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Periodismo

Óscar Martínez: las amenazas son el menor costo del trabajo periodístico

El periodista salvadoreño, ganador de tres premios a la excelencia en 2016, habla sobre los riesgos de ejercer su profesión en el país más violento del mundo.
28 Jul 2016 – 11:52 AM EDT



SAN SALVADOR, El Salvador. El periodista salvadoreño Óscar Martínez (San Salvador, 1980) recuerda el nombre y oficio de cada migrante que acompañó en el camino de Centroamérica a México —Eduardo, panadero; Julio César, albañil—, de cada municipio donde alguno de ellos fue abusado o secuestrado —Huixtla, Coatzacoalcos—, de cada pandillero que provocó su huida y de cada traficante o sicario que la hizo imposible.

Martínez ejerce el periodismo desde los 17 años y desde 2007 investiga temas de crimen organizado y migración en Centroamérica. Actualmente es coordinador de la sección Sala Negra del periódico digital El Faro, el primer medio nativo digital fundado en América Latina. Entre el 14 y el 20 de julio de este año recibió tres de los galardones más importantes del periodismo en el hemisferio: el reconocimiento a la excelencia 2016 que la Fundación Gabriel García Márquez para Un Nuevo Periodismo Iberoamericano otorgó a El Faro, el premio internacional a la Libertad de Prensa 2016 del Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ, por sus siglas en inglés) y el premio Maria Moors Cabot por la excelencia en periodismo de la Universidad de Columbia.

—¿Qué faltaba por contar sobre la migración centroamericana hacia Estados Unidos cuando comenzaste a recorrer el camino de los migrantes en 2008?
—La migración económica o la huida por temas de violencia está en nuestro ADN. El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua son sociedades partidas en dos, una parte se quedó en su lugar y otra parte está principalmente en Estados Unidos. Pero los migrantes desaparecían en el intermedio, cuando ejecutaban su verbo, que es migrar. Nadie iba a ver cómo se movía esa gente. Desaparecían de acá y aparecían allá y de repente volvían a aparecer acá convertidos en un televisor plasma o en una camisa de Los Ángeles Lakers o convertidos en remesas, en una transacción económica. ¿Pero esa gente cómo se fue? ¿Qué tuvo que hacer para irse? Toda esa imagen que construimos en Centroamérica del migrante como alguien ‘cachimbón’, como decimos en El Salvador, como alguien ‘chévere’ que se va y vuelve y da prestigio a su familia y le manda dinero, inhibió a mucha gente de contar la verdadera historia. De la migrante violada en unos montes anodinos de un municipio como Huixtla que nadie conoce, en Chiapas. O el migrante secuestrado en un municipio que aquí hasta a la gente le cuesta pronunciar, Coatzacoalcos, en Veracruz. O los migrantes cruzando por pequeños ejidos que nadie recuerda. Todo ese viaje de más de 5,000 kilómetros que hay entre Tapachula y Tijuana, cruzando un país con niveles de crimen organizado como los de México, de cerca de ocho trenes, de un promedio de un mes, desaparecía bajo esta lógica de que los queremos ver ya convertidos en remesas. Entendimos que hacer la ruta una vez no nos servía, porque no queríamos hacer una cobertura de sujetos sino de situación. El fenómeno de la migración había cambiado en México, el crimen organizado se había involucrado masivamente en el delito contra los migrantes. La escisión de Los Zetas del Cártel del Golfo en 2007 cambia los paradigmas. Lejanos ellos al control político y la negociación con los grandes narcos del sur, tienen que diversificar el delito. Cambia la situación y queríamos contar eso. Había cosas de la migración clásica que no podías dejar de contar: el viaje en tren, la frontera norte, el desierto, la border patrol, el río Bravo. Pero decidimos hacer una cobertura por intereses. Empezamos queriendo cubrir secuestros y nos fuimos a los focos rojos de secuestros. Luego quisimos entender a Los Zetas y nos fuimos a donde tenían una presencia fuerte. Quisimos contar el tren y viajamos en el tren ocho veces. Queríamos contar la trata de mujeres para explotación sexual y nos fuimos para la frontera sur. Esa fue la lógica: hacer cobertura de ejes temáticos donde los sujetos se convertían en personajes.


