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Crisis en Venezuela

Migrar para prostituirse, la herencia oculta de la crisis venezolana

Prostíbulos, bares, páginas de citas y zonas de tolerancia en Colombia están llenas de venezolanos que ofrecen servicios sexuales a cambio de dinero no devaluado. El Estado los denomina simplemente migrantes irregulares, pero la condición de ilegalidad en la que viven hace aún más vulnerables sus derechos.
5 Dic 2016 – 02:22 PM EST
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SANTA MARTA, Colombia.- La primera noche en la que Rocío se fue a la cama con un desconocido estaba tan asustada que lloró desde que salió del bar hasta que llegó a la pieza. Esa noche fue larga y dura, y la recuerda como el momento en el que más ha lamentado ser pobre y no haber estudiado más allá del kínder porque en su casa eran muchos y a ella le tocó trabajar desde muy pequeña.

“Por suerte ese extraño entendió mi angustia y no me obligó a hacer nada. Me pagó sin tener sexo, pero luego siguieron muchas noches en las que tuve que cumplir la tarea y poco a poco fui perdiendo el asco. Aquel hombre era Jorge, quien ahora es mi amigo”, relata.

Rocío decidió abandonar su natal Venezuela cuando se dio cuenta de que no tenía con qué comprar comida para ella y sus cuatro hijas. Migró a Colombia con la esperanza de trabajar como peluquera y ganar suficiente dinero para mandarle a su familia. Pero la realidad le cambió el plan. Al llegar a Maicao, que es la ciudad más próxima a la frontera en el departamento colombiano de La Guajira, le ofrecieron trabajar de mesera en un bar. A las pocas horas de su estreno supo que no solo tenía que servir tragos y ponerse poca ropa, sino que también tendría que prostituirse.

Colombia fue el destino que escogió esta mujer de 29 años, porque podría viajar en bus sin mucho gasto. Pero, como la frontera entre Colombia y Venezuela estaba cerrada por decisión del gobierno de Nicolás Maduro, tuvo que pagar a los extorsionistas buena parte del dinero que llevaba, 10 veces lo que ganaba semanal en una peluquería en Venezuela, o sea 30,000 bolívares fuertes.

Hace más de nueve meses que Rocío trabaja como prostituta en el centro histórico de Santa Marta, una ciudad turística que tiene de fondo el Mar Caribe. Prefiere la calle porque ahí no tiene que cumplir reglas ni rendir cuentas. Le gusta la libertad y no quiere sentirse presa, dice, como otras venezolanas que llegan a estas ciudades con el 'padrinazgo' de un proxeneta que les garantiza hospedaje, comida y seguridad. Pero ellas pierden el poder de decidir cuánto y cómo quieren trabajar.

Rocío es una mujer que habla con dulzura y pide permiso y disculpas a cada rato. Tiene las manos pequeñas y las uñas cortas bien arregladas, sin colores escandalosos ni apliques. Unos ojos diminutos discretamente maquillados están enmarcados por sus lentes de aumento con montura fucsia. Las cejas tatuadas y el cabello oscuro desordenado adrede le han hecho ganarse entre sus compañeras el sobrenombre de 'la greñúa'. Lo cuenta con orgullo porque quiere ser reconocida por su coquetería. También por eso se cuida la piel, procura alimentarse con muchas frutas y verduras y no consume licor, aunque para "mitigar los pesares del oficio" fuma marihuana.


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Ella era peluquera en Barquisimeto, la cuarta ciudad más poblada de Venezuela ubicada en el occidente del país. Estirando rulos, haciendo peinados y cambiando el color de cabellos conseguía semanalmente lo suficiente para cubrir sus necesidades básicas y las de sus hijas. No tenían lujos, pero tampoco faltaba la comida, los útiles escolares ni los dulces. Así era antes.

