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Los vecinos de los Juegos Olímpicos no celebraron la fiesta

77,000 personas fueron desplazadas para dar paso a la infraestructura de Río 2016. Los pocos que lograron quedarse están preocupados de qué pasará cuando se acaben los JJOO.
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21 Ago 2016 – 1:18 PM EDT

Por Patricia Luna

Un pequeño grupo de casas blancas idénticas de una sola planta se camuflan entre las masivas instalaciones del Parque Olímpico en la zona de Barra. Las rodean las miles de pasarelas con formas elípticas y circundantes que conducen a los gigantes estadios dispersos aquí y allá. Pero a pesar de estar tan cerca del evento más importante del año, los habitantes de esas casas se mantienen ajenos a los Juegos Olímpicos.

“No he visto los juegos, porque a mí me causa mucho disgusto y sufrimiento, y siento que no fui invitada a esta fiesta, que no me pertenece”, dice María Da Penha, una de las habitantes que se resistieron al desalojo de Vila Autódromo, la favela que fue removida para construir parte del Parque Olímpico.

Veinte familias lograron quedarse, pero no han acudido a ninguno de los espectáculos que tienen lugar a menos de 400 metros de sus hogares. Están dentro de los Juegos, pero no forman parte de ellos. En todo caso, ellos son una minoría: muchos más debieron dejar sus hogares. Según organizaciones sociales, más de 77,000 personas fueron expulsadas de sus casas para construir las instalaciones de Río 2016. El modelo se ha repetido en decenas de favelas y asentamientos en toda la ciudad.

“El momento más difícil fue cuando estaban construyendo el parque y querían que todos saliésemos de aquí”, dice María Da Penha desde una de las casas prefabricadas que les entregaron días antes del evento. “Nos cortaban la luz, el agua, pasaban los camiones, echaban basura, había mucho polvo para los niños porque no estaba urbanizado y eso les generaba problemas respiratorios”.

Vila Autódromo tenía cinco décadas de existencia y, en su origen, fue una comunidad de pescadores. María Da Penha echa de menos sus árboles y plantas frutales, los que habían crecido desde hace años en su jardín personal, especialmente una guayaba “deliciosa”, según ella.

“Ahora, si ves esto no tienes ni idea de la dura lucha que tuvimos para poder quedarnos aquí, la resistencia, manifestaciones”, explica esta mujer menuda y fuerte, convertida en activista.

Lo sucedido en Río no es algo extraño en los Juegos Olímpicos. De hecho, el desplazamiento de pobladores, normalmente de bajos recursos, es algo que sucedió en Londres 2012 y de manera especialmente pronunciada en Pekín 2008. En esa ocasión, miles de personas fueron removidas en el proceso de “embellecimiento” de la ciudad y de la zona olímpica, que hoy tiene un alto valor inmobiliario.


Algunos, como la pequeña Perola Oliveira, ven lo malo y lo bueno en esta situación. Hoy tiene un hogar nuevo, por ejemplo, pero el proceso fue traumático. “Mi casa era muy humilde, la de aquí es mejor, pero por todo lo que pasó… no compensa”, dice la chica de doce años, quien además recuerda con dolor la violencia del desalojo. “Vinieron varias veces algunas personas del ayuntamiento y dijeron que teníamos que salir, que no se iba a quedar nadie… Después vino la destrucción, rompían cosas, siempre faltaba el agua, la luz”.

Olivera quedó como una de las pocas menores en el área. “Solo quedan dos niños de 7 años, mucho menores que yo”, dice.

Además, aún existe miedo de lo que sucederá cuando se acaben los Juegos Olímpicos. Michael Soaveco do Nascimiento teme que la seguridad empeore cuando los turistas se vayan, aunque reconoce que él salió favorecido en términos de vivienda. “La comunidad disminuyó, pero para mí las casas ahora son mejores, más agradables. Antes compartíamos entre cuatro familias y ahora tenemos nuestro propio espacio”, dice Soaveco do Nascimiento, de 29 años, y sin trabajo regular. “La casa es más reducida, pero no tengo nada que reclamar”.

También, aunque el suministro de luz y agua ha mejorado, teme enfrentar su primera factura, y por eso acude a casa de sus padres para realizar cosas que puedan generar mayor gasto. Pero a pesar de estas mejoras, Soaveco do Nascimiento preferiría que el evento no hubiera sucedido en Río. “Los Juegos destruyeron más que hicieron bien”, añade Michael.

Giara Vila, de 52 años y secretaria, también decidió quedarse, inspirada en la lucha de Maria Da Pehna. Antes, en su vivienda informal, había hecho un segundo piso como se suele hacer en las villas pobres de Latinoamérica. En su hogar actual dice que las habitaciones son muy pequeñas.

“Ahora si quiero hacer algún cambio tengo que pedir permiso a un ingeniero. Me gustaría construir otra planta encima, como mi casa anterior, y un muro, porque las casas están en un espacio abierto y eso no me da seguridad”, comenta y dice que muchos de los que se fueron no han recibido lo prometido. “O están deprimidos o arrepentidos porque no negociaron bien”, explica Vila.

De la misma manera que sus vecinos, los Juegos que suceden en su patio trasero han pasado sin que ella se sienta parte de ellos. “No puedo entrar a los Juegos porque no tengo credencial. Para mí no tienen valor ninguno, yo no gané nada con esto, al contrario. No me parece que haya nada patriótico en esto. Destruyó a mucha gente y muchas familias”, afirma.

Agrupaciones de vecinos y activistas construyeron un “Museo de los Expulsados”, justamente para recordar a los que debieron dejar el vecindario. “El Comité Olímpico ha de comprometerse más, el legado ha de ser para todos y no para una minoría. Las Olimpiadas son la unión de los pueblos, ¿pero dónde está aquí esa unión?”, señala Maria Da Penha.

Quienes se mantuvieron en Vila Autodromo debieron luchar para conseguir un acuerdo con el Municipio. CityLab contactó a la Alcaldía para conocer su versión de los hechos, pero no recibió respuesta.

“Quedarme aquí era mi derecho. Todos tenemos derecho a tener una casa. Yo soy feliz aquí. La felicidad no se vende, los derechos no se venden. Quería que mis derechos fueran respetados”, concluye Da Penha. “Desgraciadamente tuve que luchar mucho para que fuera así”.


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