—¿Qué dimensión cobra en la vida de un país que cada familia tenga un trozo viviendo en la diáspora por circunstancias que no puede remediar?
—La desintegración familiar tiene directamente que ver con la proliferación de las pandillas que se crean en el sur de California pero llegan acá, tiene que ver con la concepción familiar de qué es una familia, quién se encarga de vos —normalmente son las abuelas. Pero digo imaginable porque no es algo que se ha diagnosticado. Hay muy pocos estudios y si los hay no han trascendido y no han sido promovidos contundentemente por el estado… no tenemos una idea de qué costo psicológico le ha causado eso a la población centroamericana. Estuve en México dos años y medio, viajando con ellos, y hay mucha gente traumatizada de por vida: mujeres violadas cinco veces en el trayecto, la gente que huye de aquí de las pandillas. Es imaginable el daño que la inmigración le ha causado a este país, pero solo imaginable, porque nunca se le ha prestado mucha atención. No es que los políticos viajen constantemente a Estados Unidos a reunirse, a escuchar a la población sobre estas cosas. Viajan a pedirles dinero para sus campañas. No hay ningún candidato presidencial que no vaya a ungirse allá con los migrantes. Pero no se meten a escuchar cómo vive la población salvadoreña en las zonas violentas de Chicago. O a que les cuenten en Los Ángeles cómo hacen para alquilar una casa, cómo comparten la cama caliente. Muchos de ellos viven en parques como indigentes y mandan remesas; es decir, representan parte del casi 20% del producto interno bruto que las remesas son en un país como El Salvador, pero viven en un parque o a veces en autobuses que aprovechan para dormir. A los políticos centroamericanos les importa el show con los migrantes, pero no les importan los migrantes naturalmente. No es un interés legítimo, es la idea de pensar que se siguen yendo porque de alguna forma es necesario.


—¿Qué papel juega Estados Unidos en esto?
—Se pone en una posición bien extraña, con poca memoria y esto aplica a muchos gobernantes. Se ponen en la posición de que los problemas que siguen ocurriendo en Centroamérica, como la crisis de los niños migrantes de 2014, son ajenos a ellos, donde ellos en todo caso prestan o apoyan con una solución que no les compete. La crisis de los niños está directamente relacionada con un problema que sus gobiernos ayudaron a crear y por tanto, de alguna manera se tienen que sentir como socios en esta catástrofe. Vos ves el discurso tan cínico de candidatos como Donald Trump, y es la representación de muchos estadounidenses que están asustados porque están dejando de ser blancos, que creen que un muro de verdad va a parar las cosas. Que vayan a los sitios donde ya hay muro y la gente sigue pasando. Es una representación bien cínica de un olvido completo, como si no hubiese habido una injerencia. No quiero ser un internacionalista que diga que Estados Unidos tiene la culpa de todo, es que puedo enumerar en qué ha tenido que ver. De qué forma, por ejemplo, le ha pedido a México que se comporte como un cancerbero previo a la frontera. De qué forma Estados Unidos nos vende el modelo de combate al narcotráfico, cuando ellos no lo aplican. Es decir, las balas y la sangre, tírense del Río Bravo para bajo. Aquí nosotros no. Todos saben dónde pueden comprar drogas en el Bronx y no llegan los policías a matarlos ni hay masacres ahí. Es contención, como la Border Patrol lo define: no esperamos evitarlo, sino contenerlo. Pero te exigen que vos decomisés, erradiqués, tirés balas, por temas que no nos significan mayor problema. Aquí el narcotráfico no es un gran problema de salud pública ni de seguridad. El problema de seguridad pública son las pandillas. Pero Estados Unidos te va a prestar todos sus recursos para que agarrés a un extraditable. Esa imposición del modelo de seguridad también tiene que ver con que mucha gente se termine yendo.

