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Cómo las protestas han cambiado las calles y autopistas de Caracas

Las plazas quedaron pequeñas. De ahí que los manifestantes se han tomado las principales arterias de la ciudad. Esta nueva dinámica permite mirar con otros ojos el asfalto, antes sólo reservado para los autos, y soñar en un futuro más peatonal para la capital venezolana.
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1 Ago 2017 – 5:34 PM EDT

Cómo las protestas en Venezuela han cambiado la vida de sus calles

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Hay pocas cosas hoy que conectan el este con el oeste de Caracas como la autopista Francisco Fajardo. Sus 28 kilómetros es la principal conexión vial de dos sectores de la ciudad que, desde el surgimiento del chavismo, se han distanciado política y socialmente al punto de no poder verse. En términos generales, el oeste había sido, hasta ahora, históricamente oficialista. El este, mientras tanto, se erigía como el bastión de la oposición. La Fajardo, como se le conoce coloquialmente a la autopista, cumplía al menos con una función de tránsito entre ambos puntos de la capital.

Pero la dinámica de esta carretera –como otras vías rápidas en el resto del mundo– carece de vida social. Ese recorrido promedio de 45 minutos se realiza prácticamente en solitario: la ocupación promedio en Caracas es de 1,2 personas por vehículo. La vista de la Francisco Fajardo en las mañanas es de una frialdad abrumadora: cientos de vehículos atascados, bocinas sonando con desesperación y motociclistas tratando de ganar tiempo. En la noche, su imagen no es menos dramática. Los pocos vehículos que transitan después de las 8 pm lo hacen a toda velocidad para llegar a casa y resguardarse de la inseguridad. Se impone el toque de queda. Y la vía se muestra desolada. Oscura. La propia estampa de la ciudad muerta.

Sin embargo, desde el 1 de abril de 2017, la autopista ha cobrado vida. La oposición venezolana ha tomado ese lugar como espacio de manifestaciones y el asfalto ha ganado un nuevo significado ciudadano: miles de caraqueños, provenientes del este y del oeste de la ciudad, apoderándose de la vía para exigir sus derechos democráticos; la calle transformada en un campo de batalla entre jóvenes y funcionarios de la Guardia Nacional en reclamo por el derecho a protestar y el río Guaire – que hasta entonces no era más que una cloaca al aire libre que corría en paralelo a la autopista– convertido en vía de escape ante el ataque discriminado de los efectivos con bombas lacrimógenas.


Desde entonces, la autopista Francisco Fajardo –entre otras vías– se ha convertido en un símbolo del ejercicio democrático. Las protestas, que exigen al gobierno de Nicolás Maduro la liberación de los políticos, la apertura de un canal humanitario, el reconocimiento de la Asamblea Nacional y elecciones generales, han reivindicado la calle como espacio público para la expresión de los derechos ciudadanos. “La calle se convirtió en un escenario nuevo, donde han confluido todos los caraqueños sin distinción de clases ni edad”, afirma María Isabel Peña, arquitecta y directora del Instituto de Urbanismo de la UCV. “ Ese espacio, donde anteriormente el protagonista era el vehículo, ahora la gente se lo adueñó para expresarse. El estar en la calle se ha vuelto un ejercicio ciudadano, porque estamos reclamando un derecho”, agrega.

Las protestas, asegura la geógrafa Juliet Kahne en su artículo ‘Whose streets, our streets’ publicado en Project for Public Spaces, refuerzan el valor del espacio público, no sólo como un lugar físico donde se congregan los ciudadanos, sino como un lugar donde la voz colectiva puede ser comunicada. “De hecho, el espacio público es crucial y central para nuestra democracia. Los espacios públicos son el centro de la expresión democrática y de protesta y son catalizadores de cambio social y político”, dice Kahne.

Antes de tomarse la autopista, en tiempos de Hugo Chávez, las manifestaciones opositoras se realizaban en la Plaza Altamira o en los alrededores de la Plaza Brión, ambas ubicadas en el municipio Chacao, al este de la capital. Eran escenarios que servían para retratarse y hacer acto de presencia. Las manifestaciones del oficialismo, en cambio, se convocaban en la Avenida Bolívar, una vía simbólica en el oeste de la ciudad cuyo número de cuadras hacía las veces de termómetro para calcular qué tan exitosa o no había sido la convocatoria del gobierno.

Durante la administración de Nicolás Maduro, esa arteria le ha quedado muy grande a sus seguidores. Con la oposición ha sucedido lo contrario: han tenido que extender sus puntos de concentración y congregar a esa masa de gente en una carretera que sirve de unión entre dos extremos de la ciudad. “La autopista como espacio de protesta es algo simbólico, porque ella tiene un carácter central en la ciudad, de frontera. Aparte, siendo un símbolo de velocidad, sugiere la necesidad de la dirigencia opositora de ir lo más rápido a su objetivo”, comenta Cheo Carvajal, quien dirige el colectivo Caracas a Pie.