A comienzos de 2015 el marido de Rocío quedó atrapado en una balacera y lo mataron. Entonces le tocó asumir del todo la manutención de sus cuatro niñas de 4, 6, 8 y 10 años. Además, tiene que ayudar a su hermano, que cayó preso por robar a los pasajeros de una buseta en Barquisimeto, y mantener a su madre de casi 60 años, que es quien se ocupa de la crianza de sus hijas mientras ella trabaja. Es una carga fuerte la de Rocío.

“Yo me ganaba 3,000 bolívares fuertes semanales en la peluquería -la mitad de un sueldo mínimo en 2014-, y con eso resolvía lo importante. Pero la comida empezó a escasear y lo que se conseguía con los revendedores se volvió imposible de pagar. Ya no me alcanzaba lo que ganaba, ni que trabajara de lunes a lunes. Un día no tenía para darles almuerzo a mis hijas y eso me dio pánico. Así que salí y vendí un aire acondicionado que usábamos en casa. Mientras el nuevo dueño lo desmontaba, decidí que debía salir de ese país a buscar cómo ganar más dinero”, cuenta mientras apura el paso.

La mujer tiene afán porque semanalmente debe enviar 600,000 pesos colombianos o 200 dólares para mantener a su familia. Eso es casi el equivalente a un sueldo mínimo en Colombia y a 3 sueldos mínimos en Venezuela.

Por cada encuentro sexual, Rocío cobra 40,000 pesos (12 dólares), pero si la contratan para toda la noche bajo una modalidad que las trabajadoras sexuales denominan 'amanecida' son 300,000 pesos. O sea, la mitad de lo que manda a su país cada semana. Con suerte, en dos amanecidas resuelve lo del envío. Si no, le toca reunir lo que obtiene por acostarse con ocho desconocidos. Eso sin contar sus gastos.

"Las amanecidas a veces se hacen largas, pero todo depende del cliente. Algunos no te dejan dormir y hay que complacerlos. Pero hay otros que buscan compañía, que alguien los escuche y los consienta y para eso soy buena. Por esa forma de ser me quieren y me protegen mis amigas, porque no me busco problemas con nadie y respeto la tarifa. A mí nadie me había dado tanto cariño como lo han hecho las mujeres colombianas con las que trabajo en la calle", asegura Rocío.

No puede perder más tiempo en la conversa. Regresa a su esquina, en la calle cuarta con carrera primera de Santa Marta, diagonal a una casa colonial donde se hospeda. Ahí aguarda paciente a que llegue alguien a pagarle por su cuerpo que es lo único que tiene para vender.


Doble vida

Un hombre calvo y grande que es portero de un local comercial en Santa Marta con fachada de hotel pero que en el fondo es un prostíbulo dice que ahí se presentan decenas de venezolanas cada semana a pedir trabajo desde hace más o menos un año. Dice que ellos prefieren a las que llegan recomendadas por algún “representante” porque eso implica menos responsabilidad, pero no quiere entrar en detalles.

Pese a que quienes conocen el negocio se rehúsan a dar datos concretos de la prositución venezolana en Colombia, en Santa Marta se puede seguir su rastro en las calles.

En el prostíbulo Bananas son las 4 de la tarde y no hay mujeres ni luces de colores, ni música ni clientes. Solo se ven tres hombres sobre los muebles rojos, entre ellos el dueño del bar que prefiere no revelar su nombre y asegura que ahí no trabajan prostitutas de nacionalidad venezolana porque la mayoría carece de documentos colombianos y las multas que impone el gobierno por contratar personas en condición irregular son de casi de 2 millones de pesos (unos 700 dólares).

En el Parque Simón Bolívar hay dos chicas con ropa muy ceñida: una tiene 22 años, la otra 26. Dicen ser de Maracaibo, la ciudad petrolera que está en el Occidente de Venezuela, pero llegaron a la capital del Magdalena hace un mes a rebuscarse una plata con la prostitución porque en su país no encontraban trabajo. Una de ellas, Andrea, desmiente al dueño del Bar Bananas y cuenta que ahí trabajan muchas de sus paisanas, igual que en otros tres bares que se llaman Dubai, Reno-Bar y Babilonia. Ella misma afirma haber trabajado por días en algunos de esos sitios, pero es esquiva con los detalles.