—¿Qué ha cambiado desde 2009 en la dinámica del crimen organizado y en las razones del migrante para emprender el viaje pese a esos peligros que conoce bien?
—El Salvador se convirtió en un país más violento de lo que era en 2009. Eso, junto con el fracaso de La Tregua y esa comprensión que la población tiene de que los políticos jugaron sucio con las pandillas e intentaron negociar por debajo del agua, generó un desencanto terrible y la gente sigue yéndose, sigue considerando irse como una de las opciones. Si bien las pandillas no se atacaban durante La Tregua, solidificaron el control de sus barrios. Los líderes sabían que esto iba a acabar en algún momento, nunca vieron señales claras de apoyo completo del Estado como aparato y decían: no perdamos territorio. De hecho, durante La Tregua incorporaron a muchos pandilleros para controlar mejor su territorio. Y eso no jode al otro pandillero, pero sí a la familia que vive adentro del territorio. Muchas familias no pueden visitar a sus familiares, tienen que verse en un centro comercial: unos viven en zona MS (Mara Salvatrucha), otros en zona del Barrio 18 y ya no pueden entrar. El momento más cercano que hemos tenido de que esas pandillas entiendan que no son tan distintas y armen un espacio de conversación constante ha sido el actual, cuando han entendido que más que enemigos entre ellos, son enemigos del Estado. Porque el Estado ha empezado a aplicar tácticas como masacres, tortura, contra estos grupos criminales nefastos. Estos tipos ya llevan más de un año manteniendo reuniones y un grupo de coordinación entre las tres pandillas, no atacándose. El momento más cercano de que ellos entiendan y empiecen a apuntar a alguien distinto a ellos mismos es ahora.


—¿Cómo es la relación de El Faro con las pandillas?
—Ha sido una relación tensa porque hemos develado cosas como La Tregua, como la forma en la que opera la extorsión, porque hemos contado masacres, porque hemos hablado con traidores de las pandillas y les molesta mucho que un traidor cuente la historia. Nos odian en muchas cosas. Pero saben que hay cuestiones que somos los únicos que las cubrimos, como las masacres policiales. En ese tipo de temas vos podés tener alguna facilidad indirecta de parte de las pandillas. Ellos saben qué tipo de preguntas andamos haciendo en sus lugares y cuando las hacemos, se alejan y te dejan trabajar. La relación que siempre ha primado con las pandillas desde el inicio se ha basado en dos cosas necesarias: que nosotros hacemos lo que decimos, nunca les regalamos una entrevista, hemos sido directos con ellos; y que ellos saben que entendemos. Pueden detestar lo que dijimos de una masacre, pero saben que es verdad lo que contamos. Saben que cuando hacemos una noticia, aunque esa noticia los joda, no ha sido la versión mediocre de un periodista que llega a creerle al policía lo que dice.


—¿Causa más problemas el Estado salvadoreño?
—El Estado últimamente se lo ha tomado muy mal, sobre todo la policía y los grupos parapoliciales. Tenemos evidencias de que no solo han llegado a buscar nuestras casas y el periódico, sino de que han mandado amenazas explícitas. Lo bueno de que la amenaza venga no de un grupo criminal sino de un grupo estatal es que los mensajes que El Faro tiene a la mano sí calan: que siete embajadas hayan escrito cartas, que cinco instituciones y seis medios hayan sacado notas internacionales, que el New Yorker te haya venido a entrevistar en ese momento, eso cala. A las pandillas eso les importa un pepino, pero a estos grupos sí les importa. Aunque siguen llegando amenazas, son aquellas a las que un medio que haga este trabajo tiene que considerar el menor de los costos, que ya sabíamos que íbamos a asumir. Vos no podés hacer periodismo de profundidad en el país más homicida del mundo y no tener algunos problemas. Siempre lo hemos dicho: el problema de un periodista no se acerca al problema de sus fuentes. Nosotros, quiera que no, entramos a una zona, salimos y contamo. Pero las fuentes que se animan a hablar con vos que se quedan ahí. El riesgo del periodista es asumible porque vos lo podés planificar. El riesgo de una fuente no lo es, normalmente. Si una pregunta nos hacemos es cómo cuidar a nuestras fuentes, cómo no terminar de arruinarle la vida ya arruinada a una persona que da su testimonio.

