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Elecciones 2016

La regla número 9: ¿puede el partido republicano sustituir a Trump?

El nombre de Trump ya está impreso en las boletas y la votación ya ha empezado en parte del país. Pero el partido aún puede sustituir a su candidato, aunque sea de manera simbólica.
1 Ago 2016 – 5:58 PM EDT

La regla número 9 del partido republicano lleva años intacta. Se refiere a cómo “llenar las vacantes en las nominaciones”, es decir qué hacer para sustituir a un candidato a presidente o a vicepresidente si es necesario.

El artículo dice que la responsabilidad recae sobre el Comité Nacional Republicano y contempla tres supuestos: “muerte, dimisión u otra cosa” (“ otherwise”) del candidato republicano a presidente o a vicepresidente una vez elegidos por la convención.

No hay ningún precedente en ninguno de los dos partidos en los que se haya sustituido al candidato a presidente ni se hayan tenido que afrontar circunstancias extremas entre la convención y las elecciones.

Pero la peculiaridad de estas elecciones hace que ni los supuestos más raros sean ya impensables. Sobre todo cuando Donald Trump está violando tantos principios del comportamiento básico de un candidato a la Casa Blanca.

El vídeo en el que Trump se vanagloria de traicionar a su tercera mujer y de manosear a mujeres a su antojo ha provocado la condena de los líderes del partido y una reunión de urgencia sobre qué margen queda para sustituir al candidato.

El debate también surgió por las declaraciones de Donald Trump contra los padres de un soldado muerto en la guerra de Irak han indignado a gran parte de su partido. Paul Ryan, Mitch McConnell, John McCain, Jeb Bush, Nikki Haley e incluso el candidato a vicepresidente Mike Pence han salido a defender a la familia de Humayun Khan, en algunos casos criticando abiertamente a Trump.

El partido aún puede cambiar a su candidato, pero a diferencia de lo que sucedia hasta hace unas semanas, se han pasado los plazos en los estados para la presentación de candidatos y el nombre de Trump ya está en las papeletas.

De hecho, el voto temprano, tanto por correo como presencial, ya ha comenzado en varios estados. Este viernes, por ejemplo, votó el presidente Barack Obama en Chicago.

Las normas electorales sólo contemplan la sustitución oficial en caso de defunción.

Si hubiera un cambio de candidato, los republicanos podrían animar a sus seguidores a que escribieran el nombre de otra persona, la práctica que se conoce como " write-in" y que no se admite en todos los estados. Algunos candidatos reparten pegatinas con nombres de candidatos que no han logrado cumplir con los plazos. Algo así se podría hacer con Mike Pence, ahora candidato a vicepresidente.

“Otra cosa”

Lo primero, en cualquier caso, sería que el partido nombrara a otra persona como su candidato a la Casa Blanca.

El movimiento dentro de los republicanos del grupo Never Trump intentó su última ofensiva en la convención republicana y desde entonces la mayoría de sus miembros dicen que no queda nada por hacer contra el candidato oficial.

Sin embargo, en un caso extremo, sí hay una manera de sustituir al candidato incluso después de la convención del partido.

Las reglas no detallan cómo se encontraría a otro candidato y qué tendría que hacer exactamente el comité nacional republicano, pero la responsabilidad es suya. No sería necesario volver a llamar a todos los delegados para otra convención.

En el Comité Nacional Republicano, cada estado o territorio está representado por tres personas. El comité también puede cambiar esa regla número 9 para definirla mejor. Para elegir a un candidato, los miembros del comité tienen el peso relativo a los delegados de sus estados, pero para cambiar las reglas todos los votos valen lo mismo: es decir tres por cada estado.

“La mayoría de los cambios de reglas nacen de una forma de necesidad”, me dice Curly Haugland, empresario de Dakota del Norte y que ha sido miembro del comité de reglas durante ocho años, hasta esta convención.

En Cleveland, él luchó por un debate sobre las reglas para que los delegados pudieran votar en conciencia si no querían apoyar a Trump. Desde entonces, asegura estar resignado a que no hay mucho que hacer contra Trump. “No hay ninguna razón para pensar que él no va a ser el candidato en noviembre. No hay urgencia para cambiar las reglas”. Aun así, dice que el “otra cosa” incluido en la regla 9 deja abierta la puerta a cualquier cambio. “Pero es territorio desconocido. No sé quién podría proponer algo así”.


La reacción de la base

Cualquier movimiento que no fuera voluntario de Trump sería muy difícil de gestionar para el partido y por eso en la actualidad no se contempla. Haughland asegura que no hubo ningún debate en la convención sobre la regla número 9.

