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El High Line de Nueva York se ha transformado en un rotundo éxito, pero no para las minorías

El famoso parque elevado atrae a miles de turistas, pero también es un símbolo de la desigualdad creciente de Manhattan. ¿Podrá su fundador ayudar a otras ciudades a aprender de sus errores?
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15 Feb 2017 – 8:00 PM EST

Cuando a Robert Hammond inicialmente se le ocurrió la idea de convertir una vía elevada de tren —ubicada en el West Side de Manhattan y en desuso— en un ‘parque elevado’ de alto diseño, pensó que quizás atraería unos 300,000 visitantes al año. Hammond y su cofundador Joshua David realmente no pensaron en cómo el High Line afectaría al vecindario, aparte de agregarle un poquito más de espacio.

“Esto fue justo después del 11 de septiembre”, Hammond dice casi dos décadas después, sentado en su oficina ubicada por encima de la pasarela de madera que se ha vuelto famosa. En esta tarde de febrero unos peatones están admirando las vistas del río Hudson y la vegetación del parque, ahora nublada por el invierno. “La gente estaba preocupada por edificios tumbados o si la bolsa de valores se iría de la ciudad”, dice. “El futuro de Nueva York no estaba garantizado”.

Siete años después de que se inauguró, en 2016 el High Line recibiría casi ocho millones de visitantes: más que cualquier otro destino en la ciudad de Nueva York. Con aquellos visitantes llegó una riqueza que los fundadores del parque jamás pronosticaron: entre los condominios lustrosos, restaurantes y museos que han florecido alrededor de sus vigas de acero, se proyecta que durante los próximos veinte años el High Line generará aproximadamente 1,000 millones de dólares en ingresos de impuestos para la ciudad.

Según estas cifras, el High Line es un éxito rotundo. Pero según una medida crítica, no lo es. Los neoyorquinos no son quienes acuden en masa al parque, ni tampoco son los que se benefician de los ingresos tributarios inesperados que ha generado. En cada extremo del High Line existen viviendas públicas y casi un tercio de los residentes en su vecindario (Chelsea) son minorías. Pero cualquiera que haya paseado por las plantas nativas de High Line y sus vendedores de bebidas sabe que su tránsito peatonal es —tal como encontró un estudio reciente realizado por la la universidad CUNY— “ abrumadoramente blanco”. Y la mayoría de sus visitantes son turistas, no neoyorquinos.

“Éramos de la comunidad. Queríamos hacerlo por el vecindario”, dice Hammond, quien ahora es el director ejecutivo de Amigos del High Line, la organización sin fines de lucro que financia, programa, mantiene el espacio y que también lo construyó en primer lugar (la Ciudad de Nueva York es el dueño del terreno y el departamento de parques ayuda a administrarlo). “Al final, fracasamos”.

Ahora está corrigiendo el curso. Hammond está tratando de atraer a visitantes más diversos a los senderos estrechos de High Line y también a los nuevos espacios públicos en diferentes partes de EEUU. Además de cambios en la manera en que Amigos del High Line interactúa con sus vecinos, Hammond ha fundado el High Line Network, una coalición de diseñadores y planificadores que están construyendo parques de ‘reutilización adaptiva’ al estilo de High Line. Líderes de 17 proyectos en diferentes etapas de desarrollo —entre ellos el Beltline de Atlanta que convirtió una vía de tren en un parque, el parque de cubierta de carretera de Dallas y la revitalización del río de Los Ángeles, el cual se extiende 51 millas— han estado reuniéndose a lo largo del último año para compartir conocimientos sobre cómo convertir infraestructura en desuso en recursos públicos concurridos.

Según los que asisten a las reuniones, muchas de las discusiones en las mismas se centran en temas prácticos como el financiamiento de capital y las estrategias de mercado. Pero en cada reunión (ha habido cuatro desde junio y se han organizado en Nueva York, Washington DC, Toronto y Houston), Hammond y otros han planteado la pregunta sobre igualdad —“como un caballo de Troya”, dice— y lo han discutido en mucho detalle con el fin de idear estrategias para asegurar que los parques públicos se mantengan inclusivos.

Es más difícil de lo que debería hacer y lo que está en juego es mucho más importante que estadísticas en cuanto a visitantes. La red de líderes de proyecto está abordando un debate —el cual hace mucho debía haberse abordado— sobre cómo mejorar vecindarios descuidados sin alejar a las mismas personas a quienes tienen pensado servir.

El lado feo de la ‘reutilización adaptiva’

A medida que los centros de ciudades en EEUU ganan población y se vuelven más densos, el espacio verde se vuelve cada vez más valioso. En los núcleos urbanos quedan muy pocos lotes abiertos que podrían convertirse en parques y a menudo la tierra que se vuelve disponible contiene restos del pasado industrial. Es por eso que se están construyendo tantos de estos proyectos de ‘reutilización adaptiva’, que tienen una estética elegante que a menudo resalta (en vez de ocultar) las características de la vieja carretera, vía de tren o canal de control de inundaciones que se esté adaptando.