—¿Cuándo fue la última vez que asesinaron a una de tus fuentes?
—La última vez que me ocurrió fue con Miguel Ángel Tovar, El Niño, pandillero de una clica que se llamaba la Hollywood Loco Salvatrucha. A él lo mataron en noviembre de 2014. Miguel Ángel, tenía mi edad cuando se lo echaron. Sobre él estoy trabajando el último libro. La idea era trabajar un libro sobre él desde que lo conocí, porque había sido un niño con una infancia catastrófica, luego sicario, luego tercera palabra de su clica. Finalmente, le matan a su hermano en otra clica y él empieza a vengar su muerte internamente, hasta que la pandilla comienza a sospechar. Entonces, él decide hacerse colaborador del Estado para salvarse el pellejo, y el Estado termina vendiéndole y él muere. Miguel Ángel es un tipo que te describe bastante bien lo complejo que es un país como éste. Él fue un asesino terrible, pero sin ese asesino, sin su declaración en juicio, otros 56 asesinos estarían libres. En El Faro tenemos una lógica consensuada que es: lo único que podemos hacer con fuentes en riesgo, sobre todo si han sido victimarios en algún momento, es serles completamente honestos y decirles cuáles son los riesgos que enfrentan hablando. En el caso de Miguel Ángel, la pandilla sabía que él hablaba con nosotros, a él ya lo habían intentado asesinar tres veces antes de que yo lo conociera, sabían que era un traidor y que estaba colaborando en los casos. Yo tenía bastante claro que a él lo iban a matar, pero tenía también claro y él también, que Miguel Ángel era la llave para contar muchas. Yo le dije una frase por la que algunos me cuestionan: ‘Mira, Miguel Ángel, estoy haciendo esto porque creo que tu historia es más importante que tu vida. Tu historia es lo único que se puede rescatar de lo que vos sos. Si vos lo crees, vale. Si no, esto no te va a traer ningún beneficio. No te voy a pagar, la gente que te odia no se va a olvidar de vos al leer esto’. Y su respuesta fue: ‘Démosle’.


—¿ Cómo lidias con esas muertes?
—Mejorando tu técnica, mejorando tus mecanismos de comunicación, dándole vueltas a la cabeza. El periodismo al fin y al cabo es un ejercicio intelectual, aunque a muchos se les olvide. Y muchos, por la dinámica terrible del día a día en los medios de comunicación empiezan a creer que son hombres y mujeres que cargan cosas de un lado a otro, grabadoras de un sitio a otro. Empiezan a convencerse de eso y a olvidarse de que el periodismo es un oficio de reflexión constante y cada vez que te pasa algo así se te sacude el mundo. Yo lo veo en dos sentidos: el primero es que te matan a alguien que era tu fuente, alguien a quien tenías años visitando. Y el otro nivel, es que vos podés predecir muertes en un país como éste, vos podés decir: a ese tipo lo van a matar, estoy seguro de que va a pasar. El nivel de frialdad yo no lo oculto, pongo todo sobre la mesa para que la gente te cuestione o haga lo que quiera. Yo llegué a decirle en un momento a mi editor en Nueva York cuando preguntó cuándo iba a estar listo el libro de Miguel Ángel: ‘Cuando lo maten, porque lo van a matar’. Nadie puede en un país con una justicia tan débil como la salvadoreña, acusar a 56 miembros de una mafia como la Mara Salvatrucha y no morir después. El Estado no te puede proteger.

—En un país donde los tatuajes tienen un significado tan particular para las pandillas, ¿qué significan los tuyos?
—Tengo los nombres de mi hija por todas partes y luego tengo a un montón de autores: Silvio, Sabina, Machado, Roberto Bolaño. Tengo la palabra ‘migrante’ en grande, en la espalda. Siempre me gustaron, luego con el tiempo he pensado que te friega. Este tatuaje que dice María, el nombre de mi hija, si me lo ven en ciertas zonas, es sospechoso. El hecho de que yo haya podido tatuarme y pasar tanto tiempo haciéndolo te demuestra que aquí hay diferentes niveles de sociedad. Yo vivo en una comunidad que durante mucho tiempo me permitió la inconsciencia de tatuarme, un muchacho de una colonia humilde no se tatuaría ni loco. De hecho, los pandilleros ya no se tatúan porque saben que eso con la policía o con quien sea es un serio problema. Los tatuajes te cuentan también una historia de alguien que tuvo más privilegios de los que tiene mucha gente en este país.