“La muchedumbre se excitaría si su elección fuera eliminada desde el liderazgo del partido. Sólo hay que ver cómo reaccionaron en las calles de Chicago los jóvenes demócratas de izquierdas cuando Humphrey fue nominado”, me explica Barbara Perry, directora de Estudios Presidenciales del Miller Center de la Universidad de Virginia. “Por eso los demócratas adoptaron el proceso de superdelegados, para que el liderazgo del partido sirviera como control de la base después de la derrota apabullante de McGovern en 1972. Será interesante ver si, gane o pierda Trump, el Partido Republicano aplica su propio control sobre el vox populi”.

Los superdelegados son representantes del partido que están por encima de los delegados elegidos en primarias. En el Partido Republicano no existe una figura equivalente.

El precedente Eagleton

El precedente más reciente de un candidato en un ticket presidencial forzado a renunciar es el de Tom Eagleton, aspirante a vicepresidente en la campaña con McGovern del '72. En ese caso, Eagleton reaccionó a la presión del partido y presentó su dimisión por petición del candidato a presidente.

Eagleton había sido hospitalizado tres veces por depresión y otros problemas mentales unos años antes y había sido sometido a una técnica de electroshock en una época donde había poca información sobre las enfermedades psíquicas.

Tras las revelaciones, el candidato a vicepresidente había intentado mantenerse en el puesto, pero el 31 de julio renunció para “no dividir al partido”, según dijo ante la prensa. Eagleton no quería renunciar y sus asesores acusaron a McGovern de darle la espalda justo cuando la opinión pública empezaba a mostrar simpatía hacia él. McGovern se justificaba con que el debate era una “distracción”.

Había pasado una semana desde la convención y el Comité Nacional Demócrata convocó otra reunión pero sólo de los miembros del comité, que representaban a todos los estados con el número de delegados correspondientes a cada lugar, como se haría ahora. El 8 de agosto, en Washington, fue anunciado el sucesor. El comité votó por amplia mayoría a favor de Sargent Shriver. Las excepciones fueron tres: Missouri, el estado del que era senador Eagleton, que votó al dimitido candidato; Oregon, que dio cuatro de sus 34 votos a un candidato que no se presentaba, y Guam, que no votó.

“La diferencia esencial es que Eagleton renunció. No sería un precedente para cómo forzar a un candidato”, me explica Alex Keyssar, profesor de Historia y Política Social de la Universidad de Harvard. “Tendría que pasar algo ilegal para que el partido forzara algo así. Como que Trump disparara a alguien en Broadway”. En enero, Trump puso el ejemplo de que si disparara a alguien en la calle en Nueva York no perdería votos.

El margen de los electores

Keyssar está escribiendo un libro sobre el colegio electoral y explica que los electores son, en teoría, libres de votar a otro candidato distinto del que ha salido elegido en su estado aunque hasta ahora el procedimiento haya sido simbólico.

Los electores, elegidos por los partidos estatales, votan en cada capital de cada estado después de las elecciones. Este año tienen que hacerlo el 19 de diciembre.

La rebelión más numerosa fue de más de una docena de electores de estados sureños, que no votó a Kennedy en 1960 como habían hecho los votantes de sus estados. Más recientemente, han habido casos más aislados. Como el de 2004, cuando un elector de Minnesota votó por John Edwards, candidato a vicepresidente, en lugar de John Kerry. En ninguna ocasión, los cambios han tenido consecuencias.

Varios estados han aprobado leyes para obligar a los electores a votar al candidato elegido en su estado pero Keyssar cree que si llegaran al Supremo serían declaradas inconstitucionales. “La Constitución prevé un debate, aunque ya no se dé, y por tanto implica que los electores votan según su propio juicio”, dice.

Si hubiera alguna circunstancia excepcional, cree que hay “margen de maniobra” para cambiar al candidato ganador hasta que tome posesión el 20 de enero, pero una vez más las reglas no están claras. “Hay ambigüedad sobre qué pasa entre la certificación de los votos que hace el Congreso y la toma de posesión”, explica Keyssar, cuyo libro se espera para las elecciones.

El voto protesta

Más allá del caso extremo de que Trump se retirara o fuera obligado a dimitir, hay un escenario más probable, que es la división del voto republicano como modo de protesta.

“La lección de la Historia es que aquellos votantes descontentos con el candidato de un partido normalmente se separan de ese candidato y apoyan a un candidato de un tercer partido. Pasó con Teddy Roosevelt en 1912, Strom Thurmond en 1948, Henry Wallace en 1948, George Wallace en 1968, John Anderson en 1980, y Pat Buchanan en 2000”, explica Barbara Perry, la profesora de la Universidad de Virginia.

En este caso, el libertario Gary Johnson está ganando apoyos de republicanos desencantados, según las encuestas. Si consigue llegar al 15% de intención de voto, la comisión electoral le tendrá que incluir en los debates presidenciales.

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