Mientras tanto, los gobiernos de ciudades rara vez tienen espacio en sus presupuestos —ni tampoco ideas— para volver a desarrollar estos tramos por su cuenta. El financiamiento de estos proyectos mayormente les toca a las fuentes privadas y mayormente dichas fuentes son los individuos a quienes se les ocurre realizar estos proyectos en primer lugar. Desde el punto de vista inversionista, los impresionantes éxitos del High Line hace que parezcan elecciones obvias para invertir, ya que el espacio verde atrae nuevos negocios y viviendas. Hay bastante dinero que ganar con la reurbanización. Por lo tanto, tales inversionistas se unen a los gobiernos de ciudades (los cuales están hambrientos por una mayor base de impuestos) para hacerlo.

Pero estos pedazos obsoletos de infraestructura generalmente tienen personas viviendo cerca y a menudo son comunidades de minorías de bajos ingresos con pocas opciones cercanas en cuanto a parques, personas olvidadas bajo la sombra de esas franjas viejas de concreto o acero. Así es el caso de muchos de los 17 proyectos involucrados en el High Line Network. Los planificadores y diseñadores —normalmente blancos— quizás traten de iniciar un dialogo con los residentes, pero con frecuencia no logran hacerlo.

Durante las etapas de planificación de High Line, Hammond y David establecieron oficinas dentro de una agencia comunitaria local para volverse más accesibles a los inquilinos de vivienda pública más pedirles su opinión en cuanto a diseño. Pero las preguntas que hacían en sus ‘reuniones para contribuciones’ eran esencialmente binarias: ¿pintura azul o verde? ¿Escaleras a la izquierda o a la derecha? Pocas veces llegaron al meollo de lo que realmente importaba.

“En lugar de preguntar cómo se debería ver el diseño, ojalá hubiéramos preguntado: ‘¿Qué podemos hacer por ti?’”, dice Hammond. “Porque la gente tiene problemas más grandes que el diseño”.

Al final, en 2011 su organización inició una serie de ‘sesiones de escucha’ con los inquilinos de vivienda pública. Lo que la gente realmente necesitaba era empleos, dice Hammond, así como un costo de vida más asequible. Los residentes también dijeron que se mantendrían alejados del High Line por tres razones principales: no pensaban que estaban construido para ellos; no veían a personas que se parecían a ellos usándolo; y no les gustaba la programación del parque, la cual enfatizaba demasiado la vegetación de este.

Estos hallazgos condujeron a varias nuevas iniciativas. En 2012 los Amigos del High Line iniciaron un conjunto de programas de capacitación laboral con remuneración, los cuales estaban dirigidos hacia adolescentes. Los programas estaba centrados en administración ambiental, programación de las artes y la educación de niños más pequeños. La organización también empezó a colaborar con Elliot-Chelsea y Fulton Houses —dos complejos residenciales públicos— para desarrollar su plan de programación. Así empezó ¡ARRIBA!, una serie de bailes latinos que se daban durante el verano. Fue la idea de un residente y ha sido muy exitosa. Amigos del High Line también empezó a organizar eventos ocasionales dentro las instalaciones de los mismos complejos y así se evitó las olas de turistas que van a High Line.


Pero hay mucho que el High Line podría haber hecho antes de inaugurarse que ya no puede compensar. Sus diseñadores quizás podrían haber prestado más atención a unos cuantos principios básicos de espacios públicos atractivos, particularmente los que atraen a minorías y a personas de bajos ingresos. “Mientras más abierto y visible sea un lugar, más fácilmente uno puede adaptarse a él”, dice Alexander Reichl, profesor de Estudios Urbanos en Queens College que ha estudiado patrones de interacción social en el High Line. La estructura elevada del High Line naturalmente evita que la gente llegue a nivel de la calle, pero sus diseñadores también optaron por incluir muy pocos puntos de entrada a las escaleras, lo cual limite acceso aún más.

Tampoco hay áreas para el juego abierto y una lista larga de reglas publicadas: no se puede ‘tirar objetos’ (como por ejemplo una pelota), y los patines, bicicletas y patinetas están todos prohibidos. Tiene sentido que el parque prohibiera estas actividades dentro sus confines estrechos, pero las investigaciones indican que estos tipos comunes de recreo particularmente son los que atraen a minorías a parques. “¿Cuánto se puede hacer con un espacio elevado de parque?”, dice Miguel Acevedo, director de la Asociación de Inquilinos de Fulton House. Acevedo dice no culpa a los Amigos del High Line dado lo mucho que han tratado de compartir con su comunidad en años recientes. Sin embargo, “nuestros residentes no piensan que es un parque que está disponible para ellos”.