—Dices que para vivir en El Salvador es necesario estar constantemente interpretando códigos. ¿Qué son y qué significan estos códigos? ¿Cómo ayuda el periodismo a explicarlos?
—Hay gente que vive todo el tiempo sorteando obstáculos, haciendo estrategias para cruzar zonas de conflicto. La demarcación salvadoreña formal se ha agotado, la que importa para el 50% de la población es la demarcación pandillera: qué zona es Mara Salvatrucha, qué zona es Barrio 18. El símbolo pandillero cambia de una colonia a otra. La gente de El Salvador ya no vive en un país, vive en pedazos de un país. Y el resto del territorio está vetado para ellos, porque no puedes entrar en otros pedazos, porque no pertenecés ahí, no es tu nación. Eso es drástico. A eso me refiero con leer códigos. Y cuando no los entendés, sos poco útil como periodista. Con la familia, cada vez que tenemos un chance, nos vamos a Nicaragua porque nos ofrece un lujo: no tener miedo todo el rato, descansar de estar permanentemente leyendo códigos. Las posibilidades de que en Nicaragua te pase algo grave, de que te maten, se reducen en un 100%. Aquí pasamos de 103 homicidios por cada 100,000 habitantes y en Nicaragua ronda los ocho por cada 100,000 habitantes, es una gran diferencia, te sentís de otra forma, bajás la guardia.

—¿Por qué la violencia de El Salvador, Honduras y Guatemala no permea Nicaragua, siendo vecinos?
—La razón principal es que Nicaragua reúne todos los elementos para tener una guerra; es decir, es un país que tuvo una guerra reciente, que tiene una polarización política cabrona y que es muy pobre. En la lógica que nos han enseñado, esa sumatoria concluye en un país violento. Pero yo creo que el hecho de que los sandinistas hayan ganado, aunque ahora sean un atajo de corruptos sin igual, generó un modelo de reunión comunitaria, de sociedad. La gente se habla en Nicaragua, se comunica. Es difícil que un modelo como el pandillero permee en una sociedad donde la gente se habla. Y en segundo lugar, no tuvieron una guerra tan brutal como la salvadoreña. No fue una guerra tan brutal y tan sanguinaria, con un Estado tan represor como el salvadoreño. El Estado termina pactando de alguna manera. En Nicaragua se creó una base social y vos lo notás en las calles, en la manera de comunicarse, en la manera de crear comunidad, de poner denuncias, en la manera en la que utilizan a la policía, al margen de cuando la utilizan para cuestiones políticas y la meten a dar garrotazos a quien sea. En El Salvador la vorágine de violencia desde los años 1930 nunca paró. El Salvador, a diferencia de Nicaragua, no conoce otro modelo, nunca hemos conocido algo que no sea la violencia. La paz en El Salvador nunca fue más que una intención.

—¿Cómo ocurre el tránsito entre un periodo violento y otro, entre la violencia de los desmovilizados de la guerra y la de las pandillas?
—Las pandillas llegaron a una sociedad ya violenta, donde había expresiones juveniles de violencia. La gente de los institutos técnicos que aprendía mecánica odiaba a la gente de los otros institutos, y ya tenían refriegas en el centro de la capital. Las pandillas inauguran un nuevo camino a la violencia porque son un modelo de cooptación de ese tipo de público. Los surgimientos del Barrio 18 en el Parque Libertad en el centro de San Salvador son porque llegaban esos deportados con sus pantalones tumbados, fornidos y eran atractivos y muchos de estos jóvenes se empezaron a juntar. Hay pandilleros que cuentan que cada semana ingresaban a las pandillas filas y filas de jóvenes, que en ese momento no entendían en qué se iba a convertir esto. Y se convierte en lo que se convirtió por falta de visión del Estado, por una estupidez que cometió Estados Unidos deportando gente a un país violento, en una postguerra muy complicada. Esos 4,000 deportados se convierten en 60,000 en 2011, según cálculos del Ministerio de Seguridad y Justicia. Esas deportaciones comienzan en 1989 y terminan aproximadamente en 1994. A finales de los 90 ya son una fuerza en las prisiones de El Salvador. Ya entonces se oponen a las grandes mafias carcelarias como La Raza. Ya hay motines fuertes, masacres internas y el Estado salvadoreño, como suele hacer, renuncia a su papel de Estado y separa a las pandillas en cárceles. Eso revolucionó completamente el tema. Ahora mismo tenemos cárceles para Los Sureños y Los Revolucionarios, que son las dos facciones del Barrio 18, y para la Mara Salvatrucha. Y cárceles para los que llamamos ‘los civiles’, todos aquellos criminales que no sean pandilleros. Con todo lo que estaba ocurriendo en una sociedad violenta, donde mucha gente quería encontrar salidas violentas a su necesidad de expresarse, especialmente los jóvenes, esa fue como una inyección de heroína que nos volvió locos. Las pandillas se multiplicaron, hicieron metástasis de una manera brutal, veloz, contundente y en todos los sectores. Y empezaron a tener sus barrios de control. Allí, la pandillas es la opción que toman aquellos que tenían una opción de mierda, la opción que el Estado les ofrecía: ser pobre, arar la tierra por dos dólares al día, ver a tu hermana quedar embarazada a los 13 años.


