes de Trump y están relacionados con el precio de las intervenciones en Irak y en Afganistán y con la onda expansiva de la crisis. Pero la retórica agresiva del presidente ha exacerbado esos instintos y ha hecho aflorar el racismo y la xenofobia en el discurso público del universo conservador.

Un segundo Reagan

Algunos presentan a Trump como el artífice de una revolución ideológica al estilo de Reagan, que propició el final de la Guerra Fría y entregó a los republicanos 12 años en el poder. Quienes trabajaron con el presidente californiano niegan el símil pero algunos quieren creer que Trump tendrá un efecto benéfico en los republicanos, que hace sólo unos meses parecían resignados a perder otra vez la carrera presidencial.

Miles de delegados se pusieron en pie al final del discurso del presidente mientras sonaban los acordes de la canción de los Rolling Stones que en campaña cerraba cada evento de Trump. “No siempre puedes conseguir lo que quieres”, dice la letra, “pero si lo intentas a veces puedes conseguir lo que necesitas”.

El mensaje vale para Trump: no es el candidato que querían muchos conservadores, pero quieren creer que es lo que ahora necesitan. La Casa Blanca sigue cometiendo errores no forzados y el FBI investiga las conexiones con Rusia del entorno del presidente. Pero muchos republicanos dentro y fuera del Capitolio confían en exprimir a Trump para sacar adelante su agenda y prefieren no pensar demasiado en lo que ocurrirá después.

En fotos: Seguidores de Trump sacan banderas con los colores de Rusia en discurso del presidente en la CPAC

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