Lo que quizás sea aún más crítico es que los Amigos del High Line pudieran haber luchado más arduamente desde el principio para abogar por la vivienda asequible. A Hammond le gusta decir que se le da demasiados méritos —y que se le echa demasiada culpa— a su parque por la renovación explosiva de Chelsea: es que las leyes de zonificación de la ciudad ya estaban cambiando a mediados de la década de 2000 para apoyar a la reurbanización. Pero la verdad es que High Line se ha convertido en un símbolo de la ‘nueva’ Nueva York, una ciudad de profunda desigualdad. Rascacielos de lujo y boutiques de alta moda han sustituido a las viejas bodegas y carnicerías de Chelsea. La gente no se puede permitir ir de compras cerca del barrio y la posibilidad de mudarse a un departamento con un alquiler a precio de mercado es risible. Si bien los costos de vivienda pública no han incrementado para los inquilinos en complejos residenciales públicos, hay mucha ansiedad en cuanto a la posibilidad del desplazamiento.

“Lo que da más miedo es estar en este tipo de distrito… particularmente con el tipo de presidente que tenemos hoy día”, dice Acevedo. El director ve la posibilidad de que se seleccione a la vivienda pública en Chelsea para la reurbanización. “Con el gran déficit que tiene NYCHA (New York City Housing Authority o Autoridad de Vivienda de la Ciudad de Nueva York), la cosa es grave”.

Acevedo desea que Amigos del High Line hubiera cabildeado más fuertemente a la ciudad para que reservara más de los valores de tierra creados por el High Line para la vivienda asequible y los servicios públicos. Aunque una enmienda sobre la zonificación que fue aprobada en 2005 sí alentó la construcción de algunas unidades para personas de ingresos bajos y medianos, no fue ni remotamente suficiente. Hammond está de acuerdo. “Podría haber habido más acción gubernamental mediante cambios de zonificación”, dice (el creador del High Line también desea que hubiera obligado a la ciudad a usar más ingresos de impuestos para financiar su propia organización).

Pero ahí es donde está el problema: en retrospectiva quizás sea obvio, pero pocos hubieran previsto la fuerte atracción del High Line para los turistas y los promotores inmobiliarios. Sin embargo, para nuevos proyectos que siguen el ejemplo de High Line, no es demasiado tarde para planear con el fin de abordar los problemas sociales que acompañan al éxito económico. De ahí la creación del High Line Network. “Quiero asegurar que otras personas no cometan los errores que cometimos y que aprendan a lidiar con estos asuntos”, dice Hammond. “Definitivamente no tenemos todas las respuestas”.


El juego de herramientas para la renovación equitativa

Otros proyectos en la High Line Network están haciendo más que hablar de boquilla a las preocupaciones sobre la equidad. El 11th Street Bridge Park (Parque del Puente de la Calle 11) de Washington D.C. es un líder nacional en cuanto a este tema. Aquel proyecto costará 45 millones de dólares y se trata de la construcción de un parque basado en un viejo puente de carretera que atraviesa el Río Anacostia, el cual toca una de las secciones más pobres de Washington D.C. Seguramente habrá incrementos dramáticos en los valores de casa allí y el desplazamiento es un riesgo verdadero. Por lo tanto, los líderes del proyecto se están moviendo antes de tiempo.

“La pregunta con la que continuamente nos desafiamos es la siguiente: ¿para quién realmente es este proyecto?”, dice Scott Kratz, el director del proyecto. “Para nosotros, antes de contratar a un solo arquitecto o ingeniero, tuvimos 200 reuniones en las que preguntamos: ‘Es esto algo que realmente quieres?’ Salir y conseguir permiso y después tener a la comunidad moldeando cada aspecto ha sido crítico”.

No todos estarían de acuerdo en que el parque será positivo para residentes antiguos. Pero la prueba más importante será si el proyecto pueda mitigar el desplazamiento con éxito (y de antemano) y hasta la fecha, los organizadores están predicando con el ejemplo. En 2015 Kratz y su equipo publicaron un grupo de metas para el desarrollo equitativo que fue creado por un grupo de trabajo de residentes locales. Incluyeron metas de contratación de gente del vecindario para la construcción y las operaciones, una estrategia para ayudar a negocios cercanos a servir al parque y planes para un fideicomiso inmobiliario que comprará propiedades en desuso para futuros proyectos de vivienda. Hasta ahora los organizadores de The Bridge Park ha recaudado unos 1.5 millones de dólares para implementar estas metas, entre ellas el fideicomiso inmobiliario, el cual se está organizando con un promotor de viviendas sin fines de lucro. Una inversión de 50 millones de dólares por la Local Initiatives Support Corporation (Corporación de Apoyo de Iniciativas Locales) consolidará todavía más su trabajo a favor de la igualdad.

