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“No quiero que gane el malo”

"'Él no quiere a los hispanos', dije frente a mi hijo de 6 años. '¿Y qué es eso?', preguntó. Ahí quise recular, me arrepentí mil veces de haber destapado esa olla que ya no pude cerrar." Así se enfrenta una madre latina recién llegada a EEUU a la disyuntiva de cómo explicar a su hijo el triunfo de Trump sin atemorizarlo.
Opinión
Periodista de Proyectos Especiales. Venezolana en Miami. Pueden escribirle a tcalzadilla@univision.net.
2016-11-10T11:38:26-05:00



Aterrizamos en este país en octubre de 2015 y mis dos hijos entraron enseguida a una escuela pública del condado de Miami Dade. Amaranta (entonces de 13) ingresó al último año de Middle School y Rodrigo (6) a kindergarten. Veníamos de la situación más difícil, dolorosa y angustiante que habíamos vivido en nuestra natal Caracas, Venezuela.

Cada uno metió sus cosas en dos maletas y de inmediato empezamos a respirar tranquilos, caminar de noche y encontrar “cereal y leche al mismo tiempo” en el supermercado, como le gritó emocionado mi hijo a su hermana la misma noche que llegamos.

Al cabo de un mes, Rodrigo nos sorprendió una noche: “un niño no quiere jugar conmigo porque dice que ‘dizque' yo soy negro”. Confieso que me quedé sin respuestas y sentí que se me encendían las orejas, mientras su padre atajó en una jugada magistral: “dile a ese niño que tú eres del mismo color de tu papá, de tu mamá y del Presidente de este país (Obama)”. Se le dibujó una sonrisa luminosa. Respiré.

Ser hijos de periodistas ha significado para ellos escuchar preocupaciones y asfixias que quizás otros niños no tienen. Los míos me vieron —y padecieron— renunciar al diario donde trabajé por años, cuando llegó la férrea censura que impuso el chavismo. También presenciaron la mesa vacía y llena de cables el día que se robaron solamente la computadora de nuestra casa en Caracas. Mi hija toma partido a favor de los estudiantes torturados y presos en su país y el pequeño repite cosas que no procesa bien, pero ubica en el cajón de lo 'malo'.

Por ejemplo, que en Venezuela hay muchos ladrones y algunos vienen en motocicletas y meten una pistola por el vidrio para robar. “Aquí ya no hay ladrones, ¿verdad, mamá?”, dice cada vez que deja algo en el patio o no queda bien cerrada una puerta.

En una de estas noches en casa, él descubrió que había un momento en que sus padres nos quedábamos impávidos ante el televisor y entonces él podía jugar o acurrucarse en el mueble, “por un rato muy largo”. Desde el primer debate presidencial estadounidense pregunta cada noche: “¿hoy les toca ver a Trump y a la muchacha que pelea con él (Clinton)?”.

Hemos respondido preguntas de por qué cuando activa un video en Youtube le aparece “el señor que insulta a las mujeres y a la gente”. Las últimas dos semanas repitió no pocas veces: “no quiero que gane ese señor que no quiere a los niños”. En mi afán de explicarles siempre todo lo que ocurre, le dije “no es contra los niños, él lo que no quiere es a los hispanos”. “¿Y qué es eso?”, ahí quise recular, me arrepentí mil veces de haber destapado esa olla que ya no pude cerrar. “Los que vienen de países de Latinoamérica, como nosotros”, le susurré con la menor intensidad que pude, pero escuchó y entendió.

Llegó el 8 de noviembre y con él la planificación de la cobertura que nos tocaba hacer a ambos papás y las emociones de los cuatro por lo que estaba en juego. “No quiero que gane el señor malo”. “No va a ganar”, le juraba el papá. Al día siguiente, luego de un trasnocho tremendo no pude hablar con Amaranta, pero ella me llamó en un receso desde su colegio: “¿Viste que ganó Trump? Estoy en depresión, es para morirse, luego hablamos”. “Ya vivimos en la Venezuela de Chávez y no nos morimos, después hablamos”, le contesté y mientras escribo gano tiempo para saber qué voy a decir.

Con Rodrigo, en cambio, pude hablar mientras lo llevaba a la escuela. Estaba triste: “un niño de mi colegio dijo que si ganaba Trump a este país iban a venir los ladrones, como en Venezuela”. Que no es cierto, que de dónde sacó eso el niño, que hay gente que se pone nerviosa, pero que le deje eso a los adultos. El nudo en la garganta no me permitía seguir, pero no podía dejarle esa angustia. “Él no quiere a las mujeres y tú eres mujer”, insistió mientras hacía pucheros. Quedaban dos calles.

Me paré a un lado del camino, le tomé la mano y le dije: “tú solo preocúpate por ser muy bueno en lo que hagas, estudiar, jugar y ser muy feliz. Deja que los adultos nos preocupemos por esas cosas, ¿sí? Tú solo trata de sacar A o B… “No, pero es que la maestra por las B no da regalos”. “Entonces A, y haz muchos amigos”.

Lo sé, solo gané tiempo. Y no sé si saqué A.

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