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Convención Republicana

Cómo el Partido Republicano se ha ido distanciando del votante hispano

Un 44% de los hispanos votó por Bush en 2004, diecisiete puntos más de los que logró Mitt Romney hace cuatro años.
22 Jul 2016 – 1:44 AM EDT

Hay una anécdota que describe muy bien hasta qué punto ha cambiado el Partido Republicano en el último medio siglo. Ocurrió en febrero de 1996 en el pueblo de las montañas de Arizona donde vivía Barry Goldwater, candidato presidencial en 1964, icono de la derecha republicana y senador.

Ese día Goldwater recibió a su colega Bob Dole, que quería su apoyo en medio de unas primarias difíciles contra Pat Buchanan. El viejo líder conservador recibió a Dole y lo saludó delante de las cámaras como “el heredero de mi legado conservador y del de Ronald Reagan”.

En cierto modo, Buchanan era un candidato similar al millonario neoyorquino por su tono agresivo y por su discurso contra la inmigración, que atrajo a votantes de clase obrera como los que ahora atrae Donald Trump. Dole quería la bendición de Goldwater para sacudirse la etiqueta de tibio y presentarse como un candidato verdaderamente conservador.

Al final del acto, a Dole se le escapó una frase muy reveladora: “Barry y yo nos hemos convertido un poco en los progresistas del partido. Es increíble, ¿verdad?”.

Bob Dole ganó la candidatura republicana pero perdió luego por nueve puntos en noviembre contra Bill Clinton. A sus 92 años, ha sido el único candidato republicano a la Casa Blanca que ha aceptado estar presente en la convención de Trump.

Goldwater y Dole reflejan muy bien la evolución de los republicanos. El primero empujó al partido a la derecha a mediados de los años 60 al oponerse a la creación de Medicare y Medicaid y al final de la segregación racial. El segundo inició su carrera como uno de los senadores más conservadores del Capitolio y la terminó como uno de los más moderados. El partido había cambiado a su alrededor.

Un viaje largo

La derrota de Goldwater empujó a los republicanos hacia un político mucho más pragmático: Richard Nixon, cuyo mensaje ha intentado emular aquí el entorno de Trump. Nixon comprendió que la deserción de los demócratas sureños dejaba un hueco para los republicanos y se lanzó a conquistar lo que llamó “la mayoría silenciosa”. Una frase que muchas veces ha usado Trump.

La influencia de la derecha religiosa fue empujando aún más a la derecha al partido, que fue perdiendo miembros en lugares como Nueva York o Massachusetts y ganándolos en el Oeste y en el Sur.

Esa coalición se completó con el ascenso de Reagan, que atrajo a muchos obreros demócratas del Medio Oeste y creó una maquinaria que durante 12 años fue invencible en la carrera presidencial.

Los demócratas recuperaron el poder de la mano de Bill Clinton, que asumió algunos puntos del mensaje de Reagan y se aprovechó de la irrupción de una especie de Trump educado: el millonario tejano Ross Perot.

Lejos de la Casa Blanca por primera vez desde 1980, los republicanos sufrieron una cierta crisis de identidad hasta que encontraron a George W. Bush, que devolvió la hegemonía a los republicanos con un mensaje inclusivo e integrador.

Es difícil ahora recordarlo por la gestión desastrosa del Katrina y por la sangría de Irak. Pero Bush llegó al poder cortejando a los hispanos, defendiendo la reforma migratoria y celebrando eventos en español.

Entonces los republicanos aún eran un partido abierto a las minorías y las urnas recompensaban esa actitud: un 44% de los hispanos votó por Bush en 2004. Diecisiete puntos más de los que logró Mitt Romney hace cuatro años.



Ese espíritu se esfumó por el ascenso del Tea Party y la histeria en torno a la inmigración ilegal. Los congresistas se vieron obligados a oponerse a cualquier reforma migratoria y a endurecer el tono para evitar perder en unas primarias contra un candidato más conservador.

Ese miedo se transmitió a la carrera presidencial de 2012 y llevó a Romney a decir que los inmigrantes indocumentados debían deportarse a sí mismos. Esas palabras y su renuencia a apoyar una reforma migratoria le otorgaron apenas un 27% del voto de los hispanos.

Una autopsia difícil

Al analizar la derrota en enero de 2013, los republicanos llegaron a una conclusión de que el partido debía ofrecer algún status legal a los indocumentados y debía adoptar un tono distinto: “Si nuestro partido no es inclusivo, los jóvenes y cada vez más otros votantes seguirán desconectando de nuestro mensaje”.

Aquel informe fue la base del proyecto de reforma migratoria que aprobó el Senado en junio de 2013 y que luego naufragó en la Cámara de Representantes.

Muchos líderes republicanos animaban a abrir el partido a los hispanos y candidatos como Marco Rubio o Jeb Bush adoptaban un tono muy distinto del de 2012. Entonces irrumpió Trump y sus insultos contra los inmigrantes arruinaron los planes de los republicanos para esquivar la trampa demográfica de un país menos blanco y mucho más diversos donde imponerse entre los blancos ya no basta para ganar.

Hace cuatro años los republicanos celebraron en Tampa una convención rebosante de rostros hispanos.
Hablaron los gobernadores Luis Fortuño, Brian Sandoval y Susana Martínez y al senador Rubio le correspondió el honor de presentar al candidato presidencial. Afroamericanos como Condoleezza Rica o Mia Love y líderes de origen indio como Bobby Jindal o Nikki Halley completaban ese retablo de diversidad.

Esta vez en Cleveland todo ha sido distinto. El senador estatal Ralph Alvarado pronunció este miércoles unas palabras en español y algún orador elogió a quienes habían llegado a Estados Unidos de forma legal. Pero aquí no estuvieron las grandes figuras hispanas del partido y varios oradores presentaron a los indocumentados como asesinos y criminales.

Renunciar al voto hispano no parece la mejor forma de derrotar en noviembre a Hillary Clinton. Tampoco parece una buena estrategia evocar un pasado más blanco como hace Trump.

Muchos aquí elogian al millonario por apartar al partido de los asuntos morales de la derecha religiosa que arrinconaron a viejos leones conservadores como Barry Goldwater y a Bob Dole. Pero el precio de la irrupción de Trump puede ser demasiado para los republicanos.

Sobre todo si no construyen un mensaje integrador al margen del discurso agresivo y racista de su candidato. Aún tienen unos meses para lograrlo en las carreras al Capitolio y a las cámaras estatales. Si no lo hacen, sufrirán un daño duradero y devastador.

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