Kratz señala el BeltLine de Atlanta como otro líder en asegurar que la vivienda asequible y la igualdad encabecen su lista de prioridades. Aquel proyecto de 2,800 millones de dólares convertirá a 22 millas de corroídas vías para trenes de carga en una cineta de senderos, parques y urbanizaciones orientadas hacia el transporte público que conectarán a 45 vecindarios. Votaciones especiales para bonos han creado decenas de millones de dólares para incentivar las urbanizaciones de vivienda asequible y ya se han construido cientos de unidades con alquileres menores que el precio del mercado.

Pero es un proyecto masivo con retos únicos para cada uno de los enclaves adonde llega. Ryan Gravel —el planificador urbano que inicialmente concibió y propuso el concepto de BeltLine— renunció al comité directivo del proyecto en septiembre 2016 debido a preocupaciones sobre el incumplimiento de promesas en cuanto a la asequibilidad. Por ejemplo, los fondos generados a través de bonos adicionales propuestos serían “una gota en el océano cuando se comparan con la necesidad”, escribió Gravel en su carta de renuncia, la cual fue firmada por otro miembro del comité que también renunció. Con su nueva área de concentración —abogar por el desarrollo equitativo— Gravel pensó que haría un mejor trabajo desde afuera.

“Si te importan los lugares en donde trabajas, entonces tienes que estar hablando acerca de esto”, dice. “Porque en una economía creciente, si estás construyendo un sendero greenway o una estación de transporte público o mejorando una escuela, eso aumentará los valores de tierra” (Nota: un greenway es un espacio abierto que se establece a lo largo de un pasillo natural o bien una vieja vía de tren, canal o ruta pintoresca, tal como el High Line).

Según dice Gravel, la respuesta no es construir parques y otras mejorías, ni tampoco retrasar a lugares descuidados. Los problemas esencialmente son financieros y hay formas de solucionarlos, ya sea a través de créditos fiscales tradicionales (los cuales ya están perdiendo fuerza bajo Trump), subvenciones para inquilinos, zonificación inclusiva, captura de valor de tierra o abrir camino en reglamentos de zonificación para alojamiento acogedor como unidades de vivienda de accesorio o bien hogares pequeñísimos.

Ahora bien, no toda herramienta es la indicada para cada ciudad. Pero las herramientas sí existen. “Mayormente se trata de encontrar la voluntad [de hacerlo]”, dice Gravel. “Eso viene de los líderes. Pero el público también tiene que decir que esto es importante y necesita exigir que implementemos mejor”.

Si bien ya no forma una parte oficial del desarrollo de BeltLine, Gravel aún ha estado asistiendo las reuniones de la Red de High Line. Le ha agradado oír a otras ciudades hablando abiertamente de la equidad: el proyecto de renovación del río Los Ángeles (con un costo de 1,300 millones de dólares) ha estado recibiendo bastante presión de defensores de vivienda en Frog Town; el Lowline de la ciudad de Nueva York —el primer parque subterráneo de la ciudad— está trabajando arduamente para llamar la atención de los residentes viejos de la Lower East Side para que den sus reacciones sobre el diseño. A Hammond le orgullece reportar cambios fijos en la composición de los visitantes al High Line. En 2015 un 44% de los usuarios del parque que eran de la ciudad de Nueva York era minorías, un aumento de 20 puntos porcentuales comparado con 2010. Sin embargo, los turistas aún dominan el espacio.

El High Line Network debe ayudar a asegurar que sus muchos proyectos ambiciosos cumplan con sus promesas de igualdad, y ese es un suceso positivo. Las preocupaciones sobre gentrificación y desplazamiento se despierten con casi cualquier nueva urbanización en esta etapa de construir ciudades. Pero cuando se trata de convertir a ciertos rincones de vecindarios olvidados en bellos parques, estas ansiedades pueden ser particularmente agudas. Después de todo, se supone que los espacios públicos sean para todos.

Sin embargo, aún hay retos grandes que abordar, entre ellos el hecho de que los líderes de los proyectos en esta red son ellos mismos casi unánimemente blancos. Quizás este sea la pieza del rompecabezas que más se pasa por alto: un conjunto diverso de personas debe estar sentado en la mesa de diseño desde el principio.

Eso también corresponde a las personas que están prestando resistencia, según Acevedo. “Yo represento a personas que han estado aquí durante 40 años y esto es todo lo que tienen”, dice. “Pelearé con uñas y dientes para protegerlas. Pero las personas como yo tenemos que asegurar que la próxima generación sepa: si no eres parte de la lucha, quizás no estarás viviendo aquí en el futuro”.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com.

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