Calles compartidas

Además de humanizar la autopista, las manifestaciones han tenido un efecto más amplio. Estas le han exigido al caraqueño algo que, hasta entonces, le resultaba impensable: caminar. En el país de la gasolina barata, buena parte de los desplazamientos se hacen en vehículo. Esta práctica además se ha fortalecido para resguardarse de la delincuencia, que suele atacar con más facilidad a peatones y a usuarios de transporte público. Pero quienes optan por ir a protestar han tenido que pisar el asfalto y los que no tienen intenciones también, porque para avanzar entre los cortes en las calles la mejor opción es ir a pie. Esa simple acción de movilizarse les ha permitido a muchos ciudadanos ver a Caracas desde otra escala. “Esta ciudad que nos parecía inmensa e ingobernable, ahora la vemos caminable. Al recorrerla sin vehículo, nuestra apreciación cambió diametralmente. Esto nos hace pensar que no es más autopistas lo que necesitamos sino más aceras”, afirma Zulma Bolívar, presidenta del Instituto Metropolitano de Urbanismo Taller Caracas.

Durante esas largas movilizaciones, el caraqueño ha interactuado con el otro, ha expuesto su punto de vista, ha visto que las carencias no le afectan sólo a él, ha presenciado actos de solidaridad y ha despertado su empatía. “Las protestas nos han llevado a reencontrarnos, a reconocernos. La calle volvió a convertirse en el punto de encuentro. El caraqueño reconoce ahora que la ciudad es un mundo de interacciones, pues lo que ocurre en [el vecindario de] Catia afecta [la barriada de] Petare”, agrega Bolívar.

Al sumarle interacción y comunicación entonces la calle logra conectarse nuevamente con su esencia de ser el principal espacio público de la ciudad. Y esto puede ser un punto de partida para el futuro. Quizás suene descabellado en medio del actual caos venezolano, pero el uso que se le está dando a las calles y a la autopista pueda llevarnos a pensar en aplicar el concepto originario de Holanda de las ‘calles compartidas’.

La calle compartida significa un cambio voluntario en el comportamiento de todos los usuarios de la calle, reinvirtiendo el comportamiento de tránsito en un comportamiento social”, dice un documento sobre el tema publicado por la oficina mexicana de investigación y diseño Dérive Lab. “La calle es el máximo escenario del espacio público. Una calle compartida protege el significado más puro y más poderoso de éste: todos somos dueños del espacio, en cualquier modo y de cualquier manera. Todos podemos usar la calle”.

Las calles compartidas tuvieron su origen en Holanda en la década de los sesenta bajo el nombre de ‘Woonerf’ o ‘calles para vivir’. La idea vino de un grupo de vecinos preocupados por las altas velocidades en sus vías residenciales, lo que los llevó a desarrollar un modelo sin señales de tránsito ni semáforos.

El concepto de calle compartida se basa entonces en el principio de que, así como todos son dueños de la calle, todos son responsables de lo que en ella ocurre. Así lo han aplicado los manifestantes, en la medida que han creado una dinámica para ocuparla y resguardarse entre todos cuando llega el momento de la represión. Pero para ejecutar este modelo se requiere además de ciertas condiciones, según sugiere el equipo de Dérive Lab: la reducción de la velocidad, el aumento de la comunicación, la validación de los usuarios y la recuperación de la coreografía humana.


“Compartir el espacio y la responsabilidad de la calle, la transforma desde el mero recorrido y la hace un lugar (…) Si anteriormente el objetivo de las calles era ahorrar tiempo con el nuevo diseño de la calle como un lugar, el objetivo es pasar tiempo”, afirman Peter Jones y Natalya Boujenko, autores del libro Link and Place: A guide to Street Planning and Design, citado en el informe Calles Compartidas de Dérive Lab.

Las protestas en Caracas le han servido a algunos para sentirle el pulso a la ciudad. A juicio del arquitecto Marco Negrón, la toma de la calle ha puesto en evidencia la necesidad de recuperar espacios donde la gente pueda encontrarse, reconocerse. “El contacto con el otro es importante para lograr un escenario de confianza, con miras a una eventual reconstrucción”, asegura.

Esta afirmación la comparte Mireya Lozada, psicóloga de la Universidad Central de Venezuela, quien considera que las prácticas ciudadanas y las acciones colectivas que se hagan en la calle permitirán la reconstrucción del tejido social y urbano, tan fragmentado por un conflicto político que en algún momento debería tener fin.

Pero hay que decir que el aumento de la represión por parte la Guardia Nacional durante las últimas jornadas – especialmente el fin de semana– ha generado miedo en algunos manifestantes. De acuerdo con el balance de la Fiscalía General presentado el pasado 31 de julio, el saldo de estos cuatro meses ha sido de 121 fallecidos y 1958 lesionados. Mientras tanto, la organización civil Foro Penal reporta 5.051 detenidos desde el 1 de abril hasta el 31 de julio. En consecuencia, muchos han dejado de asistir a las marchas.

Sin embargo, los manifestantes han buscado otras formas de protestar como hacer cortes de calle, muchas veces frente a sus urbanizaciones. O acudir a concentraciones en las plazas para honrar a los caídos. Y así están demostrando que lo que se vive ahora en Caracas bien lo resumen los rayados que se leen por toda la ciudad: “Calle sin retorno”.


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