En los foros y páginas web donde se anuncian servicios sexuales en Colombia, hay cientos de ofertas que especifican que están disponibles prostitutas de nacionalidad venezolana. Lo destacan como un valor agregado para quienes frecuentan estos sitios virtuales en busca de compañía. Algunas de estas mujeres no siempre responden porque en cuanto hacen cierta cantidad de dinero se regresan a su país y vuelven cuando se les acaba.

Quienes se dedican al negocio en la zona desde hace años se sientan amenazadas por las nuevas trabajadoras.

Ese es el caso de una prostituta que está a una cuadra. Claudia, como me pide que le llame, dice tener 14 años vendiendo sexo en esa ciudad turística, desde los 13. Es nacida en esta región del Caribe colombiano y se siente amenazada por la presencia de extranjeras en su zona de trabajo:

“Ojalá se fueran todas estas hijueputas venezolanas. Han dañado la plaza. Son muchas y quieren cobrar barato. Hay algunas que tienen tanta necesidad que se van con un hombre por 20,000 pesos (7 dólares) y pagan ellas la pieza. Las locales sabemos que por menos de 30,000 nos estaríamos regalando. Lo que pasa es que ellas cambian esos pesos a bolívares y les parece una millonada. Al final, las perjudicadas somos las de aquí, que cobramos y gastamos en pesos”, enfatiza Claudia, apoyada en una acera del malecón.

Al contrario de lo que sucede con Claudia, los venezolanos que se dedican a la prostitución en Colombia no piden que se les cambie el nombre. Ellos ya lo hicieron. Están acostumbrados a hacerse llamar de una forma diferente a la que aparece en sus partidas de nacimiento. Pero en la vida real, en la que les duele la Venezuela que dejaron atrás, protegen con celo sus afectos y detestan vender su cuerpo ante la falta de mejores oportunidades, tienen otro nombre.

Migración Colombia precisa que en los últimos años prácticamente se ha triplicado el número de venezolanos sancionados económicamente o deportados a su país por ingresar o permanecer de manera irregular en Colombia o por trabajar sin documentación que los autorice para ello: de 1,581 de 2014 a 4,789 en lo que va de 2016.

La autoridad migratoria hace énfasis en que ellos no persiguen a personas de alguna nacionalidad en específica ni tampoco se enfocan en deportar o expulsar a quienes estén realizando alguna actividad puntual sin permiso para ello. Todo lo que hacen es cumplir con su deber: el que no tenga papeles en regla debe marcharse, dicen.

Óscar Calderón es coordinador del Servicio Jesuita a Refugiados, una organización que defiende a las víctimas del desplazamiento forzado en el Norte de Santander, y asegura que en el último año ha visto un aumento exponencial en los casos de migrantes venezolanos que huyen de "una violencia generalizada" y llegan al país vecino en busca de condiciones socioeconómicas más estables pero sin documentos que les permitan trabajar . "El primer caso que tenemos registrado en la organización es de comienzos de 2013. Hoy en día tenemos un promedio de 20 reportes por semana en Cúcuta nada más”, afirma.

Esa situación, apunta, entrega a las persona a manos de la ilegalidad y los vuelve más vulnerables y en ocasiones víctimas de la explotación laboral y sexual, la violencia, la extorsión y las amenazas: “Optar por obtener la visa de trabajo es difícil para la mano de obra calificada y prácticamente imposible para la no calificada. De ahí que en estos momentos vemos a muchos venezolanos migrantes que recurren a las actividades informales porque están impedidos de vincularse con contratos formales. Así, muchos terminan montados en los buses vendiendo golosinas o prostituyéndose”.

Esos migrantes permanecen en un país ajeno, sin derecho a salud, educación, programas sociales ni identidad. No pueden exigir nada, ni siquiera justicia.


