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En Primera Persona

Mis días con el caníbal: esto entendí tras mis encuentros con un antropófago preso

El periodista Sinar Alvarado relata sus encuentros con el antropófago y asesino múltiple Dorancel Vargas Gómez, detenido en Venezuela desde 1999 por cuatro homicidios. Vargas, conocido en su país como 'El Comegente', fue señalado la semana pasada de desmembrar a tres hombres que otros presos mataron durante un motín carcelario.
27 Oct 2016 – 10:59 AM EDT

El aire se vuelve denso; el frío, ineludible; incómoda la banca de concreto. Entonces hay que levantarse y caminar un poco, pues la espera, a medida que se prolonga, atiza la ansiedad. Me encuentro en una comandancia de policía, ese tipo de lugares donde la desgracia es lo común. Han pasado 20 minutos desde la hora acordada y la psiquiatra aún no llega. Pero hay que esperarla. Sin ella, no podré hablar con el detenido.

—Puede preguntarle lo que quiera; él aquí es inofensivo –me dice al fin Gloria Matoma, la especialista–. Desde que llegó no se ha puesto violento. Mientras reciba su pastilla, no hay problema. ¿Se la han estado dando?
Un policía, firme junto a ella, asiente:
—Se la metemos en la comida, doctora, porque no le gusta.
—Compre leche y cigarrillos; eso es lo que le gusta –recomienda ella antes de entrar.

Así supero los primeros barrotes. Cuando alcanzo el segundo portón, un oficial sentado tras un escritorio escucha a la psiquiatra: “El señor es periodista; viene a hablar con Dorancel”. Por razones de seguridad, el sujeto prefiere una entrevista a través de las rejas, pero qué va, nada de eso: he sido autorizado por un tribunal para hablar cara a cara con Dorancel Vargas Gómez, el famoso 'Comegente', el 'Hannibal de los Andes'.

Así narré, a fines de 2004, mi primer encuentro con el antropófago y asesino múltiple que hoy ha vuelto a ser noticia. Los calabozos de la Policía del Estado Táchira, en Venezuela, no exhibían entonces el hacinamiento de hoy: 389 hombres donde solo debería haber 200. Pero detrás de los barrotes ya empezaban a juntarse demasiados delincuentes ojerosos, descamisados y taciturnos. Esa sobrepoblación extrema terminaría disparando motines como el de hace unas semanas, que empezó con nueve mujeres y dos policías secuestrados, duró un mes y terminó con dos reclusos muertos y Dorancel otra vez como protagonista. Los testigos dicen que él descuartizó los cuerpos que después varios presos se comieron obligados por los líderes del motín.


Hace doce años era natural inflar las expectativas. Cuando conocí a Dorancel, esperaba encontrar a un hombre agresivo y temible: un criminal peligroso que justificara sus cuatro homicidios confirmados. Pero me recibió un paciente manso; un enfermo desubicado por completo en el tiempo y el espacio. Dorancel llevaba entonces cinco años en la misma celda, pero no estaba seguro de cuánto tiempo había transcurrido desde su ruidosa captura. Un par de veces le pregunté, y sus respuestas fueron distintas: “dos semanas”, dijo primero; “como un año”, calculó después. Y cuando quise saber adónde deseaba ir, dijo sin dudas y con nostalgia: “A San Cristóbal”. Como evocando un lugar lejano, mientras pagaba condena en el mero centro de esa ciudad.

Otra decepción fue su discurso: plagado de incoherencias y desvaríos. En los primeros minutos de charla, sentados frente a frente en el patio de la comisaría, descubrí que Dorancel no era una fuente confiable para reconstruir su propia historia. Su cerebro, fundido por la esquizofrenia paranoide, estaba demasiado desorientado y contradecía a cada rato su testimonio. Allí, escuchando ese palabrerío insolvente, entendí que para conocer al personaje debía girar en su entorno.

El perfil que hice de Dorancel Vargas Gómez, el famoso 'Comegente'; el hombre de barba y melena que ocupó la atención de tantos diarios y noticieros de televisión de Venezuela; la biografía del protagonista de dos canciones populares y muchos cuentos de terror, se construyó con escasos aportes de su voz, y con mucha ayuda de otros: sus hermanos, por ejemplo, Manolo y Doraín, que me recibieron incrédulos en una pequeña finca a orillas de un río en los Llanos venezolanos, bajo un aguacero y con barro hasta los tobillos; donde me contaron, en voz baja y con vergüenza, todo lo que habían sufrido mientras su hermano vivió junto a la familia. Pero también las voces de otras familias: las de sus cuatro víctimas. Madres, padres, hermanos e hijos de hombres muy pobres que se toparon con el homicida en el peor lugar y momento posibles.