—El Faro es uno de los primeros medios digitales de la región y además alcanza el éxito en el oficio: buen periodismo digital. ¿Qué oportunidades les ofreció internet para lograrlo?
—Cuando lo fundaron era imposible que El Faro fuera de papel, no había manera de pagarlo ni había una lógica que te permitiera pensar que bajo el modelo tradicional de prensa iba a funcionar. He trabajado en periódicos impresos grandes de este país y te digo: cuando una empresa compra espacios publicitarios no solo está comprando el espacio, está comprando protección editorial. Cuando hay otros medios que ofrecen ese doble servicio y El Faro nunca lo ha ofrecido, ¿quién te va a querer comprar publicidad? Muy poca gente. El Faro tuvo que inventarse mecanismos de solvencia que pasaban por la cooperación de Open Society Foundation, por ejemplo, sin ninguna injerencia editorial, para proyectos concretos, como el de inmigración. La plataforma digital además nos permitió hacer algo que un primer momento sonaba como una locura: escribir textos largos. Yo le compro el argumento a Martín Caparrós cuando dice que un texto no es largo ni corto, es bueno o malo. Si un texto es muy largo y es malo no se lo merecía, es un mal texto. Pero si merecía ser así de largo porque la información lo justificaba, es un buen texto. En El Faro muchas veces pecamos alargando mucho un texto que no se lo merecía, pero nos permitió escribir a contracorriente, porque nos habían vendido que en internet había que escribir bien poquito, que la gente solo quería escribir dos párrafos y pasar a una noticia de Britney Spears. Nosotros le entregamos sábanas de texto a los lectores. Y luego, internet nos obligó a diversificarnos, a dejar de ser un grupo de periodistas que estaban en la web porque no podían estar en papel, a convertirnos realmente en un medio digital. Internet ya nos dijo: ‘No pueden ser un medio digital y solo estar publicando sábanas de texto. Pónganme una foto, un slideshow, un video, algo’. El Faro no solo tiene una sección fuerte de fotografía desde 2005, sino que también tiene una sección de video, gráficos, periodismo de datos. El internet fue nuestro amigo y el padre que nos regañó para utilizarlo como se debe utilizar. Pero nuestra lógica siempre ha sido una: no importa en qué soporte hagás periodismo, lo que tenés es que hacerlo bien. La herramienta tiene que estar al servicio del buen periodismo y no el periodismo amoldarse a la herramienta.

—¿El periodismo contribuye a cambiar algo?
—En El Faro existe un espíritu de pensar que hacer las cosas bien constantemente cambia algo. Cambia las cosas el periodismo como el mar orada la piedra: con años. Pero si dejas de tirarle olas, o si tus olas son poco poderosas, olvidáte, esa piedra no se va a oradar nunca. ¿Es el ritmo que queremos el del mar? No es el ritmo que queremos, pero es el que hay. Estamos ya acostumbrados a mucho cinismo, pero sí creemos que poco a poco, con fuertes olas, oradas la piedra. Con cambiar cosas me refiero a algo muy sencillo: mejorar las vidas de cierta gente y joder las vidas de otra gente, de los corruptos, a esa gente queremos hacerle la vida más difícil y a los otros queremos hacérselas un poco más fáciles. Esa es la lógica del periodismo para mí, muy sencilla: molestar a unos y defender a otros, con pruebas, con documentación; controlar al poder.


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