Dinero fuerte

En un hotel en Barranquilla se hospeda temporalmente Ricardo, un venezolano de 27 años que cobra entre 120,000 y 150,000 pesos por una hora de sexo (de 40 a 50 dólares). Tiene un cuerpo con bonitas formas ganado a fuerza de horas de gimnasio y una cara joven que le podría facilitar la labor de conquista en cualquier escenario. Pero no le interesa una compañía sentimental. Le perdió la fe a la gente, dejó de creer en la solidaridad, en la amistad y en el amor. Trabaja como 'scort' y dice que no pierde tiempo en pendejadas.

¿Siempre tienes clientes?

–En el medio en el que me desenvuelvo en Colombia tengo buena fama y es muy difícil que pase un día sin dar al menos un servicio. Tengo clientes de todo tipo: gays, ejecutivos, casados, policías, viejos ociosos con mucha plata… de todo. Soy muy serio en mi trabajo. No beso, pero acaricio y masajeo un buen rato, para ganar tiempo, les digo cosas que quieren oír, completo el acto sexual, cobro y me voy. Y así puedo hacer en un día el equivalente a 300 dólares y en un mes un promedio de 2,000 dólares. Después de todo, con un porro de marihuana consigo olvidar el asco que me da tener sexo con alguien que me desagrada.


–¿Y qué hacías en Venezuela antes de irte a Colombia a prostituirte?

–Reparaba celulares y vendía accesorios, pero hace por lo menos dos años que eso se acabó. No había ni celulares, ni accesorios y tampoco quien pagara lo que el trabajo costaba. Así que empecé viajando de Maracaibo a Caracas para algunos encuentros sexuales pagados y después me lancé para Cúcuta y luego a Bogotá porque me dijeron que podía ganar buen dinero. Y así fue. Uno gana en pesos y cuando cambia se le ve el queso a la tostada. Con la devaluación del bolívar, lo que uno cobra allá no alcanza ni para comer.

–¿Desde el comienzo hubo buenos ingresos?

–No, en Cúcuta pasé hambre porque cuando uno tiene ahorros en bolívares y los cambia en la frontera se convierten en sal y agua, y como nadie me conocía no tenía clientela en esta ciudad. Pero en cuanto hice unos pesitos empecé a moverme entre Bogotá, Cartagena, Barranquilla y Medellín.

– ¿De qué manera promocionas tus servicios sexuales?

– Para trabajar en Barranquilla hay una página web que se llama co.mileroticos.com. Uno mismo pone sus fotos, describe lo que hace y lo que no. A los administradores del portal se les depositan 10,000 pesos por anuncio, por 7 días. Pongo 10 avisos cada semana y a eso le saco el 1,000%. En Bogotá hay casas de citas donde el cliente va y escoge al que quiere, o nos hospedamos en hoteles, puteaderos, ubicados en una zona que se llama Chapinero, y nos contactan por redes sociales. En Cartagena es diferente: varios prepagos alquilamos un apartamento en la zona turística y se trabaja con una aplicación para teléfonos inteligentes que se llama Grindr.

–¿Qué es lo que piensa tu familia que haces en Colombia?

No hay cuento. Mi mamá es cristiana evangélica y siempre ha estado muy ocupada con sus asuntos de la iglesia, así que quien me crió fue mi hermana. Cuando mi mamá se dio cuenta de que yo era homosexual me echó a un lado porque en cualquier momento me iba a llevar el diablo. Por eso nuestra relación no es cercana. Sólo me pide plata y se la doy. Mi hermana mayor sabe lo que hago y no me cuestiona. Gracias a que me prostituyo sobrevivimos todos en mi casa, así que nada tiene que decir.

–¿Te quedarás a vivir en Colombia?

No, esto es temporal. Hasta que pase la crisis en Venezuela y pueda regresar a montar un negocio propio.