Era inconcebible el dolor que toda esa gente había padecido. No solo tenían que enfrentar el hecho de que sus familiares habían sido asesinados; además debían aceptar que sus restos fueron cocinados y tragados por el victimario. Recuerdo a Leto, encargado de reconocer los escasos restos de Antonio López Guerrero, su hermano mayor. Los llevó en un pequeño ataúd infantil desde la morgue hasta el cementerio; y en el camino, orando, le pedía fuerzas al difunto para que lo ayudara, por favor, a completar la amarga tarea que le habían asignado.

Girar alrededor de esta historia me llevó a recorrer el mundo carcelario. Frecuenté tres prisiones distintas en los Andes y en los Llanos de Venezuela; incluso dormí una noche en uno de esos penales, y vi de cerca la ignominia a la que deben someterse miles de hombres cada día para sobrevivir durante sus condenas. Conocí historias de torturas y robos permanentes, de abusos y violaciones cotidianas. Y vi de cerca el lento proceso que, lejos de rehabilitar a un hombre, lo va degradando hasta fabricar un animal primitivo.

Fueron decenas de entrevistas, casi todas dolorosas. Y entre las causas de tanta desgracia yacían los sospechosos de siempre: la pobreza, la ignorancia. Los desconcertados hermanos de Dorancel llegaron a lanzarme preguntas –a mí, que tenía tantas–, tratando de entender qué había ocurrido con su pobre muchacho. Atados de manos encontré también a policías y jueces, que hacían su trabajo sin mayor esperanza, acostumbrados, convencidos de que el crimen tarde o temprano volvería a tomarles ventaja. Recuerdo al oficial Mendoza, que capturó al 'Comegente' en 1995, después de su primer asesinato; y se sorprendió cuatro años más tarde, cuando lo vio de nuevo en pantalla, suelto desde hacía un año, liberado por un juez incompetente y con otros tres muertos recién sumados a su prontuario.

Hace doce años, cuando visité a Dorancel por primera vez en su calabozo de San Cristóbal, aún lo veía como un victimario sin alma: no había descubierto su auténtico perfil de instrumento maleable. Mientras conversábamos aquella mañana en los calabozos, junto a la celda enorme que solo él ocupaba, inicié mi entrevista nervioso; pero pronto empecé a calmarme, tal vez contagiado por la naturalidad que el criminal exhibía. Después conocí parte de su diagnóstico: “afectividad aplanada”. Es decir, que nada lo afecta, que nada lo perturba y todo le parece perfectamente normal. Incluso matar y comer del muerto.

Mi crónica de entonces, algo efectista, terminaba así: “Dorancel se disculpa por no tener frutas para ofrecer. Ya he apagado la grabadora, y él sigue balbuceando, despidiéndose. Saca la mano a través de los barrotes y de nuevo se la estrecho. Entonces se acerca a la reja, esboza una sonrisa en silencio y me mira de arriba abajo, como escrutándome, casi invadiéndome. Y susurra:
—Se ve usted muy saludable; cuídese”.

Un año más tarde, cuando amplié la investigación para escribir un libro, conocí a fondo todas las caras de esta historia llena de víctimas. Y comprendí que Dorancel, el asesino múltiple acosado por la locura, era tristemente una más. Quizá la más sufrida, porque las otras ya descansan; mientras él continúa enfrentado a sus muchos demonios. Entonces, cuando terminé ese volumen sobre el personaje, elegí un final alternativo. Uno menos cinematográfico, pero decididamente más honesto y más justo. Uno que resume la indefensión y la soledad, el dolor y la culpa:

“Quien viaje un día a San Cristóbal y se aventure a visitarlo, encontrará a un tipo de risa fácil, conversador, jovial, que recuerda claramente sus crímenes, que a ratos se arrepiente de todo y casi siempre manda saludos a su familia. Quien converse un rato con él conocerá a un hombre distraído, temeroso, que escucha ruidos y acusa imágenes inexistentes. Un enfermo incurable que, si se le pregunta por sus víctimas, responderá:

—¿Los muertos? ¡Esos son los que lo joden a uno! Ahí llegan… Ahí llegan… Todos escoñetados. Vienen a esta hora, a joder por ahí, a joderlo a uno. Eso es lo que me tiene jodido. Ahí llegan los muertos… Los que me comí. A veces vienen de noche, no me dejan dormir. A veces vienen, a veces se van. Y hablan… Me dicen que no los piense, que no piense nada. ¿Será pa ayudarme?".


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