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El despilfarro de los estadios se está trasladando a los suburbios

Cuando los suburbios pagan gigantescas subvenciones para costear estadios deportivos profesionales, todos sufren.
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7 Jun 2016 – 1:04 PM EDT

Los Texas Rangers han empezado bien la temporada. Su porcentaje de victorias contra reveses supera .600, están en primer lugar en la División Oeste de la Liga Americana, su record es 13-13 fuera de casa (no tan bueno, la verdad) y además cuentan en sus filas con el mejor boxeador en el mundo del béisbol. Ah, y el equipo quizás reciba $450 millones de los incautos que viven en Arlington, Texas.

La ciudad de Arlington quiere construirles un nuevo estadio de béisbol —con un costo total de 900 millones de dólares— y está prometiendo pagar la mitad. Este anuncio inicialmente fue reportado por el Fort Worth Star-Telegram y viene sólo 22 años después de que la ciudad de Arlington le construyó al equipo su actual estadio. Y hace sólo seis años, el estadio recibió renovaciones extensas. Los votantes de Arlington decidirán si financiarán el estadio al extender el impuesto de ventas de medio centavo que anteriormente aprobaron para construir otro estadio: el AT&T World, mejor conocido como Jerry World.

Y si te pareció una fea desgracia la pelea entre Rougned Odor y José Bautista, esta podría ser linda en comparación con la desgracia que ahora viene para los votantes de Arlington.

Mark Lamster —crítico de arquitectura para The Dallas Morning News— se presentó en el podcast deportivo del periódico (llamado Ballzy) para hablar de todas las razones por las que Arlington no les conviene a los Rangers: la ciudad no tiene un sistema de transporte público viable; los estadios de béisbol en los suburbios son veneno para las ventas de boletos a los transeúntes; 81 juegos al año significan 81 oportunidades perdidas para activar a un área urbana (Arlington no tiene ni remotamente esa categoría de densidad o ‘caminabilidad’). Los presentadores de Ballzy quisieran que los Rangers se trasladen al centro de Dallas. Y eso sería lo correcto, pero en muchos, muchos, muchos años, cuando el estadio actual del equipo ya haya rebasado su período de vida útil.

Esta solución es igual de clara para los residentes de Arlington y los dueños de los Texas Rangers. Es por esto que los últimos habitualmente pueden explotar a los primeros para poder seguir tendencias en arquitectura deportiva o remodelar un estadio para subir los precios de las entradas. Hace veinte años, tal parecía que cada equipo de las Grandes Ligas contrató a Populous para diseñar un estadio tipo retro. Ahora que ese furor ya pasó, los equipos de las Grandes Ligas están listos para probar la próxima moda.

Y el problema no sólo está con los incautos de Arlington (lo sentimos, Arlington): cada vez más están escalando más los precios a los suburbios por el placer de ser la sede de 81 juegos al año (o incluso menos). Esto es malo para los suburbios y malo para los equipos.


Consideremos el SunTrust Park, la próxima sede de los Atlanta Braves. Quedará tan distante del centro de Atlanta como los mismos Braves están de los Washington Nationals en las posiciones (bueno, quizás estamos exagerando un poco, ya que SunTrust Park se erigirá en Cobb Country un poco fuera de The Perimeter, al noroeste de Atlanta). En todo caso, la nueva ubicación es una pesadilla para planificadores, ya que no cuenta ni remotamente con la capacidad de transporte publico necesario para servirle de sede a un equipo profesional de deportes. De hecho, los Braves tienen pensando construir —en serio— un enorme puente con forma de arco que se extenderá sobre todas las pistas de la carretera 285 para conectar el estadio con un centro comercial. Tal como explica Curbed Atlanta, los Braves de Atlanta están creando un “traficocalipsis”:

Incluso con el puente parece que el estadio tiene serios problemas para resolver en cuanto al tráfico, el estacionamiento y los peatones. SunTrust Park tendrá asientos para 41,500 personas y sólo 6,000 estacionamientos dedicados. Si bien hay 17% menos asientos que Turner Field, también hay 30% menos de estacionamiento dedicado y no hay opciones para llegar al estadio sin auto.

Se trata de un espacio para cada siete fanáticos en un juego con las entradas agotadas (lo cual hay que reconocer no es muy probable que ocurra). A cambio de esto, los Braves tendrán un estadio menos sobrecargado. Menos asientos utilizados significarán mejores precios de entrada para los fanáticos de los Braves que pueden soportar el tráfico que aglutinará la carretera I-75 durante todos y cada uno de los juegos en casa. Y si el estadio resulta ser el problema de alguien, será el de los votantes del condado Cobb, ya que están pagando 397 millones de dólares por el placer de ser la casa de este equipo encantadoramente desorganizado.

Y los votantes del condado Cobb volverán a pagar esos 400 millones de dólares —y lo seguirán haciendo— cada vez que los dueños de los Braves decidan que lo hagan, ya que lo único peor de que un equipo deportivo profesional se vaya a los suburbios es que un equipo deportivo profesional deje a un suburbio en particular. Así es cómo funciona la estafa: los equipos prometen ganancias económicas ilusorias a cambio de subvenciones públicas y luego amenazan con llevarse los pocos beneficios que entregan si dichas subvenciones no se renuevan según un programa cada vez más acelerado.

El FedExField aún no ha lleva abierto 20 años y ya Dan Snyder —dueño del equipo de fútbol americano de Washington— está comparando precios para un nuevo estadio para la NFL. En este caso se trata de un estadio diseñado por Bjarke Ingels. Snyder firmará con los líderes municipales —ya sea en Maryland, Virginia o Washington, DC— que ofrezcan las mayores subvenciones. Y hasta la semana pasada Los Ángeles sigue estando en medio de negociaciones sobre estadios entre equipos de fútbol americano y su sede, en las que se han ofrecido grandes subvenciones públicas. Los votantes de Minneapolis pagaron 500 millones dólares por un estadio con un costo total de mil millones, para que no se les fueran los Vikings. Indianápolis pagó un precio todavía más alto (620 millones de dólares) para retener a los Colts.

Pero que no quepa ni la menor duda: el béisbol de las Grandes Ligas sólo ha adoptado estos oscuros hábitos, pero el fútbol americano nació y ha sido moldeado por ellos. Y si bien los estadios de futbol americano son malos para todos —no son utilizados durante más de 350 días al año en las mejores de las circunstancias— los estadios de béisbol traen algunos beneficios apreciables, pero también mucho tráfico.

Ubicar estadios de béisbol en lugares a los que se puede llegar sólo con autos disminuye esos beneficios apreciables y realza los defectos (concretamente, el tráfico). Construir estadios de béisbol mediante subvenciones públicas disminuye los recursos que un suburbio podría aplicar a un programa de transito público o una iniciativa a favor de los peatones (el mismo tipo de infraestructura que, de hecho, podría ayudar a un suburbio típico del área metropolitana a transformarse en una sede apropiadamente urbana para un equipo deportivo). Los beneficios que un equipo brinda a un suburbio no son suficientes para compensar el costo de las subvenciones.

En fin, los deportes y los suburbios no son una pareja ideal. La única forma de ponerle fin a este círculo vicioso será cuando los líderes (o los votantes) se unan para decirles a los dueños " Mi oferta es esta… nada", como dice el protagonista de El Padrino en una conocida escena de la película. Hasta que llegue ese momento, todos (excepto los dueños) sufrirán las consecuencias.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com.

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