Otro venezolano prepago piensa que por ahora será difícil regresar. Hace dos años que a Carlos le dijeron que en Colombia había muchas oportunidades para trabajar de manera informal. Estudiaba administración en un instituto universitario pero tenía muchas necesidades económicas y un hijo que mantener, así que cuando la moneda venezolana sufrió una de las mayores devaluaciones de su historia, en enero 2015, migró a Colombia. El paso por la frontera lo recuerda como una carrera de obstáculos y cuando llegó a Tunja, la capital del departamento de Boyacá, a 3 horas de Bogotá, se dio cuenta que las cosas no eran como se las habían pintado.

“Llegas a un sitio donde no conoces a nadie, sin papeles, sin puntos de referencia para ubicarte en una dirección, sin trabajo ni recomendaciones. Sólo una amiga que trabaja como prepago me tendió la mano y esa fue la puerta que se me abrió. Hoy en día tengo mi novia, que no sabe que me prostituyo, mis clientes me ubican por la página web, vivo bien aunque ando asustado de que me deporten o de que mi familia y los que quiero se enteren de lo que hago para sobrevivir. Pero no me regreso porque estoy buscando una estabilidad económica y, aunque extraño a los míos, estoy claro que para que Venezuela se recupere va a pasar muchísimo tiempo”, sentencia Carlos.

La solidaridad

La situación que viven Rocío, Andrea, Carlos y Ricardo fue en todos los casos consecuencia de la falta de oportunidades para ganar suficiente dinero en Venezuela como para cubrir sus gastos. Estaban desesperados y vieron en Colombia la posibilidad de sobreponerse a los obstáculos que encontraban en su país. Se refugiaron en la prostitución para esquivar la crisis.

“Lamentablemente Venezuela está atravesando una crisis humanitaria de grandes envergaduras, una de las más importantes de la región en términos substanciales de acuerdo con cantidad de personas afectadas, porque es la mayoría de las personas las que están sufriendo por la escasez, la inseguridad, y el no acceso a los recursos básicos como energía, agua y comida. Pero el gobierno de Nicolás Maduro se niega a reconocer esa crisis”, afirma Érika Guevara, directora regional para las Américas de Amnistía Internacional.

Guevara dice que en estas condiciones es muy común que se presenten fenómenos de migración hacia el exterior, a ciudades donde las personas creen que pueden tener acceso a lo que necesitan para vivir mejor. La gente sale como sea, no siempre usando los métodos legalmente establecidos. Así se ven obligados a entrar a los sectores informales de la economía, y entre estos una de los más precarios: la prostitución.

”Colombia tiene la responsabilidad de garantizar los derechos humanos de cualquier población que esté bajo su territorio, de cualquier nacionalidad y sobre todo de quienes están marginalizados, como los trabajadores sexuales. Y Venezuela está obligada a resolver su situación interna para que sus ciudadanos no sientan la necesidad de salir”, remata la vocera de Amnistía Internacional.

Pero Rocío no es muy optimista con respecto a la recuperación de su país. No ha vuelto a Venezuela desde que salió hace ocho meses porque quiere ahorrar para comprar un terreno, construir una casa y llevarse a su familia a Colombia. Dice que el deterioro de su país no ha parado y cada semana debe enviar más dinero para cubrir los gastos de alimentación y educación de los suyos. También opina que de aquí a que Leopoldo López (el líder opositor preso) sea presidente y acomode el país, van a pasar varios años.

“No quiero que mi historia se repita con mis hijas. Por eso tienen que estudiar para que se ganen el dinero dignamente y sean felices. Y, como no quiero darles mal ejemplo, ni hacer que se avergüencen de mí, les digo que trabajo como mesera en una pizzería. Para sostener esa mentira blanca he tenido que pagar unos pesitos para tomarme fotos disfrazada de pizzera en algún negocio de la ciudad. Esas se las envío a mis hijas, porque las más grandes me preguntan mucho”, cuenta Rocío sonriente, como si fuera una travesura.

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